Mucho antes de que existieran los croatas, la costa oriental del Adriático y su interior montañoso estaban habitados por pueblos indoeuropeos que los antiguos englobaban bajo el nombre de ilirios. Entre ellos destacaron dos: los liburnos, expertos navegantes y temibles piratas del golfo de Kvarner y del norte de Dalmacia, cuyas ligeras naves —las liburnas— llegaron a inspirar los barcos de guerra romanos; y los dálmatas propiamente dichos, que dieron nombre a la región. En el interior vivían los japodes y, más al norte, tribus panonias. Griegos de Siracusa fundaron colonias en las islas, como Issa (Vis) y Pharos (Stari Grad, en Hvar), en el siglo IV a.C.
Roma tardó más de dos siglos en dominar esta orilla. Tras derrotar al último rey ilirio, Gencio, en el 168 a.C., y sofocar sucesivas rebeliones —la gran revuelta panonio-dálmata del 6 al 9 d.C. fue una de las guerras más duras que libró Augusto—, el territorio quedó organizado en la provincia de Dalmacia y en las dos Panonias. Ciudades como Iader (Zadar), Salona, Pola (Pula) o Parentium (Poreč) se romanizaron a fondo: acueductos, foros, anfiteatros. Salona, cerca de la actual Split, se convirtió en la capital y en una de las mayores ciudades del Adriático.
De esa Dalmacia romana salió uno de los personajes más notables de la Antigüedad tardía. Diocleciano, nacido cerca de Salona hacia el 244 en una familia humilde, llegó a emperador en el 284 y reorganizó el Imperio con la tetrarquía. En el 305 protagonizó un gesto sin precedentes: fue el único emperador romano que abdicó voluntariamente, dejó el poder y se retiró a un colosal palacio fortificado que había mandado construir junto a Salona, en Spalatum. Allí, según la anécdota, respondió a quienes le pedían que volviera al trono que si vieran las coles que él plantaba con sus manos no le hablarían de recuperar el poder. Murió en aquel palacio hacia el 311. Siglos después, cuando los ávaros y los eslavos arrasaron Salona en el siglo VII, sus habitantes se refugiaron dentro de aquellas murallas: de ese modo el palacio de un emperador se transformó, poco a poco, en el núcleo de la ciudad de Split.
El derrumbe del poder romano en el Adriático dejó un vacío que llenaron nuevos pueblos. En los siglos VI y VII, tribus eslavas —a menudo empujadas o acompañadas por los ávaros, un pueblo esteparia de origen asiático— se derramaron sobre los Balcanes y sobre Panonia, saqueando ciudades romanas como Salona. Entre esos recién llegados o poco después arribaron los croatas (Hrvati), que fueron asentándose en la antigua Dalmacia y en la Panonia meridional y mezclándose con los eslavos y con la población romanizada superviviente que se había refugiado en las ciudades costeras y en las islas.
La fuente más citada sobre este episodio es el tratado De administrando imperio, escrito en el siglo X por el emperador bizantino Constantino VII Porfirogéneta, que sitúa la llegada de los croatas en el siglo VII, procedentes de una "Croacia Blanca" al norte de los Cárpatos, en torno a la actual Polonia meridional y Ucrania occidental. Los historiadores modernos discuten la fecha y el relato: la corriente principal ubica el asentamiento entre finales del siglo VI y principios del VII, mientras que algunas hipótesis minoritarias lo retrasan. Lo seguro es que hacia el año 800 existían ya comunidades croatas organizadas en torno a ciudades como Nin, Zadar y Trogir.
Aquellos croatas se cristianizaron a lo largo de los siglos VIII y IX, atraídos a la órbita de Roma y del Imperio franco de Carlomagno, que a comienzos del siglo IX incorporó la región a su esfera. De ese periodo datan los primeros principados o ducados croatas —la Croacia litoral o dálmata y la Croacia panonia— y algunos de los monumentos más antiguos del país, como pequeñas iglesias preromânicas y las primeras inscripciones en escritura glagolítica, el alfabeto eslavo que en Croacia tendría una pervivencia excepcionalmente larga.
A lo largo del siglo IX los duques croatas fueron ganando autonomía frente a francos y bizantinos. El primer gran salto llegó con Tomislav, de la dinastía Trpimirović, que hacia el 910 era duque y que hacia el 925 aparece ya llamado rey de los croatas (rex Chroatorum) en una carta del papa Juan X. Tomislav unificó bajo su cetro la Croacia dálmata y la panonia y frenó tanto a los búlgaros como a los magiares; su reinado es recordado como el nacimiento del reino medieval croata, y por eso su figura se convertiría siglos después en símbolo nacional.
