Antes de la llegada de los españoles, la enorme llanura bonaerense estaba habitada por pueblos cazadores-recolectores: los querandíes en torno al Río de la Plata y los pampas —tehuelches septentrionales— en el interior. Eran grupos nómades que vivían de la caza del guanaco y el ñandú, de la pesca y la recolección, y que se movían por la llanura sin construir aldeas permanentes. La introducción del caballo por los españoles los transformó, en pocas generaciones, en jinetes formidables que dominaron la pampa durante siglos.
Esa frontera indígena, empujada hacia el sur y el oeste, marcó buena parte de la historia bonaerense hasta bien entrado el siglo XIX. Más tarde llegaron también grupos mapuches desde la cordillera, y el mestizaje entre indígenas, criollos y africanos esclavizados fue dando forma a la figura del gaucho, el jinete libre de la campaña que se volvería símbolo nacional.
El primer intento de asentamiento europeo en el estuario fue el fuerte de Santa María del Buen Ayre, fundado por Pedro de Mendoza en 1536 y abandonado pocos años después por el hambre y los ataques de los querandíes. La refundación definitiva de Buenos Aires la realizó Juan de Garay el 11 de junio de 1580. Durante dos siglos, la campaña que rodeaba la ciudad fue una frontera abierta, poblada de enormes rodeos de ganado cimarrón que, al multiplicarse sin dueño en la pampa, dieron origen a la riqueza —y al mito— del gaucho.
De esa abundancia ganadera nacieron los primeros negocios coloniales: el cuero, el sebo y el tasajo. Estancias, postas y pulperías fueron jalonando una campaña vasta y despoblada, mientras la ciudad-puerto crecía de espaldas al interior, más atenta al comercio atlántico —muchas veces de contrabando— que a las provincias arriba.
Con la Revolución de Mayo de 1810 y la Independencia de 1816, Buenos Aires quedó en el centro del poder y del conflicto. La provincia fue el gran escenario del enfrentamiento entre unitarios, que querían un poder central fuerte con cabeza en Buenos Aires, y federales, que defendían la autonomía provincial. La figura dominante fue Juan Manuel de Rosas, estanciero y gobernador de Buenos Aires que ejerció entre 1829 y 1852 un poder cuasi absoluto sobre la provincia y, de hecho, sobre buena parte del país, hasta ser derrotado por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros en 1852.
La tensión entre la ciudad-puerto y el resto del país atravesó todo el siglo XIX. Buenos Aires llegó incluso a separarse de la Confederación entre 1852 y 1861, hasta reintegrarse tras la batalla de Pavón. El pleito de fondo —quién controlaba la aduana y el puerto, la principal fuente de riqueza— no se resolvió hasta la federalización de la ciudad en 1880.
En 1880 la ciudad de Buenos Aires fue federalizada y separada de la provincia para convertirse en capital de la República. El gobernador Carlos Tejedor se opuso con las armas y fue derrotado. La provincia, privada de su histórica cabecera, debió construir una nueva capital desde cero. Así nació La Plata, fundada por el gobernador Dardo Rocha el 19 de noviembre de 1882 en las lomas de Ensenada, sobre un proyecto urbanístico racionalista del ingeniero Pedro Benoit: un damero perfecto atravesado por diagonales, con plazas cada seis cuadras y un eje monumental de edificios públicos.
La ciudad se planeó como una utopía del progreso positivista y fue premiada en la Exposición Universal de París de 1889 en las categorías 'Ciudad del Futuro' y mejor obra construida. La Plata se consolidó como sede del poder provincial y como gran centro universitario, con la Universidad Nacional de La Plata, y con hitos como su Catedral neogótica, el Museo de Ciencias Naturales y el Observatorio.
Entre 1880 y 1930, la pampa bonaerense se convirtió en el motor de la Argentina agroexportadora. El ferrocarril, el alambrado, el molino, el frigorífico y el puerto conectaron sus estancias con los mercados europeos, y la provincia produjo la carne y los cereales que hicieron del país el 'granero del mundo'. Millones de inmigrantes —sobre todo italianos y españoles— se instalaron en el campo y en las ciudades, poblando colonias agrícolas y pueblos de chacareros.
En el siglo XX, sobre todo desde el peronismo (1946-1955), el cordón que rodea a la Capital Federal —el conurbano bonaerense— se industrializó y se pobló con enormes contingentes de trabajadores llegados del interior del país y de países vecinos. San Antonio de Areco se volvió capital simbólica de la tradición gaucha y del culto a Martín Fierro, mientras ciudades como Bahía Blanca, Tandil, Luján —con su gran basílica y su peregrinación— y Chascomús crecieron como polos regionales. Hoy la provincia de Buenos Aires concentra cerca del 38% de la población nacional y es, por lejos, la de mayor peso económico y político del país.
En el siglo XX, Buenos Aires desarrolló el destino turístico más popular de la Argentina: la Costa Atlántica. Mar del Plata, 'La Feliz', nació a fines del siglo XIX como balneario exclusivo de la aristocracia porteña, con sus ramblas, chalets y el emblemático casino y hotel proyectados por Alejandro Bustillo. El turismo de masas y, sobre todo, el turismo social impulsado por el peronismo la democratizaron, convirtiéndola en la capital veraniega del país. A su alrededor florecieron Villa Gesell —fundada por el pionero Carlos Gesell sobre médanos forestados—, Pinamar, Cariló, Necochea, Miramar y decenas de balnearios que reciben cada verano a millones de argentinos.
Hacia el interior, los cordones serranos de Tandilia y Ventania —con Tandil y Sierra de la Ventana— ofrecen un paisaje de sierras antiguas, arroyos y estancias que contrasta con la llanura. Reservas como Otamendi y sitios históricos como Carmen de Patagones, cabecera de la frontera sur en el siglo XIX, completan una provincia de enorme diversidad: pampa, sierra, mar y un vasto conurbano urbano-industrial en torno a la gran capital.