Valonia (Wallonie) es la mitad sur de Bélgica, de lengua francesa, separada de Flandes por la frontera lingüística que cruza el país de oeste a este. El nombre "valón" viene de una vieja raíz germánica que los pueblos germánicos usaban para nombrar a los hablantes de lenguas romances, la misma que dio "galés" o "valaco". Además del francés, en Valonia se hablaron históricamente lenguas romances propias, hoy en retroceso: el valón, el picardo, el lorenés, dialectos con literatura y tradición.
Geográficamente, Valonia está atravesada por los ríos Mosa (Meuse) y Sambre, que dibujan el eje en torno al cual se ordenan sus principales ciudades —Namur, Lieja, Charleroi, Mons— y a lo largo del cual se concentró su industria. Al sur y al este, el relieve se eleva hacia la meseta boscosa de las Ardenas. Valonia fue, en el siglo XIX, el motor industrial de Bélgica y una de las primeras regiones industrializadas del mundo; en el siglo XX vivió la decadencia de esa industria pesada y un difícil proceso de reconversión. Su historia y su identidad son bien distintas de las del norte flamenco.
Lieja (Liège) tiene una historia aparte dentro de Bélgica. Durante casi ocho siglos, desde el año 985 hasta 1795, no formó parte de ningún condado ni ducado laico, sino que fue un Estado eclesiástico independiente: el principado episcopal de Lieja, gobernado por un príncipe-obispo que era a la vez autoridad religiosa y soberano temporal, integrado en el Sacro Imperio Romano Germánico. Su fundador cultural fue el obispo Notger, hacia el año 1000, que hizo de la ciudad un gran centro religioso, artístico e intelectual, tanto que se la llamó "la Atenas del Norte".
Ese largo camino separado terminó con la Revolución Francesa: en 1789 estalló la Revolución de Lieja, en paralelo a la francesa, y en 1795 Francia anexó el principado y lo disolvió. Ya en el siglo XIX, Lieja se convirtió en un gigante industrial. Fue una de las primeras ciudades del continente en industrializarse, gracias al carbón de su subsuelo y a la metalurgia; allí el empresario John Cockerill levantó uno de los mayores complejos siderúrgicos de Europa. Lieja es hasta hoy una ciudad grande, cálida y bulliciosa, orgullosa de su carácter, famosa por su gigantesco mercado dominical de La Batte, sus gofres y por ser la cuna del escritor Georges Simenon, creador del comisario Maigret.
Tournai (Doornik) es una de las ciudades más antiguas de Bélgica y una de las de historia más singular. En época romana fue Tornacum, y en el siglo V se convirtió en la primera capital de los francos merovingios: fue la ciudad de Childerico I, padre de Clodoveo, el rey que unificó a los francos y fundó lo que sería Francia. La tumba de Childerico, descubierta en Tournai en 1653 con un tesoro deslumbrante, es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la Alta Edad Media europea.
Por su posición en la frontera, Tournai cambió de manos muchas veces y perteneció durante largos períodos directamente a Francia; incluso fue brevemente inglesa, cuando el rey Enrique VIII la ocupó entre 1513 y 1519. Su joya es la catedral de Nuestra Señora, una imponente iglesia románica y gótica de cinco campanarios, que junto con el campanario municipal —el más antiguo de Bélgica— está reconocida como Patrimonio de la Humanidad. Tournai fue además un gran centro de producción de tapices y de escultura en el gótico tardío. La ciudad sufrió graves bombardeos en 1940, pero conserva un notable patrimonio medieval.
Namur (Namen), capital política de Valonia, se levanta en un punto estratégico: la confluencia de los ríos Mosa y Sambre, dominada por una enorme ciudadela sobre un espolón de roca. Esa posición hizo de la ciudad una plaza fuerte codiciada y asediada una y otra vez a lo largo de la historia; su ciudadela, ampliada durante siglos, fue tomada por Luis XIV en persona en 1692 y reconquistada pocos años después. Namur es también la puerta de entrada a las Ardenas.
Las Ardenas son una región de mesetas boscosas, valles profundos y pueblos de piedra que se extiende por el sureste de Bélgica y sigue hacia Luxemburgo y Francia. Poco poblada y de clima riguroso, es hoy un destino de naturaleza, senderismo y escapadas, con pueblos pintorescos como Durbuy, que presume de ser "la ciudad más pequeña del mundo". Pero esos mismos bosques fueron escenario de una de las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial: en el invierno de 1944-1945, la ofensiva alemana de las Ardenas —la "batalla del Bulge"— fue el último gran contraataque de Hitler en el oeste, y tuvo su episodio más famoso en el asedio de la localidad de Bastogne, cuya guarnición estadounidense resistió cercada hasta ser liberada.
A lo largo del eje del Mosa y el Sambre, de Mons a Lieja pasando por Charleroi, se extiende el "sillón industrial", la franja donde Valonia protagonizó en el siglo XIX una de las primeras revoluciones industriales del continente europeo. El subsuelo estaba lleno de carbón, y sobre él se levantaron minas, altos hornos, fábricas de vidrio y una potente industria siderúrgica que hizo de Bélgica una potencia económica muy por encima de su tamaño. Fue una región rica, obrera y combativa, cuna de un fuerte movimiento sindical y socialista.
Ese mundo tuvo un final duro. La minería del carbón dejó también una huella de tragedia: el 8 de agosto de 1956, la catástrofe de Marcinelle, en el pozo del Bois du Cazier cerca de Charleroi, mató a 262 mineros, la mayoría inmigrantes italianos, y se convirtió en un símbolo del sacrificio de los trabajadores migrantes y en el detonante de mejoras en la seguridad minera; el sitio es hoy Patrimonio de la Humanidad. A partir de mediados del siglo XX, el carbón y el acero entraron en una decadencia imparable: las minas cerraron, las acerías se apagaron y Valonia pasó de ser la región rica del país a arrastrar el desempleo y la reconversión, mientras Flandes tomaba la delantera. Ese vuelco económico está en el fondo de las tensiones que reconfiguraron a toda Bélgica.
Valonia guarda un folclore vivísimo, con fiestas que se remontan a siglos. La más célebre es la Ducasse de Mons, conocida popularmente como el "Doudou": cada año, tras una procesión religiosa, la ciudad revive el "Lumeçon", un combate teatral entre San Jorge y el dragón en la plaza mayor, en medio de una multitud enfervorizada; la fiesta está reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial. Mons, capital de la provincia de Henao, tiene además un elegante centro histórico coronado por un campanario barroco, también Patrimonio de la Humanidad, y fue Capital Europea de la Cultura en 2015. En sus afueras, en agosto de 1914, el ejército británico libró su primer combate de la Primera Guerra Mundial, la batalla de Mons.
Más al sur, encajada de forma espectacular entre un acantilado y el río Mosa, está Dinant, dominada por su colegiata de bulbo y su ciudadela sobre la roca. Dinant es la cuna de Adolphe Sax, el inventor del saxofón, nacido allí en 1814, y la ciudad lo celebra por todas partes. La región dio también otras figuras del arte y la música, y conserva una fuerte tradición gastronómica y cervecera. Entre el folclore de las procesiones, los castillos, los ríos y los bosques, Valonia ofrece una Bélgica distinta de la de las ciudades flamencas: más rural, más francófona y con un carácter propio.