Las tierras de la actual Lituania estuvieron habitadas desde el final de la última glaciación, hace unos once mil años, por cazadores que siguieron el retroceso de los hielos. Con el tiempo se asentaron allí los pueblos bálticos, una rama propia de los indoeuropeos emparentada de lejos con eslavos y germanos pero distinta de ambos, que hacia el segundo milenio antes de Cristo ocupaba una vasta franja de la costa sur del Báltico. De aquellas tribus —aukštaitianos, samogitios, curonios, sudovios, selonios— derivan los lituanos y los letones de hoy; otras, como los antiguos prusianos, acabaron desapareciendo por completo, asimiladas o exterminadas.
El gran tesoro de estas costas fue el ámbar, la resina fósil que el mar arroja a las playas del Báltico y que en la Antigüedad se comerciaba por toda Europa a través de la célebre «ruta del ámbar», que unía el norte con el Mediterráneo romano. Los romanos conocían y valoraban este «oro del Báltico», y el geógrafo Tácito, en el siglo I, describió a los aesti de estas costas recogiéndolo. Durante milenios, el ámbar fue el producto que puso a los bálticos en contacto con el mundo civilizado del sur, sin que ese contacto alterara demasiado su modo de vida.
Los lituanos conservaron su religión ancestral mucho más tiempo que ningún otro pueblo europeo. Adoraban a un panteón de dioses ligados a la naturaleza —Perkūnas, el dios del trueno; Žemyna, la diosa de la tierra— en bosques sagrados donde ardía un fuego perpetuo, y mantuvieron esos cultos hasta finales del siglo XIV. Esa fidelidad al paganismo, insólita en la Europa cristiana, los convirtió durante doscientos años en el blanco de las «cruzadas del norte» que las órdenes militares alemanas lanzaron contra ellos, y es una de las claves para entender toda su historia medieval.
A comienzos del siglo XIII, la presión de las órdenes militares alemanas —los Caballeros Teutónicos por el sur y los Hermanos de la Espada (luego Orden de Livonia) por el norte, que sometían y bautizaban a sangre y fuego a los pueblos bálticos vecinos— empujó a las dispersas tribus lituanas a unirse para sobrevivir. El hombre que logró esa unificación fue Mindaugas, un duque que hacia 1236 aparece en las crónicas como jefe de todos los lituanos y que impuso su autoridad sobre los demás caudillos por la fuerza y la alianza. Con él nace propiamente el Estado lituano.
Mindaugas comprendió que, para frenar a los cruzados, necesitaba quitarles el pretexto de combatir a un pueblo pagano. Hacia 1250 o 1251 se bautizó como católico, y a cambio obtuvo la protección del papado: en 1251, Inocencio IV proclamó la creación de un reino de Lituania. En el verano de 1253, Mindaugas y su esposa Morta fueron coronados rey y reina de Lituania, el único monarca coronado de toda la historia del país. La investigación histórica moderna fijó esa coronación el 6 de julio de 1253, fecha que hoy es la fiesta nacional lituana, el Día del Estado.
El reino, sin embargo, fue efímero. Mindaugas fue asesinado en 1263 en una conjura de nobles, el país renegó del cristianismo y volvió al paganismo, y con ello se perdió el título de reino. Pero el Estado sobrevivió y se consolidó como Gran Ducado de Lituania: sus soberanos, al no estar ya bautizados, no podían ser coronados reyes y llevarían en adelante el título de grandes duques. La obra de Mindaugas perduró: había convertido un puñado de tribus en guerra en un Estado capaz de resistir a las órdenes cruzadas y de expandirse durante los dos siglos siguientes.
Entre finales del siglo XIII y el XV, el Gran Ducado de Lituania protagonizó una de las expansiones más asombrosas de la Edad Media europea. Mientras resistía en el frente occidental las incesantes cruzadas de los Caballeros Teutónicos, el ducado se expandió hacia el este y el sur sobre las tierras eslavas de la antigua Rus de Kiev, debilitadas por la invasión mongola. El gran duque Gediminas (que gobernó de 1316 a 1341), fundador de la dinastía que llevaría su nombre y de la ciudad de Vilna, y sus hijos Algirdas y Kęstutis extendieron las fronteras de manera espectacular incorporando lo que hoy es Bielorrusia y buena parte de Ucrania.
