Zadar, la antigua Iader romana, fue durante siglos la ciudad principal de Dalmacia. Fundada por los liburnos y romanizada a fondo, conserva un foro romano de época de Augusto y, sobre sus restos, la iglesia prerrománica de San Donato (siglo IX), uno de los edificios más singulares del Adriático. Su posición estratégica en el centro de la costa la convirtió en objeto de disputa permanente entre Venecia, Bizancio y el reino húngaro-croata.
Esa condición de plaza codiciada le valió uno de los episodios más célebres —y trágicos— de la Edad Media. En 1202, la rica y rebelde Zadar, que se había puesto bajo protección del rey de Hungría, fue asediada y saqueada por los ejércitos de la Cuarta Cruzada, que aceptaron el encargo del dux veneciano Enrico Dandolo de tomar la ciudad para saldar la deuda que tenían con Venecia por el transporte de la flota. Fue el primer ataque de una cruzada católica contra una ciudad cristiana, y el papa Inocencio III llegó a excomulgar a los cruzados. Zadar cayó el 24 de noviembre de 1202.
Tras siglos de dominio veneciano, Zadar tuvo un destino singular en el siglo XX: por el Tratado de Rapallo de 1920 fue asignada a Italia como enclave (junto con algunas islas), mientras el resto de Dalmacia quedaba en Yugoslavia. Fuertemente bombardeada por los aliados en 1943-1944, la ciudad pasó a Yugoslavia tras la Segunda Guerra Mundial y vivió entonces su propio episodio del éxodo, con la marcha de buena parte de su población italiana. Reconstruida, Zadar combina hoy su patrimonio romano y medieval con creaciones contemporáneas como el famoso "órgano de mar", que convierte el oleaje en música.
A diferencia de las demás grandes ciudades de la costa dálmata —fundadas por ilirios, griegos o romanos—, Šibenik fue una creación de los propios croatas. Su primera mención documental data de 1066, en una carta del rey croata Petar Krešimir IV, que la eligió por un tiempo como una de sus sedes; por eso se la conoce también como "la ciudad del rey Krešimir". Nacida como fortaleza junto a la desembocadura del río Krka, fue la única gran urbe del litoral levantada por manos croatas.
En los siglos siguientes, Šibenik pasó de mano en mano entre Venecia, Bizancio y Hungría-Croacia, hasta que en el siglo XV se consolidó bajo dominio veneciano. De aquella época dorada procede su gran monumento: la catedral de Santiago (Sveti Jakov), construida entre 1431 y 1536, obra maestra que combina el gótico tardío y el Renacimiento. Es célebre por estar levantada íntegramente en piedra, sin ladrillo ni madera, con una técnica de encaje de losas única, y por el friso de setenta y una cabezas esculpidas que rodean su ábside, retratos realistas de ciudadanos de la época obra del maestro Juraj Dalmatinac (Jorge el Dálmata).
Por su valor excepcional, la catedral de Šibenik fue inscrita en el año 2000 en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, como testimonio del intercambio artístico entre el norte de Italia, Dalmacia y la Toscana en el paso del gótico al Renacimiento. La ciudad conserva además un notable conjunto de fortalezas venecianas construidas para defenderla de los otomanos, que llegaron a asediarla sin conseguir tomarla, en particular la imponente fortaleza de San Nicolás en la entrada del canal.
Ninguna ciudad encarna mejor la superposición de épocas que caracteriza a Croacia que Split. Su corazón es, literalmente, el palacio que el emperador Diocleciano —nacido en la cercana Salona— mandó construir a finales del siglo III para su retiro, tras convertirse en el único emperador romano que abdicó voluntariamente, en el año 305. Aquel colosal recinto amurallado, mitad villa imperial y mitad campamento militar, medía casi cuatro hectáreas y albergaba los aposentos del emperador, un mausoleo, templos y guarniciones.
