Klaipėda, el único gran puerto de Lituania y su ventana al mar, tuvo durante siete siglos una historia muy distinta a la del resto del país, ligada al mundo germánico. Fue fundada en 1252 por los Caballeros Teutónicos (o, más exactamente, por la Orden de Livonia), que levantaron aquí una fortaleza llamada Memelburg sobre un antiguo asentamiento báltico. Con el nombre de Memel, la ciudad se integró en el Estado de la orden y, más tarde, en Prusia Oriental, y durante siglos fue el puerto más septentrional del mundo germánico, de población mayoritariamente alemana.
Como ciudad hanseática y prusiana, Memel prosperó con el comercio de la madera y el grano que bajaban por el Nemunas y con la construcción naval. Tuvo momentos de protagonismo: a comienzos del siglo XIX, durante las guerras napoleónicas, cuando Napoleón ocupó Berlín, la corte del rey de Prusia se refugió temporalmente en Memel, que fue por unos meses la capital de facto del reino. La ciudad conservó siempre un aire nórdico-germánico, con sus casas de entramado de madera (Fachwerk) y su arquitectura de ladrillo, muy diferente del barroco de Vilna o del funcionalismo de Kaunas.
Esa larga pertenencia al mundo alemán forma parte de una región histórica más amplia, la Pequeña Lituania o Lituania Menor (Mažoji Lietuva), la franja de Prusia Oriental donde, junto a los alemanes, vivía desde tiempos inmemoriales una población de lituanos prusianos, protestantes y de habla lituana. Fue en esa Prusia lituana donde se imprimieron los primeros libros en lengua lituana en el siglo XVI, y desde donde los knygnešiai contrabandeaban libros durante la prohibición zarista. Klaipėda es hoy la puerta de entrada a ese mundo fronterizo y mestizo del extremo occidental del país.
Tras la Primera Guerra Mundial y la derrota alemana, el Tratado de Versalles separó la ciudad de Memel y su comarca de Alemania y la puso bajo administración internacional, a la espera de decidir su destino. Lituania, que acababa de nacer como Estado y necesitaba desesperadamente una salida al mar, no esperó: en enero de 1923 organizó una sublevación —la llamada Revuelta de Klaipėda— que, con el respaldo encubierto del gobierno lituano, tomó el control de la región y la incorporó al país. Las potencias aceptaron el hecho consumado, y Memel pasó a llamarse Klaipėda, dando a Lituania su ansiado puerto en el Báltico.
La región de Klaipėda se integró en Lituania como un territorio autónomo, con un estatuto especial que reconocía el peso de su población alemana. Durante los años veinte y treinta, la ciudad prosperó como principal puerto del país, pero la convivencia se fue tensando a medida que el nazismo crecía entre la población germana local y el Tercer Reich reclamaba abiertamente el «regreso» de Memel a Alemania.
El desenlace llegó en marzo de 1939. Pocos días después de ocupar Checoslovaquia, Hitler lanzó a Lituania un ultimátum exigiendo la entrega inmediata de Klaipėda. Sola y sin aliados, la pequeña república no tuvo más remedio que ceder: el 23 de marzo de 1939, la región fue anexionada por la Alemania nazi, y Hitler llegó en persona a bordo de un acorazado para pronunciar un discurso triunfal en la ciudad. Fue la última anexión pacífica del Reich antes de la guerra, y para Lituania, la pérdida de su único puerto y una humillación que anunciaba la catástrofe de 1940. Klaipėda no volvería a ser lituana hasta el final de la guerra.
Frente a Klaipėda, separando el mar Báltico de una gran laguna, se extiende una de las maravillas naturales de Europa: el Istmo de Curlandia (Kuršių nerija), una estrecha y larguísima lengua de arena de casi cien kilómetros —compartida entre Lituania y el enclave ruso de Kaliningrado— cubierta de pinares y coronada por gigantescas dunas móviles que se cuentan entre las más altas del continente. Este paisaje frágil y espectacular, modelado durante siglos por el viento y el mar y salvado de la desertización por una titánica labor de reforestación, fue inscrito en 2000 en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
En el corazón del istmo, el pueblo de pescadores de Nida (Nidden en alemán) es la joya de la región. Sus casas de madera pintadas, sus veletas talladas y sus barcas tradicionales dibujan una estampa de otro tiempo al pie de la «gran duna». A finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando el istmo pertenecía a Prusia Oriental, Nida atrajo a una colonia de artistas alemanes que buscaban en sus arenas y su luz un paisaje casi irreal.
