El territorio salteño fue uno de los grandes centros de las culturas andinas del noroeste argentino. Lo habitaron los diaguitas y los pueblos de los valles Calchaquíes, agricultores avanzados de terrazas y regadío, alfareros y metalúrgicos, que hacia el siglo XV quedaron integrados al Collasuyo, el sector meridional del imperio incaico. Testimonio impresionante de esa cultura de altura son los santuarios de cumbre, como el del volcán Llullaillaco, de donde provienen los célebres Niños del Llullaillaco, momias de ofrendas rituales incaicas conservadas por el frío y hoy resguardadas en Salta.
Los calchaquíes protagonizaron una de las resistencias más largas del continente. Las Guerras Calchaquíes se extendieron por más de un siglo, con levantamientos como el que lideró Juan Calchaquí, y solo terminaron a mediados del siglo XVII con el sometimiento y el desarraigo forzoso de pueblos enteros, deportados lejos de sus valles.
Siguiendo órdenes del virrey del Perú Francisco de Toledo, Hernando de Lerma fundó el 16 de abril de 1582 la ciudad de San Felipe de Lerma en el valle de Salta, como bastión en el camino real que unía el Río de la Plata con el Alto Perú y Potosí. La ciudad —pronto rebautizada por sus vecinos como Salta— aprovechó su posición estratégica para convertirse en un próspero centro colonial y en un gran mercado de mulas, que se criaban y comerciaban por miles hacia las minas del norte.
De esa etapa Salta conserva un notable patrimonio arquitectónico: su Cabildo, sus iglesias coloniales y su casco histórico la hacen una de las ciudades más bellas del país, apodada 'Salta la Linda'. Su ubicación fronteriza, además, la colocaría en el centro de las guerras de la independencia.
Por su condición de puerta hacia el Alto Perú, Salta fue escenario decisivo de las guerras de independencia. El 20 de febrero de 1813, el general Manuel Belgrano obtuvo allí una victoria fundamental sobre el ejército realista de Pío Tristán en la batalla de Salta, que le permitió liberar todo el noroeste y consolidar la revolución en el norte.
Durante los años siguientes, sin embargo, las tropas realistas del Alto Perú lanzaron repetidas invasiones sobre la provincia. En ese contexto de guerra permanente, por decreto del director supremo Gervasio Posadas del 8 de octubre de 1814 se creó la Provincia de Salta, separándola de la antigua Intendencia de Salta del Tucumán, y quedó al frente de su defensa un caudillo llamado a la leyenda: Martín Miguel de Güemes.
El gran héroe salteño es Martín Miguel de Güemes, gobernador de la provincia que entre 1815 y 1821 defendió la frontera norte de las Provincias Unidas frente a seis invasiones realistas desde el Alto Perú. Con su ejército de gauchos —jinetes populares que peleaban en su propio territorio con tácticas de guerrilla, hostigamiento y conocimiento del terreno— libró la llamada 'guerra gaucha', desgastando al enemigo y protegiendo la retaguardia del cruce de los Andes de San Martín, que pudo así concentrarse en liberar Chile y el Perú.
Güemes murió en junio de 1821 a causa de las heridas recibidas en una emboscada realista en las afueras de la ciudad, convertido en el único general argentino caído en acción durante las guerras de independencia. Su figura y la de sus gauchos son el símbolo mayor de la identidad salteña, honrado cada 17 de junio con multitudinarias cabalgatas y guardias bajo su monumento.
En el suroeste de la provincia, los Valles Calchaquíes son el corazón de la Salta rural y vitivinícola. Cafayate, su capital, produce algunos de los vinos de mayor altitud del mundo —los viñedos superan los 1.700 metros y algunos llegan a más de 3.000—, con el Torrontés como cepa emblema, un vino blanco aromático que se convirtió en bandera enológica del país. Pueblos de adobe como Cachi, Molinos y Angastaco conservan una arquitectura y una vida ligadas a la tierra.
El paisaje de estos valles es de una belleza extraordinaria: la Quebrada de las Conchas, con sus formaciones rojizas como la Garganta del Diablo y el Anfiteatro; la Cuesta del Obispo que trepa hacia la Recta del Tin Tin; y los inmensos cardonales del Parque Nacional Los Cardones. Esa combinación de vino, cultura y geografía hizo de los Calchaquíes uno de los circuitos turísticos más célebres de la Argentina.
Uno de los grandes íconos de Salta es el Tren a las Nubes, que recorre el Ramal C-14 del Ferrocarril Belgrano trepando la Quebrada del Toro hacia la puna. Fue una obra de ingeniería descomunal: proyectado por el ingeniero estadounidense Richard Maury, se construyó entre 1921 y 1948 —con largas interrupciones, como la que siguió al golpe de 1930— sin cremallera, salvando el desnivel mediante rulos y zigzags. Su punto culminante es el Viaducto La Polvorilla, terminado en 1932, una estructura de acero de 224 metros de largo y 63 de alto, a 4.220 metros sobre el nivel del mar.
La puna salteña despliega paisajes de otro planeta: las Salinas Grandes, los cerros multicolores del camino a San Antonio de los Cobres y los volcanes de la alta cordillera. Con su cultura colonial y folclórica —la zamba, la chacarera, las peñas y la copla— y su gastronomía de empanadas, humita, tamales y locro, Salta condensa buena parte del alma del norte argentino.