Antes de que ningún europeo pusiera un pie en estas costas, el occidente africano estaba organizado en poderosos estados que vivían del comercio transahariano: caravanas de camellos que cruzaban el desierto llevando sal, cobre y manufacturas hacia el sur y trayendo de vuelta oro, marfil y esclavos hacia el Magreb y el Mediterráneo. El primero de esos grandes estados fue el Imperio de Ghana (siglos VIII-XI), cuyo núcleo estaba más al este, en el actual sureste de Mauritania y Malí, pero cuya influencia llegaba hasta el valle del río Senegal.
En el propio valle del Senegal, entre los pueblos tukulor (haalpulaar) y soninké, floreció desde el siglo IX el reino de Takrur, uno de los estados clave de la región. Su importancia histórica es enorme: Takrur fue uno de los primeros territorios del África subsahariana en convertirse al islam. Su soberano War Jabi adoptó la nueva fe hacia mediados del siglo XI, de modo que la islamización de Senegal comenzó casi mil años antes del presente, mucho antes que en gran parte del interior africano. Los tukulor de Fouta Toro conservarían desde entonces una identidad profundamente musulmana y letrada.
A partir del siglo XIII, la región quedó bajo la órbita del Imperio de Malí, el mayor estado de la historia de África Occidental, célebre por la riqueza de su emperador Mansa Musa. Aunque el corazón de Malí estaba en el alto Níger, sus provincias occidentales alcanzaban el Atlántico y sus redes comerciales estructuraban toda la Senegambia. De aquel mundo de imperios sahelianos, oro y caravanas surgirían, al debilitarse Malí, los reinos propiamente senegaleses.
Cuando el poder de Malí retrocedió, hacia el siglo XIV emergió en el corazón de Senegal el Imperio Jolof (o Gran Jolof), una confederación de estados wolof. La tradición oral atribuye su fundación al legendario Ndiadiane Ndiaye, cuyo título de soberano supremo era el de bourba Jolof. Bajo su autoridad quedaron los reinos vasallos que pagaban tributo: Waalo, en el bajo río Senegal; Cayor, sobre la costa; Baol, en el interior; y, hacia el sur, los reinos serer de Sine y Saloum.
Era una sociedad jerárquica y compleja. En la cúspide gobernaban reyes —el damel de Cayor, el teigne de Baol, el brak de Waalo, el maad a sinig de Sine— rodeados de una nobleza guerrera, los tiedo o ceddo, famosos por su vida al margen del islam, el consumo de alcohol y su ética aristocrática y saqueadora. Debajo se ordenaba un sistema de castas: hombres libres, artesanos (herreros, tejedores, zapateros), los griots o guewel —poetas, músicos y memoria viva de la historia— y, en la base, los cautivos. El poder no se heredaba de forma simple: intervenían complejas reglas de linaje matrilineal y consejos electores.
Hacia mediados del siglo XVI, el Gran Jolof se fragmentó. Cayor, el reino costero, se independizó bajo su damel y arrastró a Baol, mientras Waalo, Sine y Saloum seguían su propio camino. Esa constelación de reinos wolof y serer —rivales entre sí, guerreros, con su religión tradicional y una islamización todavía superficial— fue la que encontraron los europeos que empezaban a frecuentar la costa, y la que, tres siglos más tarde, desmantelaría la conquista francesa.
En 1444, en plena era de los descubrimientos impulsada por el infante Enrique el Navegante, las carabelas portuguesas doblaron el cabo Verde —la punta más occidental del continente, donde hoy se levanta Dakar— y establecieron el primer contacto europeo directo con las costas de Senegal. Navegantes como el veneciano Alvise Cadamosto, al servicio de Portugal, recorrieron hacia 1455-1456 la desembocadura de los ríos Senegal y Gambia y dejaron las primeras descripciones detalladas de los reinos wolof y serer.
Los portugueses no vinieron a conquistar territorio, sino a comerciar. Levantaron factorías (feitorias) y puntos de trueque en la costa y en las islas, y se instalaron sobre todo en la desembocadura del río Casamance —cuyo nombre deriva del rey mandinga Kasa Mansa— y en pequeñas comunidades de lançados, mercaderes portugueses y mestizos que vivían entre los africanos. De aquel primer intercambio surgieron productos que marcarían el comercio de la región durante siglos: el oro que bajaba del interior, el marfil, las pieles, la cera, la goma arábiga de las acacias del Sahel y, cada vez más, seres humanos esclavizados.
