El centro-oeste de Senegal es el corazón del país serer, el segundo gran pueblo de la nación tras los wolof. Aquí se levantaron dos reinos que sobrevivieron más de medio milenio: Sine y Saloum, gobernados por soberanos que llevaban el título de maad (o bur), como el maad a sinig de Sine. Fundados hacia los siglos XIV-XV, mantuvieron su independencia y su identidad hasta la conquista francesa del siglo XIX.
Un rasgo define a los serer: su tenaz resistencia a la islamización. Frente a la marea musulmana que ganó a wolof y tukulor, los serer conservaron durante mucho más tiempo su religión tradicional, centrada en el culto a un ser supremo (Roog) y a los pangool, los espíritus de los antepasados. Esa fidelidad los enfrentó a las yihads del siglo XIX; en 1867, en la batalla de Somb, el rey serer Maad a Sinig Kumba Ndoffène Famak Joof derrotó y mató al marabout Maba Diakhou Bâ, que pretendía islamizar el Sine por la fuerza.
Los serer también combatieron a los franceses: en 1859, en la batalla de Logandème, el mismo Kumba Ndoffène plantó cara a las tropas de Faidherbe. Curiosamente, de este pueblo de arraigada tradición salió el hombre que simbolizaría el Senegal moderno: Léopold Sédar Senghor, nacido en Joal, en la costa serer. La cultura serer —su lengua, su lucha tradicional, su música y su profundo conocimiento del medio— sigue siendo uno de los pilares de la identidad senegalesa.
Donde los ríos Saloum y Sine se abren al Atlántico se despliega un inmenso y laberíntico delta de manglares, canales (los bolongs), islas e islotes, uno de los paisajes más bellos de Senegal. El Parque Nacional del Delta del Saloum, creado en 1976, y el conjunto del delta fueron inscritos por la Unesco en la lista del Patrimonio de la Humanidad en 2011, tanto por su valor natural como por su excepcional patrimonio cultural.
Ese patrimonio son, sobre todo, los amas coquilliers: cientos de montículos artificiales formados por la acumulación milenaria de conchas de moluscos, algunos de gran tamaño, resultado de miles de años de recolección de mariscos por las poblaciones del delta. Muchos de estos montículos alojan túmulos funerarios donde fueron enterrados los notables, y su estudio ha revelado una ocupación humana continuada de más de dos mil años. Son un archivo único de la relación entre los pueblos serer y niominka y su entorno acuático.
Hoy, las comunidades del delta —en especial los niominka, un subgrupo serer de las islas— viven de la pesca, la recolección de ostras y mariscos, la sal y, cada vez más, de un turismo respetuoso que recorre los canales en piragua. Los manglares son a la vez despensa, vivero de peces y barrera natural, un ecosistema tan rico como frágil que Senegal intenta preservar frente a la deforestación y el cambio climático.
En pleno centro del país, en la región de Diourbel, se alza Touba, la ciudad santa del muridismo y el mayor centro de peregrinación de Senegal. Fue fundada en 1887 por Cheikh Amadou Bamba (1853-1927), el místico y poeta wolof que creó la cofradía mouride predicando una vía de salvación basada en el trabajo, la disciplina y la entrega al maestro espiritual, sin recurrir jamás a las armas.
El enorme ascendiente de Bamba sobre la población alarmó a las autoridades coloniales francesas, que lo desterraron a Gabón (1895-1902) y luego a Mauritania. Lejos de destruir su influencia, el exilio agrandó su leyenda y su aura de santidad; a su regreso, el muridismo se convirtió en una fuerza espiritual, social y económica de primer orden. Amadou Bamba está enterrado en la Gran Mezquita de Touba, un imponente santuario cuyo minarete principal, el Lamp Fall, domina la ciudad.
Touba es una ciudad singular: goza de un estatus especial de autonomía, no se venden en ella alcohol ni tabaco, y su vida se organiza en torno al califa general de los mourides. Cada año celebra el Grand Magal, la peregrinación que conmemora la partida de Bamba al exilio y que congrega a varios millones de fieles, uno de los mayores acontecimientos religiosos de todo el continente africano. La ciudad ha crecido vertiginosamente hasta convertirse en la segunda aglomeración del país, sostenida por la densa red económica y transnacional de la cofradía.
El centro de Senegal es también el corazón agrícola del país: la llamada "cuenca del cacahuete" (bassin arachidier), la vasta región donde la colonización francesa implantó el cultivo del maní para exportar aceite a Europa. Ciudades como Diourbel, Kaolack o Kaffrine crecieron como centros de acopio y comercio de esta oleaginosa, que durante décadas fue la principal fuente de divisas de Senegal y el motor de su economía.
La historia del cacahuete está íntimamente ligada a la de las cofradías. Los mourides, en particular, organizaron a sus fieles (los talibés) en comunidades agrícolas —los daaras— que roturaron nuevas tierras y produjeron maní con gran eficacia, convirtiendo a la hermandad en un actor económico central y en intermediaria entre los campesinos y el Estado, tanto colonial como independiente. Esa alianza entre poder político y cofradías, el llamado "contrato social senegalés", ha sido clave para la estabilidad del país.
Kaolack, capital de la región de Saloum y gran ciudad comercial, es además la sede de una importante rama de la cofradía tijaniyya, la niassène, fundada por la familia Niasse y con enorme influencia en toda África occidental y más allá. Así, el centro de Senegal combina la vocación agrícola con un peso religioso decisivo: aquí se entiende hasta qué punto, en este país, la economía, la política y las hermandades sufíes están entrelazadas.
En el extremo sur de la Petite Côte, en la frontera con el país serer, se encuentra Joal-Fadiouth, una localidad doble de fuerte carga simbólica. Joal, en tierra firme, es la ciudad natal de Léopold Sédar Senghor, que la evocó con nostalgia en sus poemas; Fadiouth, unida a ella por una pasarela de madera, es una insólita isla construida enteramente sobre conchas de moluscos acumuladas durante siglos, sin una sola calle de tierra.
Fadiouth guarda un tesoro de convivencia: su célebre cementerio mixto, levantado también sobre conchas, donde católicos y musulmanes reposan juntos, con cruces y estelas islámicas entremezcladas. En un país de mayoría musulmana con una minoría cristiana significativa —a la que perteneció el propio Senghor—, este lugar se ha convertido en emblema de la tolerancia religiosa senegalesa, uno de los rasgos de los que el país se enorgullece.
Estos pueblos serer conservan tradiciones vivas: los graneros comunitarios sobre pilotes, la recolección de mariscos, la cría de cerdos (rara en el resto del país por el peso del islam) y unas ceremonias que hunden sus raíces en la antigua religión de los pangool. Recorrer el país serer, del delta del Saloum a Joal, es asomarse a la Senegal más antigua, la que resistió durante siglos y que, sin embargo, dio a la nación moderna a su primer presidente.