En el extremo norte de la península, entre el mar Cantábrico y los Pirineos occidentales, vive uno de los pueblos más antiguos y singulares de Europa: los vascos. Su rasgo más asombroso es la lengua, el euskera o euskara, la única lengua no indoeuropea que sobrevive en Europa occidental. No está emparentada con el latín ni con ninguna de las lenguas que llegaron con las grandes migraciones indoeuropeas; es un idioma preindoeuropeo, hablado en estas montañas desde antes de la llegada de romanos, celtas o godos, y su origen sigue siendo un enigma para los lingüistas.
Esa continuidad se explica en parte por la geografía. La romanización fue más superficial en estas tierras montañosas, y tampoco al-Ándalus llegó a dominarlas de forma estable. En la Edad Media surgió el reino de Navarra (o de Pamplona), que en tiempos de Sancho III el Mayor, a comienzos del siglo XI, llegó a ser el más poderoso de la España cristiana. Los territorios vascos —Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y la propia Navarra— conservaron durante siglos sus fueros, es decir, sus leyes e instituciones propias y una amplia autonomía dentro de la monarquía.
La pérdida de esos fueros en el siglo XIX, tras las guerras carlistas, y el fuerte proceso de industrialización y de inmigración que transformó el País Vasco alimentaron, a finales de ese siglo, el nacimiento del nacionalismo vasco, de la mano de Sabino Arana. El euskera, perseguido y arrinconado durante el franquismo, fue recuperado con la democracia: hoy es lengua cooficial en el País Vasco y parte de Navarra, se enseña en las escuelas y constituye el símbolo más poderoso de una identidad milenaria.
Hacia el año 820, según la tradición, se descubrió en un bosque de Galicia una tumba atribuida al apóstol Santiago el Mayor. El lugar, Campus Stellae —«campo de la estrella», de donde vendría Compostela—, se convirtió en sede de un culto que pronto atrajo a peregrinos de toda la cristiandad. Nacía así el Camino de Santiago, una de las tres grandes peregrinaciones del cristianismo medieval, junto con Roma y Jerusalén.
Durante la Edad Media, decenas de miles de peregrinos recorrieron cada año las rutas que atravesaban el norte de la península hasta Santiago de Compostela. El Camino Francés, el más transitado, se llenó de iglesias, hospitales, puentes y ciudades, y fue una extraordinaria vía de circulación de gentes, mercancías, ideas y arte —el románico se difundió a lo largo de sus etapas—. Santiago se convirtió en un gran centro espiritual y político, y sobre la tumba del apóstol se levantó la catedral, obra maestra del románico rematada siglos después por una espectacular fachada barroca, el Obradoiro, con el famoso Pórtico de la Gloria del maestro Mateo.
Galicia, tierra de lengua propia —el gallego, hermano del portugués—, fue reino en la Alta Edad Media y conserva una fuerte personalidad cultural, con su paisaje verde, sus rías y una intensa tradición atlántica. Tras siglos de decadencia, el Camino de Santiago renació con fuerza en las últimas décadas del siglo XX y es hoy un fenómeno mundial que atrae cada año a cientos de miles de caminantes, religiosos y laicos, de todos los rincones del planeta. En 1987 fue declarado Primer Itinerario Cultural Europeo, y tanto la ruta como la ciudad de Santiago son Patrimonio Mundial.
El norte cantábrico, junto con Cataluña, fue una de las grandes cunas de la industrialización española. La clave estuvo en el hierro: las minas de Vizcaya proporcionaban un mineral de excelente calidad, muy demandado por la siderurgia europea, sobre todo por Gran Bretaña. En torno a la ría de Bilbao, desde mediados del siglo XIX, se desarrolló una potente industria siderúrgica, naval y minera que convirtió al País Vasco en uno de los territorios más ricos e industrializados de España.
