El nombre del país es viejísimo. Cuando Julio César escribió sus "Comentarios sobre la guerra de las Galias" a mediados del siglo I a.C., describió tres grandes pueblos de la Galia y abrió el relato con una frase que los belgas todavía repiten con orgullo: de todos, "los más valientes son los belgas" (los belgae), en parte porque vivían lejos de la civilización refinada de la provincia romana y estaban en guerra permanente con los germanos del otro lado del Rin. Los belgas eran un conjunto de tribus celtas y germánicas —nervios, eburones, tréveros, menapios— que ocupaban el noreste de la Galia. César los sometió entre el 57 y el 51 a.C. en campañas durísimas: los nervios estuvieron a punto de derrotarlo en el río Sabis, y los eburones de Ambiorix aniquilaron a una legión y media antes de ser exterminados en represalia.
Roma organizó el territorio en la provincia de la Gallia Belgica, con capital en Reims y más tarde con centros importantes como Tongeren (Atuatuca Tungrorum), la ciudad más antigua de Bélgica, y Tournai (Tornacum). Durante casi cuatro siglos hubo paz romana, calzadas, villas agrícolas y comercio. Pero la frontera del Rin nunca dejó de ser peligrosa, y a partir del siglo III las incursiones germánicas y la crisis del Imperio fueron minando el orden romano. Cuando Roma se retiró, quienes ocuparon el vacío fueron los francos, un pueblo germánico que se había ido asentando pacíficamente en el norte y que daría origen a la Europa medieval.
En el siglo V, el rey franco Clodoveo I unificó a los francos, se convirtió al cristianismo católico hacia el año 496 y fundó la dinastía merovingia, cuyo primer gran centro estuvo precisamente en Tournai, donde en 1653 se descubrió la tumba del rey Childerico I, padre de Clodoveo. Sobre estas tierras se construyó luego el poder de los carolingios: la familia que daría a Carlomagno provenía de la región del Mosa, entre las actuales Bélgica y Alemania, y sus dominios patrimoniales estaban en el corazón de lo que hoy es el país. Bajo Carlomagno, coronado emperador en el año 800, esta zona fue el núcleo mismo del Imperio.
Todo cambió en el 843 con el Tratado de Verdún, que repartió el imperio de Carlomagno entre sus tres nietos. La línea de reparto cayó justo encima de lo que sería Bélgica: el río Escalda quedó como frontera entre la Francia Occidental (el reino de Francia) y la Lotaringia central, que después pasó al Sacro Imperio Romano Germánico. Esa división medieval, entre una zona bajo influencia francesa y otra bajo influencia imperial germánica, marcó durante siglos la política de la región y prefigura, a grandes rasgos, la fractura entre un sur mirando a Francia y un norte mirando al mundo germánico. Fragmentado el poder central, el territorio se dividió en una constelación de principados feudales: el condado de Flandes, el ducado de Brabante, el principado episcopal de Lieja, los condados de Henao, Namur y Luxemburgo.
Durante la Baja Edad Media, el condado de Flandes se convirtió en una de las regiones más ricas y urbanizadas de Europa, junto con el norte de Italia. La clave fue la industria textil: los tejedores flamencos importaban lana inglesa de primera calidad y la transformaban en paños finísimos que se vendían en toda Europa y en el Mediterráneo. Brujas, conectada al mar por el brazo del Zwin, fue el gran puerto y mercado financiero del noroeste europeo, donde tenían factoría los mercaderes de la Liga Hanseática, de Génova y de Venecia; Gante e Ypres completaban el trío de las grandes ciudades textiles. Fue una sociedad urbana, comercial y combativa, con gremios poderosos y una burguesía que no aceptaba fácilmente la autoridad de nadie.
Ese orgullo cívico chocó con el rey de Francia, que como señor feudal reclamaba control sobre Flandes. La tensión estalló el 11 de julio de 1302 en la batalla de Courtrai, más conocida como la Batalla de las Espuelas de Oro: una milicia de artesanos y campesinos flamencos a pie derrotó de manera aplastante a la caballería noble francesa, y recogió del campo de batalla cientos de espuelas doradas de los caballeros muertos como trofeo. Fue un hecho asombroso —infantería urbana venciendo a la flor de la caballería feudal— y quedó como símbolo de la libertad flamenca; hoy el 11 de julio es la fiesta oficial de la Comunidad Flamenca. La rivalidad con Francia siguió durante todo el siglo XIV, con revueltas urbanas encabezadas por líderes como Jacob van Artevelde en Gante.
En el siglo XV, los duques de Borgoña de la casa de Valois fueron reuniendo por herencia, matrimonio y compra la mayoría de los principados de los Países Bajos —el conjunto de Flandes, Brabante, Henao, Holanda, Zelanda y más— bajo un mismo dominio. Con Felipe el Bueno (1419-1467) y su hijo Carlos el Temerario (1467-1477), la corte de Borgoña fue una de las más ricas y refinadas de Europa, tanto que llegó a rivalizar con la del rey de Francia. Ciudades como Bruselas, Brujas y Malinas —que fue sede de las principales instituciones de gobierno— vivieron un esplendor material y cultural. Fue la época en que se ordenó y unificó administrativamente lo que después sería Bélgica y los Países Bajos.
Ese esplendor produjo una de las grandes revoluciones del arte occidental: la pintura de los llamados primitivos flamencos. Jan van Eyck, pintor de la corte, perfeccionó la técnica del óleo y alcanzó un realismo minucioso nunca visto; su Políptico del Cordero Místico, terminado en 1432 para la catedral de Gante, es una de las obras cumbre de la historia del arte. A su lado brillaron Rogier van der Weyden, Hans Memling —activo en Brujas— y, más tarde, el visionario Hieronymus Bosch (El Bosco). La aventura borgoñona terminó abruptamente en 1477, cuando Carlos el Temerario murió en la batalla de Nancy sin heredero varón; su hija María de Borgoña se casó con Maximiliano de Habsburgo, y así todos estos territorios pasaron a la órbita de la poderosa casa de Austria.
