En un rincón espectacular del Salzkammergut, encajado entre una montaña abrupta y un lago de aguas quietas, se encuentra Hallstatt, quizá el pueblo más fotografiado de Austria. Pero su fama va mucho más allá de lo pintoresco: este lugar dio nombre a toda una época de la prehistoria europea. La cultura de Hallstatt designa la civilización del final de la Edad del Bronce y la primera Edad del Hierro de Europa central, entre los siglos XII y VI a.C. La clave de su importancia está bajo la montaña: unas minas de sal explotadas desde hace más de siete mil años, entre las más antiguas del mundo conocidas.
La sal —el "oro blanco"— era en la Antigüedad un bien precioso, indispensable para conservar la carne y el pescado, y quien la controlaba se enriquecía. Los habitantes prehistóricos de Hallstatt extraían la sal de galerías que se internaban en la montaña, y con ella comerciaban a lo largo y ancho de Europa. Esa riqueza quedó reflejada en su gran necrópolis, excavada desde el siglo XIX: más de mil tumbas con ajuares de bronce, hierro, ámbar, marfil y objetos llegados del Mediterráneo, que revelan una sociedad rica, jerarquizada y conectada con medio continente. Las minas conservan además, gracias a la sal, materiales orgánicos —herramientas de madera, cuero, tejidos— de una antigüedad asombrosa.
El valor excepcional de este paisaje llevó a la Unesco a inscribir en 1997 la región de Hallstatt-Dachstein/Salzkammergut en la Lista del Patrimonio Mundial, como testimonio de una actividad —la extracción de sal— que ha modelado la vida de estas montañas de manera continua desde la prehistoria hasta hoy. Visitar las minas de sal de Hallstatt es asomarse a los orígenes mismos de la Europa del hierro.
El nombre mismo de Salzburgo —"castillo de la sal"— proclama el origen de su riqueza. Fundada sobre la antigua Juvavum romana y refundada como sede episcopal en el siglo VIII por san Ruperto, la ciudad debió su poder a las minas de sal de los alrededores, en Hallein-Dürrnberg y en el Salzkammergut. Durante siglos, los arzobispos de Salzburgo no fueron solo autoridades religiosas: como príncipes-arzobispos del Sacro Imperio, gobernaban un Estado propio, independiente de Austria y de Baviera, cuya prosperidad manaba del comercio de la sal y de las minas de oro de los valles alpinos.
Con esa fortuna, los príncipes-arzobispos convirtieron Salzburgo en una de las ciudades barrocas más bellas al norte de los Alpes, una pequeña "Roma del norte". Sobre todo en los siglos XVI y XVII, prelados como Wolf Dietrich von Raitenau y sus sucesores contrataron a arquitectos italianos que levantaron la catedral, palacios, plazas y fuentes monumentales, coronando la ciudad con la imponente fortaleza de Hohensalzburg sobre la colina, una de las mayores fortalezas medievales de Europa conservadas. Ese conjunto urbano, casi intacto, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1996.
Salzburgo mantuvo su independencia como principado eclesiástico hasta comienzos del siglo XIX. Solo en 1816, tras las guerras napoleónicas y la secularización de los Estados eclesiásticos, la ciudad y su territorio fueron incorporados definitivamente a Austria. Hasta entonces, durante más de mil años, esta pequeña ciudad de la sal había sido un Estado soberano gobernado por sus arzobispos, un poder que dejó como herencia una de las ciudades más armoniosas de Europa.
Bajo la superficie católica del principado sobrevivió durante dos siglos una comunidad protestante clandestina, sobre todo en los valles alpinos del sur, donde numerosos campesinos y mineros seguían en secreto la fe luterana. En 1731, el príncipe-arzobispo Leopold Anton von Firmian decidió acabar con ellos. El 31 de octubre de ese año —fecha simbólica: el aniversario del inicio de la Reforma— promulgó un edicto de expulsión que ordenaba a todos los protestantes abandonar Salzburgo. La medida fue brutal: en pleno invierno, a los jornaleros sin tierra se les dieron apenas ocho días para marcharse, obligándolos a dejar atrás incluso a sus hijos menores de doce años.
Entre 1731 y 1732, más de 20.000 protestantes salzburgueses fueron expulsados de sus hogares. Su drama conmovió a la Europa protestante. El rey Federico Guillermo I de Prusia, buscando repoblar sus territorios del este, los acogió y organizó su traslado: los emigrantes recorrieron a pie centenares de kilómetros, en columnas de unos 800 caminantes cada una, atravesando Alemania hasta la lejana Prusia Oriental, donde se les entregaron tierras. Otros grupos emigraron a los Países Bajos y algunos, años después, cruzaron el Atlántico y fundaron colonias en Norteamérica, como la de Ebenezer, en Georgia.
La expulsión de los protestantes de Salzburgo fue uno de los mayores episodios de persecución religiosa de la Europa del siglo XVIII y tuvo una enorme repercusión: sirvió de bandera a la causa protestante y contribuyó a la reflexión ilustrada sobre la tolerancia. Para Salzburgo supuso la pérdida de miles de habitantes trabajadores; para los emigrantes, el comienzo de un exilio que dispersó su memoria por media Europa y hasta por América. Décadas más tarde, la Patente de Tolerancia de José II (1781) pondría fin a esa clase de persecuciones en los dominios de los Habsburgo.