El reino vivió su apogeo en el siglo XI. Bajo Petar Krešimir IV (1059-1074), Croacia extendió su dominio sobre buena parte de las ciudades dálmatas —a Krešimir se debe la primera mención de Šibenik, en 1066, la única gran ciudad de la costa fundada por los propios croatas— y se afirmó como potencia adriática. Su sucesor, Demetrio Zvonimir, fue coronado en 1075 con el respaldo del papado, en plena reforma gregoriana. Pero Zvonimir murió sin heredero directo hacia 1089, y su desaparición abrió una crisis dinástica que dejó al reino sin un sucesor firme y expuesto a las ambiciones de sus vecinos.
Esa crisis la resolvió Hungría. Tras años de disputas, el rey Colomán de Hungría se impuso y fue coronado rey de Croacia y Dalmacia en Biograd, en 1102. Según una tradición recogida en el documento conocido como Pacta Conventa, doce linajes nobiliarios croatas reconocieron a Colomán como rey a cambio de conservar sus tierras y privilegios y de la obligación de aportar caballería en caso de guerra. Se iniciaba así una unión con la corona húngara que, con altibajos, duraría más de ocho siglos: Croacia conservó su propia dieta o parlamento (el Sabor) y su virrey (el ban), pero compartió monarca con Hungría hasta 1918. No fue una simple anexión ni una plena independencia, sino un vínculo dinástico que los croatas invocarían una y otra vez para reclamar su estatalidad propia.
Desde el año 1000, cuando el dux Pietro Orseolo II recorrió el Adriático y recibió el título de "duque de Dalmacia", la República de Venecia disputó a húngaros, bizantinos y croatas el control de las ciudades y las islas de la costa. Durante siglos, los puertos dálmatas —Zadar, Šibenik, Trogir, Split, las islas— cambiaron de manos una y otra vez entre Venecia, Hungría-Croacia y Bizancio, atraídos por el comercio marítimo y por su posición estratégica en la ruta hacia Levante. Venecia necesitaba dominar la orilla oriental para asegurar sus rutas, y lo hizo con dureza.
El episodio más brutal de esa pugna fue la caída de Zadar (Zara) en 1202. La ciudad, rica y rebelde, se había puesto bajo protección del rey de Hungría. Ese año, los ejércitos de la Cuarta Cruzada, que no podían pagar a Venecia el precio de la flota que los debía llevar a Tierra Santa, aceptaron el trato que les propuso el anciano dux Enrico Dandolo: saldar la deuda conquistando para Venecia la cristiana Zadar. Entre el 10 y el 24 de noviembre de 1202, cruzados y venecianos sitiaron y saquearon la ciudad, el primer ataque de una cruzada católica contra una urbe católica. El papa Inocencio III, escandalizado, excomulgó a los cruzados, aunque poco después levantó la pena a todos salvo a los venecianos. La cruzada, desviada de su rumbo, terminaría saqueando también Constantinopla en 1204.
La presencia veneciana se consolidó a lo largo de la Baja Edad Media y el Renacimiento. Por la Paz de Zadar de 1358, Venecia debió ceder Dalmacia al rey Luis I de Hungría, pero a partir de 1409 recuperó el control de casi toda la costa —Zadar fue vendida ese año por un pretendiente al trono húngaro— y lo mantuvo hasta la caída de la República en 1797. De esa larga dominación proceden los campanarios, las logias, los leones de San Marcos y buena parte del aire veneciano que todavía define las ciudades de la costa dálmata; y también una frontera cultural y lingüística —el véneto de la costa frente al croata del interior— que marcaría la región durante siglos.
En el extremo sur de la costa, una sola ciudad escapó al dominio veneciano y forjó su propio destino: Ragusa, la actual Dubrovnik. Fundada según la tradición por refugiados de la vecina Epidauro tras las invasiones eslavas, Ragusa fue primero bizantina, después vasalla de Venecia (1205-1358) y, tras la Paz de Zadar de 1358, una república aristocrática prácticamente independiente bajo la nominal soberanía —y luego la protección tributaria— de Hungría y del Imperio otomano. Gobernada por un Senado y un rector que cambiaba cada mes para evitar tiranías, la pequeña república hizo de la palabra Libertas su lema y su bandera.
