El centro de España es la meseta, una gran altiplanicie de horizontes amplios, inviernos duros y veranos ardientes, dividida por el Sistema Central en dos submesetas. Sobre este suelo áspero se forjó Castilla, cuyo nombre —«tierra de castillos»— alude a las fortalezas que jalonaban la frontera de aquella marca oriental del reino de León en los siglos IX y X. De condado dependiente, Castilla pasó a reino independiente y, con el tiempo, en el motor político de la expansión cristiana hacia el sur.
De esas tierras salió también la lengua que hoy hablan cientos de millones de personas. El castellano nació como un dialecto romance en la zona de Burgos y La Rioja, y las primeras muestras escritas —las Glosas Emilianenses, del monasterio de San Millán— datan del siglo X-XI. El poder político de Castilla, su papel en la frontera y después el peso de la corte y del imperio convirtieron aquel habla local en la lengua común de la monarquía y, más tarde, en el español que se extendió por América.
Castilla la Vieja, al norte del Sistema Central (Burgos, Valladolid, Segovia, Ávila, Salamanca), y Castilla la Nueva, al sur (Toledo, Madrid, Cuenca, Guadalajara), fueron el núcleo territorial en torno al cual se articuló la monarquía hispánica. Ciudades como Valladolid llegaron a ser capital, y la elección de Madrid como sede fija de la corte en el siglo XVI acabó de convertir a la meseta en el centro de gravedad político del país.
Encaramada sobre un peñón rodeado casi por completo por el río Tajo, Toledo es uno de los grandes museos vivos de la historia de España. Fue capital del reino visigodo, y sus concilios marcaron la vida política y religiosa de aquel tiempo. Tras la conquista musulmana pasó a ser una importante ciudad de al-Ándalus, y en 1085 fue tomada por Alfonso VI de León y Castilla, un hito de enorme valor simbólico y estratégico.
Bajo dominio cristiano, Toledo se convirtió en el mejor ejemplo de la convivencia —y también de sus límites— entre cristianos, musulmanes (mudéjares) y judíos. La ciudad conserva iglesias, mezquitas y sinagogas, a veces reconvertidas unas en otras, como la sinagoga de Santa María la Blanca o la del Tránsito. En el siglo XII y XIII floreció la célebre Escuela de Traductores de Toledo, donde se vertieron al latín y al castellano las obras griegas, árabes y hebreas de filosofía, medicina y ciencia, un puente intelectual decisivo entre el mundo islámico y la Europa cristiana.
Sede primada de la Iglesia española y capital hasta que Felipe II trasladó la corte a Madrid en 1561, Toledo quedó después como una ciudad de arte detenida en el tiempo, lo que hoy es su mayor tesoro. Aquí vivió y pintó El Greco, cuyo Entierro del conde de Orgaz puede verse en la iglesia de Santo Tomé. Todo el casco histórico, declarado Patrimonio Mundial, es un laberinto de callejuelas donde se superponen las huellas de las tres culturas que la habitaron.
A diferencia de otras grandes capitales europeas, Madrid no debe su rango a un pasado imperial romano ni a una gran sede medieval, sino a una decisión política. Era una villa de origen musulmán —su nombre viene del árabe Mayrit—, tomada por Castilla en el siglo XI y de mediana importancia, cuando en 1561 Felipe II decidió instalar allí de forma permanente la corte. Su posición central en la península y la voluntad de contar con una capital sin el peso de otros poderes locales pesaron en la elección.
Desde entonces, Madrid creció como capital de la monarquía. Bajo los Austrias se configuró el Madrid de los Habsburgo, con la Plaza Mayor y el barrio de los Austrias; los Borbones del siglo XVIII le dieron un aire más monumental, con el Palacio Real levantado tras el incendio del viejo alcázar, el Paseo del Prado y las grandes instituciones ilustradas. En el siglo XIX y XX la ciudad se expandió con nuevos barrios, la Gran Vía y los ensanches, hasta convertirse en la gran metrópoli que es hoy.
Madrid fue también escenario de momentos capitales de la historia nacional: el levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, la resistencia republicana durante el largo asedio de la Guerra Civil (1936-1939) o el intento de golpe de Estado del 23-F en 1981. Hoy es la capital política, económica y cultural del país, y alberga uno de los mayores conjuntos museísticos del mundo: el «triángulo del arte» del Prado, el Reina Sofía —donde se expone el Guernica de Picasso— y el Thyssen-Bornemisza.
A poco más de cuarenta kilómetros de Madrid, al pie de la sierra de Guadarrama, se alza el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la obra que mejor resume el espíritu de la monarquía hispánica en su apogeo. Felipe II lo mandó construir entre 1563 y 1584, en cumplimiento de un voto tras la victoria sobre Francia en la batalla de San Quintín (1557), que se libró el día de San Lorenzo. Los arquitectos Juan Bautista de Toledo y, sobre todo, Juan de Herrera dieron forma a un colosal edificio de granito de líneas sobrias y geométricas, que definió un estilo propio, el «herreriano».
El Escorial es muchas cosas a la vez: monasterio, basílica, palacio real, panteón, biblioteca y museo. Concentra en un solo conjunto la doble vocación de la monarquía de los Austrias, religiosa y política. Su biblioteca reunió miles de manuscritos y volúmenes; su basílica y su panteón guardan los restos de casi todos los reyes de España desde Carlos I. Desde su austero despacho, Felipe II gobernó un imperio planetario a golpe de correspondencia, en el corazón de la meseta castellana.
Más que un simple palacio, el Escorial fue concebido como símbolo del poder de la Contrarreforma católica y de la centralidad de España en la defensa de la fe. Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, sigue siendo uno de los monumentos más impresionantes del Renacimiento europeo y la mejor expresión en piedra del proyecto imperial y religioso de los Austrias.
En la meseta castellana, dos ciudades resumen buena parte de su historia. Segovia conserva la obra más impresionante de la Hispania romana en pie: su acueducto, un colosal puente de arcos de granito ensamblado sin argamasa, construido probablemente hacia finales del siglo I o comienzos del II para llevar agua a la ciudad, y que siguió cumpliendo su función durante casi dos mil años. A sus pies, la ciudad medieval culmina en el Alcázar, un castillo de siluetas de cuento que fue residencia real y en el que Isabel la Católica fue proclamada reina de Castilla en 1474.
Salamanca, por su parte, es la gran ciudad universitaria de España. Su Universidad, fundada en 1218 por Alfonso IX de León, es una de las más antiguas de Europa y fue durante siglos uno de los grandes centros del saber del continente; en sus aulas se debatió incluso sobre la legitimidad de la conquista de América y los derechos de los indígenas, con la llamada Escuela de Salamanca. La fachada plateresca de la Universidad, con su célebre rana esculpida entre los relieves, es uno de los iconos de la ciudad.
Levantadas en la característica piedra dorada de la zona, que al atardecer parece encenderse, ambas ciudades conservan cascos históricos declarados Patrimonio Mundial. Salamanca posee además dos catedrales unidas —la vieja románica y la nueva gótico-barroca— y una de las plazas mayores más armoniosas de España, obra del siglo XVIII. Segovia, Salamanca y la vecina Ávila, con sus murallas intactas, forman el triángulo monumental de la vieja Castilla.