El 27 de enero de 1756 nació en Salzburgo, en una casa de la Getreidegasse, el músico más célebre de la historia: Wolfgang Amadeus Mozart. Hijo de Leopold Mozart, violinista y compositor al servicio de la corte del príncipe-arzobispo, Wolfgang fue un niño prodigio que a los seis años ya tocaba ante la aristocracia europea; su padre lo llevó de gira por las cortes del continente, incluida la de María Teresa en Viena. Durante su juventud, Mozart trabajó como músico de la corte arzobispal salzburguesa, pero la relación con su patrón, el arzobispo Colloredo, fue tensa y acabó en ruptura: en 1781 Mozart se marchó a Viena, donde compuso sus grandes óperas y sinfonías y donde murió, joven y pobre, en 1791.
Aunque Mozart tuvo una relación ambivalente con su ciudad natal, Salzburgo ha hecho de él su símbolo universal. La casa donde nació y la casa donde vivió su familia son hoy museos muy visitados; su efigie preside plazas y escaparates, y hasta los famosos bombones de mazapán y chocolate llevan su nombre (las Mozartkugeln). Sobre todo, la ciudad honra su memoria con el Festival de Salzburgo (Salzburger Festspiele), fundado en 1920, uno de los festivales de música clásica y ópera más prestigiosos del mundo, que cada verano llena la ciudad de conciertos y espectáculos.
Más allá de Mozart, Salzburgo se convirtió en un icono cultural por otra vía inesperada: aquí se rodó en 1965 la película Sonrisas y lágrimas (La novicia rebelde), basada en la historia real de la familia Von Trapp, que huyó de Austria tras el Anschluss. La ciudad de la sal y de los arzobispos es hoy, ante todo, la ciudad de la música, un escenario barroco al pie de los Alpes donde el nombre de Mozart resuena en cada esquina.
El Salzkammergut —literalmente, "el patrimonio de la sal", por las minas que durante siglos fueron propiedad directa de la corona— es una región de lagos de montaña y cumbres alpinas al este de Salzburgo, salpicada de pueblos de postal como St. Wolfgang, a orillas del lago Wolfgangsee, desde donde un tren cremallera trepa a la cima del Schafberg. En el siglo XIX, este paisaje de aguas y montañas se puso de moda como destino de veraneo de la aristocracia y de la corte imperial de los Habsburgo, atraída por sus baños de sal y su aire de montaña.
El centro de ese Salzkammergut imperial fue Bad Ischl, un elegante balneario que se convirtió en la residencia estival del emperador Francisco José I. Allí veraneaba la familia imperial en su Kaiservilla; allí se comprometió el joven emperador con la futura emperatriz Isabel ("Sissi") en 1853; y allí acudían durante décadas los grandes de Europa. Pero Bad Ischl quedó ligado para siempre a un hecho mucho más grave: fue en su villa imperial donde, el 28 de julio de 1914, el anciano Francisco José firmó la declaración de guerra a Serbia que desencadenó la Primera Guerra Mundial. En aquel apacible balneario de montaña se puso en marcha la catástrofe que hundiría al imperio y desangraría a Europa.
Hoy el Salzkammergut conserva su aire señorial de la Belle Époque: las villas, los cafés, los embarcaderos, el tren de vapor. Reconocido por su patrimonio, en 2024 Bad Ischl y el Salzkammergut fueron Capital Europea de la Cultura, un homenaje a esta región que combina la memoria milenaria de la sal, el esplendor veraniego de los Habsburgo y el peso histórico de aquel día de julio de 1914.
En el corazón del Salzkammergut, junto al pueblo de Altaussee, las minas de sal guardan uno de los episodios más extraordinarios de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1943 y 1945, los nazis convirtieron las galerías de esta mina —secas, de temperatura estable y a salvo de los bombardeos— en un gigantesco depósito para el arte saqueado en toda Europa, buena parte de él destinado al proyectado "Führermuseum" de Linz. En sus túneles se acumularon cerca de 6.500 pinturas y miles de esculturas, dibujos y objetos, entre ellos obras maestras universales como el Retablo de Gante de los hermanos Van Eyck y la Madonna de Brujas de Miguel Ángel.
En los últimos días de la guerra, aquel tesoro estuvo a punto de desaparecer. El gauleiter local, August Eigruber, fanático nazi, dio orden de volar la mina con explosivos antes de que cayera en manos aliadas, para que las obras no sobrevivieran a la derrota del Reich. La destrucción se evitó in extremis gracias a la acción de los propios mineros, de los administradores de la mina y de algunos funcionarios, que sabotearon el plan retirando las bombas y sellando las galerías con explosiones controladas hasta la llegada de las tropas estadounidenses en mayo de 1945.
El rescate de Altaussee fue una de las hazañas de los llamados Monuments Men, la unidad aliada encargada de proteger el patrimonio artístico europeo, y ha inspirado libros y películas. Gracias a aquella cadena de gestos valientes, miles de obras maestras robadas pudieron recuperarse y, en muchos casos, devolverse a sus países y a sus dueños. Hoy la mina de Altaussee sigue en actividad y puede visitarse; sus galerías, que estuvieron a un paso de convertirse en la tumba del arte de Europa, son un testimonio silencioso de aquel salvamento.