Islandia es un accidente geológico afortunado. La isla se asienta sobre la dorsal mesoatlántica, la enorme cadena montañosa submarina que recorre el fondo del océano Atlántico de norte a sur y que marca el límite entre dos placas tectónicas: la norteamericana al oeste y la euroasiática al este. En casi todo el planeta esa dorsal está sumergida a miles de metros de profundidad; en Islandia, gracias a una "pluma" de magma especialmente caliente que asciende bajo la isla (un punto caliente parecido al de Hawái), la dorsal emerge del mar y queda a la vista. Por eso Islandia es uno de los pocos lugares de la Tierra donde se puede caminar, literalmente, sobre la grieta entre dos continentes.
Las dos placas se separan a un ritmo de unos dos centímetros por año, y esa separación se rellena continuamente con roca fundida que sube desde abajo. El resultado es un país joven, volcánicamente activísimo y en crecimiento permanente: buena parte del oeste de Islandia se aleja de la parte oriental unos centímetros cada año, y la superficie de la isla, en promedio geológico, se ensancha. A lo largo de esa fisura central se alinean los volcanes —hay más de treinta sistemas volcánicos activos—, los campos de lava, las fumarolas, los géiseres y las áreas geotérmicas que dan a Islandia su paisaje sobrenatural.
Ese mismo calor subterráneo, que ha sido a lo largo de la historia fuente de catástrofes, es hoy la gran riqueza del país: casi todos los hogares islandeses se calientan con agua geotérmica, y la electricidad proviene casi por completo de fuentes renovables —hidráulica y geotérmica—. La palabra misma con que se abre el nombre de la capital, Reykjavík, "bahía de los humos", alude al vapor que los primeros colonos vieron elevarse de la tierra. Fuego y hielo conviven en un equilibrio inestable: glaciares que cubren volcanes, ríos de lava junto a lenguas de hielo. Toda la historia humana de Islandia se ha escrito encima de ese suelo que tiembla.
Antes de los vikingos hubo, quizá, monjes. Fuentes medievales islandesas como el Íslendingabók (el "Libro de los islandeses", de Ari Þorgilsson, hacia 1130) y relatos irlandeses cuentan que, cuando llegaron los primeros nórdicos, encontraron rastros de unos eremitas cristianos irlandeses a los que llamaron papar: campanas, báculos y libros abandonados. Estos monjes, herederos de la tradición monástica celta que buscaba islas desiertas para el retiro espiritual, habrían usado Islandia como refugio de soledad en los siglos VIII y IX, y se habrían marchado al ver llegar a los paganos. La arqueología no ha confirmado con certeza su presencia, y sigue siendo un asunto debatido, pero varios topónimos —como las islas Vestmann o el propio término Papey— guardan su memoria.
El poblamiento estable y masivo, en cambio, está bien documentado. Según la tradición, el primer colono permanente fue el caudillo noruego Ingólfur Arnarson, que se habría instalado hacia el año 874. El relato del Landnámabók (el "Libro del asentamiento") cuenta que, al avistar la costa, Ingólfur arrojó al mar los pilares de madera de su asiento de honor jurando establecerse donde las olas los llevaran; los encontró en una bahía del suroeste de la que salía vapor geotérmico, y por eso la llamó Reykjavík. La datación es notable: los estudios de capas de ceniza volcánica (tefrocronología) sitúan una gran caída de ceniza fechada hacia 871-872, justo por debajo de los restos humanos más antiguos, lo que confirma que la colonización arrancó de verdad en esos años.
La llamada "Edad del Asentamiento" (landnám) se extendió aproximadamente entre 874 y 930, y en apenas medio siglo el país quedó ocupado. Llegaron sobre todo noruegos que huían del creciente poder del rey Harald Cabellera Hermosa, junto a esclavos y colonos de origen celta —irlandeses y escoceses—, algo que confirman los estudios genéticos modernos: buena parte de la ascendencia femenina de los islandeses actuales procede de las islas británicas. Aquellos colonos trajeron ganado, la lengua nórdica antigua —de la que desciende el islandés actual, notablemente conservador— y una manera de organizarse sin rey que marcaría el rumbo del país.