Su fuerza no fueron los ejércitos sino la diplomacia y el comercio. Ragusa mantuvo cónsules y agentes en decenas de puertos del Mediterráneo, pagó tributo al sultán otomano a cambio de comerciar libremente por sus dominios y practicó un equilibrio permanente entre las grandes potencias que le permitió sobrevivir durante siglos como Estado diminuto entre gigantes. Su flota mercante llegó a rivalizar con las mayores de Europa. Y su legislación estuvo entre las más avanzadas de su tiempo: ya en 1416 el Senado prohibió el comercio de esclavos, una de las primeras aboliciones del tráfico de esclavos en Europa, aunque —conviene precisarlo— lo que se vetó fue la trata, no toda forma de servidumbre doméstica, que fue extinguiéndose después.
La catástrofe llegó el 6 de abril de 1667, cuando un violentísimo terremoto arrasó la ciudad: murieron unas 2.000 personas dentro de las murallas y hasta un millar más en el resto del territorio, incluido el propio rector, Šišmundo Gundulić, y buena parte de la nobleza. Se derrumbaron palacios, iglesias y monasterios góticos y renacentistas; quedaron en pie, sobre todo, las murallas. Ragusa se reconstruyó en el estilo barroco que hoy la caracteriza, pero nunca recuperó del todo su antiguo esplendor. La República sobrevivió aún siglo y medio, hasta que las tropas de Napoleón la ocuparon en 1806 y la abolieron formalmente en 1808, poniendo fin a más de cuatro siglos de independencia.
El siglo XVI trajo a Croacia su prueba más dura. Tras la derrota húngara de Mohács en 1526, donde murió el rey Luis II, la nobleza croata eligió en 1527 como soberano al archiduque Fernando de Habsburgo, esperando de Viena la protección frente al avance otomano. Pero los turcos siguieron ganando terreno durante décadas: cayeron plazas fuertes una tras otra, y el reino quedó reducido a una estrecha franja en torno a Zagreb y el noroeste. Los propios croatas llamaron a lo que les quedaba, en latín, reliquiae reliquiarum olim inclyti regni Croatiae: "los restos de los restos del otrora ilustre reino de Croacia".
La marea empezó a cambiar en 1593 con la batalla de Sisak, donde un ejército austro-croata infligió una derrota aplastante al ejército otomano de Bosnia, cuyo comandante, Hasan Pasha, murió en el campo junto a miles de sus hombres. Sisak frenó la expansión otomana hacia Zagreb y Europa central y marcó el principio del reflujo turco. Para defender de forma permanente la línea de contacto, los Habsburgo organizaron la Frontera Militar (Vojna krajina, Militärgrenze): una vasta zona fronteriza administrada directamente por Viena y poblada por colonos-soldado —muchos de ellos serbios ortodoxos y otros cristianos huidos de los territorios otomanos— que a cambio de tierras y libertades defendían la frontera. Esa política asentó en el interior croata a numerosas comunidades serbias, un hecho de enormes consecuencias en el siglo XX.
Bajo los Habsburgo, Croacia siguió siendo un reino con su Sabor y su ban, pero cada vez más integrado en la maquinaria de la monarquía centroeuropea. La región vivió las tensiones de la Contrarreforma, los intentos de germanización, y en el siglo XVII el fracasado complot de los nobles Zrinski y Frankopan (1671), que buscaban mayor autonomía y terminaron ejecutados en Viena, un episodio que la memoria nacional convirtió después en símbolo de la resistencia croata frente al poder imperial. La Frontera Militar no se disolvería hasta 1881, cuando fue reincorporada a Croacia.
Como en el resto de Europa, en la Croacia del siglo XIX el romanticismo alimentó un intenso despertar nacional. Frente a la presión de la nobleza húngara, que intentaba imponer el húngaro como lengua oficial y absorber a Croacia, un grupo de jóvenes escritores encabezados por el poeta y periodista Ljudevit Gaj lanzó en la década de 1830 el llamado movimiento ilirio (iliricismo). Su nombre evocaba a los antiguos ilirios como raíz común de todos los eslavos del sur, y su meta era doble: crear una lengua literaria croata estandarizada como contrapeso al húngaro, y promover la unidad cultural de los eslavos meridionales dentro del Imperio austríaco. En 1835 Gaj fundó el primer periódico en croata y su suplemento literario Danica.