Cuando en el siglo VII los ávaros y los eslavos arrasaron la vecina Salona, sus habitantes se refugiaron dentro de las sólidas murallas del palacio abandonado. Poco a poco, aquel recinto imperial se transformó en una ciudad viva: el mausoleo de Diocleciano —el emperador que había perseguido a los cristianos— se convirtió, por ironía de la historia, en la catedral cristiana de San Domnio; los sótanos, las callejuelas, los peristilos y las columnas se llenaron de casas, talleres y comercios. Esa continuidad ininterrumpida, con gente que aún hoy vive dentro de los muros de un palacio romano, hace de Split un caso único en el mundo.
El conjunto histórico de Split, con el palacio de Diocleciano como núcleo, fue inscrito en 1979 en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Bajo dominio veneciano desde el siglo XV y austríaco después, Split creció con los siglos hasta convertirse en la mayor ciudad de Dalmacia y la segunda de Croacia, un puerto bullicioso donde la vida cotidiana transcurre entre piedras que tienen mil setecientos años.
A pocos kilómetros de Split, sobre un pequeño islote unido a tierra por puentes, se asienta Trogir, una de las ciudades históricas mejor conservadas del Adriático. Fue fundada en el siglo III a.C. por colonos griegos de Issa con el nombre de Tragurion, y romanizada después. A lo largo de la Edad Media pasó, como el resto de Dalmacia, por manos húngaro-croatas y venecianas, y bajo Venecia (desde 1420) vivió su época de mayor esplendor artístico.
El casco antiguo de Trogir es un laberinto de callejuelas medievales, palacios, iglesias y murallas de origen románico, gótico, renacentista y barroco. Su monumento culminante es la catedral de San Lorenzo, y en particular su portal occidental, esculpido por el maestro Radovan en 1240, una de las obras cumbre de la escultura románica en esta parte de Europa, con su rico programa de figuras, meses del año y escenas bíblicas.
Por la excepcional continuidad y coherencia de su patrimonio, el conjunto histórico de Trogir fue inscrito en 1997 en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, considerado un ejemplo sobresaliente de ciudad medieval construida sobre y con los restos de asentamientos anteriores helenísticos y romanos. Trogir resume así, en un espacio diminuto, más de dos mil años de historia adriática.
El río Krka, que nace en las montañas del interior y desemboca cerca de Šibenik, ha modelado uno de los paisajes fluviales más bellos de Croacia, protegido desde 1985 como parque nacional. Como en Plitvice, el agua ha construido a lo largo de milenios barreras naturales de toba caliza que forman una escalera de cascadas; la más famosa es Skradinski buk, una amplia sucesión de saltos y pozas. En una isla del río se levanta, además, el monasterio ortodoxo serbio de Krka y, en otro punto, el monasterio franciscano de Visovac, testimonio de la larga y a veces conflictiva convivencia de comunidades y confesiones en esta frontera histórica.
Esa condición fronteriza marcó a la Dalmacia norte en el siglo XX. La región fue escenario de los combates de las dos guerras mundiales —Zadar, italiana desde 1920, quedó devastada por los bombardeos aliados de 1943-1944— y, sobre todo, de la guerra de independencia de 1991-1995. El interior de la región, en torno a Knin, fue el centro de la autoproclamada República Serbia de Krajina, y la zona vivió duros enfrentamientos: el puente de Maslenica, clave para unir el norte y el sur del país por la costa, fue destruido y reconquistado en operaciones militares croatas.
La guerra terminó aquí con la Operación Tormenta de agosto de 1995, que reintegró el interior dálmata a Croacia y provocó el éxodo de la población serbia de la Krajina. Superado el conflicto, la Dalmacia norte ha recuperado su vocación turística: Zadar, Šibenik, las cascadas del Krka, el archipiélago de las islas Kornati —un rosario de más de un centenar de islas e islotes deshabitados convertido en parque nacional— y las playas del litoral atraen hoy a viajeros de toda Europa, en una región donde la belleza natural convive con una memoria histórica todavía reciente.