En el año 930, los caudillos que se habían repartido la isla dieron un paso extraordinario: en vez de coronar a un rey, fundaron una asamblea común. En la llanura de Þingvellir —un lugar de enorme fuerza simbólica, justo donde la grieta entre las placas tectónicas abre un valle de acantilados de lava— se reunió por primera vez el Alþingi, la asamblea general de toda Islandia. Es considerado uno de los parlamentos más antiguos del mundo que aún existen. Cada verano, durante dos semanas, los goðar (los jefes-sacerdotes que concentraban poder político y religioso) y los hombres libres acudían a Þingvellir para dictar y enmendar leyes, dirimir pleitos, cerrar tratos y matrimonios, y escuchar al lögsögumaður, el "recitador de la ley", que debía declamar de memoria un tercio del código jurídico cada año desde la Roca de la Ley.
Nació así la Mancomunidad o Estado Libre Islandés (Þjóðveldið), que se prolongó desde 930 hasta 1262. Fue un experimento político singular: un país sin rey, sin ejército y casi sin gobierno central, sostenido por una red de goðorð —las jefaturas— y por un sistema de leyes sofisticado pero sin verdadero poder ejecutivo para hacerlas cumplir. La justicia dependía en última instancia de que las partes aceptaran la sentencia o de que tuvieran fuerza para imponerla, lo que hacía de las alianzas, la negociación y la venganza los verdaderos motores de la vida social.
Durante buena parte de esos tres siglos, la Mancomunidad conoció un notable florecimiento. La sociedad de granjeros independientes prosperó, se convirtió al cristianismo por vía pacífica en el año 1000, y desarrolló una vida cultural intensísima que culminaría en la escritura de las sagas. Pero el mismo diseño que la hacía original —la falta de un poder central capaz de imponer el orden— llevaba en germen su crisis: cuando unas pocas familias poderosas acumularon demasiadas jefaturas, el equilibrio se rompió y el país se deslizó hacia la guerra civil.
El aporte más asombroso de la Islandia medieval no fue militar ni político, sino literario. Entre los siglos XII y XIV, en un país pobre y remoto de apenas unas decenas de miles de habitantes dedicados a criar ovejas y pescar, se escribió un corpus de prosa narrativa que no tiene parangón en toda la Europa de su tiempo: las sagas. Escritas en la lengua vernácula —no en latín—, en un estilo sobrio, realista y sorprendentemente moderno, las sagas cuentan historias de familias, disputas, viajes, venganzas y leyes con una economía de medios y una profundidad psicológica que siguen fascinando a los lectores.
Hay varios grandes grupos. Las Íslendingasögur o "sagas de los islandeses" —como la Saga de Njál, la Saga de Egil o la Saga de los habitantes de Laxárdalur— narran la vida de las familias de la época del asentamiento y de la Mancomunidad, entre el paisaje real de los fiordos y valles del país. Las sagas de reyes, como la Heimskringla de Snorri Sturluson, cuentan la historia de los monarcas noruegos. Las sagas legendarias y las eddas —la Edda poética y la Edda prosaica del propio Snorri— conservan buena parte de lo que hoy sabemos sobre la mitología nórdica: Odín, Thor, el Ragnarök y todo su universo de dioses habría llegado a nosotros mucho más pobre sin estos manuscritos islandeses.
El valor de las sagas es doble. Por un lado son literatura de primer orden, con héroes complejos, mujeres poderosas y un sentido trágico del destino y del honor. Por otro son una fuente histórica y antropológica irremplazable: gracias a ellas conocemos la sociedad, el derecho, la geografía y hasta la vida cotidiana de la Escandinavia medieval. Que semejante obra naciera en manos de campesinos, en pergaminos de piel de ternero cosidos junto al fuego durante los largos inviernos, es uno de los grandes enigmas culturales de la historia. Los islandeses conservaron esos manuscritos como su mayor tesoro, y su repatriación desde Dinamarca en 1971 fue vivida como una fiesta nacional.
