Venecia nació de la huida: en los siglos V y VI, poblaciones del Véneto que escapaban de las invasiones bárbaras se refugiaron en las islas de una laguna insalubre y, sobre pilotes de madera hincados en el barro, levantaron la ciudad más improbable y magnífica del mundo. Bajo la protección nominal de Bizancio, Venecia se dio pronto un gobierno propio encabezado por el dux, y se lanzó al comercio marítimo. Su alianza y su rivalidad con Constantinopla, su control de las rutas de las especias y de la seda hacia Oriente y su formidable arsenal la convirtieron en la mayor potencia comercial del Mediterráneo.
La República de Venecia —la Serenísima— fue un Estado excepcional por su longevidad y su estabilidad: sobrevivió más de mil años, hasta 1797. Gobernada por una oligarquía de familias mercantiles a través de un complejo sistema de consejos que evitaba la tiranía de un solo hombre, tejió un imperio marítimo (el Stato da Mar) con colonias en Dalmacia, Grecia, Creta y Chipre. En 1204 desvió la Cuarta Cruzada para saquear la propia Constantinopla; de allí trajo los caballos de bronce de San Marcos. Su flota derrotó a los turcos en Lepanto (1571), aunque el avance otomano fue reduciendo poco a poco sus dominios de ultramar.
Venecia fue también un foco cultural deslumbrante: la escuela pictórica de Bellini, Giorgione, Tiziano, Tintoretto y Veronese; la imprenta de Aldo Manuzio; la música de Vivaldi; el teatro de Goldoni; el carnaval. Su decadencia política en el siglo XVIII terminó de golpe cuando Napoleón la conquistó en 1797 y puso fin a la República milenaria, entregándola luego a Austria. Recién con la unificación, en 1866, Venecia y el Véneto se incorporaron a Italia. La ciudad sobre el agua, Patrimonio de la Humanidad, sigue siendo uno de los lugares más asombrosos del planeta.
Antes de caer bajo Venecia, el Véneto tuvo sus propios señores. Verona, ciudad de origen romano —conserva una de las mayores arenas de la Antigüedad, todavía usada para la ópera—, fue un importante centro medieval en la ruta entre Italia y los pasos alpinos. En los siglos XIII y XIV la gobernó la familia Della Scala, los Scaligeri, señores gibelinos que la convirtieron en una potencia regional y en refugio de exiliados: entre ellos, el propio Dante Alighieri, acogido por Cangrande della Scala durante su destierro.
La Verona de los Scaligeri fue una ciudad rica y culta, con sus tumbas monumentales, sus castillos y sus puentes fortificados. Pero su expansión chocó con Venecia, y en 1405 Verona y buena parte del Véneto pasaron al dominio de la Serenísima, bajo la cual permanecieron casi cuatro siglos, hasta la llegada de Napoleón. La ciudad debe además su fama universal a la literatura: aquí ambientó Shakespeare la tragedia de Romeo y Julieta, y aún hoy multitudes visitan el supuesto balcón de Julieta.
Tras la caída de Venecia, Verona y el Véneto quedaron bajo dominio austríaco, del que solo se liberaron en 1866, al incorporarse al reino de Italia. La región vivió después páginas dramáticas: fue frente de la Primera Guerra Mundial —los Alpes vénetos y el Piave— y escenario, en la Segunda, de la ocupación alemana y de la República de Salò, cuyo gobierno títere tenía su sede a orillas del lago de Garda. Hoy el Véneto es una de las regiones más prósperas y visitadas de Italia.
Milán, capital de la Lombardía, fue durante siglos la gran ciudad del norte de Italia. Ya en la Antigüedad tardía fue capital del Imperio de Occidente —aquí Constantino promulgó en 313 el Edicto de Milán que toleró el cristianismo, y aquí predicó san Ambrosio—. Como comuna medieval, Milán encabezó la Liga Lombarda que derrotó al emperador Barbarroja en Legnano (1176), defendiendo las libertades de las ciudades frente al Imperio.
En el siglo XIV, la familia Visconti se hizo con el poder y convirtió Milán en un poderoso ducado que dominó buena parte del norte; a ellos se debe el inicio de la fastuosa catedral gótica, el Duomo. Al extinguirse los Visconti, tomó el relevo un condotiero, Francesco Sforza, que en 1450 fundó una nueva dinastía. La Milán de los Sforza, sobre todo bajo Ludovico el Moro, fue una de las cortes más brillantes del Renacimiento: allí trabajó durante casi veinte años Leonardo da Vinci, que pintó La última cena en el refectorio de Santa Maria delle Grazie y proyectó máquinas, canales y fortificaciones.