En 1500 nació en Gante el que sería el hombre más poderoso de su tiempo: Carlos de Habsburgo, futuro emperador Carlos V, señor de los Países Bajos, rey de España y de medio mundo. Bajo su reinado, las Diecisiete Provincias de los Países Bajos formaron una unidad próspera dentro de un imperio inmenso. Pero su hijo Felipe II, criado en España y campeón de la Contrarreforma católica, chocó de frente con estas provincias comerciales y cada vez más protestantes. La presión fiscal, el absolutismo, la Inquisición y la represión religiosa desataron en 1568 la Revuelta de los Ochenta Años, encabezada por Guillermo de Orange.
La guerra partió el territorio en dos. Las siete provincias del norte, protestantes, resistieron y terminaron independizándose como la República de las Provincias Unidas (los actuales Países Bajos). Las diez provincias del sur —el núcleo de la futura Bélgica— fueron reconquistadas por los tercios españoles del duque de Parma y quedaron bajo dominio de la corona española y bajo el catolicismo de la Contrarreforma: son los Países Bajos españoles. La caída de Amberes en 1585 y el cierre del río Escalda por parte de los holandeses arruinaron el gran puerto del sur y provocaron un éxodo de comerciantes y artesanos protestantes hacia Ámsterdam, que heredó su prosperidad. Aun así, el sur católico tuvo un notable resurgir cultural en el siglo XVII, encarnado sobre todo por el pintor Pedro Pablo Rubens y su taller en Amberes.
Tras la Guerra de Sucesión española, la Paz de Utrecht de 1713 traspasó estas provincias de la rama española a la rama austríaca de los Habsburgo: nacieron así los Países Bajos austríacos, gobernados desde Viena. El siglo XVIII fue en general próspero y tranquilo, hasta que las reformas centralizadoras y anticlericales del emperador José II provocaron un estallido: la Revolución Brabanzona de 1789, que llegó a proclamar unos efímeros "Estados Belgas Unidos" antes de ser sofocada. Fue el primer antecedente de una identidad política "belga".
La Revolución Francesa lo cambió todo. En 1795, la Francia revolucionaria anexó directamente el territorio, disolvió el milenario principado de Lieja y aplicó sus leyes, su administración y el servicio militar obligatorio, lo que provocó rebeliones campesinas. Durante veinte años, estas tierras fueron departamentos franceses bajo la República y luego bajo Napoleón. El capítulo se cerró el 18 de junio de 1815 a pocos kilómetros de Bruselas, en la batalla de Waterloo, donde el ejército francés de Napoleón fue derrotado por las fuerzas británicas de Wellington y las prusianas de Blücher. Aquella derrota puso fin a la era napoleónica en Europa. El Congreso de Viena, para levantar un dique contra Francia, decidió unir el norte y el sur de los Países Bajos en un solo Estado, el Reino Unido de los Países Bajos, bajo el rey Guillermo I de Orange.
El experimento de unir el norte protestante y comercial con el sur católico duró apenas quince años. Los habitantes del sur —la futura Bélgica— se sentían tratados como súbditos de segunda por el rey Guillermo I: el neerlandés impuesto como lengua oficial molestaba a las élites francófonas, la religión católica se sentía perjudicada frente al protestantismo del norte y el sur, más poblado, estaba subrepresentado en el gobierno. La chispa saltó el 25 de agosto de 1830 en Bruselas, tras una representación de la ópera "La muda de Portici": el público, enardecido, salió a la calle y la protesta se transformó en revolución. Tras combates en el parque de Bruselas, las tropas holandesas se retiraron.
El 4 de octubre de 1830 un gobierno provisional proclamó la independencia de Bélgica. Las grandes potencias, reunidas en la Conferencia de Londres, reconocieron al nuevo Estado y, para garantizar el equilibrio europeo, le impusieron una condición clave: la neutralidad perpetua. Bélgica adoptó una monarquía constitucional y parlamentaria con una de las constituciones más liberales de su época (1831), y ofreció el trono a un príncipe alemán, Leopoldo de Sajonia-Coburgo, que reinó como Leopoldo I. Los Países Bajos no reconocieron la separación hasta 1839. Así nació, casi de un día para el otro, un país nuevo, católico y de habla mayoritariamente francesa en su clase dirigente, aunque la mayoría de su población hablaba dialectos flamencos.
La Bélgica de 1830 nació como un Estado francófono. Aunque más de la mitad de la población hablaba variantes del neerlandés (el "flamenco"), el francés era la única lengua oficial y la lengua del poder, la justicia, el ejército, la universidad y la burguesía en todo el país, incluso en Flandes. El neerlandés quedó relegado a la condición de lengua popular y campesina. Contra esa desigualdad surgió, ya desde mediados del siglo XIX, el Movimiento Flamenco, que reclamó primero el uso del neerlandés en los tribunales y la administración de Flandes y, con el tiempo, la igualdad plena de las dos lenguas.
La lucha lingüística estructuró la política belga durante más de un siglo. Entre finales del siglo XIX y mediados del XX se fueron aprobando leyes que reconocieron el neerlandés en la enseñanza, la justicia y la administración, hasta que en 1898 se declaró oficialmente bilingüe al país. En 1962-1963 se fijó una frontera lingüística oficial y fija que dividió a Bélgica en cuatro zonas: neerlandófona (Flandes), francófona (Valonia), la región bilingüe de Bruselas y una pequeña zona germanófona en el este, incorporada tras la Primera Guerra Mundial. El conflicto no fue sólo cultural: a medida que la vieja industria pesada de Valonia entraba en decadencia y Flandes se volvía la región más rica y dinámica, la disputa lingüística se cargó también de tensiones económicas. Esa fractura es el hilo que explica la posterior transformación de Bélgica en un Estado federal.