La presencia portuguesa dejó una huella cultural duradera, especialmente en el sur: en Ziguinchor y la Casamance perviven apellidos, palabras y un poso lusófono, y el criollo de base portuguesa se mantuvo como lengua de comercio en toda la costa. Con el tiempo, portugueses, holandeses, ingleses y franceses competirían con dureza por controlar estos ríos y estas islas, que se convirtieron en engranajes de una economía atlántica cada vez más volcada hacia la trata de esclavos.
Entre los siglos XVI y XIX, la costa senegalesa quedó integrada en el comercio atlántico de esclavos que arrancaba a millones de africanos de sus tierras para llevarlos, en condiciones atroces, a las plantaciones de América. En la Senegambia, ese tráfico se articuló en torno a unos pocos enclaves insulares y fluviales controlados por potencias europeas: la isla de Gorée, frente al cabo Verde, y Saint-Louis, en la desembocadura del río Senegal, fueron los principales. Reyes y comerciantes africanos participaron en el sistema vendiendo cautivos —prisioneros de guerra, condenados, personas capturadas en razias— a cambio de armas, alcohol, textiles y otras mercancías, lo que alimentó a su vez guerras y saqueos tierra adentro.
Gorée cambió de manos varias veces entre portugueses, neerlandeses, ingleses y franceses. En la isla se conserva la Casa de los Esclavos (Maison des Esclaves), construida a fines del siglo XVIII, con su célebre "puerta del no retorno" abierta al océano, convertida hoy en lugar de memoria y peregrinación para la diáspora africana. Ahora bien, entre los historiadores existe un debate legítimo sobre su papel concreto. La cifra de "millones" de esclavos que habrían pasado por esa casa, difundida por el conservador Boubacar Joseph Ndiaye, está muy discutida: numerosos especialistas sostienen que Gorée fue un punto relativamente menor de la trata —quizás algunas decenas de miles de personas a lo largo de todo el período— y que su edificio más famoso sirvió sobre todo como residencia y almacén. Lo que nadie discute es la magnitud global de la tragedia ni el valor simbólico de la isla.
Gorée fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978, precisamente como "santuario de la memoria" de la esclavitud. Reconocer a la vez la dimensión real del comercio en este punto y su enorme carga simbólica —sin exagerar las cifras ni banalizar el horror— es la forma más honesta de honrar a las víctimas de una de las mayores atrocidades de la historia.
En 1659, comerciantes franceses fundaron en un islote de la desembocadura del río Senegal el establecimiento de Saint-Louis, bautizado en honor al rey Luis IX. Fue el primer asentamiento europeo permanente de esta parte de África y, durante casi tres siglos, la principal ciudad francesa de la región. Junto con Gorée, formó la base desde la que Francia comerciaba goma arábiga, oro y esclavos, y competía con ingleses y neerlandeses por el control de los ríos.
En estos comptoirs (factorías) nació una sociedad urbana peculiar y mestiza. Las signares —de la palabra portuguesa senhora— eran mujeres africanas y mestizas de gran poder económico, que se unían con comerciantes europeos, administraban propiedades, esclavos y negocios, y encabezaban una élite criolla, cristiana y afrancesada. De esas uniones surgió el grupo de los métis o habitants, que dominó la vida comercial y municipal de Saint-Louis y Gorée y que aportaría buena parte de la primera intelectualidad y clase política senegalesa.
Esta larga historia urbana explica un rasgo singular de Senegal: en las llamadas Cuatro Comunas —Saint-Louis, Gorée, y más tarde Rufisque y Dakar— sus habitantes africanos llegaron a gozar, ya en el siglo XIX, de derechos de ciudadanía francesa y de representación política impensables en el resto del imperio colonial. Saint-Louis, con sus casas de balcones de hierro, sus calesas y su trazado en cuadrícula sobre la isla, se convirtió en el corazón administrativo y cultural desde el que Francia se lanzaría, a mediados del siglo XIX, a la conquista del interior.
Aunque el islam había llegado a Takrur en el siglo XI, durante siglos convivió como religión de una minoría letrada frente a la religión tradicional de la nobleza guerrera ceddo. La conversión masiva de la población senegalesa se produjo sobre todo en el siglo XIX, y no por la fuerza de los ejércitos sino, en gran medida, a través de las cofradías sufíes (turuq) y del prestigio de sus morabitos o marabouts, guías espirituales rodeados de una intensa devoción.