El movimiento tuvo su hora política en la revolución de 1848. Ese año el Sabor eligió ban de Croacia a Josip Jelačić, militar de la Frontera Militar y simpatizante de las ideas ilirias. Jelačić abolió la servidumbre, convocó al Sabor y, sobre todo, rompió con Budapest: cuando estalló la revolución húngara, dirigió sus tropas contra los revolucionarios de Kossuth en nombre del emperador de Viena. Los croatas esperaban que su lealtad a los Habsburgo fuera recompensada con autonomía, pero el resultado fue el absolutismo centralista del régimen de Bach, que decepcionó esas expectativas: de ahí el dicho amargo de que los croatas recibieron "como premio lo que los húngaros como castigo".
Tras el Compromiso austrohúngaro de 1867, que dividió el Imperio entre Austria y Hungría, Croacia quedó en la mitad húngara y firmó al año siguiente el Nagodba (1868), un acuerdo que le concedía cierta autonomía interna pero la mantenía subordinada a Budapest. En esas décadas se consolidaron las grandes corrientes de la política croata moderna: el nacionalismo del Partido del Derecho de Ante Starčević, que reivindicaba un Estado croata; y las ideas yugoslavistas del obispo Josip Juraj Strossmayer, que soñaba con la unión de los eslavos del sur y fundó en Zagreb instituciones culturales decisivas, como la Academia. Ese fermento ideológico —Estado croata propio o unión yugoslava— dominaría el siglo siguiente.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918) selló el fin del mundo austrohúngaro al que Croacia había pertenecido durante siglos. Miles de croatas combatieron y murieron en los ejércitos del emperador, en los frentes de Galitzia, Italia y Serbia. A medida que la derrota de las Potencias Centrales se hacía inevitable, los políticos eslavos del sur del Imperio se organizaron para decidir su futuro: en octubre de 1918 el Sabor de Zagreb rompió los lazos con Austria-Hungría y proclamó el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios, una efímera entidad que, presionada por el avance italiano en el Adriático y por su propia debilidad, buscó de inmediato la unión con el reino de Serbia.
Esa unión se proclamó el 1 de diciembre de 1918: nacía el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la dinastía serbia de los Karađorđević, que en 1929 pasaría a llamarse Yugoslavia. Para muchos croatas la esperanza de una federación de iguales se frustró pronto: el nuevo Estado se organizó de forma centralista desde Belgrado, con predominio serbio en el ejército y la administración, y las reivindicaciones croatas de autonomía chocaron una y otra vez con el poder central. El principal partido croata, el Partido Campesino de Stjepan Radić, encarnó ese descontento.
La crisis estalló de forma trágica en 1928, cuando un diputado serbio disparó dentro del propio Parlamento de Belgrado contra los diputados croatas: Radić murió a consecuencia de las heridas. Su asesinato ahondó la fractura nacional. En 1929 el rey Alejandro suspendió la Constitución e impuso una dictadura personal; él mismo sería asesinado en 1934 en Marsella en un atentado organizado por nacionalistas croatas ustachas y macedonios. En 1939, en vísperas de la nueva guerra, Belgrado y los croatas moderados pactaron por fin el Sporazum, que creaba una amplia Banovina (provincia autónoma) de Croacia. Pero era demasiado tarde: la Segunda Guerra Mundial estaba a las puertas.
En abril de 1941 la Alemania nazi y sus aliados invadieron y desmembraron Yugoslavia. Sobre buena parte de la actual Croacia y de Bosnia-Herzegovina, las potencias del Eje instalaron un Estado satélite, el Estado Independiente de Croacia (NDH), entregado al movimiento fascista de los ustachas y a su líder, Ante Pavelić, que asumió el título de Poglavnik ("caudillo"). El NDH nunca fue plenamente soberano —dependía militarmente de Alemania e Italia y cedió gran parte de la costa dálmata a Roma—, pero sus dirigentes usaron su margen de autonomía para poner en marcha, desde las primeras semanas, una política de terror racial y étnico inspirada en el modelo nazi.
