En 1659, comerciantes franceses se instalaron en una estrecha isla de la desembocadura del río Senegal y fundaron Saint-Louis, llamada Ndar en wolof. Fue el primer asentamiento europeo permanente de esta parte de África occidental y, durante casi tres siglos, la ciudad francesa más importante de la región. Su posición era inmejorable: dominaba el acceso al río, la gran vía de penetración hacia el interior y sus riquezas —la goma arábiga de las acacias, el oro, los cueros y, durante mucho tiempo, los esclavos.
La ciudad se organizó sobre la isla, con un trazado en cuadrícula, casas coloniales de balcones de hierro forjado y galerías, y se conectó con la tierra firme y la lengua de arena de la Langue de Barbarie mediante puentes, el más famoso de ellos el puente Faidherbe. Ese conjunto urbano, de aire criollo y afrancesado, le valió a Saint-Louis su inscripción como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en el año 2000.
Más allá de su belleza, Saint-Louis fue el laboratorio de la Senegambia colonial: desde aquí Francia comerciaba, negociaba con los reinos africanos y, a mediados del siglo XIX, lanzó bajo Faidherbe la conquista del interior. La ciudad conserva ese poso de capital histórica en cada esquina, y hoy revive gracias al turismo y a su prestigioso Festival Internacional de Jazz, que cada primavera la llena de música.
Como en Gorée, en Saint-Louis floreció una sociedad urbana mestiza única en el África de su tiempo. Sus protagonistas fueron las signares —del portugués senhora—, mujeres africanas y mestizas que, mediante uniones con comerciantes europeos, acumularon fortuna, propiedades y prestigio. Administraban casas, embarcaciones y negocios de goma y esclavos, marcaban la moda con sus vestidos y turbantes, y encabezaban una élite refinada, cristiana y afrancesada.
De esas uniones nació el grupo de los métis o habitants, que dominó la vida comercial y política de la ciudad. Bilingües, católicos, con lazos a ambos lados del Atlántico, los habitants de Saint-Louis fueron la primera burguesía urbana de Senegal y aportaron buena parte de sus primeros intelectuales, funcionarios y políticos. Su cultura dejó una huella imborrable en la música, la cocina y la arquitectura de la ciudad.
Esta sociedad explica el estatus político singular de Saint-Louis. Como una de las Cuatro Comunas, sus habitantes gozaron desde el siglo XIX de la ciudadanía francesa y del derecho a elegir representantes, algo excepcional en el mundo colonial. Saint-Louis fue capital no solo de Senegal, sino del conjunto del África Occidental Francesa hasta 1902, y siguió siendo capital administrativa de la colonia de Senegal (y de Mauritania) hasta bien entrado el siglo XX.
Aguas arriba de Saint-Louis se extiende el valle del río Senegal, cuna de una de las regiones históricas más importantes del país: el Fouta Toro, tierra de los tukulor o haalpulaar (hablantes de pulaar). Aquí estuvo el antiguo reino de Takrur, uno de los primeros estados del África subsahariana en convertirse al islam en el siglo XI, lo que hizo del valle un foco de cultura musulmana letrada mucho antes que el resto del país.
Del Fouta Toro salió una teocracia musulmana, el Imamato de Futa Toro, y, sobre todo, la figura más imponente del islam senegalés del siglo XIX: El Hadj Umar Tall, el gran líder de la cofradía tijaniyya, que desde aquí lanzó su yihad y forjó un vasto imperio antes de morir en 1864 combatiendo el avance francés. La identidad tukulor del valle, profundamente islámica y ligada al río, contrasta con el mundo wolof de la costa.
En el bajo valle se encontraba también el reino wolof de Waalo, el primero en caer ante Faidherbe en 1855. El río Senegal ha sido siempre la arteria vital de esta región semiárida: de sus crecidas dependían la agricultura y la ganadería, y su control fue el objetivo de todas las potencias. Hoy, grandes presas como la de Diama regulan su curso, mientras las ciudades ribereñas conservan la vieja herencia islámica del valle.
Donde el río Senegal se encuentra con el Atlántico se despliega un vasto delta de aguas, marismas, lagunas y arenales que constituye uno de los ecosistemas más ricos de África occidental. En su corazón se halla el Parque Nacional de las Aves del Djoudj, creado en 1971 y declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1981, considerado uno de los tres mayores santuarios ornitológicos del mundo.
Djoudj es un oasis vital en la ruta migratoria del Atlántico oriental: cada año, tras cruzar el Sáhara, más de un millón y medio de aves encuentran aquí refugio y alimento. Pelícanos blancos —que forman una de las mayores colonias de cría del planeta—, flamencos, garzas, cormoranes, espátulas y multitud de patos y limícolas pueblan sus lagunas, junto a cocodrilos y manatíes. El espectáculo de las bandadas al amanecer es uno de los grandes atractivos naturales de Senegal.
El parque forma parte, junto con el mauritano Diawling en la otra orilla del río, de una reserva transfronteriza de biosfera. Su equilibrio, sin embargo, es frágil: la construcción de presas, la salinización, las especies invasoras como el helecho acuático Salvinia y el cambio climático amenazan un humedal del que dependen tanto las aves como las comunidades de pescadores y agricultores del delta.
Frente a Saint-Louis, una larguísima y estrecha lengua de arena —la Langue de Barbarie— separa el río del océano y alberga los populosos barrios de pescadores de Guet Ndar, uno de los enclaves de pesca artesanal más intensos de África. Miles de piraguas de colores (los pirogues) salen cada día al Atlántico; la pesca es el modo de vida, la cultura y la economía de esta comunidad, mayoritariamente de origen lebou y wolof.
Esa relación con el mar se ha vuelto dramática. La sobrepesca —agravada por los grandes barcos extranjeros que faenan frente a las costas senegalesas— ha esquilmado los caladeros y empujado a muchos jóvenes pescadores a lanzarse al peligroso viaje migratorio en piragua hacia las islas Canarias. Saint-Louis se ha convertido así en uno de los epicentros de la emigración senegalesa.
A los problemas de la pesca se suma la amenaza del mar: la erosión costera y la subida del nivel del océano golpean con fuerza la Langue de Barbarie. En 2003, la apertura de un canal para aliviar una crecida del río acabó descontrolándose y transformó por completo la geografía del delta, destruyendo aldeas y acelerando la erosión. El norte de Senegal, entre su glorioso pasado colonial y su naturaleza excepcional, encarna hoy algunos de los grandes desafíos del país: el clima, el mar y la emigración.