Mucho antes de que existiera algo llamado Letonia, la tierra entre el río Daugava y el mar estaba habitada por varios pueblos emparentados pero distintos. Los primeros grupos humanos llegaron cuando se retiró el hielo de la última glaciación, hace unos diez u once mil años, siguiendo a los renos por una tundra que recién se cubría de bosque. Con los milenios se formaron cuatro tribus bálticas cuyos nombres todavía resuenan en las regiones actuales: los latgalos (o letgalos) en el este, los semigalios (zemgales) en el centro-sur, los curonios (kursi) en el oeste y los selonios (sēļi) en el sudeste. A ellos se sumaba un pueblo de lengua fino-úgrica, los livonios (o livones), asentado en la costa norte y en la desembocadura del Daugava; de ellos viene el nombre de Livonia, con el que Europa designaría durante siglos a toda la región.
Eran sociedades de agricultores, pescadores, apicultores y guerreros, organizadas en pequeños reinos y castros de madera. El Báltico les daba un tesoro codiciado en toda Europa desde la Antigüedad: el ámbar, la resina fósil que los romanos llamaban "el oro del norte" y que viajaba por rutas comerciales hasta el Mediterráneo. Los curonios, buenos navegantes, llegaron a tener fama de piratas en el mar. Del nombre de los latgalos, latgaļi, deriva en última instancia la palabra "Letonia" (Latvija). Estos pueblos no dejaron ciudades de piedra ni crónicas escritas: lo que sabemos de ellos viene de la arqueología y, sobre todo, de las crónicas de quienes vinieron a conquistarlos.
A fines del siglo XII, la Iglesia de Roma dirigió su cruzada no solo a Tierra Santa sino también al Báltico oriental, todavía pagano. El primer misionero, el monje alemán Meinhard, empezó a predicar entre los livonios del Daugava en la década de 1180 y fue nombrado obispo. Pero la conversión pacífica fracasó, y sus sucesores optaron por la espada. El decisivo fue Alberto de Buxhoeveden, obispo llegado con barcos y caballeros: en 1201 fundó Riga en la orilla del Daugava y la convirtió en la base de la conquista. La fecha marca el nacimiento de la que hoy es la capital y la mayor ciudad de todo el Báltico.
Para sostener la guerra santa, Alberto creó en 1202 una orden militar, los Hermanos de la Espada (o Portaespadas), monjes guerreros que en las décadas siguientes sometieron a sangre y fuego a livonios, latgalos, selonios y a buena parte de los curonios. Los semigalios, en cambio, resistieron con obstinación durante casi un siglo. El territorio conquistado se organizó como Terra Mariana, la "Tierra de María", puesta bajo protección papal en 1207. La cruzada fue documentada por Enrique de Livonia en su crónica latina, una fuente extraordinaria y a la vez brutal: describe matanzas, bautismos forzados y aldeas incendiadas. En una generación, los pueblos bálticos perdieron su independencia y quedaron sometidos a una élite germano-cristiana que gobernaría la región durante los siguientes setecientos años.
En 1236, los Hermanos de la Espada fueron aplastados por lituanos y semigalios en la batalla de Saule, y los restos de la orden se fusionaron con los Caballeros Teutónicos: nació así la Orden de Livonia, la rama báltica de los teutónicos. Durante casi tres siglos, la vieja Livonia fue un mosaico de poderes en tensión permanente: la Orden, el arzobispado de Riga, varios obispados y las ciudades. De esa fragmentación surgió también un margen de autonomía para las urbes.
Riga se sumó a la Liga Hanseática en 1282 y se volvió uno de sus grandes puertos del este, exportando cereales, lino, cáñamo, cera, miel y madera hacia Europa occidental y actuando de puente comercial con las tierras rusas del interior. En sus calles se levantaron gremios, iglesias góticas de ladrillo y casas de mercaderes que todavía definen el casco antiguo, hoy Patrimonio de la Humanidad. El poder económico y político quedó en manos de los alemanes del Báltico: nobleza terrateniente, clero y burguesía urbana que hablaban alemán y miraban por encima del hombro a la mayoría campesina de habla letona. Esa élite germana sería la clase dominante durante siglos, más allá de qué imperio mandara por encima de ella. Para los letones, en cambio, la Baja Edad Media trajo el endurecimiento gradual de la servidumbre: quedaron atados a la tierra y al señor, sin apenas derechos.
