Antes de que existiera Budapest, en la orilla derecha del Danubio se levantaba Aquincum, capital de la provincia romana de Panonia Inferior. Fundada en el siglo I sobre un campamento militar, llegó a ser una ciudad de decenas de miles de habitantes, con su fortaleza legionaria, su ciudad civil, dos anfiteatros —uno militar y uno civil—, termas, templos y un sistema de acueductos. Marco Aurelio, el emperador filósofo, pasó temporadas en esta frontera del imperio combatiendo a los pueblos germánicos, y aquí, según se cree, redactó parte de sus "Meditaciones".
El Danubio era el limes, la línea fortificada que marcaba el borde del mundo romano frente a los "bárbaros" del este. Aquincum era, por tanto, una plaza militar de primer orden, punto de contacto y de choque entre Roma y las estepas. Sus ruinas —el museo y el parque arqueológico de Aquincum, los restos del anfiteatro militar— se conservan hoy en el barrio de Óbuda, en el norte de Budapest.
Óbuda (literalmente "Buda Vieja") heredó ese emplazamiento a lo largo de la Edad Media. La continuidad es notable: sobre la vieja capital panónica de Roma se asentaron después los magiares, y de aquel núcleo antiguo, sumado a la fortaleza medieval de Buda y a la ciudad comercial de Pest en la orilla opuesta, nacería con el tiempo la capital de Hungría.
Durante siglos, lo que hoy es Budapest fueron tres ciudades distintas a orillas del Danubio: Buda, encaramada en la colina de la orilla oeste, con su castillo real y el barrio del Palacio; Óbuda, más al norte; y Pest, la ciudad comercial y llana de la orilla este. Buda se convirtió en capital real tras la invasión mongola, cuando Béla IV mandó fortificar la colina, y alcanzó su esplendor con la corte renacentista de Matías Corvino en el siglo XV. Con la conquista otomana de 1541, Buda fue durante siglo y medio la sede del bajá turco, y sólo fue reconquistada por los cristianos en 1686, tras un sangriento asedio que la dejó arrasada.
El gran salto llegó en el siglo XIX. La construcción del Puente de las Cadenas (Széchenyi lánchíd), inaugurado en 1849 —el primer puente permanente sobre el Danubio en la zona—, unió físicamente Buda y Pest. En 1873, las tres ciudades se fusionaron oficialmente en una sola: Budapest. En las décadas siguientes, al calor del crecimiento de la monarquía dual y de las celebraciones del milenio de 1896, la capital vivió una explosión urbanística que le dio su rostro actual: el imponente Parlamento neogótico a orillas del río, la avenida Andrássy, la primera línea de metro del continente europeo (1896), la Ópera, los grandes bulevares y los balnearios termales.
El siglo XX golpeó duramente a la ciudad: el asedio soviético del invierno de 1944-45 la dejó en ruinas y con todos sus puentes volados, y en 1956 sus calles fueron escenario de la revolución. Reconstruida, Budapest es hoy una de las capitales más bellas de Europa, con su casco histórico y las orillas del Danubio declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Aguas arriba de Budapest, allí donde el Danubio hace su gran recodo y marca hoy la frontera con Eslovaquia, se levanta Esztergom, la ciudad más cargada de simbolismo del cristianismo húngaro. Aquí, en la colina del castillo, nació hacia el año 975 el príncipe Vajk, que sería bautizado y coronado como Esteban I, el primer rey cristiano de Hungría. Esztergom fue la primera capital del reino y el lugar donde, en el año 1000, se puso en marcha el Estado húngaro.
Esteban hizo de Esztergom la sede del arzobispado principal del país. Desde entonces, el arzobispo de Esztergom es el primado de Hungría, la máxima autoridad de la Iglesia católica húngara, y la ciudad ha sido durante mil años el centro religioso de la nación. Ese papel la marcó también en los tiempos difíciles: en el siglo XX, el cardenal József Mindszenty, arzobispo de Esztergom, encarnó la resistencia de la Iglesia frente al comunismo, fue encarcelado y torturado por el régimen estalinista y se refugió durante quince años en la embajada de Estados Unidos tras la revolución de 1956.
El monumento que corona la ciudad es la Basílica de Esztergom, la iglesia más grande de Hungría, un enorme templo neoclásico del siglo XIX levantado sobre los cimientos de catedrales medievales. Su cúpula domina el paisaje del recodo del Danubio y es visible desde la orilla eslovaca. Esztergom conserva así, en piedra, la memoria del nacimiento del reino y de su vínculo milenario con la cristiandad latina.
En pleno recodo del Danubio, donde el río se estrecha entre montañas, se alza Visegrád, dominada por las ruinas de su castillo en alto y por la llamada Torre de Salomón. La fortaleza fue construida tras la invasión mongola de 1241 como parte de la nueva red de castillos de piedra, y en el siglo XIV, bajo los reyes de la casa de Anjou, Visegrád se convirtió durante décadas en residencia real y capital del reino.
Aquí tuvo lugar uno de los grandes acontecimientos diplomáticos de la Europa medieval: el Congreso de Visegrád de 1335, en el que el rey húngaro Carlos I Roberto reunió al rey Juan de Bohemia y a Casimiro III de Polonia para zanjar disputas, sellar una alianza y fomentar rutas comerciales que evitaran a la rival Viena. Aquel encuentro de los tres reyes centroeuropeos es tan recordado que en 1991, al caer el comunismo, Hungría, Polonia y Checoslovaquia (luego Chequia y Eslovaquia) bautizaron su cooperación regional como "Grupo de Visegrád" en homenaje directo a la cumbre medieval.
El mayor esplendor de Visegrád llegó en el siglo XV con Matías Corvino, que transformó el palacio real gótico en una fastuosa residencia renacentista, con fuentes de mármol, jardines colgantes y decoración a la italiana que los cronistas de la época describieron con asombro como un "paraíso terrenal". Aquel palacio, sepultado y olvidado durante siglos tras las guerras turcas, fue redescubierto por la arqueología en el siglo XX y hoy puede visitarse, evocando el momento en que este rincón del Danubio fue uno de los centros del Renacimiento europeo.
A pocos kilómetros de Budapest, en la orilla del Danubio, Szentendre es una pequeña ciudad de calles empedradas, casas de colores e iglesias de campanarios barrocos que le dan un aire mediterráneo insólito en Hungría. Ese carácter tiene un origen histórico preciso: la llegada de refugiados serbios que huían del avance otomano en los Balcanes.
El episodio decisivo fue la "Gran Migración de los Serbios" de 1690, cuando, tras el fracaso de un levantamiento antiotomano, decenas de miles de serbios ortodoxos encabezados por el patriarca Arsenije III Čarnojević cruzaron hacia los territorios de los Habsburgo. Muchos se instalaron en Szentendre, que se convirtió en un próspero centro comercial y en la sede de una importante comunidad ortodoxa serbia. Ellos levantaron las iglesias barrocas de la ciudad y su catedral ortodoxa, y le dieron su fisonomía característica. Con el tiempo, la comunidad serbia se fue reduciendo, pero su huella arquitectónica y espiritual permanece.
Desde comienzos del siglo XX, Szentendre se transformó además en una célebre colonia de artistas: pintores y escultores húngaros se instalaron en ella atraídos por su luz y su ambiente, y la ciudad se llenó de talleres, galerías y museos. Hoy, a un paso de la capital y en la puerta del recodo del Danubio, Szentendre combina su herencia serbia y barroca con su vocación artística, y es uno de los destinos de escapada favoritos desde Budapest.