El apogeo llegó con Vytautas el Grande (que reinó de 1392 a 1430), la figura más venerada de la historia lituana. Bajo su gobierno, el Gran Ducado alcanzó su máxima extensión y se convirtió en el Estado más grande de Europa: se estiraba del mar Báltico, al norte, hasta las costas del mar Negro, al sur, cubriendo unos ochocientos mil kilómetros cuadrados. Era una potencia singular: una minoría de nobles y guerreros lituanos, todavía en parte paganos, gobernaba sobre una inmensa mayoría de súbditos eslavos y ortodoxos, cuya lengua y cultura escrita (el eslavo cancilleresco) adoptó el propio Estado para su administración.
El gran choque con las órdenes alemanas se resolvió el 15 de julio de 1410 en la batalla de Grunwald (Žalgiris, o Tannenberg), una de las mayores de la Europa medieval. Los ejércitos aliados de Lituania y Polonia, mandados por Vytautas y por su primo el rey Jogaila, aplastaron a los Caballeros Teutónicos y quebraron para siempre el poder de la orden en el Báltico. Grunwald es aún hoy un símbolo nacional lituano y polaco, el momento en que dos pueblos que habían sido acosados durante siglos por los cruzados alemanes les infligieron una derrota de la que nunca se recuperaron.
Lituania fue el último rincón pagano de Europa, y su conversión al cristianismo llegó de la mano de la política, no de la fe. En 1385, el gran duque Jogaila selló con Polonia la Unión de Krewo: se casaría con Jadwiga, la joven reina de Polonia, sería coronado rey polaco con el nombre de Władysław II Jagiełło y, a cambio, se comprometía a bautizar a Lituania e incorporarla a la cristiandad latina. Así nació la dinastía Jagellona, que reinaría en ambos países durante casi dos siglos, y así se ató el destino de Lituania al de Polonia.
La cristianización oficial se produjo en 1387, cuando Jogaila regresó a Vilna, mandó apagar el fuego sagrado, derribar los ídolos y talar los bosques consagrados, y organizó el bautismo masivo de la población y la fundación del obispado de Vilna. La región de Samogitia (Žemaitija), en el oeste, el último bastión de la resistencia pagana y la más aislada del país, no se bautizó hasta 1413-1417, lo que la convierte en la última tierra de Europa en abrazar el cristianismo. Con más de mil años de retraso respecto al resto del continente, el paganismo europeo se extinguía por fin en los bosques lituanos.
La unión con Polonia fue al principio una unión personal —dos Estados con un mismo soberano— que dejaba a Lituania su propia administración, su ejército, sus leyes y su nobleza. Durante el siglo XV, el Gran Ducado siguió siendo una entidad enorme y con personalidad propia, y Vytautas el Grande llegó a aspirar a una corona real independiente que la muerte le impidió ceñir en 1430. Pero el peso de Polonia, más poblada, más urbana y culturalmente latina, fue creciendo, y con el tiempo la nobleza lituana se fue polonizando en lengua y costumbres, un proceso que marcaría los siglos siguientes.
En 1569, la unión personal se transformó en una unión política plena. Presionada por la amenaza creciente de la Rusia de Iván el Terrible y necesitada del respaldo polaco, la nobleza lituana aceptó la Unión de Lublin, que fusionó a Polonia y Lituania en un solo Estado: la Rzeczpospolita, la «República de las Dos Naciones» o Mancomunidad polaco-lituana, con un rey electivo común, un parlamento común (el Sejm) y una política exterior única, aunque el Gran Ducado conservó su ejército, su tesoro, sus leyes propias (el famoso Estatuto de Lituania) y sus fronteras. En el reparto, sin embargo, Lituania cedió a la Corona polaca sus vastas tierras ucranianas del sur.
