En el sur de Dalmacia, la ciudad de Ragusa —la actual Dubrovnik— construyó a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna un Estado singular: una república mercantil aristocrática que, sin ejércitos poderosos, logró mantener su independencia durante más de cuatro siglos entre potencias mucho mayores. Tras la etapa de dominio veneciano (1205-1358), la Paz de Zadar de 1358 liberó a Ragusa del yugo de la Serenísima y le abrió el camino a una autonomía casi total bajo la soberanía nominal, primero, de Hungría, y luego bajo la protección tributaria del Imperio otomano.
El secreto de su supervivencia fue la diplomacia. Gobernada por un Senado de nobles y por un rector cuyo mandato duraba apenas un mes —para impedir que nadie acumulara demasiado poder—, Ragusa mantenía cónsules y espías en decenas de puertos, pagaba un tributo anual al sultán a cambio de comerciar libremente por todo el Imperio otomano y practicaba un delicado equilibrio entre cristianos y turcos, entre Venecia y los Habsburgo. Su lema, esculpido en la fortaleza de Lovrijenac, resumía su ideal: Non bene pro toto libertas venditur auro, "la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo".
Esa política prudente hizo de Ragusa una potencia comercial cuya flota mercante llegó a rivalizar con las mayores del Mediterráneo, y una república cuya sofisticación institucional asombraba a los viajeros. La ciudad se dotó de instituciones avanzadas para su época —una de las farmacias en funcionamiento más antiguas de Europa, en el monasterio franciscano; un sistema de cuarentena para prevenir epidemias; hospicios y orfanatos— que la convirtieron en un modelo de organización urbana.
Entre las decisiones más notables de la República de Ragusa figura la que tomó su Senado el 27 de enero de 1416: prohibir el comercio de esclavos en todos sus territorios, una de las primeras abstenciones legales del tráfico de esclavos en Europa. Conviene precisar el alcance de la medida: lo que se vetó fue la trata, el comercio de personas —en particular la venta de esclavos eslavos que algunos mercaderes ragusanos practicaban—, y no de golpe toda forma de servidumbre doméstica, que fue extinguiéndose después. Aun así, la decisión situó a la pequeña república muy por delante de su tiempo en materia de derechos.
La mayor catástrofe de su historia llegó el 6 de abril de 1667, cuando un violentísimo terremoto sacudió la ciudad. Murieron unas 2.000 personas dentro de las murallas y hasta un millar más en el resto del territorio, incluido el propio rector, Šišmundo Gundulić, y buena parte de la nobleza. El seísmo, seguido de incendios, derrumbó palacios, iglesias y monasterios góticos y renacentistas; sólo quedaron en pie, sobre todo, las murallas y algunos edificios sólidos como el palacio Sponza.
Ragusa se reconstruyó con notable disciplina urbanística en el estilo barroco que hoy domina su casco antiguo, con calles regulares y edificios de altura uniforme. La necesidad de reponer a la diezmada nobleza obligó incluso a ennoblecer a algunas familias plebeyas, alterando la vieja estructura social. La República sobrevivió aún siglo y medio más, hasta que las tropas napoleónicas la ocuparon en 1806 y la abolieron en 1808; por el Congreso de Viena de 1815, Dubrovnik y toda Dalmacia pasaron a los Habsburgo, cerrando la historia del Estado independiente ragusano.
Las islas de la Dalmacia meridional guardan algunas de las historias más singulares de Croacia. Hvar, la isla más soleada del Adriático, fue colonia griega (la antigua Pharos, hoy Stari Grad) ya en el siglo IV a.C.; la llanura agrícola de Stari Grad (Ager), con su parcelario geométrico trazado por los colonos griegos y cultivado sin interrupción durante veinticuatro siglos, es Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2008. Bajo dominio veneciano, la ciudad de Hvar inauguró en 1612 un teatro comunal considerado uno de los primeros teatros públicos de Europa, abierto a nobles y plebeyos por igual, levantado precisamente para apaciguar las tensiones entre unos y otros. La isla es hoy célebre también por sus campos de lavanda.
