Axum fue la capital del reino que, entre los siglos I y VII, dominó el comercio del mar Rojo y se convirtió en una de las grandes potencias del mundo antiguo. Su huella más espectacular son los obeliscos monolíticos —en realidad, estelas funerarias— tallados en un solo bloque de granito y erigidos para marcar tumbas reales. El mayor de los que llegaron a levantarse superaba los 20 metros; otro, hoy caído, medía unos 33 metros y habría sido el bloque de piedra más grande que la humanidad intentó erguir.
Uno de esos obeliscos tiene una historia moderna: fue saqueado por las tropas italianas en 1937 y llevado a Roma como trofeo. Tras décadas de reclamos, Italia lo devolvió, y entre 2005 y 2008 la estela de Axum fue reinstalada en su sitio original. El campo de estelas, con sus gigantes de granito, forma parte del Patrimonio de la Humanidad y sigue siendo el símbolo de la grandeza aksumita.
Axum es el centro espiritual del cristianismo etíope. Según la tradición, en la iglesia de Santa María de Sion se custodia el Arca de la Alianza que Menelik I habría traído de Jerusalén. Nadie puede verla salvo un único monje guardián, elegido de por vida, que jamás abandona el recinto: es él quien sostiene la creencia sobre la que se apoya buena parte de la identidad religiosa nacional. Cada iglesia ortodoxa etíope guarda, además, una réplica del Arca llamada tabot, que se saca en procesión durante la fiesta del Timkat.
Esta región, junto con Tigray, conserva algunas de las comunidades cristianas más antiguas del mundo, con monasterios excavados en acantilados casi inaccesibles y una liturgia en ge'ez que apenas cambió en siglos. Aquí, la fe no es un dato del pasado: estructura el calendario, la comida, los ritos y la vida cotidiana de millones de personas.
En las montañas de Lasta, el rey Gebre Meskel Lalibela ordenó a fines del siglo XII y principios del XIII la excavación de once iglesias en la roca volcánica, con la intención de recrear Jerusalén después de que la ciudad santa cayera en manos de Saladino en 1187. Los templos no se construyeron: se esculpieron de arriba hacia abajo, vaciando bloques enteros de toba y conectándolos con túneles, cámaras y canales de drenaje.
La iglesia de Beta Ghiorgis, dedicada a San Jorge y con planta de cruz griega perfecta, es la imagen más reconocible de Etiopía. Hasta el nombre de los accidentes del terreno imita la topografía de Tierra Santa: hay un río Jordán, un Gólgota, una tumba de Adán. Ocho siglos después, Lalibela sigue siendo un centro de peregrinación vivo, sobre todo en Navidad ortodoxa (Genna, el 7 de enero), cuando miles de fieles vestidos de blanco llenan los patios de piedra.
Cuando el emperador Fasilides fundó Gondar en 1636, puso fin a siglos de corte itinerante y le dio a Etiopía su primera capital estable en mucho tiempo. Durante más de dos siglos, la ciudad fue el centro político y cultural del imperio. Su recinto real, el Fasil Ghebbi, reúne seis palacios de piedra, salones, baños y jardines rodeados por una muralla, en un estilo propio que combina tradiciones locales con influencias portuguesas e indias. Por su aire medieval, a Gondar se la apoda la Camelot de África.
A las afueras, los baños de Fasilides todavía se llenan de agua una vez al año para la celebración del Timkat, la Epifanía ortodoxa, cuando los fieles se sumergen en ellos renovando su bautismo. La cercana iglesia de Debre Berhan Selassie, con su techo cubierto de rostros de ángeles alados, es una de las joyas de la pintura religiosa etíope. Gondar concentra, en pocos kilómetros, el esplendor de la etapa imperial posterior a Aksum.
La ruta histórica atraviesa dos de los pueblos centrales de la Etiopía cristiana: los tigriña, herederos directos de Aksum, en el extremo norte, y los amhara, cuya lengua es el idioma oficial del Estado. Durante siglos, de estas tierras salieron emperadores, patriarcas y ejércitos. Su historia común, sin embargo, también carga con rivalidades que estallaron trágicamente en el siglo XXI.
Entre noviembre de 2020 y noviembre de 2022, la región de Tigray fue escenario de una guerra devastadora entre el gobierno federal, sus aliados y las fuerzas del Frente de Liberación Popular de Tigray. El conflicto dejó cientos de miles de muertos por combates, hambre y falta de atención médica, con denuncias de atrocidades por todos los bandos, y afectó también a zonas de Amhara y Afar. El Acuerdo de Pretoria puso fin a los combates a fines de 2022, pero la reconstrucción y la reconciliación siguen en marcha. Es una herida reciente que conviene nombrar con precisión y sin tomar partido.