Pocas ciudades en el mundo concentran tanta historia, poder y energía como Londres. Capital del Reino Unido a orillas del Támesis, fue corazón de un imperio que se extendió por todos los continentes y hoy es una de las metrópolis más cosmopolitas del planeta: una ciudad donde conviven palacios milenarios y rascacielos de cristal, mercados victorianos y galerías de arte de vanguardia, pubs centenarios y restaurantes de cocina de medio mundo. Es enorme y a veces abrumadora, pero también ordenada, caminable por zonas y conectada por uno de los metros más famosos del mundo, el 'Tube'.
Londres es Big Ben sonando sobre el Parlamento, la guardia con sus gorros de piel frente al Buckingham Palace, los cuervos de la Torre de Londres, el Tower Bridge abriéndose sobre el río y los icónicos buses rojos de dos pisos y las cabinas telefónicas. Pero también es la modernidad del London Eye, la Tate Modern en una vieja central eléctrica, los barrios bohemios de Camden y Shoreditch, los musicales del West End, los parques inmensos como Hyde Park y los museos —muchos gratuitos— entre los mejores del mundo. Cada barrio tiene su propio carácter, y descubrirlos es parte de la gracia.
Esta guía recorre lo esencial de Londres con mirada práctica y cálida: qué ver sin volverse loco, cómo moverse en metro y bus, cómo aprovechar los museos gratuitos, dónde comer desde un fish and chips hasta los mercados gastronómicos, y cómo organizar escapadas de un día a los alrededores. Londres es cara y grande, pero con buena planificación regala algunos de los días más intensos y memorables de cualquier viaje por Europa.
Londres nació como Londinium, un asentamiento fundado por los romanos hacia el año 47-50 d.C. a orillas del Támesis, en un punto estratégico para cruzar el río. Tras la retirada romana, pasó por manos sajonas y sufrió incursiones vikingas, hasta que, después de la conquista normanda de 1066, Guillermo el Conquistador levantó la Torre de Londres y la ciudad se consolidó como centro de poder. Durante la Edad Media creció en torno a la 'City' amurallada y a Westminster, donde se instalaron la monarquía, la Abadía y, con el tiempo, el Parlamento. La Gran Peste de 1665 y el Gran Incendio de 1666, que arrasó buena parte de la ciudad medieval, marcaron un antes y un después: tras el incendio, el arquitecto Christopher Wren reconstruyó decenas de iglesias y la imponente Catedral de San Pablo. Entre los siglos XVIII y XIX, como capital del Imperio británico y motor de la Revolución Industrial, Londres se convirtió en la ciudad más grande y poderosa del mundo, con su época victoriana de grandes obras públicas, puentes, estaciones y el primer metro del planeta (1863). El siglo XX la puso a prueba: sufrió los bombardeos alemanes del Blitz en la Segunda Guerra Mundial, se reconstruyó y se transformó en una metrópolis multicultural con la llegada de inmigrantes de todo el antiguo imperio. Hoy Londres combina ese enorme legado histórico con una modernidad vibrante. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de Londres como ciudad comienza con los romanos. Tras la invasión de Britania ordenada por el emperador Claudio en el año 43 d.C., los romanos fundaron hacia el 47-50 d.C. un asentamiento llamado Londinium en la orilla norte del Támesis, en un punto estratégico donde el río era lo bastante estrecho como para tender un puente y, a la vez, lo bastante profundo como para que remontaran los barcos desde el mar. Esa combinación —puente y puerto— sería la clave del destino de la ciudad durante dos mil años.
Londinium creció rápido como centro comercial y nudo de calzadas romanas. En el año 60 o 61 d.C. sufrió un golpe brutal: la reina Boudica, al frente de la tribu de los icenos sublevada contra el dominio romano, arrasó e incendió la ciudad. Pero Londinium fue reconstruida y prosperó, llegando a convertirse en la capital de la provincia romana de Britania, con un foro, una basílica (uno de los mayores edificios al norte de los Alpes), templos, baños públicos y una muralla defensiva de piedra erigida hacia finales del siglo II o principios del III, cuyo trazado marcaría los límites de la City durante siglos.
