Riga nació en 1201 como base de la cruzada del obispo Alberto sobre el Daugava, y en pocas décadas se transformó en la mayor y más rica ciudad de todo el Báltico oriental. Su ingreso en la Liga Hanseática en 1282 la convirtió en un puerto de primer orden, puente comercial entre el interior ruso y Europa occidental. Por el Daugava bajaban cera, miel, lino, cáñamo, pieles y cereal; a cambio entraban sal, paños y metales. De aquella prosperidad medieval quedan las iglesias góticas de ladrillo, los almacenes de mercaderes y las sedes de los gremios que todavía forman el casco antiguo, hoy inscripto en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Durante siglos, el gobierno de la ciudad estuvo en manos de su patriciado alemán, que mantuvo un notable grado de autonomía municipal por encima de los distintos soberanos —la Orden, Polonia, Suecia, Rusia— que se turnaron en el poder. La mayoría letona quedaba relegada a los oficios y al trabajo, sin acceso a los cargos. Esa larga hegemonía germana explica por qué el letón tardó tanto en ser lengua de ciudad y por qué el despertar nacional del siglo XIX tuvo en Riga a la vez su gran escenario y su gran adversario.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Riga vivió un boom industrial y demográfico espectacular: se volvió uno de los grandes puertos y centros fabriles del Imperio ruso, y su población se multiplicó. Ese crecimiento se tradujo en piedra y estuco. Entre 1900 y 1914 la ciudad se cubrió de edificios de estilo art nouveau (Jugendstil), con fachadas exuberantes de rostros, flores, máscaras y figuras mitológicas. Riga tiene hoy la mayor concentración de arquitectura art nouveau del mundo: se calcula que alrededor de un tercio de los edificios del centro pertenecen a ese estilo, y la calle Alberta es su vidriera más famosa. Muchos de esos edificios los proyectó Mihails Eizenšteins (Mijaíl Eisenstein), padre del célebre cineasta Serguéi Eisenstein.
Ese mismo período fue el de mayor efervescencia social y política de la ciudad, que fue un foco de la Revolución de 1905 y de los movimientos obreros y nacionales. El esplendor de la arquitectura convive así con la memoria de una urbe tensa, multiétnica y en plena ebullición, donde convivían letones, alemanes del Báltico, rusos y una importante comunidad judía.
En Riga se proclamó, el 18 de noviembre de 1918, la República de Letonia, y la ciudad fue el corazón de la primera independencia. También fue el escenario del terror del siglo XX: acá funcionó el gueto de Riga bajo la ocupación nazi, desde acá partieron las columnas hacia el bosque de Rumbula, donde en dos jornadas de 1941 fueron asesinados unos 25.000 judíos, y por sus calles pasaron las deportaciones soviéticas de 1941 y 1949. La comunidad judía de la ciudad, que había sido numerosa y floreciente, quedó prácticamente exterminada.
Riga fue igualmente protagonista del renacimiento nacional al final del período soviético. En enero de 1991, en las "jornadas de las barricadas", sus habitantes levantaron parapetos en el casco antiguo para proteger los edificios clave frente a las fuerzas especiales soviéticas, que mataron a varias personas. Hoy, la capital reúne a cerca de un tercio de la población del país y es el centro político, económico y cultural de Letonia, además de la mayor urbe de los tres Estados bálticos.
A pocos kilómetros de Riga, sobre el golfo, se extiende Jūrmala, una franja de más de veinte kilómetros de playa de arena blanca respaldada por dunas y bosques de pino. Su historia como balneario arranca a comienzos del siglo XIX, cuando oficiales rusos que volvían de las guerras napoleónicas descubrieron sus playas, y se consolidó cuando el ferrocarril la conectó con Riga a mediados de ese siglo. La élite del Imperio ruso empezó a veranear allí, y surgieron las características casas de madera de estilo báltico, con sus torres, galerías y tallas, muchas de las cuales todavía se conservan.
Durante la época soviética, Jūrmala se convirtió en uno de los grandes destinos de vacaciones y de "turismo de salud" de toda la URSS: sanatorios, spas y casas de reposo recibían a trabajadores y jerarcas de todas las repúblicas, atraídos por sus aguas, su barro terapéutico y su aire de pinar. Ese pasado dejó una mezcla peculiar de arquitectura de madera decimonónica y de balnearios de la era soviética. Hoy Jūrmala sigue siendo el balneario por excelencia de los letones y un destino de spa con encanto retro.
Riga fue siempre una ciudad de fronteras culturales. Durante siglos convivieron en ella el alemán de la élite dominante, el letón del pueblo, el ruso de la administración imperial y el yidis de una gran comunidad judía. Esa diversidad fue a la vez su riqueza y su drama: las dos catástrofes del siglo XX, el Holocausto y las deportaciones, borraron comunidades enteras, mientras la industrialización soviética traía a cientos de miles de trabajadores de habla rusa.
Hoy, Riga sigue siendo la ciudad más multiétnica del país, con una proporción muy alta de habitantes de origen ruso, ucraniano y bielorruso junto a la mayoría letona. Las cuestiones de idioma, ciudadanía y memoria histórica se viven con especial intensidad en la capital, que concentra tanto el pulso económico como los debates de identidad de la Letonia contemporánea. Entender Riga es entender, en pequeño, toda la historia del país: siglos de dominación extranjera, una identidad que resiste y una sociedad que todavía negocia cómo convivir con su pasado.