Zagreb nació de la unión, no siempre pacífica, de dos colinas vecinas. La primera fue Kaptol, la colina eclesiástica: allí el rey húngaro Ladislao fundó en 1094 el obispado de Zagreb, que convirtió al lugar en centro religioso y administrativo. El nombre Kaptol viene del latín capitulum, el cabildo de canónigos que gobernaba el barrio en torno a la catedral. La segunda colina fue Gradec (o Grič), un burgo laico de comerciantes y artesanos.
El salto decisivo de Gradec llegó en 1242. Mientras la invasión mongola asolaba Europa central, el rey Bela IV de Hungría —que se había refugiado en la zona— concedió a Gradec, mediante un documento solemne llamado la Bula de Oro, el rango de "ciudad real libre". Sus habitantes obtuvieron el derecho a elegir cada año a su juez o alcalde, a sus jurados y concejales, a amurallarse y a regirse por sus propias leyes, al margen del poder del obispo. Gradec se rodeó de murallas y torres, algunas de las cuales todavía se conservan en la Ciudad Alta.
Aquellas dos comunidades —la clerical de Kaptol y la burguesa de Gradec— vivieron durante siglos enfrentadas por cuestiones de jurisdicción, mercados y peajes, en disputas que a veces derivaron en violencia abierta. El propio topónimo de una de las calles que las separa, el arroyo hoy soterrado del Medveščak, recuerda esa antigua frontera. Sólo en la época moderna las dos colinas y sus arrabales terminaron fundiéndose en una sola ciudad, que conservó como núcleo histórico la Ciudad Alta (Gornji grad), con la catedral en Kaptol y la iglesia de San Marcos, de tejado multicolor, en Gradec.
Durante los siglos XVI y XVII, cuando el avance otomano redujo a Croacia a los "restos de los restos" de su antiguo reino, Zagreb quedó cerca de la línea del frente y se convirtió en uno de los últimos bastiones seguros. A medida que caían las plazas del sur y del este, la ciudad ganó importancia como centro político: fue aquí donde el Sabor, el parlamento croata, empezó a reunirse de forma habitual, y donde se refugiaron nobles e instituciones huidos de los territorios ocupados.
La cercanía de la batalla de Sisak (1593), librada a pocos kilómetros al sur, muestra hasta qué punto la región fue frontera activa. La victoria austro-croata en Sisak alejó definitivamente el peligro turco de la capital y permitió que Zagreb creciera con más seguridad. La ciudad se fue dotando de conventos, iglesias barrocas, palacios nobiliarios y una vida cultural cada vez más intensa, aunque seguía siendo una urbe modesta comparada con Viena o Budapest.
En el siglo XVIII y comienzos del XIX, Zagreb consolidó su papel como capital administrativa y eclesiástica de Croacia dentro de la monarquía de los Habsburgo. El Sabor, el ban y la burocracia del reino tenían aquí su sede, y la ciudad se convirtió en el escenario donde se debatía, una y otra vez, la relación de Croacia con Hungría y con Viena. Ese peso institucional prepararía a Zagreb para el papel protagonista que asumiría en el despertar nacional del siglo XIX.
En el siglo XIX Zagreb se transformó en el laboratorio del renacimiento nacional croata. Fue aquí donde, en la década de 1830, Ljudevit Gaj y el círculo del movimiento ilirio lanzaron su campaña por una lengua literaria croata y por la unidad cultural de los eslavos del sur: en Zagreb se imprimió en 1835 el primer periódico en croata y su suplemento Danica, y desde Zagreb se irradiaron las ideas que darían forma a la política croata moderna.