El visitante más ilustre fue el escritor Thomas Mann, premio Nobel de Literatura. Cautivado por el lugar durante unas vacaciones, se hizo construir una casa de verano en una colina sobre la laguna, donde pasó los veranos de 1930 a 1932 y donde escribió parte de su gran novela José y sus hermanos. La casa de Thomas Mann en Nida es hoy un museo y centro cultural, y su historia resume el carácter cosmopolita de esta costa: un premio Nobel alemán escribiendo, en un istmo báltico, entre pescadores lituanos, en un rincón que la historia del siglo XX repartiría entre países y banderas.
Al norte de Klaipėda, Palanga es el balneario más animado y popular de la costa lituana, un lugar de largas playas de arena blanca, dunas y pinares donde el país entero acude a veranear. A diferencia de Klaipėda, Palanga fue siempre lituana y samogitia, y su desarrollo como estación de baños arranca en el siglo XIX, cuando la aristocracia local descubrió las virtudes de sus playas y su aire marino. Su largo muelle de madera adentrándose en el Báltico y su bulliciosa calle peatonal, la Basanavičiaus, son la imagen del verano lituano.
El gran tesoro de Palanga es el ámbar, el «oro del Báltico» que da fama a toda esta costa. La región alberga el Museo del Ámbar de Palanga, uno de los más importantes del mundo dedicados a esta resina fósil, instalado en un elegante palacio neoclásico rodeado de un magnífico jardín botánico. El museo, con su colección de miles de piezas —incluidos ámbares que atrapan insectos y plantas de millones de años de antigüedad—, cuenta la historia geológica y humana de un material que ha sido buscado, comerciado y trabajado en estas playas desde la prehistoria.
El palacio que alberga el museo perteneció a la familia noble de los Tiškevičius (Tyszkiewicz), y su jardín fue diseñado por un célebre paisajista francés. Palanga combina así el ocio playero con la historia de la vieja aristocracia del Báltico y con la fascinación milenaria por el ámbar, aquel «oro» que ya en la Antigüedad puso a los pueblos de esta costa en contacto con Roma a través de la ruta del ámbar. Recoger un trozo de resina fósil arrastrado por el mar sigue siendo, para muchos, el ritual más entrañable de una jornada en la costa lituana.
El interior de la costa forma parte de Samogitia (Žemaitija), la «Baja Lituania», una región histórica y etnográfica de fuerte personalidad, con su propio dialecto —tan distinto que a veces se considera casi una lengua aparte— y un acusado sentido de identidad. Los samogitios fueron los bálticos más aguerridos en la resistencia a los Caballeros Teutónicos, y su tierra, la más occidental y expuesta, fue el último rincón de Europa en abandonar el paganismo: no se cristianizó hasta 1413-1417, cuando el resto del continente llevaba siglos siendo cristiano. Esa condición de últimos paganos de Europa es motivo de orgullo local.
El corazón natural de la región es el Parque Nacional de Žemaitija, un territorio de bosques, colinas y lagos presidido por el hermoso lago Plateliai. Es una tierra de tradiciones muy vivas —el carnaval samogitio (Užgavėnės), con sus máscaras de madera, es de los más famosos del país— y de una arquitectura rural y religiosa característica, con sus iglesias de madera y sus calvarios. La cultura samogitia, con su lengua, su carácter tozudo y su humor, ocupa en el imaginario lituano un lugar parecido al de otras regiones de fuerte identidad en Europa.
Escondido en los bosques de Žemaitija, junto al lago Plateliai, se conserva un vestigio inquietante de la Guerra Fría: una base subterránea de misiles balísticos soviéticos, construida en secreto a comienzos de los años sesenta, una de las primeras instalaciones de este tipo de la URSS. Desde aquellos silos ocultos bajo tierra, la Unión Soviética podía lanzar misiles nucleares sobre Europa occidental. Hoy, aquel búnker de la muerte se ha convertido en el Museo de la Guerra Fría, que permite descender a sus galerías y comprender hasta qué punto la pequeña y boscosa Samogitia estuvo en la primera línea del enfrentamiento nuclear que dividió el mundo.