La provincia de Flandes Occidental (West-Vlaanderen) es la esquina noroeste de Bélgica, la única con salida al mar. Es una tierra de contrastes: al oeste, la única franja de costa del país, con sus playas y sus balnearios; hacia el interior, una llanura fértil de pólders ganados al agua, salpicada de pueblos, campanarios y campos de cultivo. Su capital es Brujas, pero la provincia incluye también ciudades históricas como Kortrijk (Courtrai), escenario de la Batalla de las Espuelas de Oro, y toda la región del frente de la Primera Guerra Mundial.
Es una zona profundamente flamenca, de lengua neerlandesa y fuerte identidad local, con sus propios dialectos del oeste. La cercanía del mar y la frontera con Francia marcaron su historia: por acá pasaron ejércitos durante siglos, y en el siglo XX la provincia quedó en el centro de la catástrofe de la Gran Guerra. Hoy combina el turismo de playa, el peso de la memoria bélica y una economía agrícola y pesquera, además de la industria en torno a sus ciudades.
Ostende (Oostende) empezó siendo un modesto pueblo de pescadores, pero en el siglo XIX se transformó en el gran balneario de Bélgica, "la reina de las playas". Su gran impulsor fue el rey Leopoldo II, que amaba la ciudad y la llenó de construcciones monumentales, paseos y galerías: quería hacer de ella un balneario a la altura de los grandes de Europa. Ostende se puso de moda entre la aristocracia y la alta burguesía, atraídas por sus baños de mar, su hipódromo y su casino.
De aquella época quedan el largo paseo marítimo (la Albert I-promenade), la playa amplia y el aire de elegancia decimonónica. Ostende fue también la ciudad del pintor James Ensor, uno de los grandes precursores del arte moderno, célebre por sus máscaras y esqueletos inquietantes, que vivió casi toda su vida allí. Durante mucho tiempo la ciudad fue, además, la cabecera del ferry que cruzaba el mar del Norte hasta Inglaterra, lo que la convirtió en puerta de entrada de viajeros británicos. Hoy Ostende combina su tradición balnearia con una notable escena de arte urbano y contemporáneo.
Toda la costa belga tiene apenas unos 67 kilómetros, pero está aprovechada al máximo: es una sucesión casi continua de balnearios, diques y edificios de apartamentos frente a la playa, de Knokke-Heist en la frontera con los Países Bajos hasta De Panne junto a Francia. Es la gran escapada de mar de los belgas, con sus cabinas de playa, sus carritos a pedal sobre la arena y sus locales de mejillones con papas fritas.
Un hilo une toda la costa: el Kusttram, el tranvía costero, que recorre casi la totalidad del litoral de punta a punta y está considerado una de las líneas de tranvía más largas del mundo. Funciona desde finales del siglo XIX y permite ir de un balneario a otro asomado al mar. La costa guarda también las cicatrices de la guerra: durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes la fortificaron como parte del Muro Atlántico, y todavía se conservan búnkeres y baterías, como el Atlantikwall de Raversyde, cerca de Ostende, hoy convertido en museo al aire libre.
Ypres (Ieper) fue en la Edad Media una de las tres grandes ciudades textiles de Flandes, tan rica que levantó una descomunal Lonja de los Paños, símbolo de su poder. Pero su nombre quedó grabado en la historia por otra razón: entre 1914 y 1918 fue el centro de uno de los sectores más sangrientos del frente occidental de la Primera Guerra Mundial. El "Saliente de Ypres", una bolsa del frente aliado que penetraba en las líneas alemanas, fue escenario de tres grandes batallas y de combates permanentes durante cuatro años.
Allí ocurrieron algunos de los episodios más terribles de la guerra. En la Segunda Batalla de Ypres, en abril de 1915, el ejército alemán usó por primera vez en el frente occidental gas de cloro a gran escala, inaugurando la era de la guerra química; del nombre de la ciudad deriva el "iperita" o gas mostaza. En 1917, la Tercera Batalla de Ypres, conocida como Passchendaele, se libró en un paisaje de barro y cráteres inundados y dejó cientos de miles de bajas por unos pocos kilómetros de terreno. Ypres quedó literalmente arrasada, reducida a escombros. Tras la guerra, la ciudad fue reconstruida piedra por piedra según su aspecto medieval, en un acto deliberado de resurrección.
Los campos alrededor de Ypres se convirtieron en el gran lugar de memoria de la Primera Guerra Mundial en el mundo anglosajón. Fue allí donde el médico militar canadiense John McCrae escribió en 1915 el poema "In Flanders Fields" ("En los campos de Flandes"), inspirado por las amapolas rojas que crecían entre las tumbas de los caídos; de ese poema nació la amapola (poppy) como símbolo universal del recuerdo de los soldados muertos, que todavía hoy se lleva en la solapa cada noviembre en el Reino Unido y la Commonwealth.
En la ciudad se levanta la Puerta de Menin (Menin Gate), un enorme monumento inaugurado en 1927 en el que están grabados los nombres de decenas de miles de soldados británicos y de la Commonwealth desaparecidos en el Saliente, sin tumba conocida. Desde 1928, todas las noches del año, salvo durante la ocupación alemana, los bomberos de Ypres tocan el "Last Post" bajo la puerta en homenaje a los caídos, una ceremonia ininterrumpida que emociona a los visitantes. Toda la región está sembrada de cementerios militares perfectamente cuidados y de museos como el In Flanders Fields, y pueblos cercanos como Poperinge —con la casa de reposo Talbot House— guardan también su parte en esta geografía de la memoria.
Las trincheras del río Yser no sólo dejaron muertos: también dejaron una huella política duradera en Flandes. En el ejército belga de la Primera Guerra Mundial, la tropa era mayoritariamente flamenca y de habla neerlandesa, pero los oficiales y el mando daban las órdenes en francés. Muchos soldados flamencos sintieron que morían por una patria que ni siquiera hablaba su lengua, y de esa experiencia surgió un fuerte resentimiento y un movimiento reivindicativo dentro del frente, el llamado "Movimiento del Frente" (Frontbeweging).
Ese trauma alimentó al nacionalismo flamenco de entreguerras. Su símbolo es la Torre del Yser (IJzertoren) en Diksmuide, un enorme monumento levantado en memoria de los soldados flamencos caídos, con las iniciales "AVV-VVK" ("Todo por Flandes, Flandes por Cristo"). La torre original fue dinamitada en 1946 en circunstancias nunca del todo aclaradas, y luego reconstruida más alta; hoy alberga un museo por la paz y sigue siendo un lugar de peregrinación del movimiento flamenco. La provincia que más sufrió la guerra fue, así, también una de las cunas de la conciencia nacional que después transformaría a toda Bélgica.