Dos grandes hermandades marcan la vida religiosa del país. La primera es la tijaniyya, cuya figura más imponente fue El Hadj Umar Tall (c. 1797-1864), erudito tukulor de Fouta Toro que, tras peregrinar a La Meca, se convirtió en el principal representante de la orden en el África subsahariana. Umar Tall lanzó una yihad y forjó, a mediados del siglo XIX, un vasto Estado que se enfrentó tanto a los reinos animistas como al avance francés, hasta su muerte en 1864. La tijaniyya sigue siendo la cofradía mayoritaria, con centros como Tivaouane y la rama niassène de Kaolack.
La segunda, propiamente senegalesa, es el muridismo, fundado a fines del siglo XIX por Cheikh Amadou Bamba (1853-1927), místico y poeta wolof que predicó una vía de santificación a través del trabajo, la disciplina y la devoción, sin recurrir a las armas. Su enorme ascendiente inquietó a las autoridades coloniales, que lo desterraron a Gabón y a Mauritania; el exilio no hizo sino agrandar su aura. Bamba fundó la ciudad santa de Touba, donde se levanta la Gran Mezquita y adonde peregrinan cada año varios millones de fieles en el Grand Magal, uno de los mayores acontecimientos religiosos de África. Las cofradías no son solo instituciones espirituales: son también redes económicas, sociales y políticas que estructuran buena parte de la sociedad senegalesa hasta hoy.
Durante la primera mitad del siglo XIX, la presencia francesa se limitaba a los comptoirs de la costa. Todo cambió con la llegada, en 1854, del gobernador Louis Faidherbe, el gran arquitecto de la expansión colonial en Senegal. Desde Saint-Louis, Faidherbe lanzó una política sistemática de conquista militar del interior: remontó el río Senegal levantando una cadena de fortalezas, sometió en 1855 el reino de Waalo —el primero en caer— y quebró la resistencia de los pueblos del valle.
La conquista fue larga y encontró feroz oposición. Los serer del Sine, dirigidos por su rey Kumba Ndoffène Famak Joof, combatieron a los franceses en la batalla de Logandème (1859). En el reino de Cayor, el damel Lat Dior Ngoné Latyr Diop encabezó una tenaz resistencia durante décadas, ligada al rechazo del trazado del ferrocarril Dakar-Saint-Louis, que amenazaba su soberanía; Lat Dior murió en combate en 1886, en Dékheulé, y su figura se convirtió en símbolo nacional de la resistencia. Con él se apagó el último de los grandes reinos wolof independientes.
Francia impuso entonces una economía colonial orientada a un solo producto: el cacahuete (maní), cultivado en el interior para exportar aceite a Europa. El ferrocarril, los caminos y los puestos administrativos reorganizaron el territorio en función de esa monoproducción, que arrastraría a Senegal a la dependencia de un cultivo comercial. Paradójicamente, las cofradías —y en especial los mourides— canalizaron buena parte de esa economía del cacahuete, convirtiéndose en intermediarias entre los campesinos y el poder colonial.
Consolidada la conquista, Senegal se convirtió en la joya del imperio francés en la región. En 1895 se creó el África Occidental Francesa (AOF), una vasta federación colonial que agrupaba los actuales Senegal, Malí, Guinea, Costa de Marfil, Burkina Faso, Benín, Níger y Mauritania. Su capital fue primero Saint-Louis y, desde 1902, la creciente ciudad portuaria de Dakar, que se transformó en la metrópoli administrativa, militar y comercial de todo el occidente africano francés.
Senegal ocupó un lugar único gracias a las Cuatro Comunas. Sus habitantes —los originaires— conservaron derechos políticos excepcionales: en 1914, Blaise Diagne se convirtió en el primer africano negro elegido diputado en la Asamblea Nacional de Francia, y logró que se reconociera plenamente la ciudadanía francesa de los nacidos en las Comunas. Fue una anomalía dentro de un sistema colonial que, en el resto del territorio, se basaba en el trabajo forzado y el régimen discriminatorio del indigénat.
Senegal pagó además un alto tributo de sangre a Francia. Decenas de miles de tirailleurs sénégalais —los tiradores senegaleses, en realidad reclutados en toda el AOF— combatieron y murieron en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y luego en la Segunda. Uno de los episodios más sombríos ocurrió el 1 de diciembre de 1944, cuando el ejército francés reprimió a tiros, en el campamento de Thiaroye, cerca de Dakar, a tiradores africanos que reclamaban el pago de sus haberes atrasados; la masacre de Thiaroye, con decenas de muertos, se convirtió en un símbolo doloroso del agravio colonial y de la lucha por la dignidad africana.