En el siglo XVI, la Reforma protestante prendió con fuerza en las ciudades de Livonia: Riga adoptó el luteranismo hacia 1522 y el credo evangélico se volvió mayoritario en la mayor parte del país, una marca que perdura. La religión reforzó también el uso escrito del letón, porque los pastores necesitaban catecismos e himnos en la lengua del pueblo; los primeros libros impresos en letón datan justamente de esta época.
La vieja Confederación de Livonia, débil y dividida, no sobrevivió a la presión de sus vecinos. En 1558, el zar Iván el Terrible invadió el territorio y desató la larga y devastadora guerra de Livonia (1558-1583), en la que también intervinieron Polonia-Lituania, Suecia y Dinamarca. La Orden de Livonia se derrumbó: en 1561 se disolvió formalmente y sus tierras se repartieron. El último maestre, Gotthard Kettler, se convirtió al luteranismo, se hizo vasallo del rey polaco y transformó sus dominios del oeste en un ducado hereditario. El resto de Livonia quedó bajo la corona polaco-lituana. Así terminó, tras tres siglos y medio, el Estado cruzado alemán, aunque la nobleza germano-báltica siguió mandando sobre la tierra y sus campesinos como si nada hubiera cambiado.
De ese reparto nació una rareza histórica: el ducado de Curlandia y Semigalia (1562-1795), un pequeño Estado vasallo de Polonia-Lituania que abarcaba el oeste y el centro-sur de la actual Letonia, gobernado por la dinastía Kettler desde Mītava (la actual Jelgava). Bajo el duque Jacobo Kettler (Jēkabs), a mediados del siglo XVII, este ducado diminuto vivió un auge sorprendente. Jacobo impulsó la industria del hierro, los astilleros y una flota mercante y de guerra propia, y se lanzó a una aventura colonial que parece increíble para un territorio tan chico: Curlandia llegó a fundar una colonia en la isla de Tobago, en el Caribe, y otra en la desembocadura del río Gambia, en África occidental, con las que comerció azúcar, tabaco y otros productos.
La fantasía imperial fue efímera. La invasión sueca durante la Segunda Guerra del Norte (mediados del siglo XVII) arruinó la economía, y las colonias se perdieron frente a neerlandeses e ingleses. Ya debilitado, el ducado cayó cada vez más bajo la órbita rusa hasta que en 1795, con el tercer reparto de Polonia, fue anexado directamente por el Imperio ruso. Las ciudades de Kuldīga (Goldingen), primera capital ducal, y de la costa curlandesa conservan todavía el aire de aquel período. La historia de Curlandia se cuenta a veces en clave pintoresca, pero conviene no olvidar que aquel comercio incluyó también la participación en la trata de esclavos en el Atlántico, como el de las demás potencias coloniales de la época.
Mientras Curlandia seguía su camino aparte, el norte de la actual Letonia —la región de Vidzeme, junto con Riga— pasó de Polonia a Suecia tras las guerras de comienzos del siglo XVII. El período sueco (1629-1721) dejó buena memoria entre los campesinos: se lo recuerda como los "buenos tiempos suecos" porque la corona ordenó algo la administración, fundó escuelas parroquiales, promovió la traducción de la Biblia al letón e intentó frenar los peores abusos de los señores. A Livonia se la llamaba entonces "el granero de Suecia" por su producción de cereal.
Todo cambió con la Gran Guerra del Norte. El zar Pedro el Grande tomó Riga en 1710, tras un asedio y una epidemia de peste que diezmó a la ciudad, y en 1721, por el tratado de Nystad, Suecia cedió Vidzeme y Riga al Imperio ruso. Con la anexión de Curlandia en 1795, todo el territorio letón quedó dentro de Rusia, repartido en las gobernaciones de Livonia, Curlandia y una porción de la de Vítebsk. Los zares mantuvieron los privilegios de la nobleza alemana del Báltico, que siguió siendo la clase dominante y proveyó al Imperio de generales y ministros. Un avance decisivo llegó temprano: la servidumbre se abolió en Curlandia en 1817 y en Vidzeme en 1819, décadas antes que en Rusia, aunque a los campesinos se los liberó "sin tierra", es decir, sin más que su libertad personal, lo que los dejó a merced de los terratenientes durante mucho tiempo más.
A mediados del siglo XIX, una generación de jóvenes letones educados —hijos de campesinos que habían llegado a la universidad— empezó a rechazar la idea de que ser letón fuera apenas una condición campesina destinada a diluirse en la cultura alemana o rusa. Fue el llamado Primer Despertar Nacional, animado por el movimiento de los Jóvenes Letones (Jaunlatvieši). Figuras como Krišjānis Valdemārs, Juris Alunāns y Atis Kronvalds defendieron el valor de la lengua letona, fundaron periódicos, promovieron la educación y la economía propias y afirmaron que los letones eran una nación con derecho a su cultura.
