El Tirol nació en la Edad Media como un condado de los Alpes, a caballo entre los mundos germánico e italiano, que controlaba los pasos de montaña por donde discurría el comercio entre Alemania e Italia —sobre todo el paso del Brennero, la vía más baja y accesible de los Alpes centrales—. Ese control de las rutas y de las minas de sal y de plata dio al condado una riqueza y una importancia estratégica notables. Los condes del Tirol gobernaron un territorio montañoso y aguerrido, cuyos habitantes campesinos gozaban de libertades y de un derecho a portar armas poco comunes en la Europa feudal.
En 1363, la condesa Margarita "Maultasch" ("boca de cántaro"), última de su linaje y sin herederos, cedió el Tirol a los Habsburgo. Desde entonces, y durante más de cinco siglos, el Tirol fue una de las tierras patrimoniales de la dinastía, aunque conservó siempre un fuerte espíritu de autonomía y unas instituciones propias. Su posición fronteriza y su valor como corredor hacia Italia lo convirtieron en una pieza clave de los dominios habsbúrgicos.
Ese carácter montañés y celoso de sus libertades forjó una identidad tirolesa muy marcada, hecha de apego a la tierra, de catolicismo ferviente, de tradición de armas —las compañías de tiradores, los Schützen— y de una relación estrecha con las montañas. Una identidad que estallaría con fuerza en 1809, cuando el Tirol protagonizó una de las rebeliones populares más célebres de la era napoleónica.
Innsbruck, la capital del Tirol, se extiende en un valle a orillas del río Inn —de ahí su nombre, "puente sobre el Inn"—, rodeada de montañas que se alzan a pocos minutos del centro. En torno al 1500, la ciudad vivió su época de mayor esplendor cuando el emperador Maximiliano I la eligió como una de sus residencias predilectas y centro de gobierno del imperio. Maximiliano, el "último caballero", amaba el Tirol por sus cacerías de montaña y por su posición estratégica, y convirtió Innsbruck en una capital cortesana.
De aquella época imperial procede el monumento más famoso de la ciudad: el Goldenes Dachl o "Tejadillo de Oro", un balcón cubierto por 2.657 tejas de cobre dorado que Maximiliano mandó construir hacia 1500 para presenciar los espectáculos de la plaza. También se le vincula la Hofkirche, la iglesia que alberga su monumental cenotafio, rodeado de veintiocho grandes estatuas de bronce de antepasados y héroes —los "hombres negros"— que velan simbólicamente su tumba, una de las obras maestras del arte funerario europeo. Más tarde, una rama de los Habsburgo residió en Innsbruck y dejó palacios y colecciones, como el castillo de Ambras.
Rodeada de cumbres, Innsbruck ha sido en la era moderna una capital del deporte de montaña: fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en 1964 y 1976, y desde su mismo centro parten teleféricos que en minutos llevan a la alta montaña. La ciudad combina así su herencia imperial —el Tejadillo de Oro, los palacios, la arquitectura barroca— con su condición de puerta de los Alpes, un cruce de historia y montaña que la hace única en Austria.
En 1805, tras una nueva derrota de Austria frente a Napoleón, el Tirol fue arrancado a los Habsburgo y entregado a Baviera, aliada de Francia. El nuevo gobierno bávaro, imbuido de reformismo ilustrado, chocó de frente con la profunda religiosidad y el apego a las tradiciones de los tiroleses: impuso quintas militares, reformas eclesiásticas y nuevos impuestos que la población vivió como una agresión a su fe y a sus libertades. El descontento estalló en 1809, cuando Austria volvió a la guerra contra Napoleón.
Al frente del levantamiento se puso Andreas Hofer, un posadero y tratante de ganado del valle del Passeier, hombre piadoso y de gran ascendiente popular. Bajo su mando, las milicias campesinas tirolesas —los Schützen, con sus fusiles de caza— se alzaron contra las tropas bávaras y francesas y las derrotaron una y otra vez en la montaña del Bergisel, sobre Innsbruck, en el verano de 1809. Durante unas semanas, Hofer gobernó de hecho el Tirol en nombre del emperador de Austria. Pero cuando Austria firmó la paz con Napoleón y abandonó a su suerte a los rebeldes, la resistencia se hundió: Hofer, traicionado, fue capturado y fusilado por orden de Napoleón en Mantua, en febrero de 1810.
Andreas Hofer se convirtió en un héroe nacional y en el símbolo del Tirol: su figura, su canción y su memoria encarnan el espíritu de un pueblo de montaña que se levantó por su fe, su tierra y su lealtad al emperador. La colina del Bergisel, donde combatió, es hoy un lugar de memoria coronado por un museo y por un moderno trampolín de saltos de esquí. Un siglo después de su gesta, sin embargo, el Tirol por el que Hofer murió sería partido en dos.
Durante siglos, el Tirol fue una unidad que se extendía desde los Alpes bávaros hasta las puertas de Verona, incluyendo tanto tierras de habla alemana como de habla italiana. Esa unidad se rompió al terminar la Primera Guerra Mundial. Italia, que había entrado en la guerra en 1915 del lado de la Entente a cambio de la promesa de territorios austríacos (el Pacto secreto de Londres), reclamó como botín el sur del Tirol hasta la línea divisoria de aguas del Brennero, aunque buena parte de ese territorio estaba habitado por población de lengua alemana.