Hacia el año 1000, Islandia estuvo al borde de una guerra de religión. El rey Olaf Tryggvason de Noruega presionaba con dureza para que los islandeses abandonaran el paganismo, y en el Alþingi la comunidad quedó dividida en dos bandos, paganos y cristianos, al punto de que se temió la ruptura del país. La solución fue típicamente islandesa: en vez de recurrir a las armas, ambas partes acordaron someterse al arbitraje de un solo hombre, el lögsögumaður Þorgeir Ljósvetningagoði, que —según cuenta el Íslendingabók— era él mismo pagano. Þorgeir pasó un día y una noche tendido bajo una capa de piel, meditando en silencio, y al día siguiente dictaminó que todos los islandeses debían bautizarse, aunque se toleraría en privado el culto a los viejos dioses, el consumo de carne de caballo y la exposición de los recién nacidos no deseados. Islandia se hizo cristiana sin derramar sangre, por decisión de una asamblea.
Casi al mismo tiempo, aquellos mismos nórdicos protagonizaban una de las mayores hazañas de la exploración humana. Desde Islandia, Erik el Rojo había colonizado Groenlandia hacia el 985; y desde Groenlandia, su hijo Leif Erikson navegó hacia el oeste alrededor del año 1000 y llegó a una tierra que llamó Vinland: la costa de América del Norte, unos cinco siglos antes que Cristóbal Colón. Durante mucho tiempo esto fue solo un relato de las sagas de Vinland, tenido por leyenda.
Hoy es un hecho arqueológicamente confirmado. En los años sesenta, la excavación del sitio de L'Anse aux Meadows, en el extremo norte de Terranova (Canadá), sacó a la luz los restos inequívocos de un asentamiento nórdico —casas de turba, una fragua, objetos escandinavos—, la primera prueba material de la presencia europea en América antes de Colón. El lugar es hoy Patrimonio de la Humanidad. No fue una colonia duradera —los nórdicos se retiraron ante la distancia y el conflicto con los pueblos originarios, a los que llamaron skrælingjar—, pero demuestra que, desde su pequeña isla del Atlántico Norte, los islandeses y groenlandeses tocaron América mucho antes de que nadie en el Mediterráneo imaginara que existía.
El sistema de la Mancomunidad se sostenía sobre un equilibrio de poder entre muchos goðar. A lo largo del siglo XIII ese equilibrio se rompió: unas pocas familias poderosas —los Sturlungar, los Ásbirningar, los Haukdælir, entre otras— fueron acumulando jefaturas y territorios, hasta convertirse en verdaderos señores enfrentados por el control de la isla. El periodo, conocido como la Edad de los Sturlungos (Sturlungaöld), fue una guerra civil sangrienta y prolongada, con batallas, matanzas y traiciones que dejaron al país exhausto. Paradójicamente, esos mismos años de violencia coinciden con el gran esplendor de la escritura de las sagas: buena parte de ellas se compuso justo mientras se derrumbaba el mundo que describían. La propia Sturlunga saga, escrita por testigos de aquel desangre, es la crónica de esa autodestrucción.
El rey Haakon IV de Noruega supo aprovechar el caos. Uno de los grandes protagonistas de la época, el historiador y político Snorri Sturluson —autor de la Heimskringla y de la Edda prosaica—, había sido cortesano del rey noruego, y terminó asesinado en 1241 en el sótano de su granja de Reykholt, por orden indirecta de la corona. Agotados por décadas de guerra, y presionados por Noruega, los caudillos y las asambleas islandesas fueron aceptando, distrito por distrito, la autoridad del rey.
