En el este del país, entre el valle del Sûre y el del Mosela, se extiende la región del Mullerthal, apodada la "Pequeña Suiza luxemburguesa" por su paisaje sorprendentemente abrupto para un país sin montañas verdaderas. No es obra de la altitud, sino de la geología: aquí aflora una gruesa capa de arenisca del Luxemburgo, una roca blanda que el agua y el tiempo han esculpido durante millones de años en gargantas estrechas, farallones, cuevas y bloques caprichosos cubiertos de musgo y helechos.
Esos bosques húmedos y esas formaciones rocosas hicieron del Mullerthal un destino de senderismo célebre en toda Europa. El famoso Sendero Mullerthal (Mullerthal Trail), de más de cien kilómetros, serpentea entre desfiladeros como el Schiessentümpel, con su pequeña cascada y su puente de piedra, una de las imágenes naturales más reproducidas del país. La región ofrece la cara verde y tranquila de Luxemburgo, muy distinta de sus castillos guerreros o sus torres financieras.
A orillas del río Sûre, en la frontera con Alemania, Echternach es la ciudad más antigua de Luxemburgo. Su origen se remonta al año 698, cuando el monje anglosajón Willibrord, evangelizador de la región, recibió unas tierras de la aristócrata Irmina de Oeren y fundó allí una abadía benedictina. Desde ese monasterio, Willibrord —hoy patrón del país— dirigió la cristianización de amplias zonas de Frisia y del noroeste europeo.
La abadía de Echternach se convirtió en un centro cultural de primer orden en plena Alta Edad Media. Su scriptorium produjo manuscritos iluminados de fama europea, como el célebre Codex Aureus de Echternach, joyas del arte medieval. La ciudad conserva la basílica que guarda la tumba de Willibrord y un casco histórico de aire señorial. Con los siglos, la abadía perdió poder —fue disuelta durante la Revolución Francesa—, pero Echternach nunca dejó de ser el corazón espiritual e histórico del este luxemburgués.
Cada martes de Pentecostés, Echternach protagoniza una tradición única en el mundo: la procesión danzante o saltarina (Sprangprëssessioun). Miles de peregrinos avanzan por las calles de la ciudad hacia la tumba de San Willibrord moviéndose al ritmo de una melodía repetida, en filas tomadas por pañuelos, dando una suerte de pasos saltados hacia adelante. Es una manifestación de fe popular que se remonta a la Edad Media y que se ha mantenido viva durante siglos, más allá de guerras y prohibiciones.
En 2010, la Unesco inscribió la procesión saltarina de Echternach en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un reconocimiento a su antigüedad y su vigencia. Junto con la fortaleza de la capital y las fortificaciones, es uno de los grandes emblemas de Luxemburgo en las listas de la Unesco, y convierte a Echternach, una vez al año, en el centro de una devoción multitudinaria.
Como todo Luxemburgo, también el Mullerthal tiene sus castillos, solo que aquí surgen entre roquedales y espesuras. En Beaufort conviven dos fortalezas vecinas: por un lado, las ruinas de un castillo medieval levantado sobre la arenisca a partir del siglo XI, con sus torres y fosos; por otro, un elegante castillo renacentista construido al lado en el siglo XVII. El sitio es célebre además por su licor de grosella negra, el Cassero, elaborado tradicionalmente en el lugar.
Más al oeste, el pueblito de Larochette se encaja en un valle boscoso dominado por las ruinas de un castillo medieval encaramado sobre un acantilado de arenisca. Estos conjuntos, ligados a antiguos señoríos locales, fueron destruidos y abandonados a lo largo de los siglos y luego rescatados como monumentos. Rodeados de senderos, cuevas y formaciones rocosas, son la forma que tiene la historia de asomarse al paisaje del Mullerthal.
El Mullerthal fue siempre una tierra de frontera. El río Sûre, que hoy marca buena parte del límite con Alemania, unió y separó a la vez a las poblaciones de las dos orillas, que durante siglos compartieron lengua, comercio y fe. Echternach y la vecina ciudad alemana quedaron conectadas por puentes y por el trasiego constante de peregrinos, mercaderes y, en tiempos duros, ejércitos.
Esa condición fronteriza dejó su marca en las guerras del siglo XX, cuando el Sûre fue línea de combate durante la ofensiva de las Ardenas y muchas localidades sufrieron daños. Superado aquello, la región apostó por su enorme patrimonio natural: hoy el Mullerthal es un parque de bosques protegidos, senderos y pueblos tranquilos, un destino donde la historia milenaria de Echternach convive con el turismo verde y sostenible. Es, en pequeño, la síntesis de un país que aprendió a transformar sus fronteras de heridas en puentes.