El Tratado de Saint-Germain, firmado el 10 de septiembre de 1919, consagró esa partición: Italia se anexó el Trentino, de mayoría italiana, pero también el llamado Tirol del Sur (Südtirol / Alto Adige), de mayoría germanófona, cuya frontera se fijó en el paso del Brennero. Cerca de un cuarto de millón de tiroleses de habla alemana quedaron de golpe dentro de Italia. Bajo el fascismo de Mussolini, a partir de los años veinte, sufrieron una dura política de italianización forzada: se prohibió el alemán en la escuela y la administración, se italianizaron los topónimos y los apellidos, y se fomentó la inmigración italiana para alterar la composición de la población.
La cuestión del Tirol del Sur envenenó durante décadas las relaciones entre Austria e Italia y provocó, en los años sesenta, una etapa de tensión y atentados. La solución llegó por la vía del autogobierno: un estatuto de autonomía, negociado entre Roma y Viena y plenamente vigente desde los años setenta y ochenta, otorgó a la provincia un amplio autogobierno, el bilingüismo y la protección de la minoría de lengua alemana. Hoy el Tirol del Sur es una de las regiones más prósperas de Italia y un modelo de convivencia entre comunidades lingüísticas, aunque el recuerdo de la partición de 1919 sigue vivo a ambos lados del Brennero.
Cuando Italia declaró la guerra a Austria-Hungría en mayo de 1915, el frente entre ambos países se abrió a lo largo de centenares de kilómetros de alta montaña, desde el paso del Stelvio hasta los Dolomitas y el valle del Isonzo. En el Tirol y los Dolomitas, los ejércitos combatieron en uno de los escenarios más extremos de toda la Primera Guerra Mundial: cumbres de más de tres mil metros, glaciares, paredes verticales y temperaturas glaciales. Aquella lucha en el hielo y la roca fue bautizada como la "Guerra Blanca" (Weißer Krieg).
En ese frente, el enemigo no era solo el ejército contrario, sino la propia montaña. Soldados austrohúngaros e italianos excavaron trincheras, galerías y hasta ciudades enteras en el hielo de los glaciares; tendieron teleféricos y caminos por las paredes; y libraron una guerra de posiciones a alturas donde el simple hecho de sobrevivir era una hazaña. El mayor asesino fue la naturaleza: se calcula que decenas de miles de soldados de ambos bandos murieron sepultados por las avalanchas, especialmente en el terrible "diciembre negro" de 1916, cuando aludes provocados por las nevadas —y a veces por los propios disparos de artillería— enterraron a miles de hombres en pocos días.
Hoy, el retroceso de los glaciares por el cambio climático devuelve periódicamente restos de aquella guerra —cuerpos, armas, cartas, objetos personales— conservados durante un siglo en el hielo. Los Dolomitas y los Alpes tiroleses están sembrados de fortines, galerías, cementerios y museos al aire libre que recuerdan la Guerra Blanca. Fue uno de los capítulos más duros y menos conocidos de la Gran Guerra, librado en el techo de Europa, en las montañas que hoy son un paraíso del turismo alpino.
En el extremo occidental de Austria, más allá del Tirol, se encuentra Vorarlberg, la provincia más pequeña del país después de Viena, encajada entre Suiza, Alemania y el lago de Constanza (Bodensee). Con un dialecto alemánico emparentado con el suizo y una fuerte identidad propia, Vorarlberg estuvo históricamente algo apartado del resto de Austria; tras la Primera Guerra Mundial, en 1919, una amplia mayoría de sus habitantes llegó a votar en un referéndum por unirse a Suiza, deseo que las potencias no permitieron. Su capital, Bregenz, a orillas del lago, es célebre por su festival de verano, con óperas representadas sobre un gigantesco escenario flotante en las aguas del Bodensee.
Pero si algo transformó el oeste austríaco en el siglo XX fue el turismo de montaña. Las mismas cumbres que habían sido frontera, refugio de rebeldes y campo de batalla se convirtieron, primero, en destino del alpinismo y el excursionismo de verano y, sobre todo, en la cuna del esquí alpino. En los valles del Tirol y del Arlberg —donde a comienzos del siglo XX se desarrolló una de las primeras escuelas modernas de esquí— nació la industria que haría de Austria una de las grandes potencias mundiales del deporte de invierno.
Emblema de ese auge es Kitzbühel, un pueblo medieval del Tirol que se reinventó como estación de esquí de lujo y que cada enero acoge la mítica carrera de descenso del Hahnenkamm, la más temida y prestigiosa del circuito mundial. Junto a Innsbruck, sede olímpica, y a decenas de estaciones repartidas por los Alpes, el oeste austríaco vive hoy en buena medida del turismo: esquí en invierno, senderismo y montañismo en verano. La montaña, que durante siglos moldeó la dura historia del Tirol, es ahora su mayor riqueza.