Dentro de la Mancomunidad, Lituania fue el socio menor pero conservó su identidad. Su capital, Vilna, vivió una época de esplendor: en 1579 se fundó la Universidad de Vilna, la más antigua de toda la Europa nororiental, en manos de los jesuitas, que hicieron de la ciudad un gran centro de la Contrarreforma y de la cultura barroca. Vilna se convirtió en una urbe cosmopolita y multiconfesional donde convivían católicos, ortodoxos, protestantes, una enorme y floreciente comunidad judía, y hasta caraítas y musulmanes tártaros descendientes de los pobladores traídos por Vytautas.
La Mancomunidad fue, como toda la «democracia de nobles» polaco-lituana, un Estado singular y a la larga condenado por sus propias instituciones. El poder residía en la numerosa nobleza, que elegía al rey y podía paralizar el parlamento con el liberum veto, el derecho de un solo diputado a anular todas las decisiones. Las devastadoras guerras del siglo XVII —sobre todo las invasiones rusas y suecas del llamado «Diluvio»— arrasaron Lituania, despoblaron el país y hundieron a Vilna. En el siglo XVIII, la República entera era ya un gigante paralizado a merced de sus poderosos vecinos.
En el último tercio del siglo XVIII, las tres monarquías absolutas vecinas —Rusia, Prusia y Austria— descuartizaron la Mancomunidad polaco-lituana en tres particiones sucesivas (1772, 1793 y 1795). En la Tercera Partición de 1795, la que borró definitivamente al Estado del mapa de Europa, la práctica totalidad del territorio lituano, con Vilna incluida, fue anexionada por el Imperio ruso. Lituania, que había sido uno de los mayores Estados del continente, dejó de existir como entidad política y quedó reducida a unas provincias occidentales del imperio de los zares durante más de un siglo.
Los lituanos, como los polacos, no se resignaron. Participaron en los grandes levantamientos armados contra el dominio ruso: la insurrección de 1830-1831 y sobre todo la de 1863-1864, que en Lituania tuvo especial intensidad. Ambas fueron aplastadas con dureza, seguidas de ejecuciones, deportaciones masivas a Siberia y confiscaciones de tierras. El gobernador ruso Mijaíl Muraviov, apodado «el Ahorcador» por la represión que dirigió tras 1863, se propuso rusificar la región de raíz y borrar su carácter católico y su vínculo con Polonia.
La herramienta más agresiva de esa rusificación fue la prohibición de la lengua. Entre 1864 y 1904, las autoridades rusas prohibieron imprimir libros en lituano con el alfabeto latino, obligando a usar el cirílico en un intento de asimilar culturalmente al pueblo. La respuesta fue una de las páginas más singulares de la historia nacional: los knygnešiai o «portadores de libros», contrabandistas que durante cuarenta años introdujeron clandestinamente desde Prusia Oriental millones de libros y periódicos lituanos, sosteniendo la lengua y la identidad frente al imperio. Aquella red de contrabando cultural mantuvo viva la nación en su momento más oscuro.
A finales del siglo XIX, mientras la lengua estaba prohibida y el país sometido, floreció un movimiento de renacimiento nacional lituano. Una nueva generación de intelectuales salidos del campesinado —el país había perdido gran parte de su vieja nobleza, polonizada o rusificada— empezó a reivindicar el lituano como lengua de cultura y a construir una conciencia nacional moderna. Periódicos clandestinos como Aušra («El Alba»), fundado en 1883, y Varpas («La Campana»), dirigido por el médico y patriota Vincas Kudirka —autor de la letra del himno nacional—, difundieron esa idea de nación pese a la censura. Cuando en 1904 Rusia levantó por fin la prohibición de la prensa, el movimiento ya era imparable.
La Primera Guerra Mundial trastocó todo el mapa de Europa oriental. Lituania fue ocupada por Alemania en 1915, y el derrumbe simultáneo de los imperios ruso y alemán en 1917-1918 abrió una ventana histórica. El 16 de febrero de 1918, el Consejo de Lituania, reunido en Vilna y presidido por Jonas Basanavičius —considerado el «patriarca de la nación»—, proclamó el Acta de Independencia, que restablecía un Estado lituano soberano e independiente. Esa fecha es hoy la principal fiesta patria del país.
