La historia humana de estas islas es un capítulo de la mayor gesta migratoria de la humanidad: la expansión austronesia por el océano Pacífico. Descendientes últimos de pueblos que habían partido milenios antes del sudeste asiático y de Taiwán, y herederos directos de la cultura lapita que hacia el 1000 a.C. había alcanzado Fiyi, Tonga y Samoa, los antepasados de los polinesios fueron avanzando hacia el este a lo largo de siglos. Las dataciones por radiocarbono de alta precisión sitúan la colonización de las islas de la Sociedad y de las Marquesas en un lapso relativamente reciente y rápido, en torno a los años 1000-1200 de nuestra era, desde donde partirían después las últimas grandes travesías hacia Hawái, Rapa Nui (la isla de Pascua) y Aotearoa (Nueva Zelanda).
Aquellos viajes no fueron fruto del azar ni de la deriva, sino de una ciencia náutica extraordinaria. En sus va'a —grandes canoas de doble casco capaces de transportar familias, animales domésticos, plantas y agua para semanas de navegación— los mā'ohi practicaban el wayfinding, el arte de orientarse en mar abierto sin instrumento alguno: memorizaban el orto y el ocaso de decenas de estrellas, leían la dirección y el cruce del oleaje, seguían el vuelo de las aves marinas al amanecer y al atardecer, interpretaban las nubes que se forman sobre las islas y el reflejo verdoso de las lagunas en el cielo. Ese saber, transmitido oralmente de generación en generación por navegantes especializados, permitió cartografiar mentalmente un océano inmenso.
En la memoria de estos pueblos late el recuerdo de una patria ancestral, Hawaiki o Havai'i, la tierra de origen de la que partieron los antepasados y a la que retornan las almas de los muertos. No por casualidad Raiatea, la isla más sagrada del archipiélago de la Sociedad, se llamaba antiguamente Havai'i: los mā'ohi la consideraban el ombligo de su mundo, cuna de dioses, reyes y héroes, y desde ella se irradiaron las migraciones que poblaron buena parte del triángulo polinesio.
Sobre las islas fértiles y las lagunas ricas en pesca, los mā'ohi desarrollaron sociedades jerárquicas complejas, reguladas por un sistema de creencias que impregnaba cada aspecto de la vida. En su centro estaba el mana, la fuerza espiritual y el prestigio sagrado que emanaba de los dioses y se concentraba en los jefes de alto linaje; y el tapu (la palabra que dio al mundo el término "tabú"), el conjunto de prohibiciones rituales que protegían lo sagrado y ordenaban las relaciones entre las personas, los rangos y los espacios. Cuanto más elevado el rango, más mana y más tapu: la persona de los grandes jefes era tan sagrada que ciertos gestos hacia ella podían costar la vida.
La sociedad se organizaba en rangos hereditarios encabezados por los ari'i, la aristocracia jefil que descendía de los dioses y de los primeros navegantes; por debajo estaban los ra'atira, terratenientes y notables, y los manahune, la gente común. Existía además una casta particular, los arioi, una cofradía de artistas, bailarines y oradores itinerantes consagrados al dios 'Oro, que recorrían las islas celebrando festividades. La tierra, el linaje y el poder se transmitían por genealogías cuidadosamente memorizadas, y las alianzas y guerras entre jefaturas estructuraban la política de los archipiélagos.
El corazón de la vida religiosa era el marae, un recinto ceremonial de piedra —una plataforma o explanada con un altar (ahu)— donde se rendía culto a los dioses y a los antepasados, se entronizaba a los jefes y se celebraban los grandes ritos. Cada familia, clan y distrito tenía su marae, y los había de rango creciente hasta llegar a los grandes marae interinsulares. En ellos se ofrendaban cerdos, frutos y, en las ceremonias más solemnes dedicadas a 'Oro, también sacrificios humanos. Buena parte de esta cosmovisión —el mana y el tapu, el respeto a los ari'i, el arte del tatau (el tatuaje), la danza y la oratoria— sobrevivió bajo la superficie de la cristianización y constituye hoy la columna vertebral de la identidad mā'ohi.