El objetivo declarado del régimen ustacha era una Croacia étnicamente "pura", y para ello persiguió y exterminó a serbios, judíos y gitanos (roma), además de a los opositores políticos croatas y musulmanes. Los ustachas montaron un sistema de campos de concentración y exterminio cuyo centro fue Jasenovac, en el río Sava, funcional entre 1941 y 1945. Las cifras de víctimas han sido objeto de una intensa —y politizada— controversia; conviene ceñirse a la historiografía seria y a las instituciones especializadas. El Museo Memorial del Holocausto de Estados Unidos (USHMM) estima que en Jasenovac los ustachas asesinaron entre 77.000 y 99.000 personas: en su mayoría serbios (entre 45.000 y 52.000), junto a entre 12.000 y 20.000 judíos, entre 15.000 y 20.000 roma y varios miles de croatas y musulmanes opositores. El Memorial de Jasenovac mantiene una lista nominal de más de 83.000 víctimas identificadas, que los investigadores consideran aún incompleta.
En torno a esas cifras hay que ser cuidadoso: durante la Yugoslavia socialista y en la propaganda posterior circularon estimaciones muy infladas —de cientos de miles o hasta un millón—, hoy rechazadas por los historiadores; y, en sentido inverso, sectores nacionalistas croatas han intentado minimizar o negar la magnitud del crimen, algo igualmente rechazado por la investigación. La historiografía actual sitúa el total de serbios muertos en todo el NDH entre unos 300.000 y 340.000, además de unos 30.000 judíos y decenas de miles de roma. Frente a ese régimen se alzó la resistencia: el movimiento partisano comunista dirigido por Josip Broz, Tito —él mismo croata-esloveno—, que reunió a antifascistas de todas las nacionalidades yugoslavas y que en 1943, en la ciudad bosnia de Jajce (AVNOJ), sentó las bases de una futura Yugoslavia federal. Zagreb, capital del NDH, cayó el 8 de mayo de 1945; Pavelić huyó y logró escapar a la Argentina y luego a España, sin ser nunca juzgado.
Tras la victoria partisana, Croacia se convirtió en una de las seis repúblicas de la nueva Yugoslavia socialista federal, presidida por Tito con capital en Belgrado. El régimen fue de partido único y reprimió con dureza toda oposición —los primeros años estuvieron marcados por ejecuciones y campos, como el de Goli Otok—, pero también industrializó el país, alfabetizó a la población y, andando el tiempo, abrió Yugoslavia al turismo y a Occidente de un modo impensable en el resto del bloque comunista.
La gran cesura llegó en 1948, cuando Tito rompió con Stalin. Expulsada del Cominform en junio de ese año, Yugoslavia quedó aislada del bloque soviético y sometida a fuertes presiones económicas, pero Tito resistió —Stalin habría dicho, en vano, que bastaría con mover un dedo para derribarlo— y trazó su propio camino: el "socialismo autogestionario" en el interior y, en el exterior, el liderazgo del Movimiento de Países No Alineados, junto a Nasser, Nehru y otros. Esa "tercera vía" entre los dos bloques dio a Yugoslavia un prestigio internacional muy superior a su tamaño y a los yugoslavos un pasaporte que abría casi todas las fronteras.
Dentro de Croacia, sin embargo, las tensiones nacionales no desaparecieron. A finales de los años sesenta creció un movimiento reformista y cultural conocido como la Primavera Croata (o Maspok, "movimiento de masas"), que reclamaba mayor autonomía para la república, reconocimiento pleno de la lengua croata y una distribución económica menos favorable a Belgrado. El movimiento, apoyado por intelectuales, estudiantes y por parte de la propia dirigencia comunista croata, alarmó a Tito. En diciembre de 1971, en su pabellón de caza de Karađorđevo, el mariscal impuso un ultimátum a los líderes croatas: la Primavera fue aplastada, sus dirigentes destituidos o encarcelados y muchos de sus seguidores purgados. Paradójicamente, la Constitución yugoslava de 1974 acabó concediendo a las repúblicas buena parte de la autonomía reclamada, sentando —sin quererlo— algunas bases de la futura disolución del país. Tito murió en 1980, y sin su figura la federación empezó a resquebrajarse.
Tras la muerte de Tito, la crisis económica, el ascenso del nacionalismo serbio de Slobodan Milošević y el descrédito del comunismo llevaron a Yugoslavia al borde de la ruptura. En las primeras elecciones libres croatas de 1990 venció la Unión Democrática Croata (HDZ) de Franjo Tuđman, y el 25 de junio de 1991 Croacia declaró su independencia, casi al mismo tiempo que Eslovenia. La minoría serbia de Croacia, concentrada sobre todo en la antigua Frontera Militar, rechazó la secesión, proclamó su propia entidad —la República Serbia de Krajina— y, con el respaldo del Ejército Popular Yugoslavo (JNA), dominado por serbios, se levantó en armas. El primer muerto croata de la guerra cayó ya en marzo de 1991, en el incidente de los lagos de Plitvice.