Entre 1262 y 1264 el Alþingi ratificó el llamado Gamli sáttmáli, el "Viejo Pacto", por el que Islandia reconocía la soberanía del rey de Noruega a cambio de ciertas garantías —el mantenimiento de la paz, el envío regular de barcos con provisiones y el respeto a las leyes locales—. Terminaban así más de tres siglos de independencia. En 1271 y 1281 la corona introdujo nuevos códigos legales de modelo noruego (Járnsíða y Jónsbók), y el poder pasó a funcionarios reales. Islandia entraba en una larga etapa de dependencia extranjera de la que no saldría hasta el siglo XX.
Los siglos siguientes fueron duros. En 1397, la Unión de Kalmar juntó bajo una misma corona a Dinamarca, Noruega y Suecia, y con Noruega Islandia pasó de hecho a la órbita danesa, bajo la que quedaría durante más de cinco siglos. La isla, lejana y despoblada, se volvió una posesión marginal cuyo destino se decidía en Copenhague. A esa dependencia política se sumaron las catástrofes: aunque la Peste Negra no llegó a Islandia en la gran oleada europea de mediados del siglo XIV, sí la azotó con enorme virulencia en dos episodios posteriores, hacia 1402-1404 y de nuevo hacia 1494-1495, que mataron quizá a la mitad de la población en cada ocasión y desorganizaron la vida del país durante generaciones.
El siglo XVI trajo la Reforma protestante, y en Islandia no fue una conversión, sino una imposición. El rey Cristián III de Dinamarca decidió imponer el luteranismo en todos sus dominios, sobre todo para apropiarse de las ricas propiedades de la Iglesia católica. La resistencia tuvo un rostro: Jón Arason, obispo católico de Hólar, en el norte, poeta y último gran defensor de la vieja fe y de una cierta autonomía islandesa frente a la corona. Se opuso con las armas al avance luterano, pero fue capturado y decapitado junto con dos de sus hijos en Skálholt el 7 de noviembre de 1550.
Su ejecución marcó el triunfo definitivo de la Reforma y del poder danés. La corona confiscó los bienes eclesiásticos, se cerraron los monasterios y la Iglesia luterana quedó sometida al rey. La Biblia se tradujo al islandés en 1584 —lo que, involuntariamente, ayudó a preservar la lengua—, pero el país perdió buena parte de su vida cultural monástica y se hundió aún más en la pobreza y la dependencia. Jón Arason quedó en la memoria como una figura casi trágica: el último islandés que resistió con las armas antes de tres siglos de sometimiento.
En 1602, la corona danesa impuso a Islandia un monopolio comercial: solo comerciantes daneses autorizados, y solo desde puertos determinados, podían comprar y vender en la isla. El sistema, que se mantuvo con distintas formas hasta 1787, condenó a los islandeses a vender su pescado y su lana a precios fijados por otros y a comprar caro y mal harina, madera y herramientas. Prohibido comerciar con ingleses u holandeses, que a menudo ofrecían mejores condiciones, el país quedó atrapado en una economía de subsistencia y en una miseria crónica; los inviernos malos se traducían directamente en hambrunas. El monopolio se recuerda como uno de los grandes agravios de la dominación danesa.
Sobre esa población empobrecida cayó, en 1783, la mayor catástrofe de la historia islandesa. El 8 de junio empezó a abrirse el Lakagígar, una fisura volcánica de unos 27 kilómetros al sur de la isla, en la mayor erupción de lava fisural registrada en tiempos históricos. Durante ocho meses, hasta febrero de 1784, el Laki vomitó ríos de lava y, sobre todo, cantidades colosales de gases venenosos —dióxido de azufre y flúor— que envenenaron el aire, el agua y los pastos. El flúor intoxicó al ganado: murió cerca de la mitad de las vacas y una gran parte de las ovejas y los caballos del país. Sin animales y con las cosechas arruinadas, sobrevino la hambruna conocida como Móðuharðindin, "las penurias de la niebla". Se calcula que murió alrededor de una quinta parte de la población islandesa —unas 9.000 personas—; se llegó a discutir en Copenhague la evacuación completa de la isla.