El capítulo más oscuro de la historia belga no ocurrió en Bélgica sino en el corazón de África. El rey Leopoldo II, obsesionado con dotar a su pequeño país de un imperio, no logró que el Estado belga asumiera una aventura colonial y entonces hizo algo insólito: se apropió de una colonia a título estrictamente personal. En la Conferencia de Berlín de 1884-1885, las potencias europeas le reconocieron la soberanía sobre una inmensa cuenca del río Congo —unas ochenta veces el tamaño de Bélgica—, que Leopoldo bautizó Estado Libre del Congo y gobernó como propiedad privada, disfrazando la explotación con retórica humanitaria y antiesclavista.
Lo que siguió fue un sistema de trabajo forzado de extrema brutalidad, montado primero sobre el marfil y luego, con el auge del automóvil y la bicicleta, sobre el caucho. Para arrancar el látex, la milicia colonial, la Force Publique, imponía cuotas imposibles a las aldeas y castigaba el incumplimiento con la toma de rehenes, las aldeas incendiadas, las ejecuciones y la mutilación: cortar la mano de las víctimas —incluso de niños— se volvió una práctica documentada, usada por los soldados para "justificar" ante sus superiores los cartuchos gastados. La denuncia internacional, encabezada por el diplomático británico Roger Casement (cuyo informe de 1904 fue demoledor), el periodista Edmund Dene Morel y su Asociación para la Reforma del Congo, y misioneros que fotografiaron las mutilaciones, convirtió al Congo en el primer gran escándalo humanitario de la era mediática.
El costo humano es objeto de debate historiográfico por la falta de censos fiables, pero las estimaciones más aceptadas hablan de un descenso catastrófico de la población: cifras que van desde varios millones hasta unos diez millones de muertes por asesinato, hambre, agotamiento y enfermedades entre 1885 y 1908, según autores como Adam Hochschild; otros historiadores discuten esas cifras y las matizan, pero coinciden en la magnitud de la catástrofe demográfica. La presión internacional obligó a Leopoldo a ceder la colonia: en 1908 el Estado belga la asumió y pasó a llamarse Congo Belga. El dominio colonial belga —más ordenado pero igualmente paternalista y explotador— duró hasta la independencia del Congo, el 30 de junio de 1960. La memoria de Leopoldo II sigue siendo hoy motivo de fuerte controversia en Bélgica, con estatuas suyas cuestionadas y retiradas.
La neutralidad que había protegido a Bélgica desde 1830 se derrumbó el 4 de agosto de 1914, cuando el ejército alemán la invadió para atacar a Francia por sorpresa, según el Plan Schlieffen. La resistencia belga en los fuertes de Lieja frenó unos días el avance, pero el país fue ocupado casi por completo. La invasión estuvo acompañada de graves represalias contra la población civil —ejecuciones masivas de rehenes, aldeas arrasadas, la biblioteca de Lovaina incendiada—, episodios conocidos como la "violación de Bélgica" que conmovieron a la opinión mundial. El rey Alberto I y su ejército resistieron durante los cuatro años detrás del río Yser, en el único rincón del país no ocupado. Alrededor de Ypres se libraron algunas de las batallas más sangrientas de la guerra de trincheras; allí los alemanes usaron por primera vez gas de cloro a gran escala, en abril de 1915, y en 1917 la batalla de Passchendaele dejó cientos de miles de muertos en un mar de barro. De esos campos vienen las amapolas rojas convertidas en símbolo del recuerdo.
En mayo de 1940, la Alemania nazi volvió a invadir Bélgica. El país capituló en dieciocho días y el rey Leopoldo III se rindió y permaneció bajo custodia alemana, una decisión que dividió profundamente a los belgas y desató después la llamada "cuestión real", que terminaría con su abdicación en 1951. Bajo la ocupación nazi se desató la persecución de los judíos. El campo de tránsito de Malinas (Kazerne Dossin), instalado por su posición entre Amberes —con su gran comunidad judía— y Bruselas, funcionó como antesala de Auschwitz: desde allí fueron deportadas unas 25.500 personas judías y gitanas, la mayoría asesinadas en los campos de exterminio. Aun así, más de la mitad de los judíos de Bélgica sobrevivió, en buena parte gracias a redes de resistencia y a familias que los escondieron; hubo incluso un ataque partisano al vigésimo convoy de deportación que permitió escapar a varios prisioneros. Bélgica fue liberada por los Aliados en septiembre de 1944, aunque la ofensiva alemana de las Ardenas ese invierno (la batalla de las Ardenas o "del Bulge") todavía llevó la guerra de vuelta a su suelo.
La posguerra trajo prosperidad, la reconstrucción y un giro histórico en el mapa interno del país: Flandes, antes agrícola y pobre, se convirtió en la región más rica y moderna, mientras la vieja Valonia industrial del carbón y el acero entraba en una larga decadencia. Ese vuelco económico realimentó la vieja tensión lingüística y volvió inmanejable el viejo Estado unitario y centralizado. Entre 1970 y 1993, a través de sucesivas reformas del Estado, Bélgica se transformó de arriba abajo en un Estado federal, articulado en tres Regiones (Flandes, Valonia y Bruselas-Capital) y tres Comunidades lingüísticas (flamenca, francófona y germanófona), con parlamentos y gobiernos propios y competencias repartidas de manera endiablada. La reforma de 1993 lo dejó por escrito en la Constitución: "Bélgica es un Estado federal".
