Separada del resto de Senegal por la estrecha franja de Gambia, la Casamance es una región aparte: tropical, húmeda y exuberante, de arrozales, palmerales, bosques y ríos, muy distinta del Sahel seco del norte. Es la tierra por excelencia del pueblo diola (o jola), que ha hecho del cultivo del arroz en los bajos inundables un arte y una forma de vida, con sofisticados sistemas de diques y campos ganados a los manglares.
La sociedad diola es profundamente original. A diferencia de los reinos jerárquicos wolof o serer, los diola vivieron tradicionalmente en comunidades acéfalas e igualitarias, sin reyes ni castas ni un poder central fuerte, organizadas en torno a la aldea, los grupos de edad y los bosques sagrados donde se celebran las iniciaciones. Su religión tradicional, centrada en el culto a los espíritus (los boekin) y a una divinidad suprema (Emitai), se mantuvo muy viva; aún hoy, junto a musulmanes y cristianos, subsiste esta espiritualidad, encarnada en figuras como los "reyes" sacerdotales de Oussouye.
Este carácter independiente y esta identidad diferenciada explican en parte por qué la Casamance se sintió, tras la independencia, marginada por el poder central de Dakar. La región combina una enorme riqueza natural y cultural —sus ceremonias, sus máscaras, sus luchas, su hospitalidad— con un profundo sentimiento de agravio que, en las últimas décadas, derivó en el conflicto separatista más largo de África.
La capital de la Casamance, Ziguinchor, se extiende a orillas del río Casamance con un ritmo pausado y un aire distinto al del resto del país. Su historia es singular: fue fundada por los portugueses en 1645 como puesto comercial, y durante más de dos siglos formó parte del entramado luso-africano de la Senegambia, antes de pasar a manos francesas en 1888. El propio nombre de la región deriva del rey mandinga Kasa Mansa, cuyo territorio recorrieron los primeros navegantes portugueses.
Esa herencia lusa dejó una impronta que aún se percibe: en los apellidos criollos de origen portugués (como los da Silva o Carvalho), en la comunidad católica, en ciertas palabras y en la conexión cultural con la vecina Guinea-Bisáu, antigua colonia portuguesa con la que la Casamance comparte pueblos y parentescos. Ziguinchor es una ciudad mestiza, de mercados coloridos, arquitectura colonial y una mezcla de influencias diola, mandinga, criolla y peul.
La Casamance fue durante mucho tiempo una encrucijada comercial entre el mundo atlántico y el interior. Su relativo aislamiento del resto de Senegal —por la interposición de Gambia, fruto de la arbitraria división colonial anglo-francesa del río— reforzó su personalidad. Hoy, a pesar de las décadas de conflicto, Ziguinchor y su región atraen por su exuberancia, su calidez y ese carácter fronterizo y luso-africano que no se encuentra en ninguna otra parte del país.
En diciembre de 1982, una manifestación pacífica en Ziguinchor a favor de la independencia de la Casamance, encabezada por el Movimiento de las Fuerzas Democráticas de la Casamance (MFDC) y su líder, el sacerdote católico Augustin Diamacoune Senghor, fue reprimida por las autoridades. La tensión escaló y, en diciembre de 1983, unos enfrentamientos en Ziguinchor dejaron numerosos muertos. De ahí surgió, en 1985, un ala armada que inició una guerra de guerrillas contra el ejército senegalés: había comenzado el conflicto de Casamance, el más prolongado del continente africano.
Sus raíces son complejas: el sentimiento de marginación económica de una región rica pero periférica, la diferencia identitaria del pueblo diola, la memoria de un supuesto estatus especial de la Casamance y el reparto de tierras y recursos. El conflicto nunca alcanzó la intensidad de otras guerras africanas, pero se enquistó durante décadas en una situación de "ni guerra ni paz", con emboscadas, minas antipersona que sembraron el campo, desplazamientos de población y facciones enfrentadas dentro del propio MFDC.
Con el tiempo, la violencia fue disminuyendo. Diversos acuerdos, treguas y procesos de mediación —con la implicación de países vecinos y de la sociedad civil— han reducido enormemente los enfrentamientos, y en los últimos años el ejército senegalés recuperó las últimas bases rebeldes, mientras avanzan las negociaciones. La paz definitiva sigue pendiente, pero la Casamance vive hoy con mucha mayor calma, y el retorno de la seguridad ha permitido revivir poco a poco el turismo y la vida económica de la región.
En el sureste del país, lejos de la costa, se extiende el Senegal más salvaje y menos poblado: la sabana arbolada del Parque Nacional de Niokolo-Koba, atravesada por el río Gambia en su curso alto. Creado en 1954 y declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1981, es una de las mayores reservas de África occidental y el último refugio de una fauna que en gran parte del Sahel ha desaparecido.
En sus bosques y galerías fluviales sobreviven leones, hipopótamos, elefantes (hoy muy escasos), búfalos, diversas especies de antílopes —entre ellas el imponente y amenazado antílope gigante del Derby—, chimpancés y una enorme variedad de aves y reptiles. La presión de la caza furtiva, el pastoreo y la minería llevaron al parque a figurar durante años en la lista de Patrimonio en peligro; los esfuerzos de conservación permitieron que la Unesco lo retirara de esa lista en 2023, una buena noticia para la biodiversidad senegalesa.
Esta región oriental, en torno a la lejana ciudad de Tambacounda —el gran nudo de comunicaciones del interior—, es también la más caliente y remota del país. Durante siglos fue tierra de paso de las caravanas y de reinos ligados a los imperios de Malí; su población, más diversa, incluye a peul, mandinga y otros pueblos. Es el Senegal profundo, el de las grandes distancias y los horizontes de sabana.
En el extremo sureste, donde Senegal se encuentra con Malí y Guinea, el paisaje cambia por completo: aparecen las estribaciones del macizo del Fouta Djallon, colinas, cascadas y un mundo cultural único. Es el país bassari, hogar de pueblos como los bassari, los bedik y los coniagui, minorías que han conservado con notable fuerza sus lenguas, sus religiones tradicionales y sus espectaculares ritos de iniciación, con sus danzas y máscaras.
Este "país Bassari" —las regiones de Kédougou-Bandafassi— fue inscrito por la Unesco en la lista del Patrimonio de la Humanidad en 2012 como paisaje cultural, en reconocimiento a la excepcional relación de estos pueblos con su entorno de terrazas agrícolas, aldeas encaramadas en las alturas y un sistema social basado en las clases de edad. Es una de las regiones etnográficamente más ricas y menos alteradas de todo Senegal.
El sureste guarda además una riqueza más codiciada: el oro. Las tierras de Kédougou forman parte de un antiguo distrito aurífero explotado desde hace siglos —el oro que alimentó a los imperios de Ghana y Malí venía en parte de estas regiones vecinas— y hoy son escenario tanto de grandes minas industriales como de una intensa minería artesanal que atrae a buscadores de toda la subregión. Ese boom del oro trae ingresos, pero también tensiones sociales y ambientales a una de las zonas más pobres y remotas del país.