Kurzeme es la península occidental de Letonia, la antigua Curlandia (Kurland), y toma su nombre de los curonios (kursi), la tribu báltica de navegantes y guerreros que la habitaba y que tenía fama de piratas en el mar. Los curonios resistieron a los cruzados alemanes más que otros pueblos, pero terminaron sometidos en el siglo XIII. Tras la disolución de la Orden de Livonia en 1561, la región se transformó en el ducado de Curlandia y Semigalia (1562-1795), un Estado vasallo de Polonia-Lituania gobernado por la dinastía Kettler.
Bajo el duque Jacobo Kettler, a mediados del siglo XVII, este ducado pequeño vivió un auge notable: desarrolló la industria del hierro, los astilleros y una flota propia, y llegó a fundar colonias en la isla caribeña de Tobago y en la desembocadura del río Gambia, en África occidental. Fue una de las historias coloniales más insólitas de Europa: un ducado báltico diminuto compitiendo, por un momento, con neerlandeses e ingleses en los mares tropicales. La aventura se desvaneció con las guerras del siglo XVII, y en 1795 Curlandia fue anexada por el Imperio ruso.
Kuldīga (Goldingen en alemán) fue una de las capitales del ducado de Curlandia y conserva uno de los cascos históricos de madera y ladrillo mejor preservados de la región báltica, un conjunto que en 2023 fue inscripto en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Sus calles empedradas, sus casas de los siglos XVII y XVIII y su ambiente de villa detenida en el tiempo la convierten en una de las joyas del oeste letón.
Su emblema natural es la cascada del río Venta, el Ventas rumba: no es alta, pero con sus casi 250 metros de ancho es considerada la cascada más ancha de Europa. Durante siglos, en primavera y otoño, los habitantes pescaban allí con canastas los peces que intentaban saltar el desnivel, una imagen que hizo célebre a la ciudad. Junto a la cascada se conserva un antiguo puente de ladrillo del siglo XIX, uno de los más largos de su tipo en Europa. Kuldīga resume el encanto tranquilo y patrimonial de la vieja Curlandia.
La costa de Kurzeme está marcada por dos ciudades portuarias con historias intensas. Ventspils (Windau) fue puerto hanseático y sede de la Orden, y hoy es una ciudad prolija y coqueta, con playa de bandera azul y uno de los puertos de carga más importantes del país. Liepāja (Libau), más al sur, fue a fines del siglo XIX y comienzos del XX un gran puerto del Imperio ruso y uno de los principales puntos de partida de la enorme emigración que cruzó el Atlántico rumbo a América: por sus muelles pasaron cientos de miles de personas —letones, judíos, rusos, lituanos— camino a Estados Unidos.
En Liepāja, el zar hizo construir a fines del siglo XIX una gran base naval, Karosta ("el puerto de guerra"), con su imponente catedral ortodoxa de San Nicolás y un barrio militar entero. Durante la época soviética, Karosta fue una zona militar cerrada y secreta, prohibida incluso para la mayoría de los propios habitantes de la ciudad. Liepāja tiene además fama de "ciudad de la música" y del viento, con largas playas de arena y dunas. Ambas ciudades muestran cómo el Báltico fue, según la época, ventana al comercio, puerta de emigración y frontera militarizada.
En el extremo norte de Kurzeme, donde el golfo de Riga se junta con el mar Báltico abierto, está el cabo Kolka (Kolkasrags), un paraje salvaje de playas desiertas, bancos de arena y bosques de pino barridos por el viento. Frente a la punta, bajo el agua, se extiende un peligroso banco que a lo largo de la historia provocó innumerables naufragios. Es uno de los rincones más remotos y evocadores del país.
Esta franja de costa, entre Kolka y Ventspils, es la histórica "costa livonia" (Līvõd rānda), el último reducto de los livonios, aquel pueblo de lengua fino-úgrica que dio su nombre a toda Livonia. En una docena de pueblos pesqueros de esta costa se mantuvo durante siglos la lengua livonia, una de las más amenazadas de Europa. Las deportaciones soviéticas, el cierre militar de la costa y la asimilación la llevaron al borde de la extinción: la última hablante nativa que la aprendió de niña en la comunidad murió en 2013. Hoy se hacen esfuerzos por revitalizarla y por preservar la cultura livonia, reconocida oficialmente como pueblo indígena de Letonia. Cabo Kolka es, así, a la vez un paisaje natural imponente y el escenario de la lenta desaparición de un pueblo milenario.
Kurzeme tiene un lugar particular en la Segunda Guerra Mundial. Cuando el Ejército Rojo avanzó sobre el Báltico a fines de 1944, un gran contingente de tropas alemanas —el Grupo de Ejércitos Norte, rebautizado Curlandia— quedó atrapado contra el mar en la península occidental, en lo que se conoció como la "bolsa de Curlandia" (Kurland-Kessel). Allí, durante meses, se libraron seis grandes batallas defensivas hasta que la guarnición se rindió recién el 8-9 de mayo de 1945, prácticamente al mismo tiempo que la capitulación general de Alemania. Fue uno de los últimos frentes activos de la guerra en Europa.
En esas unidades alemanas combatieron también soldados letones movilizados, muchos de ellos en la Legión Letona de las Waffen-SS, atrapados en la tragedia de un pueblo obligado a pelear en ejércitos ajenos. Miles de habitantes de Kurzeme aprovecharon la bolsa para huir en barco hacia Alemania y Suecia antes del regreso soviético, engrosando el exilio letón en Occidente. Los bosques de la región fueron después uno de los refugios de los "hermanos del bosque", la guerrilla anticomunista que resistió durante años. Bajo la calma actual de sus playas y pueblos late, así, la memoria de uno de los episodios más duros del siglo.