Ese esplendor terminó con las guerras de Italia. A partir de 1499, el ducado de Milán se convirtió en el principal botín disputado entre Francia y España; finalmente quedó bajo dominio español y, tras 1714, austríaco. Bajo los Habsburgo, Milán fue un centro de la Ilustración —la de Beccaria y los hermanos Verri— y luego capital del reino napoleónico de Italia. En el siglo XIX encabezó el sentimiento antiaustríaco, con las heroicas Cinco Jornadas de 1848. Ya en la Italia unida, Milán se convirtió en la capital económica, financiera e industrial del país, y hoy es su centro de la moda, el diseño y los negocios.
En la estrecha franja de costa entre el mar y los Apeninos que forma la Liguria se alzó otra de las grandes repúblicas marítimas: Génova, "la Superba". Desde el siglo XI, los genoveses construyeron una potencia comercial y naval que rivalizó con Pisa —a la que derrotó en la Meloria (1284)— y con Venecia, con la que libró guerras durante siglos. El imperio genovés se extendió por el Mediterráneo occidental y, sobre todo, por el mar Negro, con colonias como Caffa, desde donde traían esclavos, grano y las mercancías de la Ruta de la Seda. Los banqueros genoveses financiaron a la Corona española, y de Génova era Cristóbal Colón.
La República de Génova, gobernada como Venecia por una oligarquía mercantil bajo un dux, conoció su esplendor arquitectónico en el siglo XVI con los palacios de los Rolli, hoy Patrimonio de la Humanidad. Aunque perdió peso frente a las potencias atlánticas, sobrevivió como Estado independiente hasta que Napoleón la anexó; el Congreso de Viena la entregó en 1815 al reino de Cerdeña-Piamonte. De Génova, y de la vecina Niza, era el gran héroe del Risorgimento, Giuseppe Garibaldi, y de aquí zarpó en 1860 la expedición de los Mil.
La costa ligur, abrupta y magnífica, alberga uno de los paisajes más célebres de Italia: las Cinque Terre, cinco pueblos de pescadores —Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore— encaramados sobre acantilados y rodeados de viñas en terrazas construidas a lo largo de siglos de trabajo campesino. Aisladas hasta la llegada del ferrocarril, hoy son Patrimonio de la Humanidad y uno de los destinos más fotografiados del país, testimonio de la dura y bella relación de los ligures con el mar y la montaña.
Al pie de los Apeninos, entre la Lombardía y la Toscana, Bolonia es una de las ciudades más singulares de Italia. Sede de la universidad más antigua del mundo occidental, fundada en 1088, es apodada la "docta"; por sus kilómetros de pórticos medievales —hoy Patrimonio de la Humanidad— y su cocina la llaman también la "gorda"; y por su larga tradición política de izquierda, la "roja". Como comuna medieval fue rica y libre; en 1249 sus milicias capturaron nada menos que al rey Enzo, hijo del emperador Federico II. Más tarde pasó a formar parte de los Estados Pontificios, bajo cuyo dominio permaneció hasta la unificación.
Bolonia es la capital de Emilia-Romaña, una región fértil y emprendedora que fue frontera entre el mundo bizantino de Rávena —capital del Imperio de Oriente en Italia, con sus incomparables mosaicos— y el mundo lombardo y pontificio. En el siglo XX, Emilia-Romaña se convirtió en un ejemplo de desarrollo basado en la pequeña y mediana empresa, las cooperativas y la mecánica de precisión: de sus talleres salieron Ferrari, Lamborghini, Maserati y Ducati, la llamada "tierra de los motores".
El norte de Italia en su conjunto —Lombardía, Piamonte, Véneto, Liguria, Emilia— fue el gran protagonista del milagro económico de la posguerra que transformó a Italia en una potencia industrial. El "triángulo industrial" Milán-Turín-Génova, con la Fiat, la Pirelli, la Olivetti y los astilleros, atrajo a millones de emigrantes del sur. Esa prosperidad, junto a la de los distritos industriales del Véneto y Emilia, hizo del norte el motor económico del país y acentuó, como contraste, la vieja brecha con el Mezzogiorno. Bolonia sufrió además, en 1980, el peor atentado de los años de plomo: una bomba neofascista en su estación mató a 85 personas, herida que la ciudad conmemora cada año.