Cuando el Imperio romano entró en crisis y las legiones abandonaron Britania a comienzos del siglo V, Londinium se fue despoblando y perdió su esplendor urbano. La gran ciudad romana quedó en buena parte vacía, pero había dejado para siempre los cimientos —y el nombre— de la futura Londres.
Tras la retirada romana, los anglosajones que se asentaron en Britania fundaron, a las afueras de la vieja ciudad amurallada, un nuevo asentamiento comercial llamado Lundenwic, hacia el oeste (en la zona del actual Covent Garden y el Strand). Era un próspero puerto de comercio que floreció entre los siglos VII y IX. Sin embargo, las incursiones vikingas del siglo IX lo pusieron en jaque: los daneses llegaron a ocupar la zona, hasta que el rey Alfredo el Grande de Wessex la recuperó hacia el año 886 y trasladó de nuevo el asentamiento al interior de las murallas romanas, más fáciles de defender, refundando lo que se llamó Lundenburh, el germen de la futura City de Londres.
Durante los siglos siguientes, Londres fue creciendo en importancia, disputada entre reyes ingleses y daneses. Pero el verdadero centro del poder real empezó a desplazarse un poco río arriba, a Westminster ('el monasterio del oeste'), donde el rey Eduardo el Confesor mandó construir, a mediados del siglo XI, una gran abadía y un palacio real. Esa separación entre la City (el centro comercial) y Westminster (el centro político y religioso) marcaría a Londres para siempre.
El año decisivo fue 1066. Tras la muerte de Eduardo el Confesor, el duque normando Guillermo derrotó al rey Harold en la batalla de Hastings y conquistó Inglaterra. Guillermo el Conquistador fue coronado en la recién terminada Abadía de Westminster el día de Navidad de 1066, inaugurando una tradición de coronaciones que llega hasta hoy. Para dominar la ciudad y a su población, mandó levantar a orillas del Támesis una imponente fortaleza de piedra: la Torre Blanca, núcleo de la futura Torre de Londres.
Durante la Edad Media, Londres se consolidó como la mayor y más rica ciudad de Inglaterra, aunque sin ser todavía la capital oficial fija (la corte se movía). La City, dentro de sus murallas, se organizó como un poderoso centro comercial gobernado por sus propios mercaderes y gremios (las 'livery companies'), que obtuvieron importantes libertades y privilegios de los reyes. La figura del Lord Mayor de Londres y la corporación de la City nacieron en esta época, y la ciudad supo negociar su autonomía: la propia Carta Magna de 1215 confirmó las libertades de Londres.
La ciudad medieval era un hervidero de actividad: el puerto del Támesis recibía mercancías de toda Europa, el viejo Puente de Londres (London Bridge) —cubierto de casas y tiendas— era el único que cruzaba el río, y catedrales, iglesias y monasterios salpicaban el paisaje, presididos por la antigua catedral medieval de San Pablo. Pero también fue una época de catástrofes: la Peste Negra que asoló Europa llegó a Londres en 1348-1349 y mató a una parte enorme de su población, repitiéndose en oleadas durante siglos.
Mientras la City prosperaba como centro económico, Westminster afianzaba su papel como sede del poder. Allí se desarrollaron el palacio real, la Abadía y, con el tiempo, las instituciones de gobierno y de justicia, y allí empezó a reunirse el Parlamento. Esa doble identidad —la City del dinero y Westminster del poder— definió la estructura de Londres y explica por qué hoy siguen siendo dos 'ciudades' distintas dentro de la metrópoli.
Bajo la dinastía Tudor (siglos XV-XVI), Londres vivió una transformación enorme. La ruptura de Enrique VIII con Roma y la disolución de los monasterios cambiaron el paisaje urbano y económico, liberando grandes propiedades eclesiásticas. Con la reina Isabel I, en la segunda mitad del siglo XVI, la ciudad floreció: el comercio se expandió por los mares, se fundaron compañías mercantiles y nació un esplendor cultural sin precedentes. En la orilla sur del Támesis, en Southwark, abrieron los teatros donde triunfó William Shakespeare, como el célebre Globe Theatre, y Londres se convirtió en un gran centro de la literatura y el teatro en lengua inglesa.