El monumento intelectual de ese despertar fue la recopilación de las dainas, las breves canciones populares tradicionales, cuartetas concentradas y milenarias que habían transmitido de boca en boca la cosmovisión, la mitología y la vida cotidiana del pueblo. Krišjānis Barons dedicó décadas a reunir y ordenar cientos de miles de estas piezas en su famoso "armario de las dainas", una obra monumental que hoy forma parte del registro Memoria del Mundo de la Unesco. La cultura coral —los grandes festivales de canto, iniciados en 1873— se volvió el gran rito colectivo de la identidad letona y lo sigue siendo. Sobre este cimiento cultural se montó, a comienzos del siglo XX, una política cada vez más audaz. La Revolución de 1905 sacudió con fuerza a Letonia: hubo huelgas, incendios de mansiones señoriales alemanas y una dura represión que dejó cientos de fusilados y deportados, pero que templó a toda una generación de futuros líderes.
La Primera Guerra Mundial golpeó a Letonia de lleno: el frente entre Alemania y Rusia atravesó su territorio, Curlandia fue ocupada por los alemanes y cientos de miles de personas huyeron como refugiados. En el bando ruso se formaron los Fusileros Letones (Latviešu strēlnieki), unidades de élite que se hicieron famosas por su valor y que después, en su mayoría, se pasaron a la revolución bolchevique. En medio del derrumbe de los imperios, el 18 de noviembre de 1918 el Consejo Popular proclamó en Riga la República de Letonia, con Kārlis Ulmanis como primer jefe de gobierno.
La independencia hubo que ganarla en el campo de batalla. La guerra de independencia (1918-1920) fue un caos de tres frentes: los bolcheviques rusos, que llegaron a controlar casi todo el país e instalaron un breve gobierno soviético; las tropas alemanas y los cuerpos francos germano-bálticos, que intentaron quedarse con Letonia para Alemania; y los propios letones, apoyados por Estonia y por la flota británica. La victoria en la batalla de Cēsis (junio de 1919) contra la Landeswehr alemana fue decisiva. En 1920, la Rusia soviética reconoció la independencia "para siempre" en el tratado de Riga. La joven república emprendió una reforma agraria radical que repartió las grandes propiedades de la nobleza alemana entre los campesinos, y adoptó una constitución democrática, la Satversme. Pero, como en tantos países europeos de entreguerras, la democracia parlamentaria se tambaleó: en 1934, Ulmanis dio un golpe de Estado, disolvió el Parlamento y los partidos, y gobernó de forma autoritaria bajo el lema del "nuevo letón", con culto a su persona, hasta la llegada de los soviéticos.
El destino de Letonia se decidió en un despacho de Moscú. El pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939 entre la Alemania nazi y la Unión Soviética incluía un protocolo secreto que asignaba los países bálticos a la esfera soviética. En junio de 1940, la URSS ocupó Letonia y, tras unas elecciones fraudulentas, la anexó como república soviética. El primer año de dominio estalinista culminó en la noche del 13 al 14 de junio de 1941 con la deportación en vagones de ganado de más de quince mil personas a Siberia —familias enteras, con niños y ancianos—, el episodio que los letones recuerdan como el "Año del Terror".
Pocos días después, en el marco de la invasión alemana de la URSS, la Wehrmacht ocupó Letonia. Una parte de la población, traumatizada por el año soviético, recibió a los alemanes como liberadores, pero lo que llegó con ellos fue el exterminio. De los aproximadamente 93.000 judíos que vivían en Letonia, cerca de 70.000 fueron asesinados, alrededor de tres cuartas partes de la comunidad, en uno de los porcentajes de aniquilación más altos de toda Europa. Las sinagogas de Riga fueron incendiadas en julio de 1941; se creó el gueto de Riga; y en las dos matanzas de Rumbula, el 30 de noviembre y el 8 de diciembre de 1941, unos 25.000 judíos fueron fusilados en el bosque bajo la dirección del oficial de las SS Friedrich Jeckeln. Es un hecho documentado y sin atenuantes que unidades letonas colaboraron en el genocidio: el tristemente célebre comando Arājs, formado por voluntarios locales, participó en el asesinato de decenas de miles de judíos, letones y de otros países. Al mismo tiempo, hubo letones que arriesgaron su vida para salvar a sus vecinos: Žanis Lipke, obrero portuario de Riga, escondió y salvó a más de cincuenta judíos y es honrado como Justo entre las Naciones. Entre 1943 y 1945, además, Alemania reclutó a decenas de miles de letones en la Legión Letona de las Waffen-SS, en buena medida por movilización forzosa, un tema que sigue generando un debate historiográfico y político legítimo y espinoso.