La guerra fue especialmente cruel en su primera fase, a finales de 1991. En el este, la ciudad de Vukovar, sobre el Danubio, resistió un asedio de 87 días (agosto-noviembre de 1991) del JNA y de paramilitares serbios: defendida por apenas unos 1.800 hombres ligeramente armados frente a fuerzas muy superiores, la ciudad fue reducida a ruinas bajo un bombardeo implacable, la primera urbe europea enteramente arrasada desde 1945. Al caer, el 18 de noviembre, cientos de personas fueron ejecutadas —la masacre de Ovčara, con más de dos centenares de prisioneros del hospital asesinados, sería juzgada después como crimen de guerra— y decenas de miles de habitantes, expulsados. En el sur, entre octubre de 1991 y mediados de 1992, el JNA y fuerzas montenegrinas sitiaron y bombardearon Dubrovnik, incluida su ciudad vieja, patrimonio de la humanidad; la Unesco la incluyó en la lista de patrimonio en peligro, y las imágenes del bombardeo de un lugar tan emblemático provocaron la condena internacional y aceleraron el reconocimiento de Croacia.
Tras años de frente estancado y de una parte del territorio bajo control serbio y de cascos azules de la ONU, Croacia recuperó la iniciativa en 1995. En agosto, la Operación Tormenta (Oluja) —una gran ofensiva croata sobre la Krajina— derrotó en pocos días a las fuerzas serbias y puso fin a la autoproclamada república. La victoria fue también el comienzo de un éxodo: entre 150.000 y 200.000 serbios de la Krajina, y según algunas estimaciones hasta unos 250.000, huyeron hacia Bosnia y Serbia, en uno de los mayores desplazamientos de población de las guerras yugoslavas; unos cientos de civiles serbios que se quedaron fueron asesinados y muchas casas, saqueadas e incendiadas. El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) de La Haya juzgó crímenes de guerra de ambos bandos: condenó a mandos serbios por Vukovar y Dubrovnik, y a los generales croatas Ante Gotovina y Mladen Markač por la Tormenta en 2011, aunque el tribunal de apelación los absolvió en 2012. La guerra dejó unos 20.000 muertos y cerró con la reintegración pacífica de la región oriental de Eslavonia (Vukovar) a Croacia en 1998.
La posguerra fue larga. Croacia tuvo que reconstruir ciudades enteras, reintegrar territorios, atender a cientos de miles de desplazados de todos los orígenes y afrontar su propio pasado ante los tribunales internacionales, en un proceso a menudo doloroso y polémico. La muerte de Tuđman en 1999 y el cambio político del año 2000 abrieron una etapa de acercamiento a Europa: la cooperación con el TPIY de La Haya —incluida la entrega de acusados— fue una de las condiciones para avanzar hacia la Unión Europea.
El 1 de julio de 2013, tras años de negociaciones y un referéndum favorable, Croacia se convirtió en el 28.º Estado miembro de la Unión Europea, la primera ampliación desde 2007 y la primera incorporación de un país surgido de la antigua Yugoslavia después de Eslovenia. La integración culminó una década más tarde: el 1 de enero de 2023 Croacia adoptó el euro —convirtiéndose en el vigésimo miembro de la eurozona, con una tasa de conversión fijada en 7,53450 kunas por euro— y entró en el espacio Schengen de libre circulación, con lo que desaparecieron los controles en sus fronteras terrestres y marítimas con el resto del área (los controles aéreos se levantaron en marzo de ese año).
Hoy Croacia es un país de algo más de tres millones y medio de habitantes cuya economía depende en gran medida del turismo: las murallas de Dubrovnik, el palacio de Diocleciano, los lagos de Plitvice, las islas dálmatas o el litoral istriano reciben cada verano a millones de visitantes. Persisten desafíos —la despoblación del interior y de muchas islas, la emigración de jóvenes hacia otros países de la UE, las heridas todavía abiertas de la guerra—, pero el país que durante siglos fue frontera de imperios y que en 1991 nació entre bombardeos se ha consolidado como una democracia europea. Su historia, de Diocleciano a la eurozona, sigue leyéndose en cada piedra de su costa.