Los efectos rebasaron con creces Islandia. La "neblina del Laki" se extendió por Europa durante el verano de 1783, con un sol rojizo y un aire irrespirable, y el invierno siguiente fue uno de los más crudos que se recordaban; las malas cosechas y la carestía golpearon a media Europa. Algunos historiadores han planteado la hipótesis de que ese encadenamiento de malas cosechas, hambre y descontento en Francia habría contribuido, entre muchas otras causas, a preparar el terreno de la Revolución Francesa de 1789. Conviene tomarlo como lo que es —una hipótesis debatida, no un hecho probado—: la Revolución tuvo raíces sociales y políticas profundas, y el peso concreto del Laki en ella sigue siendo objeto de discusión entre los especialistas.
El siglo XIX fue el de la emigración y el del despertar nacional. Empujados por la pobreza, las erupciones —como la del Askja en 1875, que cubrió de ceniza el este del país— y la falta de tierras, decenas de miles de islandeses partieron entre las décadas de 1870 y 1910 hacia América del Norte. Muchos se instalaron en Canadá, en la región de Manitoba a orillas del lago Winnipeg, donde fundaron la colonia de "Nueva Islandia" en torno al pueblo de Gimli, todavía hoy el mayor núcleo de descendientes de islandeses fuera de la isla. Se calcula que emigró en torno a una quinta parte de la población.
Al mismo tiempo crecía el movimiento independentista, encarnado sobre todo en la figura de Jón Sigurðsson (1811-1879), erudito y político que dirigió con paciencia y sin violencia la lucha por la autonomía frente a Dinamarca. Bajo su liderazgo, Islandia obtuvo una constitución y un Alþingi restaurado con funciones legislativas en 1874, en el milenario del asentamiento. Su cumpleaños, el 17 de junio, sería más tarde elegido como día nacional de Islandia. El proceso siguió por etapas: en 1904 el país logró el gobierno propio (Home Rule), y en 1918 se convirtió en el Reino de Islandia, un Estado soberano unido a Dinamarca solo por la persona del rey y por la política exterior.
La Segunda Guerra Mundial precipitó el desenlace. Cuando Alemania ocupó Dinamarca en abril de 1940, Islandia quedó aislada de su rey, y al mes siguiente, en mayo de 1940, tropas británicas ocuparon la isla para impedir que lo hicieran los alemanes; en 1941 el relevo lo tomaron los Estados Unidos. La ocupación —aceptada a regañadientes pero muy provechosa económicamente— transformó el país, lo llenó de empleo, carreteras y dinero, y volvió inviable seguir atado a una Dinamarca ocupada. El 17 de junio de 1944, en la llanura histórica de Þingvellir, Islandia proclamó por fin la República, plenamente independiente. Sveinn Björnsson fue su primer presidente. Mil años después del Alþingi, la vieja república de granjeros renacía como Estado moderno.
La Islandia independiente hizo del mar su gran asunto de Estado. La pesca —sobre todo del bacalao— era el sustento del país, y defender los caladeros frente a las flotas extranjeras se volvió una cuestión de supervivencia nacional. De ahí nacieron las llamadas Guerras del Bacalao, una serie de enfrentamientos con el Reino Unido a lo largo de tres décadas: cuando Islandia amplió unilateralmente sus aguas exclusivas —a 4 millas en 1952, a 12 en 1958, a 50 en 1972 y a 200 en 1975—, los pesqueros británicos siguieron faenando escoltados por buques de guerra. Los guardacostas islandeses respondían cortando las redes de los arrastreros con cizallas, y hubo colisiones, embestidas y una fuerte tensión diplomática. Pese a ser una de las naciones más pequeñas y sin ejército, Islandia ganó las tres disputas: en la última, hacia 1976, llegó a amenazar con cerrar la base militar de Keflavík y romper con la OTAN, y el Reino Unido cedió. Aquellas "guerras" sin apenas víctimas consolidaron el principio de la zona económica exclusiva de 200 millas que hoy rige en todo el mundo.