En 1944-1945, el Ejército Rojo expulsó a los alemanes y Letonia volvió a ser anexada por la Unión Soviética, esta vez por casi medio siglo. Ni Estados Unidos ni la mayoría de las democracias occidentales reconocieron jamás de iure esa anexión, lo que resultaría clave en 1991. Miles de letones huyeron al exilio en Occidente ante el regreso soviético. En los bosques, una guerrilla anticomunista —los "hermanos del bosque" (mežabrāļi)— resistió con las armas durante años, hasta ser aplastada.
La sovietización fue brutal. En marzo de 1949, en la Operación Priboi, alrededor de 42.000 personas de Letonia —sobre todo campesinos acusados de "kulaks" y familias de la resistencia— fueron deportadas en masa a Siberia para quebrar la oposición y forzar la colectivización de la tierra. El régimen impulsó una industrialización acelerada y trasladó a Letonia a cientos de miles de trabajadores de otras repúblicas soviéticas, principalmente rusos. El efecto demográfico fue enorme y duradero: la proporción de letones en su propia tierra cayó de forma dramática, y en Riga y otras ciudades industriales los letones llegaron a ser minoría. La política de rusificación presionó sobre la lengua y la cultura. Esa transformación de la composición de la población durante el período soviético es el origen directo de la numerosa minoría de habla rusa que todavía hoy vive en Letonia y de las tensiones sobre ciudadanía e idioma que marcaron las décadas siguientes.
Cuando Mijaíl Gorbachov abrió con la perestroika un espacio de libertad, Letonia lo aprovechó cantando. A fines de los años ochenta, el movimiento independentista que recorrió los tres países bálticos se conoció como la "Revolución Cantada", porque su forma de protesta eran las grandes concentraciones de canto coral, prohibidas de hecho durante décadas. En 1988 se fundó el Frente Popular de Letonia (Latvijas Tautas fronte), que canalizó a cientos de miles de personas.
El gesto más impresionante llegó el 23 de agosto de 1989, en el cincuentenario del pacto Molotov-Ribbentrop: cerca de dos millones de personas de Estonia, Letonia y Lituania se tomaron de la mano y formaron una cadena humana ininterrumpida de unos 675 kilómetros que unió Tallin, Riga y Vilna, la Vía Báltica. Fue una imagen que dio la vuelta al mundo y desnudó ante todos que la anexión de 1940 había sido un crimen que los bálticos no aceptaban. El 4 de mayo de 1990, el Sóviet Supremo letón declaró el restablecimiento de la independencia. Moscú respondió con presión y, en enero de 1991, con violencia: en las "jornadas de las barricadas", los ciudadanos de Riga levantaron barricadas para proteger los edificios clave, y las unidades especiales soviéticas (OMON) mataron a varias personas. El desenlace llegó con el fracaso del golpe de los comunistas duros en Moscú: el 21 de agosto de 1991, Letonia proclamó la plena independencia, reconocida enseguida por el mundo y, poco después, por la propia URSS antes de disolverse.
La Letonia independiente se propuso desde el primer día "volver a Europa" y anclarse en Occidente para no repetir el siglo XX. El camino incluyó una transición económica dura, con hiperinflación y reconversión industrial en los noventa, y la restitución de la ciudadanía sobre la base de la continuidad jurídica del Estado anterior a 1940, lo que dejó fuera durante años a buena parte de los residentes de origen soviético como "no ciudadanos", una cuestión sensible que la Unión Europea siguió de cerca y que se fue resolviendo de manera gradual.
En 2004, Letonia culminó su giro histórico al ingresar a la vez en la Unión Europea y en la OTAN. En 2014 adoptó el euro como moneda, y en 2016 entró en la OCDE. El país, uno de los más golpeados por la crisis financiera de 2008-2009, recuperó luego el crecimiento y hoy es una economía de servicios y tecnología con una capital, Riga, que concentra buena parte de la población y de la actividad. La invasión rusa de Ucrania en 2022 reforzó su compromiso con la defensa colectiva y con Ucrania, y reavivó los debates sobre seguridad, memoria histórica e integración de la minoría rusohablante. Con menos de dos millones de habitantes, una lengua báltica milenaria y una tradición coral que sigue llenando estadios cada cinco años, Letonia mantiene viva la misma identidad que durante siglos resistió a todos los imperios que la gobernaron.