Esa complejidad tiene un costo: formar gobierno es difícil, y en 2010-2011 Bélgica batió el récord mundial al pasar 541 días sin gobierno de pleno derecho por el desacuerdo entre partidos flamencos y francófonos. Aun así, el país funcionó, y en el fondo late siempre la pregunta sobre su unidad, agitada por el nacionalismo flamenco que sueña con más autonomía o incluso con la independencia. En paralelo, Bélgica encontró un papel a su medida en la escena internacional: fue miembro fundador de la Unión Europea y de la OTAN, y Bruselas es hoy la capital de facto de la Unión —sede de la Comisión y del Consejo Europeos— y sede de la OTAN, lo que la convirtió en una ciudad internacional y cosmopolita. Bélgica sigue siendo un país próspero, con una calidad de vida alta y una identidad hecha de contrastes: un reino sin una sola lengua, célebre por su cerveza, su chocolate, sus historietas y una forma muy suya —irónica y desconfiada del poder— de mirar el mundo.
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Bruselas nació, literalmente, de un pantano. Su nombre viene del antiguo "Bruocsella", que significa algo así como "asentamiento en la marisma", en referencia a las tierras húmedas del valle del río Senne donde surgió el primer poblado hacia finales del siglo X, cuando Carlos, duque de la Baja Lotaringia, levantó una fortaleza en una isla del río. Situada en la ruta comercial entre Brujas y Colonia, la aldea creció como centro de mercado y de artesanía textil, y en la Edad Media se convirtió en una de las principales residencias de los duques de Brabante y, más tarde, de la corte borgoñona.
El corazón simbólico de la ciudad es la Grand Place (Grote Markt), una de las plazas más bellas de Europa, rodeada por el ayuntamiento gótico —con su esbelta torre— y las casas gremiales de fachadas doradas. Ese conjunto, sin embargo, es en buena parte una reconstrucción: en agosto de 1695, durante la guerra contra Francia, el ejército de Luis XIV bombardeó Bruselas durante tres días y arrasó el centro, destruyendo miles de casas. Los gremios reconstruyeron sus sedes en pocos años con un lujo desafiante, y de ahí viene el aire barroco y opulento que hoy admira el turista.
Lovaina (Leuven) fue en la Baja Edad Media la ciudad principal del ducado de Brabante, rica gracias al comercio de paños, antes de que Bruselas y Amberes le tomaran la delantera. Su gran tesoro es la Universidad, fundada en 1425, la más antigua de los Países Bajos históricos y una de las más antiguas de Europa. En el siglo XVI fue un foco intelectual de primer orden: allí enseñó y trabajó el humanista Erasmo de Róterdam, que fundó en la ciudad el Colegio Trilingüe, y de sus aulas salió buena parte de la élite culta de los Países Bajos católicos.
El otro emblema de la ciudad es su ayuntamiento (stadhuis), una filigrana del gótico tardío del siglo XV, cubierto de estatuas y pináculos, que parece más una joya de orfebrería que un edificio. La historia moderna de la universidad refleja la fractura del país: en 1968, en pleno auge del conflicto lingüístico, la vieja institución bilingüe se partió en dos por el conflicto entre estudiantes flamencos y francófonos. La parte neerlandófona (KU Leuven) se quedó en la ciudad; la francófona se marchó y fundó desde cero una ciudad universitaria nueva en Valonia, Louvain-la-Neuve. Lovaina es también la cuna de la cervecería Stella Artois, heredera de una tradición local que se remonta a siglos.
A pocos kilómetros al sur de Bruselas, entre campos de trigo, se libró el 18 de junio de 1815 una de las batallas más decisivas de la historia europea. Napoleón Bonaparte, que había vuelto del exilio para retomar el poder en Francia durante los llamados Cien Días, se enfrentó allí a un ejército aliado de británicos, holandeses, belgas y alemanes al mando del duque de Wellington, apoyado por el ejército prusiano del mariscal Blücher, que llegó al campo de batalla al caer la tarde y decidió el combate.
La derrota francesa fue total y puso fin definitivo a la era napoleónica: Napoleón abdicó pocos días después y terminó desterrado en la remota isla de Santa Elena, donde murió. La batalla dejó decenas de miles de muertos y heridos en apenas una jornada. Hoy el campo se recorre desde el Montículo del León (Butte du Lion), una gran colina artificial coronada por un león de hierro, levantada por los Países Bajos en el lugar donde fue herido el príncipe de Orange; desde su cima se domina todo el escenario del combate. Waterloo se volvió sinónimo universal de derrota definitiva, y su nombre entró en el idioma de medio mundo.
Buena parte de esta región formaba el histórico ducado de Brabante, uno de los principados más poderosos de los Países Bajos medievales, que se extendía por lo que hoy son las provincias belgas de Brabante Flamenco y Brabante Valón, la región de Bruselas y una parte del sur de los Países Bajos actuales (con Breda y Bolduque). Sus duques rivalizaron con los condes de Flandes y sus ciudades —Lovaina, Bruselas, Amberes— fueron centros de comercio y de poder.
El Brabante tuvo una fuerte tradición de libertades urbanas y de resistencia al poder absoluto. En 1356 sus ciudades arrancaron a la duquesa una célebre carta de derechos, la "Joyeuse Entrée" (Alegre Entrada), que limitaba el poder del soberano y que se invocó durante siglos. No es casual que la primera chispa de una identidad "belga" moderna surgiera justo acá: la Revolución Brabanzona de 1789, contra las reformas del emperador austríaco José II, proclamó unos efímeros "Estados Belgas Unidos". El nombre del ducado sobrevive hoy en las dos provincias de Brabante y en el himno nacional belga, que se titula, precisamente, "La Brabançonne".
Bruselas es un caso único en Bélgica: una isla oficialmente bilingüe (francés y neerlandés) enclavada dentro del territorio de Flandes, y a la vez una de las tres regiones federales del país, formada por diecinueve municipios. Aunque histórica y geográficamente es una ciudad flamenca, a lo largo de los siglos XIX y XX vivió un fuerte proceso de afrancesamiento: el francés se volvió la lengua dominante de su población, un fenómeno que todavía es un tema sensible en las relaciones entre las comunidades. Ese estatus especial la convierte en el nudo más delicado de toda la arquitectura federal belga.
