Zemgale es la llanura fértil del centro-sur de Letonia, a orillas del río Lielupe, y toma su nombre de los semigalios (zemgaļi), la tribu báltica que la habitaba. Los semigalios protagonizaron la resistencia más larga y tenaz contra la cruzada alemana: mientras otros pueblos caían en pocas décadas, ellos combatieron durante casi un siglo bajo caudillos como el legendario duque Nameisis (Namejs), hasta que, ya vencidos y agotados, muchos prefirieron incendiar sus propias fortalezas y emigrar a Lituania antes que someterse, hacia 1290. Esa resistencia hizo de los semigalios un símbolo del espíritu indómito en la memoria nacional letona; el anillo de Nameisis, con su trenzado característico, se volvió una joya emblemática del país.
Siglos más tarde, Zemgale formó parte del ducado de Curlandia y Semigalia, cuya capital, Mītava (la actual Jelgava), estaba justamente en esta región. La llanura de Zemgale, buena para la agricultura, fue el granero del ducado y sigue siendo hoy una de las zonas agrícolas más ricas del país.
El monumento más espléndido de Zemgale es el palacio de Rundāle, la obra maestra del barroco y el rococó en Letonia. Lo proyectó Bartolomeo Rastrelli, el mismo arquitecto italiano al servicio de la corte rusa que levantó el Palacio de Invierno de San Petersburgo (hoy el Hermitage), como residencia de verano del duque de Curlandia Ernst Johann von Biron. Construido en dos etapas entre 1736 y 1768, con sus salones dorados, sus estucos y sus jardines de estilo francés, Rundāle es una de las visitas imprescindibles del país y un testimonio del esplendor tardío del ducado.
A pocos kilómetros está Bauska, con su castillo doble: un núcleo medieval levantado por la Orden de Livonia en el siglo XV y un palacio renacentista añadido por los duques de Curlandia, todo en la confluencia de dos ríos que forman el Lielupe. Juntos, Rundāle y Bauska muestran la otra cara de la historia de la región: no ya la resistencia de los semigalios, sino el mundo cortesano y europeo de la nobleza que gobernó estas tierras en la Edad Moderna, con sus arquitectos italianos y sus jardines a la francesa.
Latgale, el extremo oriental del país, es la región más distinta de Letonia, y la razón está en su historia. Después de la guerra de Livonia, mientras el resto del territorio pasaba a Suecia o al ducado de Curlandia, Latgale quedó bajo la Mancomunidad de Polonia-Lituania como el voivodato de Inflanty (o "Livonia polaca"), y permaneció allí más tiempo que ninguna otra parte de Letonia, hasta el primer reparto de Polonia en 1772. Ese siglo y medio de dominio polaco dejó una marca profunda: mientras el resto del país se hizo luterano, Latgale se mantuvo mayoritariamente católica, y lo sigue siendo hoy —es una de las regiones católicas más septentrionales de Europa—.
La separación histórica también moldeó la lengua. En Latgale se desarrolló el latgalo, que unos consideran un dialecto del letón y otros una lengua propia, con su tradición escrita en alfabeto latino. Bajo el Imperio ruso, tras la insurrección polaca de 1863, las autoridades prohibieron entre 1865 y 1904 imprimir en caracteres latinos, un golpe durísimo a la cultura latgala que solo se revirtió a comienzos del siglo XX con un despertar cultural propio. A todo esto se suma una importante comunidad rusa de Viejos Creyentes (starovery), cristianos ortodoxos que huyeron de las reformas de la Iglesia rusa en el siglo XVII y encontraron refugio en estos bosques y lagos. Latgale es, por todo eso, un mosaico de letones, polacos, rusos, bielorrusos y judíos, el más diverso del país.
Daugavpils, a orillas del Daugava, es la segunda ciudad de Letonia y la gran urbe del este. Fundada como Dünaburg por la Orden de Livonia en el siglo XIII, cambió muchas veces de manos y de nombre —Dvinsk bajo el Imperio ruso— y desarrolló un carácter marcadamente multiétnico, con población rusa, polaca, bielorrusa, letona y una comunidad judía que llegó a ser mayoritaria en la ciudad a comienzos del siglo XX. Ese pasado judío fue casi por completo aniquilado durante la ocupación nazi, cuando la mayor parte de los judíos de Daugavpils fueron asesinados en las matanzas de 1941-1942.
Su monumento más singular es la fortaleza de Daugavpils, una enorme ciudadela militar construida por el Imperio ruso en el siglo XIX, uno de los complejos fortificados de ese tipo mejor conservados de Europa. En uno de sus edificios funciona hoy el Centro de Arte Mark Rothko, dedicado al pintor del expresionismo abstracto estadounidense, que nació precisamente en Daugavpils en 1903, cuando la ciudad era Dvinsk, antes de emigrar con su familia a Estados Unidos. La ciudad sigue siendo hoy de mayoría rusohablante, lo que la convierte en un punto especialmente sensible de los debates sobre lengua, ciudadanía e identidad en la Letonia contemporánea.
En el corazón de Latgale, entre colinas y lagos, se levanta la basílica de Aglona, el principal santuario católico de Letonia. La iglesia actual, de fachada blanca y dos torres, se terminó hacia 1780 junto a un antiguo convento dominico, y guarda un icono de la Virgen considerado milagroso. Cada 15 de agosto, día de la Asunción, Aglona reúne a decenas de miles de peregrinos de Letonia y de los países vecinos, en la mayor manifestación religiosa del país; el papa Juan Pablo II la visitó en 1993. El santuario es el gran símbolo de la Latgale católica y de su identidad diferenciada dentro de una Letonia mayoritariamente luterana o secular.
A su alrededor se extiende la que suele llamarse "la tierra de los lagos azules", la comarca más lacustre del país, con cientos de espejos de agua entre bosques y campos. Es una región tradicionalmente más pobre y agrícola que el resto de Letonia, muy golpeada por la emigración de las últimas décadas, pero también la más rica en diversidad cultural y religiosa: iglesias católicas, templos ortodoxos, oratorios de Viejos Creyentes y antiguas sinagogas conviven en un paisaje donde se cruzan las culturas letona, polaca, rusa, bielorrusa y latgala. Aglona y sus lagos condensan el alma particular de este rincón oriental del país.