Esa transformación económica tuvo enormes consecuencias sociales. Surgió una poderosa burguesía industrial y financiera —los grandes bancos vascos nacieron en esta época—, y también una numerosa clase obrera, en buena parte procedente de la inmigración de otras regiones de España, lo que cambió profundamente la sociedad tradicional vasca. Asturias, por su parte, se convirtió en la gran cuenca minera del carbón, con sus valles negros y una combativa clase minera protagonista de episodios como la revolución de octubre de 1934.
En el trasfondo late la cuestión de los fueros. Los territorios vascos y Navarra habían conservado durante siglos sus regímenes forales, con instituciones propias, exenciones fiscales y del servicio militar. Su abolición o recorte a lo largo del siglo XIX, tras las derrotas carlistas, fue vivida como un agravio y está en el origen tanto del nacionalismo vasco como del sistema de «conciertos económicos» que aún hoy da a estos territorios una singular autonomía fiscal dentro de España.
Uno de los capítulos más duros de la historia reciente del norte de España, y del conjunto del país, fue el del terrorismo de ETA (Euskadi Ta Askatasuna, «País Vasco y Libertad»). La organización nació en 1959, en pleno franquismo, de una escisión juvenil del nacionalismo vasco, con el objetivo de lograr por la vía armada la independencia de una Euskal Herria socialista. Su primer atentado mortal se produjo en 1968, y en 1973 alcanzó gran repercusión con el asesinato del presidente del gobierno franquista, el almirante Carrero Blanco.
Lejos de desaparecer con la llegada de la democracia, ETA intensificó su actividad en los años setenta y ochenta. A lo largo de medio siglo asesinó a más de 850 personas —políticos, guardias civiles, policías, militares, jueces, periodistas, empresarios y muchos ciudadanos anónimos—, además de cometer secuestros y ejercer la extorsión. La respuesta del Estado incluyó tanto la acción policial y judicial como episodios muy graves de terrorismo de Estado, como los GAL en los años ochenta, que constituyeron a su vez crímenes juzgados por la justicia.
La sociedad vasca y española vivió décadas de miedo, dolor y fractura, con un amplio movimiento cívico de rechazo a la violencia. Tras varios altos el fuego fallidos, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada en octubre de 2011 y se disolvió formalmente en 2018, sin haber logrado ninguno de sus objetivos políticos. Quedó, eso sí, una herida abierta: la memoria de las víctimas, el debate sobre la reconciliación y la convivencia, y la exigencia de que aquel largo horror se recuerde con verdad y sin justificaciones.
El País Vasco de las últimas décadas ha protagonizado una de las transformaciones urbanas más celebradas de Europa. Bilbao, la vieja ciudad industrial de la ría, en declive tras la crisis de la siderurgia, apostó a finales del siglo XX por reinventarse. El símbolo de ese renacer fue el Museo Guggenheim, inaugurado en 1997, un espectacular edificio de titanio del arquitecto Frank Gehry que puso a la ciudad en el mapa mundial y dio nombre a un fenómeno urbanístico, el «efecto Guggenheim»: la regeneración de una ciudad a través de la cultura y la arquitectura.
A pocos kilómetros, San Sebastián (Donostia) representa otra cara del norte. Elegante ciudad costera en torno a la bahía de la Concha —una de las más bellas del mundo—, se puso de moda a finales del siglo XIX como lugar de veraneo de la corte y la aristocracia, en plena Belle Époque, lo que le dio su aire señorial. Hoy es una capital cultural, con un prestigioso festival internacional de cine, y sobre todo un referente gastronómico mundial.
Porque si algo distingue hoy al norte atlántico es su cocina. El País Vasco concentra una extraordinaria densidad de restaurantes de alta cocina y de estrellas Michelin, y fue la cuna de la «nueva cocina vasca» que revolucionó la gastronomía española. Los pintxos —esos bocados servidos en las barras de los bares—, las sociedades gastronómicas, la cultura del producto y del mar han convertido a ciudades como San Sebastián y Bilbao en destinos de peregrinación para los amantes de la buena mesa de todo el planeta.