Desde mediados del siglo XX, Bruselas sumó un papel que la proyectó al mundo: se transformó en la capital de facto de la Unión Europea. Alberga la Comisión Europea y el Consejo de la Unión, y en su barrio europeo, en torno a la plaza Schuman, trabajan decenas de miles de funcionarios y diplomáticos de todo el continente; también es la sede de la OTAN. Esta vocación internacional convivió con la memoria de Robert Schuman y de los padres fundadores de la integración europea, y transformó a una ciudad de tamaño medio en una capital cosmopolita, con una enorme comunidad extranjera y una vida diplomática intensa.
Bruselas tiene un costado juguetón y excéntrico que forma parte de su identidad. Su símbolo más popular es el Manneken Pis, la pequeña estatua de bronce de un niño orinando, de finales del siglo XVII, que la ciudad viste con cientos de trajes distintos según la ocasión y a la que rodean toda clase de leyendas. Es un emblema perfecto del humor y la autoironía belgas.
En arquitectura, Bruselas fue una de las cunas del Art Nouveau: a finales del siglo XIX, el arquitecto Victor Horta revolucionó el diseño con casas de líneas curvas, hierro y vidrio, varias de ellas hoy Patrimonio de la Humanidad. Del gran salto industrial y optimista de la posguerra quedó el Atomium, la estructura gigante que representa una célula de hierro ampliada 165.000 millones de veces, construida para la Exposición Universal de 1958 y convertida en ícono de la ciudad. Y Bélgica es, por derecho propio, la patria del cómic europeo: de Bruselas y su escuela salieron Hergé, creador de Tintín, y toda una tradición de historieta —Los Pitufos, Lucky Luke— que la ciudad celebra con murales por sus calles y un museo dedicado al llamado "noveno arte".
Entre los siglos XIII y XV, Brujas fue una de las ciudades más ricas del norte de Europa, capital financiera y comercial de todo el noroeste del continente. Su secreto era el agua: un brazo de mar, el Zwin, la conectaba con el mar del Norte y hacía de ella un gran puerto. Allí se instalaron las factorías de la Liga Hanseática y de los mercaderes italianos —genoveses, venecianos, florentinos—, y en Brujas funcionó lo que muchos consideran una de las primeras bolsas de comercio del mundo, en torno a la casa de la familia Van der Beurse, de donde vendría la palabra "bolsa".
Esa prosperidad se apagó de manera casi poética: a lo largo del siglo XV, el Zwin se fue colmatando de sedimentos y Brujas perdió su salida al mar, mientras el comercio se trasladaba a Amberes. La ciudad entró en una larga decadencia que la congeló en el tiempo, y durante siglos fue una urbe empobrecida y semidormida. Esa misma decadencia la salvó: como nadie la modernizó ni la derribó, conservó intacto su casco medieval de ladrillo, sus canales y su campanario. A finales del siglo XIX, la novela "Brujas la muerta", de Georges Rodenbach, popularizó su imagen melancólica, y desde entonces la ciudad renació como uno de los grandes destinos turísticos de Europa, hoy Patrimonio de la Humanidad.
Gante (Gent) fue durante la Edad Media una de las ciudades más grandes de Europa al norte de los Alpes, sólo por detrás de París, y una de las más orgullosas y díscolas. Su riqueza venía del paño, y su fuerza, de unos gremios combativos que hicieron de la ciudad un foco permanente de rebelión contra sus señores. En el siglo XIV, el líder Jacob van Artevelde encabezó una sublevación y alió a Gante con Inglaterra para asegurar el suministro de lana durante la Guerra de los Cien Años.
Ese carácter indomable chocó con el propio emperador Carlos V, que había nacido en la ciudad en 1500. En 1539-1540, Gante se alzó contra los impuestos imperiales, y Carlos la castigó con dureza: abolió sus privilegios y obligó a los notables a desfilar en penitencia con una soga al cuello. De ahí viene el apodo con que los ganteses todavía se enorgullecen de sí mismos: "stroppendragers", los "portadores de soga". La joya artística de la ciudad es el Políptico del Cordero Místico (o Retablo de Gante), pintado por los hermanos Van Eyck y terminado en 1432 para la catedral de San Bavón: una obra revolucionaria, tantas veces robada y recuperada a lo largo de la historia que es uno de los cuadros con la biografía más azarosa del mundo. Hoy Gante combina su enorme patrimonio con la energía de una gran ciudad universitaria.
Cuando Brujas perdió su salida al mar, el gran puerto de los Países Bajos pasó a ser Amberes (Antwerpen), a orillas del río Escalda. Durante el siglo XVI, Amberes vivió una época dorada y llegó a ser la ciudad más rica de Europa: por su puerto pasaba buena parte del comercio mundial, incluida la plata de América y las especias de Asia, y allí funcionaba el mercado financiero más importante del continente. Fue también un gran centro de la imprenta, con el taller de Christophe Plantin, hoy museo Patrimonio de la Humanidad.
Ese esplendor se quebró con la guerra contra España. En 1585, tras un largo asedio, el duque de Parma reconquistó Amberes para la corona española; los protestantes debieron marcharse y las Provincias Unidas del norte cerraron el río Escalda a la navegación, estrangulando el comercio de la ciudad en beneficio de Ámsterdam. Amberes tuvo, aun así, un brillante siglo XVII cultural en torno a la figura del pintor Pedro Pablo Rubens, cuya casa y cuyas obras siguen marcando la ciudad. En el siglo XIX, reabierto el Escalda, Amberes recuperó su papel de gran puerto —hoy uno de los mayores de Europa— y se consolidó como capital mundial del comercio de diamantes, una actividad ligada históricamente a su comunidad judía y, más tarde, a comerciantes de todo el mundo.