La independencia hubo que defenderla en el campo de batalla contra tres enemigos a la vez: el Ejército Rojo bolchevique, las tropas alemanas y voluntarias que se resistían a marcharse, y la Polonia renacida. El conflicto con Polonia fue especialmente amargo: en octubre de 1920, tropas polacas al mando del general Żeligowski ocuparon Vilna, la capital histórica de Lituania, y la región quedó anexionada a Polonia hasta 1939. Privada de su capital, la joven república instaló su gobierno en Kaunas, que fue durante casi veinte años la «capital provisional» de un país que nunca renunció a recuperar Vilna.
La Lituania de entreguerras, un pequeño país agrario que había construido con esfuerzo un Estado moderno y una brillante capital provisional en Kaunas, quedó atrapada entre dos vecinos totalitarios. El pacto Ribbentrop-Mólotov firmado en agosto de 1939 entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, con su protocolo secreto que se repartía Europa oriental, selló su destino: Lituania fue asignada a la esfera soviética. En junio de 1940, la URSS ocupó el país, instaló un gobierno títere, organizó unas elecciones fraudulentas y lo anexionó como «República Socialista Soviética de Lituania».
El primer año de dominio soviético fue de terror. La policía política soviética nacionalizó la economía, persiguió a las élites y desató una oleada de represión que culminó en junio de 1941, cuando en pocos días fueron deportadas a Siberia y Kazajistán decenas de miles de personas —familias enteras, con niños y ancianos— en vagones de ganado, acusadas de ser «enemigos del pueblo». Muchas murieron en el camino o en el exilio. Aquellas deportaciones masivas dejaron una herida profunda en la memoria lituana.
En junio de 1941, la Alemania nazi invadió la Unión Soviética y ocupó Lituania en pocos días. Buena parte de la población recibió al principio a los alemanes como libertadores frente al terror soviético, y estalló un breve levantamiento antisoviético. Pero la ocupación nazi trajo consigo su propio horror, sobre todo para la comunidad judía, que fue casi por completo exterminada. Cuando el Ejército Rojo reconquistó Lituania en 1944, no llegó como liberador sino como el retorno de un ocupante, y comenzó una segunda ocupación soviética que duraría casi medio siglo.
En vísperas de la guerra vivían en Lituania alrededor de 160.000 a 210.000 judíos, una comunidad antiquísima y de enorme prestigio cultural. Vilna era conocida en todo el mundo judío como la «Jerusalén del Norte» (o «Jerusalén de Lituania») por su densidad de sinagogas, academias talmúdicas, imprentas y sabios; en el siglo XVIII había sido la ciudad del Gaón de Vilna, Eliyahu ben Shlomo Zalman, la máxima autoridad intelectual del judaísmo no jasídico de su tiempo. Esa civilización judía lituana, los litvaks, tenía siglos de historia y un peso cultural inmenso.
Durante la ocupación nazi, esa comunidad fue casi por completo aniquilada. Se calcula que cerca del 90 al 95 % de los judíos lituanos fueron asesinados, una de las proporciones más altas de toda la Europa ocupada. El exterminio empezó de inmediato tras la invasión alemana de junio de 1941 y se llevó a cabo sobre todo mediante fusilamientos masivos en fosas próximas a las localidades, y no en campos lejanos: los escuadrones de la muerte alemanes (Einsatzgruppen) contaron para ello con la colaboración activa de unidades auxiliares lituanas, un hecho que la historiografía y la propia sociedad lituana han debido afrontar con honestidad. El principal lugar de matanza fue el bosque de Paneriai (Ponary), a las afueras de Vilna, donde entre 1941 y 1944 fueron asesinadas unas 70.000 personas judías, además de miles de polacos y prisioneros soviéticos.
Los supervivientes fueron confinados en guetos —los mayores, los de Vilna y Kaunas— sometidos al hambre, el trabajo esclavo y las «acciones» de exterminio, hasta su liquidación final en 1943-1944. En medio del horror hubo gestos de humanidad: en Kaunas, el cónsul japonés Chiune Sugihara desobedeció a su gobierno y expidió en 1940 miles de visados de tránsito que salvaron la vida a varios miles de judíos, y numerosos lituanos que ocultaron a sus vecinos fueron reconocidos como «Justos entre las Naciones». Pero lo que no admite discusión es la magnitud de la catástrofe: la casi total desaparición de un mundo judío que había florecido en estas tierras durante más de medio milenio.