La ciudad fue también el centro del drama político de 1848. En su Sabor fue elegido ban Josip Jelačić, cuya estatua ecuestre preside desde el siglo XIX la gran plaza central de la ciudad, el corazón simbólico de Zagreb. A lo largo de la segunda mitad del siglo, figuras como el obispo Josip Juraj Strossmayer dotaron a la ciudad de instituciones culturales de primer orden —la Academia Yugoslava (hoy Croata) de Ciencias y Artes, la Universidad moderna reorganizada en 1874, galerías y museos—, convirtiendo a Zagreb en la capital intelectual indiscutible de los croatas.
Ese liderazgo cultural fue de la mano de un rápido crecimiento urbano. Tras el devastador terremoto de 1880, la ciudad se reconstruyó y se expandió hacia el sur con la llamada "Herradura verde" (Lenucci), una sucesión de plazas ajardinadas rodeadas de edificios historicistas —el teatro nacional, pabellones, museos— que le dieron su aire de capital centroeuropea de fin de siglo. Zagreb entraba en el siglo XX como una ciudad moderna, orgullosa de su papel de metrópoli nacional croata.
En el siglo XX Zagreb fue el gran escenario de la turbulenta historia croata. En octubre de 1918 fue en su Sabor donde se rompieron los lazos con Austria-Hungría y se proclamó la unión con los eslavos del sur. Entre 1941 y 1945 fue la capital del Estado Independiente de Croacia de los ustachas, y su caída el 8 de mayo de 1945 marcó el fin de aquel régimen. Durante la Yugoslavia socialista, Zagreb fue la capital de la República Socialista de Croacia y la segunda ciudad del país después de Belgrado, con un fuerte desarrollo industrial y urbano, incluida la moderna Nueva Zagreb al sur del río Sava.
La ciudad fue también epicentro de la Primavera Croata de 1971, el movimiento reformista y nacional que Tito reprimió, y en 1991 vivió en primera línea la guerra de independencia: en mayo de 1995, ya casi al final del conflicto, fue blanco de un ataque con cohetes de racimo lanzados por las fuerzas serbias de la Krajina, que causó muertos y heridos entre la población civil en pleno centro.
Hoy Zagreb es la capital de la Croacia independiente y europea, con cerca de 800.000 habitantes en la ciudad y más de un millón en su área metropolitana: sede del gobierno, el parlamento y las principales instituciones, y motor económico y cultural del país. En marzo de 2020, en plena pandemia, un fuerte terremoto volvió a golpear su casco histórico y dañó la catedral y numerosos edificios de la Ciudad Alta, en un recordatorio de la vieja vulnerabilidad sísmica de la ciudad. Aun así, Zagreb combina su patrimonio austrohúngaro con una animada vida contemporánea de cafés, museos y mercados como el de Dolac.
Más allá de la capital, el interior de Croacia se despliega en un paisaje muy distinto al de la costa: colinas boscosas, mesetas kársticas y ríos que, en la región de Lika, han modelado uno de los conjuntos naturales más espectaculares de Europa, los lagos de Plitvice. Se trata de una sucesión de dieciséis lagos escalonados de aguas verdeazuladas, unidos por decenas de cascadas y separados por barreras naturales de toba caliza que el agua, la vegetación y los microorganismos van construyendo lentamente a lo largo de los siglos.
Protegidos como parque nacional desde 1949 —el más antiguo del país— e inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1979, los lagos de Plitvice son hoy el gran icono natural de Croacia y uno de sus destinos más visitados. Las pasarelas de madera que serpentean sobre el agua permiten recorrer un ecosistema de excepcional riqueza, refugio de osos, lobos y numerosas aves.
Pero Plitvice guarda también un lugar en la historia reciente del país: fue aquí, el domingo de Pascua del 31 de marzo de 1991, donde se produjo el llamado "incidente de los lagos de Plitvice", un enfrentamiento entre la policía croata y milicianos serbios de la Krajina que intentaban tomar el control de la zona. En aquel choque murió el policía Josip Jović, considerado el primer croata caído en la guerra de independencia. Aquel episodio, en uno de los parajes más hermosos del país, anticipó la tragedia que se abatiría sobre Croacia en los años siguientes.