Al norte de Gondar se levantan las montañas Simien, una cordillera de picos escarpados y precipicios vertiginosos formada por la erosión de antiguos volcanes. Allí está el Ras Dashen, con unos 4.550 metros, la cima más alta de Etiopía y una de las mayores de África. El Parque Nacional del Simien, uno de los primeros sitios inscritos como Patrimonio de la Humanidad en 1978, protege un paisaje afroalpino único.
Estas alturas son un refugio de fauna endémica. Aquí vive el gelada, un primate de melena y pecho rojo que pasta en grandes tropas al borde de los acantilados, y sobreviven el íbice walia —una cabra montés que no existe en ningún otro lugar del mundo— y el escaso lobo etíope. El aislamiento de las mesetas etíopes, verdaderas "islas" de clima frío en pleno trópico, explica esta concentración de especies que no se encuentran en ninguna otra parte.
En el extremo opuesto del paisaje está la depresión de Danakil, en la región de Afar, uno de los lugares más calurosos, bajos y hostiles del planeta: hay puntos por debajo del nivel del mar y temperaturas medias que la convierten en uno de los sitios habitados más tórridos de la Tierra. Es una zona geológicamente joven y activa, donde se separan tres placas tectónicas. El volcán Erta Ale alberga uno de los pocos lagos de lava permanentes del mundo, y las llanuras del Dallol se cubren de sales y azufre en colores irreales, verdes, amarillos y naranjas.
Esta tierra durísima es el hogar del pueblo afar, pastores nómades acostumbrados a un ambiente extremo. Durante siglos, las caravanas afar extrajeron sal de las llanuras de Danakil, la cortaron en bloques llamados amole y la transportaron a lomo de camello hacia las tierras altas. En muchas regiones de Etiopía, esos bloques de sal funcionaron como moneda. Todavía hoy pueden verse las largas caravanas cruzando el desierto, en una de las formas de comercio más antiguas que siguen vivas en el mundo.
El lago Tana es el mayor de Etiopía y una pieza clave de la geografía africana: de él nace el Nilo Azul, que aporta la mayor parte del caudal del Nilo cuando llegan las lluvias del monzón etíope. Durante siglos, esa dependencia dio a Etiopía un poder implícito sobre Egipto y Sudán, y todavía hoy el reparto de las aguas es motivo de tensión regional, sobre todo tras la construcción de la gran presa del Renacimiento sobre el Nilo Azul.
Sus aguas están salpicadas de islas y penínsulas donde, desde la Edad Media, se levantaron monasterios ortodoxos. Muchos conservan iglesias circulares con pinturas murales vivísimas y tesoros —cruces, coronas, manuscritos iluminados en ge'ez— que se refugiaron allí durante las guerras. Algunos monasterios mantienen todavía la vieja regla de no admitir mujeres. El lago es, a la vez, motor de vida y santuario de la memoria religiosa del norte.
A orillas del lago Tana está Bahir Dar, una ciudad de clima suave, avenidas arboladas y aire relajado que sirve de base para explorar la región. Desde su puerto salen las barcas hacia los monasterios de las islas, y a pocos kilómetros el Nilo Azul se despeña en las cataratas de Tis Issat, el "agua que humea", uno de los saltos más imponentes de África cuando el río viene crecido.
Bahir Dar fue durante el siglo XX un centro de modernización del norte y hoy es la capital de la región de Amhara. Su universidad, sus mercados y su malecón sobre el lago la convirtieron en una de las ciudades de más rápido crecimiento del país. Combina el peso histórico de la cuenca del Tana con una energía urbana joven, en una de las zonas más fértiles y pobladas del altiplano etíope.
Las montañas del noroeste, entre Gondar y el lago Tana, fueron durante siglos el hogar de los Beta Israel, la comunidad judía etíope conocida también como falashas. Practicaban una forma antiquísima de judaísmo, anterior a buena parte de la tradición rabínica, con su propia liturgia y calendario, y vivieron largos períodos de marginación y conflicto con los reinos cristianos vecinos.
En el siglo XX su historia dio un vuelco. Reconocidos como judíos por las autoridades religiosas de Israel, decenas de miles fueron trasladados en operaciones aéreas dramáticas: la Operación Moisés en 1984-1985, a través de Sudán en plena hambruna, y la Operación Salomón en 1991, que en apenas 36 horas evacuó a más de 14.000 personas mientras el régimen del Derg se derrumbaba. Hoy la gran mayoría de los Beta Israel vive en Israel, y su éxodo dejó vacíos muchos de los pueblos que habitaron durante generaciones en esta parte de Etiopía.