Malinas (Mechelen), hoy una tranquila ciudad entre Bruselas y Amberes, tuvo un momento de gloria a comienzos del siglo XVI, cuando fue nada menos que la capital de los Países Bajos borgoñones. Allí gobernó Margarita de Austria, tía y regente del futuro Carlos V, que instaló su corte en la ciudad y la convirtió en un refinado centro político y cultural, sede de las principales instituciones de justicia y gobierno de todos los Países Bajos.
Malinas conserva de aquella época un rico patrimonio, dominado por la imponente torre de la catedral de San Rombaldo, una mole gótica que quedó inconclusa y desde cuya cima se ve, en días claros, hasta Amberes. La ciudad es célebre por su tradición de campanas: el arte del carillón —tocar melodías con las campanas de una torre— está tan ligado a ella que en varios idiomas la palabra para "carillón" deriva de su nombre. Malinas es, además, la sede primada de la Iglesia católica en Bélgica: su arzobispo es el primado del país. Y su patrimonio incluye los recogidos beaterios (begijnhoven), esos conjuntos de casitas en torno a un patio donde vivían las beguinas, reconocidos como Patrimonio de la Humanidad.
Lo que hace de estas ciudades "ciudades del arte" no es sólo su arquitectura, sino que fueron el escenario de una de las mayores revoluciones de la pintura europea: la de los llamados primitivos flamencos, en el siglo XV. En la corte borgoñona y en las ricas ciudades textiles trabajaron artistas que llevaron el realismo a un grado desconocido, perfeccionando la técnica de la pintura al óleo, que permitía capas transparentes, brillos y detalles minuciosos imposibles con el temple.
Jan van Eyck, activo en Brujas y en Gante, es la figura central: obras suyas como el Retrato del matrimonio Arnolfini o el Cordero Místico deslumbraron a toda Europa y llegaron a influir incluso en la pintura italiana del Renacimiento. Junto a él brillaron Rogier van der Weyden, maestro de la emoción religiosa; Hans Memling, el pintor por excelencia de la Brujas próspera; Hugo van der Goes; y, ya en clave fantástica y moralizante, el genial Hieronymus Bosch, El Bosco. Este patrimonio pictórico, disperso hoy entre museos y catedrales de Brujas, Gante y Amberes, es una de las grandes razones para recorrer las ciudades de Flandes, que conservan además de las pinturas el mismo escenario urbano en el que fueron creadas.
El Flandes actual —el norte neerlandófono de Bélgica— es mucho más que un museo al aire libre. Tras siglos en que su lengua fue relegada frente al francés, y tras una larga etapa como región pobre y agrícola, Flandes dio un vuelco histórico en la segunda mitad del siglo XX: se convirtió en la región más rica, poblada y dinámica del país, con una economía volcada a los servicios, la logística —el puerto de Amberes— y las industrias de alta tecnología.
Ese ascenso económico fue de la mano de una fuerte afirmación de la identidad flamenca. El neerlandés es hoy la única lengua oficial de la región, con instituciones, parlamento y gobierno propios. En el terreno político, el nacionalismo flamenco es una fuerza central: partidos que reclaman mayor autonomía —o directamente la independencia de Flandes— tienen un peso decisivo, y el equilibrio entre Flandes y la Valonia francófona es el eje permanente de la política belga. Todo ese debate convive, sin embargo, con una vida cotidiana próspera y con ciudades que atraen a millones de visitantes por su patrimonio, su gastronomía, su cerveza y sus fiestas.
La provincia de Flandes Occidental (West-Vlaanderen) es la esquina noroeste de Bélgica, la única con salida al mar. Es una tierra de contrastes: al oeste, la única franja de costa del país, con sus playas y sus balnearios; hacia el interior, una llanura fértil de pólders ganados al agua, salpicada de pueblos, campanarios y campos de cultivo. Su capital es Brujas, pero la provincia incluye también ciudades históricas como Kortrijk (Courtrai), escenario de la Batalla de las Espuelas de Oro, y toda la región del frente de la Primera Guerra Mundial.
Es una zona profundamente flamenca, de lengua neerlandesa y fuerte identidad local, con sus propios dialectos del oeste. La cercanía del mar y la frontera con Francia marcaron su historia: por acá pasaron ejércitos durante siglos, y en el siglo XX la provincia quedó en el centro de la catástrofe de la Gran Guerra. Hoy combina el turismo de playa, el peso de la memoria bélica y una economía agrícola y pesquera, además de la industria en torno a sus ciudades.
Ostende (Oostende) empezó siendo un modesto pueblo de pescadores, pero en el siglo XIX se transformó en el gran balneario de Bélgica, "la reina de las playas". Su gran impulsor fue el rey Leopoldo II, que amaba la ciudad y la llenó de construcciones monumentales, paseos y galerías: quería hacer de ella un balneario a la altura de los grandes de Europa. Ostende se puso de moda entre la aristocracia y la alta burguesía, atraídas por sus baños de mar, su hipódromo y su casino.
De aquella época quedan el largo paseo marítimo (la Albert I-promenade), la playa amplia y el aire de elegancia decimonónica. Ostende fue también la ciudad del pintor James Ensor, uno de los grandes precursores del arte moderno, célebre por sus máscaras y esqueletos inquietantes, que vivió casi toda su vida allí. Durante mucho tiempo la ciudad fue, además, la cabecera del ferry que cruzaba el mar del Norte hasta Inglaterra, lo que la convirtió en puerta de entrada de viajeros británicos. Hoy Ostende combina su tradición balnearia con una notable escena de arte urbano y contemporáneo.
Toda la costa belga tiene apenas unos 67 kilómetros, pero está aprovechada al máximo: es una sucesión casi continua de balnearios, diques y edificios de apartamentos frente a la playa, de Knokke-Heist en la frontera con los Países Bajos hasta De Panne junto a Francia. Es la gran escapada de mar de los belgas, con sus cabinas de playa, sus carritos a pedal sobre la arena y sus locales de mejillones con papas fritas.