El Senegal colonial dio al mundo a una de las grandes figuras intelectuales del siglo XX africano: Léopold Sédar Senghor (1906-2001), nacido en Joal, en el país serer, y educado en Francia, donde llegó a ser el primer africano agregado de gramática y profesor del sistema francés. En el París de los años treinta, junto al martiniqueño Aimé Césaire y el guyanés Léon-Gontran Damas, Senghor fue uno de los fundadores del movimiento de la negritud: una corriente literaria y filosófica que reivindicaba con orgullo la identidad, los valores y la cultura del mundo negro frente al desprecio colonial y la asimilación.
Tras combatir en la Segunda Guerra Mundial y pasar por un campo de prisioneros alemán, Senghor entró en política. Fue diputado por Senegal en la Asamblea francesa y, en un contexto de descolonización acelerada tras la guerra, encabezó el movimiento hacia la autonomía. En 1959, Senegal se unió al Sudán Francés (el actual Malí) para formar la Federación de Malí, que accedió a la independencia el 20 de junio de 1960.
La federación duró apenas semanas: las tensiones entre Dakar y Bamako la hicieron estallar y, el 20 de agosto de 1960, Senegal proclamó su independencia por separado. El 5 de septiembre de 1960, Léopold Sédar Senghor fue elegido primer presidente de la República de Senegal. Un poeta de la negritud, católico en un país mayoritariamente musulmán, se convertía así en el padre fundador de la nación.
El Senegal de Senghor construyó, en las dos primeras décadas de independencia, un modelo propio. Ideológicamente cercano a un socialismo africano, Senghor evitó tanto el marxismo radical como la ruptura con Francia, con la que mantuvo estrechos lazos. Su gobierno no estuvo exento de tensiones —una grave crisis con su primer ministro Mamadou Dia en 1962, un período de partido dominante—, pero hacia los años setenta reintrodujo el pluralismo político de forma gradual.
En 1980, Senghor protagonizó un gesto insólito en la África de su tiempo: renunció voluntariamente al poder, convirtiéndose en el primer presidente africano que dejaba el cargo por su propia decisión, para dedicarse a las letras (sería el primer africano miembro de la Academia Francesa). Le sucedió su primer ministro, Abdou Diouf, que gobernó durante veinte años (1981-2000). Bajo Diouf, Senegal profundizó su apertura democrática y multipartidista, aunque bajo la hegemonía del Partido Socialista, y afrontó los planes de ajuste económico y el estallido, en 1982, del conflicto separatista de Casamance.
El gran hito llegó en marzo de 2000: tras cuatro décadas de dominio socialista, el veterano opositor Abdoulaye Wade ganó las elecciones bajo el lema wolof "Sopi" ("cambio"), y Diouf reconoció su derrota. Fue la primera alternancia pacífica en el poder de la historia de Senegal, celebrada en todo el continente como una prueba de la madurez democrática del país.
Los mandatos de Abdoulaye Wade (2000-2012) trajeron grandes obras públicas —autopistas, el Monumento al Renacimiento Africano en Dakar— pero también acusaciones de deriva personalista. Cuando Wade intentó presentarse a un tercer mandato y colocar a su hijo Karim en posiciones de poder, estallaron protestas y nació el movimiento ciudadano Y'en a marre ("Estamos hartos"). En 2012, Wade fue derrotado en las urnas por Macky Sall, en una nueva alternancia pacífica que reforzó la reputación democrática del país.
Macky Sall gobernó doce años (2012-2024). En su etapa, Senegal descubrió importantes yacimientos de petróleo y gas y avanzó en infraestructura, pero el final de su mandato estuvo marcado por una fuerte crisis política. La persecución judicial del carismático líder opositor Ousmane Sonko provocó violentas protestas, y el intento de Sall de aplazar las elecciones presidenciales a comienzos de 2024 desató una grave crisis institucional, resuelta finalmente por el Consejo Constitucional a favor de celebrar los comicios.
En marzo de 2024, Senegal volvió a dar una lección democrática. Con Sonko inhabilitado, su delfín Bassirou Diomaye Faye —un joven inspector de impuestos que había salido de la cárcel pocos días antes— ganó la elección presidencial en primera vuelta con cerca del 54 % de los votos, y se convirtió, a los 44 años, en el presidente más joven de la historia del país; nombró a Sonko primer ministro. Persisten desafíos de fondo —el desempleo juvenil, la emigración, el conflicto larvado de Casamance, la gestión de los nuevos recursos energéticos—, pero Senegal mantiene un rasgo excepcional en su región: es una de las democracias más sólidas y estables de África, que nunca ha sufrido un golpe de Estado militar.