Bruselas nació, literalmente, de un pantano. Su nombre viene del antiguo "Bruocsella", que significa algo así como "asentamiento en la marisma", en referencia a las tierras húmedas del valle del río Senne donde surgió el primer poblado hacia finales del siglo X, cuando Carlos, duque de la Baja Lotaringia, levantó una fortaleza en una isla del río. Situada en la ruta comercial entre Brujas y Colonia, la aldea creció como centro de mercado y de artesanía textil, y en la Edad Media se convirtió en una de las principales residencias de los duques de Brabante y, más tarde, de la corte borgoñona.
El corazón simbólico de la ciudad es la Grand Place (Grote Markt), una de las plazas más bellas de Europa, rodeada por el ayuntamiento gótico —con su esbelta torre— y las casas gremiales de fachadas doradas. Ese conjunto, sin embargo, es en buena parte una reconstrucción: en agosto de 1695, durante la guerra contra Francia, el ejército de Luis XIV bombardeó Bruselas durante tres días y arrasó el centro, destruyendo miles de casas. Los gremios reconstruyeron sus sedes en pocos años con un lujo desafiante, y de ahí viene el aire barroco y opulento que hoy admira el turista.
Lovaina (Leuven) fue en la Baja Edad Media la ciudad principal del ducado de Brabante, rica gracias al comercio de paños, antes de que Bruselas y Amberes le tomaran la delantera. Su gran tesoro es la Universidad, fundada en 1425, la más antigua de los Países Bajos históricos y una de las más antiguas de Europa. En el siglo XVI fue un foco intelectual de primer orden: allí enseñó y trabajó el humanista Erasmo de Róterdam, que fundó en la ciudad el Colegio Trilingüe, y de sus aulas salió buena parte de la élite culta de los Países Bajos católicos.
El otro emblema de la ciudad es su ayuntamiento (stadhuis), una filigrana del gótico tardío del siglo XV, cubierto de estatuas y pináculos, que parece más una joya de orfebrería que un edificio. La historia moderna de la universidad refleja la fractura del país: en 1968, en pleno auge del conflicto lingüístico, la vieja institución bilingüe se partió en dos por el conflicto entre estudiantes flamencos y francófonos. La parte neerlandófona (KU Leuven) se quedó en la ciudad; la francófona se marchó y fundó desde cero una ciudad universitaria nueva en Valonia, Louvain-la-Neuve. Lovaina es también la cuna de la cervecería Stella Artois, heredera de una tradición local que se remonta a siglos.
A pocos kilómetros al sur de Bruselas, entre campos de trigo, se libró el 18 de junio de 1815 una de las batallas más decisivas de la historia europea. Napoleón Bonaparte, que había vuelto del exilio para retomar el poder en Francia durante los llamados Cien Días, se enfrentó allí a un ejército aliado de británicos, holandeses, belgas y alemanes al mando del duque de Wellington, apoyado por el ejército prusiano del mariscal Blücher, que llegó al campo de batalla al caer la tarde y decidió el combate.
La derrota francesa fue total y puso fin definitivo a la era napoleónica: Napoleón abdicó pocos días después y terminó desterrado en la remota isla de Santa Elena, donde murió. La batalla dejó decenas de miles de muertos y heridos en apenas una jornada. Hoy el campo se recorre desde el Montículo del León (Butte du Lion), una gran colina artificial coronada por un león de hierro, levantada por los Países Bajos en el lugar donde fue herido el príncipe de Orange; desde su cima se domina todo el escenario del combate. Waterloo se volvió sinónimo universal de derrota definitiva, y su nombre entró en el idioma de medio mundo.
Buena parte de esta región formaba el histórico ducado de Brabante, uno de los principados más poderosos de los Países Bajos medievales, que se extendía por lo que hoy son las provincias belgas de Brabante Flamenco y Brabante Valón, la región de Bruselas y una parte del sur de los Países Bajos actuales (con Breda y Bolduque). Sus duques rivalizaron con los condes de Flandes y sus ciudades —Lovaina, Bruselas, Amberes— fueron centros de comercio y de poder.
El Brabante tuvo una fuerte tradición de libertades urbanas y de resistencia al poder absoluto. En 1356 sus ciudades arrancaron a la duquesa una célebre carta de derechos, la "Joyeuse Entrée" (Alegre Entrada), que limitaba el poder del soberano y que se invocó durante siglos. No es casual que la primera chispa de una identidad "belga" moderna surgiera justo acá: la Revolución Brabanzona de 1789, contra las reformas del emperador austríaco José II, proclamó unos efímeros "Estados Belgas Unidos". El nombre del ducado sobrevive hoy en las dos provincias de Brabante y en el himno nacional belga, que se titula, precisamente, "La Brabançonne".
Bruselas es un caso único en Bélgica: una isla oficialmente bilingüe (francés y neerlandés) enclavada dentro del territorio de Flandes, y a la vez una de las tres regiones federales del país, formada por diecinueve municipios. Aunque histórica y geográficamente es una ciudad flamenca, a lo largo de los siglos XIX y XX vivió un fuerte proceso de afrancesamiento: el francés se volvió la lengua dominante de su población, un fenómeno que todavía es un tema sensible en las relaciones entre las comunidades. Ese estatus especial la convierte en el nudo más delicado de toda la arquitectura federal belga.
Desde mediados del siglo XX, Bruselas sumó un papel que la proyectó al mundo: se transformó en la capital de facto de la Unión Europea. Alberga la Comisión Europea y el Consejo de la Unión, y en su barrio europeo, en torno a la plaza Schuman, trabajan decenas de miles de funcionarios y diplomáticos de todo el continente; también es la sede de la OTAN. Esta vocación internacional convivió con la memoria de Robert Schuman y de los padres fundadores de la integración europea, y transformó a una ciudad de tamaño medio en una capital cosmopolita, con una enorme comunidad extranjera y una vida diplomática intensa.
Bruselas tiene un costado juguetón y excéntrico que forma parte de su identidad. Su símbolo más popular es el Manneken Pis, la pequeña estatua de bronce de un niño orinando, de finales del siglo XVII, que la ciudad viste con cientos de trajes distintos según la ocasión y a la que rodean toda clase de leyendas. Es un emblema perfecto del humor y la autoironía belgas.
En arquitectura, Bruselas fue una de las cunas del Art Nouveau: a finales del siglo XIX, el arquitecto Victor Horta revolucionó el diseño con casas de líneas curvas, hierro y vidrio, varias de ellas hoy Patrimonio de la Humanidad. Del gran salto industrial y optimista de la posguerra quedó el Atomium, la estructura gigante que representa una célula de hierro ampliada 165.000 millones de veces, construida para la Exposición Universal de 1958 y convertida en ícono de la ciudad. Y Bélgica es, por derecho propio, la patria del cómic europeo: de Bruselas y su escuela salieron Hergé, creador de Tintín, y toda una tradición de historieta —Los Pitufos, Lucky Luke— que la ciudad celebra con murales por sus calles y un museo dedicado al llamado "noveno arte".