Un hilo une toda la costa: el Kusttram, el tranvía costero, que recorre casi la totalidad del litoral de punta a punta y está considerado una de las líneas de tranvía más largas del mundo. Funciona desde finales del siglo XIX y permite ir de un balneario a otro asomado al mar. La costa guarda también las cicatrices de la guerra: durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes la fortificaron como parte del Muro Atlántico, y todavía se conservan búnkeres y baterías, como el Atlantikwall de Raversyde, cerca de Ostende, hoy convertido en museo al aire libre.
Ypres (Ieper) fue en la Edad Media una de las tres grandes ciudades textiles de Flandes, tan rica que levantó una descomunal Lonja de los Paños, símbolo de su poder. Pero su nombre quedó grabado en la historia por otra razón: entre 1914 y 1918 fue el centro de uno de los sectores más sangrientos del frente occidental de la Primera Guerra Mundial. El "Saliente de Ypres", una bolsa del frente aliado que penetraba en las líneas alemanas, fue escenario de tres grandes batallas y de combates permanentes durante cuatro años.
Allí ocurrieron algunos de los episodios más terribles de la guerra. En la Segunda Batalla de Ypres, en abril de 1915, el ejército alemán usó por primera vez en el frente occidental gas de cloro a gran escala, inaugurando la era de la guerra química; del nombre de la ciudad deriva el "iperita" o gas mostaza. En 1917, la Tercera Batalla de Ypres, conocida como Passchendaele, se libró en un paisaje de barro y cráteres inundados y dejó cientos de miles de bajas por unos pocos kilómetros de terreno. Ypres quedó literalmente arrasada, reducida a escombros. Tras la guerra, la ciudad fue reconstruida piedra por piedra según su aspecto medieval, en un acto deliberado de resurrección.
Los campos alrededor de Ypres se convirtieron en el gran lugar de memoria de la Primera Guerra Mundial en el mundo anglosajón. Fue allí donde el médico militar canadiense John McCrae escribió en 1915 el poema "In Flanders Fields" ("En los campos de Flandes"), inspirado por las amapolas rojas que crecían entre las tumbas de los caídos; de ese poema nació la amapola (poppy) como símbolo universal del recuerdo de los soldados muertos, que todavía hoy se lleva en la solapa cada noviembre en el Reino Unido y la Commonwealth.
En la ciudad se levanta la Puerta de Menin (Menin Gate), un enorme monumento inaugurado en 1927 en el que están grabados los nombres de decenas de miles de soldados británicos y de la Commonwealth desaparecidos en el Saliente, sin tumba conocida. Desde 1928, todas las noches del año, salvo durante la ocupación alemana, los bomberos de Ypres tocan el "Last Post" bajo la puerta en homenaje a los caídos, una ceremonia ininterrumpida que emociona a los visitantes. Toda la región está sembrada de cementerios militares perfectamente cuidados y de museos como el In Flanders Fields, y pueblos cercanos como Poperinge —con la casa de reposo Talbot House— guardan también su parte en esta geografía de la memoria.
Las trincheras del río Yser no sólo dejaron muertos: también dejaron una huella política duradera en Flandes. En el ejército belga de la Primera Guerra Mundial, la tropa era mayoritariamente flamenca y de habla neerlandesa, pero los oficiales y el mando daban las órdenes en francés. Muchos soldados flamencos sintieron que morían por una patria que ni siquiera hablaba su lengua, y de esa experiencia surgió un fuerte resentimiento y un movimiento reivindicativo dentro del frente, el llamado "Movimiento del Frente" (Frontbeweging).
Ese trauma alimentó al nacionalismo flamenco de entreguerras. Su símbolo es la Torre del Yser (IJzertoren) en Diksmuide, un enorme monumento levantado en memoria de los soldados flamencos caídos, con las iniciales "AVV-VVK" ("Todo por Flandes, Flandes por Cristo"). La torre original fue dinamitada en 1946 en circunstancias nunca del todo aclaradas, y luego reconstruida más alta; hoy alberga un museo por la paz y sigue siendo un lugar de peregrinación del movimiento flamenco. La provincia que más sufrió la guerra fue, así, también una de las cunas de la conciencia nacional que después transformaría a toda Bélgica.
Valonia (Wallonie) es la mitad sur de Bélgica, de lengua francesa, separada de Flandes por la frontera lingüística que cruza el país de oeste a este. El nombre "valón" viene de una vieja raíz germánica que los pueblos germánicos usaban para nombrar a los hablantes de lenguas romances, la misma que dio "galés" o "valaco". Además del francés, en Valonia se hablaron históricamente lenguas romances propias, hoy en retroceso: el valón, el picardo, el lorenés, dialectos con literatura y tradición.
Geográficamente, Valonia está atravesada por los ríos Mosa (Meuse) y Sambre, que dibujan el eje en torno al cual se ordenan sus principales ciudades —Namur, Lieja, Charleroi, Mons— y a lo largo del cual se concentró su industria. Al sur y al este, el relieve se eleva hacia la meseta boscosa de las Ardenas. Valonia fue, en el siglo XIX, el motor industrial de Bélgica y una de las primeras regiones industrializadas del mundo; en el siglo XX vivió la decadencia de esa industria pesada y un difícil proceso de reconversión. Su historia y su identidad son bien distintas de las del norte flamenco.
Lieja (Liège) tiene una historia aparte dentro de Bélgica. Durante casi ocho siglos, desde el año 985 hasta 1795, no formó parte de ningún condado ni ducado laico, sino que fue un Estado eclesiástico independiente: el principado episcopal de Lieja, gobernado por un príncipe-obispo que era a la vez autoridad religiosa y soberano temporal, integrado en el Sacro Imperio Romano Germánico. Su fundador cultural fue el obispo Notger, hacia el año 1000, que hizo de la ciudad un gran centro religioso, artístico e intelectual, tanto que se la llamó "la Atenas del Norte".