Ese pulso muestra el peso estratégico que Islandia tuvo durante la Guerra Fría. Situada en mitad del Atlántico Norte, entre América y Europa, la isla era una pieza clave para el control del océano. Islandia fue miembro fundador de la OTAN en 1949 —decisión que provocó disturbios en Reikiavik— y albergó desde 1951 la gran base aeronaval estadounidense de Keflavík, sin tener ejército propio.
Esa posición de encrucijada hizo de Reikiavik el escenario de un momento histórico. Los días 11 y 12 de octubre de 1986, en la casa de Höfði, a orillas del mar, se reunieron el presidente estadounidense Ronald Reagan y el líder soviético Mijaíl Gorbachov. La cumbre terminó formalmente sin acuerdo —tropezó con la iniciativa de defensa estratégica de Reagan—, pero los dos líderes llegaron sorprendentemente cerca de pactar la eliminación de todas las armas nucleares, y el terreno que allí se preparó condujo, un año después, al Tratado INF que retiró los misiles de alcance intermedio. Muchos consideran la cumbre de Reikiavik uno de los grandes pasos hacia el final de la Guerra Fría.
En las décadas siguientes Islandia se modernizó a toda velocidad y, a comienzos del siglo XXI, protagonizó un espectacular auge financiero. Sus tres grandes bancos —Kaupthing, Landsbanki y Glitnir— se expandieron por el mundo captando ahorros extranjeros, sobre todo británicos y holandeses (las cuentas "Icesave"), hasta que sus activos llegaron a multiplicar por varias veces el producto del país. Fue una burbuja insostenible: en octubre de 2008, en plena crisis financiera mundial, los tres bancos quebraron casi a la vez. En proporción al tamaño de su economía, fue el mayor colapso bancario de la historia de cualquier país.
La respuesta islandesa se apartó del guion habitual. En vez de rescatar a los bancos con dinero público, el Estado los dejó caer, los nacionalizó y los partió en un "banco bueno" y un "banco malo", garantizando los depósitos internos pero no las deudas con los acreedores extranjeros. La corona se desplomó, hubo controles de capital, protestas masivas —la "revolución de las cacerolas" que tumbó al gobierno— y, con el tiempo, procesos judiciales que llevaron a la cárcel a decenas de banqueros, algo insólito en el mundo. La economía se hundió y luego se recuperó, apoyada en la pesca, la energía barata y un turismo que crecería de forma explosiva en los años siguientes.
Y entonces volvieron los volcanes. En 2010, la erupción del Eyjafjallajökull lanzó una nube de ceniza a la atmósfera que, arrastrada por el viento sobre Europa, obligó a cerrar el espacio aéreo de gran parte del continente durante días: se cancelaron más de 100.000 vuelos y millones de pasajeros quedaron varados, en el mayor cierre aéreo desde la Segunda Guerra Mundial. Más recientemente, la península de Reykjanes, a las puertas de Reikiavik, entró en un nuevo ciclo eruptivo tras ocho siglos de calma: desde la erupción de Fagradalsfjall en marzo de 2021 se han sucedido varias erupciones, y a partir de finales de 2023 la actividad se desplazó hacia la fila de cráteres de Sundhnúkur, junto al pueblo pesquero de Grindavík. En noviembre de 2023 sus casi 4.000 habitantes fueron evacuados ante la amenaza del magma, y las erupciones sucesivas dañaron viviendas e infraestructuras y dejaron el pueblo prácticamente abandonado. Una vez más, la historia de Islandia se escribe al ritmo de la tierra que la creó.