Con el regreso del Ejército Rojo en 1944, Lituania volvió a quedar sometida a la Unión Soviética, esta vez durante casi cincuenta años. La sovietización fue brutal: nueva colectivización forzosa de la agricultura, nacionalización, persecución religiosa y una segunda oleada de deportaciones masivas a Siberia entre 1945 y 1953, que arrancó de su tierra a cientos de miles de lituanos. Se calcula que, sumando las deportaciones, las ejecuciones y la emigración forzosa, Lituania perdió una parte enorme de su población en aquellos años.
A diferencia de otros países ocupados, Lituania opuso una resistencia armada prolongada y desesperada. Durante casi una década, de 1944 a comienzos de los años cincuenta, decenas de miles de partisanos —los «hermanos del bosque» (miško broliai)— combatieron a las fuerzas soviéticas desde los bosques, con la esperanza, finalmente frustrada, de que Occidente acudiera en su ayuda. Fue una de las guerrillas anticomunistas más largas y sangrientas de la posguerra europea; su aplastamiento hacia 1953, con la muerte o deportación de casi todos sus combatientes, cerró la resistencia abierta, pero su memoria alimentaría el sentimiento nacional durante décadas.
Bajo la superficie del régimen soviético, la identidad lituana sobrevivió. La Iglesia católica, perseguida pero profundamente arraigada, se convirtió en refugio de la nación, y una prensa clandestina —como la Crónica de la Iglesia Católica de Lituania, editada en secreto durante casi veinte años— denunció la represión ante el mundo. Símbolos como la Colina de las Cruces, arrasada una y otra vez por las topadoras soviéticas y reconstruida cada noche por la gente, encarnaron esa terquedad silenciosa de un pueblo que no aceptaba haber sido borrado.
Cuando a mediados de los años ochenta Mijaíl Gorbachov abrió en la URSS el tiempo de la perestroika y la glásnost, Lituania fue de las primeras en aprovechar la grieta. En junio de 1988 nació Sąjūdis («el Movimiento»), un frente reformista y nacional que en pocos meses se convirtió en una fuerza social imparable, liderado por el musicólogo Vytautas Landsbergis. El movimiento sacó a la calle a multitudes, exigió la verdad sobre las deportaciones y el pacto Ribbentrop-Mólotov, y transformó el clamor cultural en una reivindicación abierta de independencia.
Uno de los momentos culminantes de aquel despertar báltico fue la Vía Báltica del 23 de agosto de 1989: unos dos millones de personas de Lituania, Letonia y Estonia se tomaron de la mano y formaron una cadena humana ininterrumpida de casi 600 kilómetros, de Vilna a Tallin, para conmemorar el cincuentenario del pacto que había entregado los tres países a Stalin y reclamar su libertad. Fue una de las protestas pacíficas más impresionantes de la historia. Poco después, el 11 de marzo de 1990, el nuevo parlamento lituano, dominado por Sąjūdis, proclamó el Acta de Restablecimiento del Estado de Lituania: era la primera de las quince repúblicas soviéticas en declarar su independencia, el gesto que empezó a desmontar la Unión Soviética.
Moscú respondió con un bloqueo económico y, en enero de 1991, con la fuerza: el 13 de enero, tropas soviéticas asaltaron la torre de televisión de Vilna, defendida por multitudes de civiles desarmados. Murieron catorce personas y hubo cientos de heridos, pero la resistencia pacífica no cedió y la comunidad internacional se volcó a favor de Lituania. Tras el fracaso del golpe de agosto de 1991 en Moscú, la independencia lituana fue reconocida por todo el mundo. Desde entonces, Lituania ha reconstruido una democracia y una economía de mercado, ingresó en la OTAN y en la Unión Europea en 2004 y adoptó el euro en 2015, sellando su regreso pleno a la familia europea de la que la historia la había arrancado durante dos siglos.