Ese largo camino separado terminó con la Revolución Francesa: en 1789 estalló la Revolución de Lieja, en paralelo a la francesa, y en 1795 Francia anexó el principado y lo disolvió. Ya en el siglo XIX, Lieja se convirtió en un gigante industrial. Fue una de las primeras ciudades del continente en industrializarse, gracias al carbón de su subsuelo y a la metalurgia; allí el empresario John Cockerill levantó uno de los mayores complejos siderúrgicos de Europa. Lieja es hasta hoy una ciudad grande, cálida y bulliciosa, orgullosa de su carácter, famosa por su gigantesco mercado dominical de La Batte, sus gofres y por ser la cuna del escritor Georges Simenon, creador del comisario Maigret.
Tournai (Doornik) es una de las ciudades más antiguas de Bélgica y una de las de historia más singular. En época romana fue Tornacum, y en el siglo V se convirtió en la primera capital de los francos merovingios: fue la ciudad de Childerico I, padre de Clodoveo, el rey que unificó a los francos y fundó lo que sería Francia. La tumba de Childerico, descubierta en Tournai en 1653 con un tesoro deslumbrante, es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la Alta Edad Media europea.
Por su posición en la frontera, Tournai cambió de manos muchas veces y perteneció durante largos períodos directamente a Francia; incluso fue brevemente inglesa, cuando el rey Enrique VIII la ocupó entre 1513 y 1519. Su joya es la catedral de Nuestra Señora, una imponente iglesia románica y gótica de cinco campanarios, que junto con el campanario municipal —el más antiguo de Bélgica— está reconocida como Patrimonio de la Humanidad. Tournai fue además un gran centro de producción de tapices y de escultura en el gótico tardío. La ciudad sufrió graves bombardeos en 1940, pero conserva un notable patrimonio medieval.
Namur (Namen), capital política de Valonia, se levanta en un punto estratégico: la confluencia de los ríos Mosa y Sambre, dominada por una enorme ciudadela sobre un espolón de roca. Esa posición hizo de la ciudad una plaza fuerte codiciada y asediada una y otra vez a lo largo de la historia; su ciudadela, ampliada durante siglos, fue tomada por Luis XIV en persona en 1692 y reconquistada pocos años después. Namur es también la puerta de entrada a las Ardenas.
Las Ardenas son una región de mesetas boscosas, valles profundos y pueblos de piedra que se extiende por el sureste de Bélgica y sigue hacia Luxemburgo y Francia. Poco poblada y de clima riguroso, es hoy un destino de naturaleza, senderismo y escapadas, con pueblos pintorescos como Durbuy, que presume de ser "la ciudad más pequeña del mundo". Pero esos mismos bosques fueron escenario de una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial: en el invierno de 1944-1945, la ofensiva alemana de las Ardenas —la "batalla del Bulge"— fue el último gran contraataque de Hitler en el oeste, y tuvo su episodio más famoso en el asedio de la localidad de Bastogne, cuya guarnición estadounidense resistió cercada hasta ser liberada.
A lo largo del eje del Mosa y el Sambre, de Mons a Lieja pasando por Charleroi, se extiende el "sillón industrial", la franja donde Valonia protagonizó en el siglo XIX una de las primeras revoluciones industriales del continente europeo. El subsuelo estaba lleno de carbón, y sobre él se levantaron minas, altos hornos, fábricas de vidrio y una potente industria siderúrgica que hizo de Bélgica una potencia económica muy por encima de su tamaño. Fue una región rica, obrera y combativa, cuna de un fuerte movimiento sindical y socialista.
Ese mundo tuvo un final duro. La minería del carbón dejó también una huella de tragedia: el 8 de agosto de 1956, la catástrofe de Marcinelle, en el pozo del Bois du Cazier cerca de Charleroi, mató a 262 mineros, la mayoría inmigrantes italianos, y se convirtió en un símbolo del sacrificio de los trabajadores migrantes y en el detonante de mejoras en la seguridad minera; el sitio es hoy Patrimonio de la Humanidad. A partir de mediados del siglo XX, el carbón y el acero entraron en una decadencia imparable: las minas cerraron, las acerías se apagaron y Valonia pasó de ser la región rica del país a arrastrar el desempleo y la reconversión, mientras Flandes tomaba la delantera. Ese vuelco económico está en el fondo de las tensiones que reconfiguraron a toda Bélgica.
Valonia guarda un folclore vivísimo, con fiestas que se remontan a siglos. La más célebre es la Ducasse de Mons, conocida popularmente como el "Doudou": cada año, tras una procesión religiosa, la ciudad revive el "Lumeçon", un combate teatral entre San Jorge y el dragón en la plaza mayor, en medio de una multitud enfervorizada; la fiesta está reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial. Mons, capital de la provincia de Henao, tiene además un elegante centro histórico coronado por un campanario barroco, también Patrimonio de la Humanidad, y fue Capital Europea de la Cultura en 2015. En sus afueras, en agosto de 1914, el ejército británico libró su primer combate de la Primera Guerra Mundial, la batalla de Mons.
Más al sur, encajada de forma espectacular entre un acantilado y el río Mosa, está Dinant, dominada por su colegiata de bulbo y su ciudadela sobre la roca. Dinant es la cuna de Adolphe Sax, el inventor del saxofón, nacido allí en 1814, y la ciudad lo celebra por todas partes. La región dio también otras figuras del arte y la música, y conserva una fuerte tradición gastronómica y cervecera. Entre el folclore de las procesiones, los castillos, los ríos y los bosques, Valonia ofrece una Bélgica distinta de la de las ciudades flamencas: más rural, más francófona y con un carácter propio.