Korčula, la "Corfú negra" de los griegos, cubierta de espesos bosques de pino, es célebre por dos motivos. El primero es su Estatuto de 1214, uno de los códigos legales más antiguos de esta parte de Europa, que regulaba minuciosamente la vida de la isla y que, entre otras disposiciones pioneras, restringía severamente la esclavitud, dos siglos antes que la propia Ragusa. El segundo es la tradición —discutida pero tenazmente defendida por los isleños— de que Marco Polo, el gran viajero, habría nacido en Korčula.
Ambas islas comparten una larga tradición de cantería. La piedra blanca de Korčula, extraída en canteras como la de la islita de Vrnik, y la habilidad de sus canteros y maestros de obra alimentaron durante siglos la construcción de palacios e iglesias en toda Dalmacia e incluso más allá del Adriático. Ese oficio de la piedra, junto con la viña, el olivo y la pesca, sostuvo durante generaciones la economía de unas islas cuya belleza atrae hoy a viajeros de todo el mundo.
Mljet, una de las islas más boscosas y menos pobladas del Adriático, condensa a la vez la belleza y el drama de las islas croatas. Su extremo occidental, protegido como parque nacional desde 1960, alberga dos lagos de agua salada comunicados con el mar, y en uno de ellos, sobre un islote, se levanta un antiguo monasterio benedictino del siglo XII. La tradición quiere que fuera aquí donde Ulises pasó años retenido por la ninfa Calipso, y también se asocia la isla al naufragio de san Pablo camino de Roma: leyendas que hablan de la fascinación milenaria por estas aguas.
Pero la historia real de Mljet y de tantas otras islas dálmatas es también una historia de despoblación. Durante siglos, las islas vivieron de la viña, el olivo, la pesca y la sal, con poblaciones que en su apogeo llenaban pueblos hoy semivacíos. A finales del siglo XIX, la plaga de la filoxera arruinó los viñedos y hundió la principal fuente de ingresos; la crisis empujó a decenas de miles de isleños a emigrar, sobre todo hacia América —Estados Unidos, Chile, Argentina— y más tarde a Australia y a las ciudades del continente.
Ese éxodo, prolongado durante todo el siglo XX, dejó muchas islas y aldeas del interior insular casi despobladas, con una población envejecida y viviendas cerradas buena parte del año. La emigración croata fue tan masiva que hoy viven fuera del país comunidades de origen croata que suman millones de personas. El turismo ha reactivado en las últimas décadas la economía de las islas mayores, pero la despoblación sigue siendo uno de los grandes desafíos de la Dalmacia insular, donde la belleza del paisaje convive con el silencio de los pueblos vaciados.
En el otoño de 1991, la ciudad que durante siglos había sobrevivido gracias a la diplomacia se encontró de pronto bajo el fuego. Tras la declaración de independencia croata, el Ejército Popular Yugoslavo (JNA), apoyado por fuerzas montenegrinas, lanzó a partir del 1 de octubre de 1991 una ofensiva sobre la región de Dubrovnik y sitió la ciudad, cortándola por tierra y por mar. Militarmente, Dubrovnik apenas tenía valor estratégico y carecía de defensas serias; el asedio tuvo, sobre todo, un carácter de castigo y de presión.
El bombardeo alcanzó a la ciudad vieja, un conjunto amurallado declarado Patrimonio Mundial de la Unesco, que fue alcanzado por proyectiles de mortero y cohetes. El día más intenso fue el 6 de diciembre de 1991, cuando la artillería castigó durante horas el casco histórico: resultaron dañados palacios, iglesias y tejados —el monasterio franciscano, el palacio Sponza, la torre del reloj—, y hubo víctimas civiles. Durante el conjunto del asedio murieron en la región unas ochenta a noventa personas civiles, y miles de edificios sufrieron daños.
El bombardeo de un lugar tan universalmente reconocido provocó una oleada de condena internacional: la Unesco incluyó a Dubrovnik en la lista de Patrimonio Mundial en peligro, y las imágenes de la ciudad en llamas se volvieron un desastre de imagen para Belgrado y Podgorica, contribuyendo al reconocimiento internacional de Croacia. Levantado el asedio en 1992, la ciudad fue cuidadosamente restaurada bajo supervisión de la Unesco, y hoy sus murallas y sus tejados nuevos —de un rojo más vivo allí donde las tejas fueron repuestas— vuelven a atraer a multitudes, que recorren el mismo casco por el que caminaron los embajadores de la vieja República de Ragusa.