El siglo XVII trajo turbulencias políticas (la guerra civil y la ejecución del rey Carlos I en 1649, frente al Banqueting House de Whitehall) y, sobre todo, dos catástrofes consecutivas. En 1665 estalló la Gran Peste de Londres, la última gran epidemia de peste bubónica, que mató a unas 100.000 personas, una cuarta parte de la población. Y al año siguiente, en septiembre de 1666, el Gran Incendio de Londres, iniciado en una panadería de Pudding Lane, arrasó durante varios días la mayor parte de la ciudad medieval dentro de las murallas: destruyó miles de casas de madera, decenas de iglesias y la vieja catedral de San Pablo.
La reconstrucción tras el incendio dio forma a una nueva Londres. El arquitecto Christopher Wren lideró la reedificación de decenas de iglesias y, sobre todo, diseñó la nueva Catedral de San Pablo, con su célebre cúpula, terminada en 1710 y convertida en símbolo de la ciudad. Aunque no se llegó a aplicar un plan urbanístico completamente nuevo, la ciudad resurgió de las cenizas más sólida, con casas de ladrillo y piedra en lugar de madera.
Entre los siglos XVIII y XIX, Londres se convirtió en la ciudad más grande, rica y poderosa del mundo, capital del mayor imperio que jamás había existido. El comercio ultramarino, la banca de la City y, sobre todo, la Revolución Industrial dispararon su crecimiento. La población explotó: de unos pocos cientos de miles a comienzos del siglo XVIII, Londres pasó a superar el millón de habitantes hacia 1800 y los seis millones a finales del siglo XIX, convirtiéndose en una megalópolis sin precedentes.
La era victoriana (el largo reinado de la reina Victoria, 1837-1901) dejó una huella imborrable. Se construyeron grandes estaciones de ferrocarril, puentes, museos, parques y monumentos. En 1851, la Gran Exposición en el Crystal Palace de Hyde Park mostró al mundo el poderío industrial británico, y con sus beneficios se levantaron los grandes museos de South Kensington. En 1863 abrió el Metropolitan Railway, el primer ferrocarril subterráneo del mundo: había nacido el metro de Londres. Se erigieron íconos como el nuevo Palacio de Westminster con el Big Ben (tras el incendio de 1834) y, en 1894, el Tower Bridge.
Pero esa Londres deslumbrante tenía un reverso oscuro, retratado por escritores como Charles Dickens: barrios miserables, hacinamiento, contaminación, niebla espesa (el famoso 'smog') y profundas desigualdades sociales. En 1888, los crímenes de Jack el Destripador en el East End conmocionaron al mundo y reflejaron la pobreza de esos barrios. La Londres victoriana fue, a la vez, la capital del progreso y la del contraste social más extremo.
El siglo XX puso a prueba a Londres como nunca. Durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad sufrió el Blitz: la campaña de bombardeos de la aviación alemana entre 1940 y 1941, y de nuevo con las bombas volantes V1 y V2 al final de la guerra. Noche tras noche, los londinenses se refugiaban en las estaciones del metro mientras gran parte de la ciudad —el puerto, el East End, la City— quedaba en ruinas. La imagen de la cúpula de la Catedral de San Pablo intacta entre el humo y las llamas se convirtió en un símbolo de la resistencia británica. El llamado 'espíritu del Blitz' (la entereza de la población civil) quedó en la memoria nacional.
La posguerra trajo la reconstrucción y una profunda transformación social. A partir de 1948, con la llegada del barco Empire Windrush, comenzó la inmigración a gran escala desde las colonias y excolonias del Caribe, el subcontinente indio, África y otros lugares de la Commonwealth. Esa inmigración cambió para siempre el rostro de Londres, convirtiéndola en una de las ciudades más multiculturales y diversas del planeta, con barrios y comunidades de orígenes de todo el mundo, y enriqueciendo su gastronomía, su música y su vida cotidiana.
La Londres de la segunda mitad del siglo XX fue también la del 'Swinging London' de los años sesenta (la música, la moda, los Beatles y los Rolling Stones), la de la renovación de los muelles abandonados en el moderno distrito financiero de Canary Wharf, y la de grandes acontecimientos como el cambio de milenio (con el London Eye y el Millennium Dome) y los Juegos Olímpicos de 2012, que regeneraron el este de la ciudad. Hoy Londres es una de las grandes capitales financieras y culturales del mundo, una metrópoli global donde conviven dos mil años de historia con un horizonte de rascacielos en constante cambio.