En la costa sudeste de Raiatea, en el distrito de Opoa, se levanta Taputapuātea, el marae más importante de toda la Polinesia. Su gran ahu de bloques de coral y basalto, orientado a la laguna y al paso que abre el arrecife al océano, fue durante siglos el centro religioso y político de un vasto sistema de alianzas que unía islas separadas por miles de kilómetros de mar. A este lugar acudían en peregrinación navegantes de las Marquesas, de las Cook, y según la tradición hasta de Hawái y Nueva Zelanda, para consagrar nuevos marae llevándose una piedra del recinto sagrado, tejiendo así una red espiritual pan-polinesia sin parangón.
Originalmente Taputapuātea estaba consagrado a Ta'aroa, el dios creador supremo. Pero hacia el final del periodo precolonial se impuso allí el culto a 'Oro, hijo de Ta'aroa, dios de la guerra y de la fertilidad, cuya adoración —difundida por la cofradía de los arioi— irradió desde Raiatea hacia el resto de las islas de la Sociedad. La posesión de la imagen de 'Oro, un objeto de fibra trenzada envuelto en plumas rojas, confería a quien la custodiaba una legitimidad sagrada y era motivo de rivalidades y guerras entre las jefaturas. El control del culto y de sus emblemas fue una de las claves del poder en el archipiélago en vísperas de la llegada europea.
El valor universal de este sitio fue reconocido por la Unesco el 9 de julio de 2017, cuando el paisaje cultural de Taputapuātea —el marae, el valle de Opoa, la montaña y la porción de laguna y océano asociadas— fue inscripto en la Lista del Patrimonio Mundial, el primer bien polinesio en obtener esa distinción. Se lo consideró testimonio excepcional de la civilización mā'ohi y de los mil años de cultura viva de un pueblo profundamente ligado a su tierra y a su mar.
El primer europeo que rozó estas aguas fue Fernando de Magallanes, que en 1521 avistó el atolón de Puka Puka, en las Tuamotu, sin desembarcar. Pero el encuentro que puso a los archipiélagos en el mapa occidental llegó en 1595, cuando el navegante español Álvaro de Mendaña, en su segunda expedición por el Pacífico, arribó a un grupo de islas al que bautizó "Las Marquesas de Mendoza" en honor a su protector, el virrey del Perú, marqués de Cañete. El contacto fue breve y sangriento: los españoles mataron a un par de centenares de marquesanos antes de seguir viaje. Después, durante casi dos siglos, Europa volvió a olvidarse de estas islas.
El redescubrimiento decisivo se produjo en junio de 1767, cuando el británico Samuel Wallis, al mando del HMS Dolphin, llegó a Tahití y la reclamó para la corona británica bautizándola "isla del rey Jorge III". Apenas un año más tarde, en abril de 1768, el francés Louis Antoine de Bougainville desembarcó también en Tahití, la reclamó para Francia con el nombre de "Nueva Citera" y difundió en Europa la imagen deslumbrante de una isla de belleza y sensualidad edénicas, que alimentaría durante siglos el mito del "buen salvaje" y del paraíso del Pacífico.
Fue el capitán James Cook quien realmente estudió estas islas. Llegó a Tahití en 1769 para observar el tránsito de Venus por delante del Sol —una medición astronómica clave— y regresaría en viajes posteriores. Cook dio a la Sociedad su nombre actual (Society Islands), y sobre todo se llevó consigo a Tupaia, un ari'i y sacerdote de Raiatea, extraordinario navegante y conocedor de la geografía polinesia, que dibujó para los ingleses un mapa con decenas de islas de memoria y ofició de intérprete y guía. Tupaia, que murió de enfermedad en Batavia en 1770, encarna como pocos el choque y el diálogo entre dos maneras de conocer el océano: la ciencia náutica europea y el saber ancestral mā'ohi.
El contacto con Europa trajo, junto a los mosquetes y las mercancías de hierro, un cataclismo silencioso: las enfermedades. Los polinesios, aislados durante siglos, carecían de defensas frente a la gripe, la disentería, el sarampión, la viruela, la tuberculosis y las enfermedades venéreas que llegaban en los barcos. El resultado fue un colapso demográfico brutal a lo largo del siglo XIX. En las Marquesas, que pudieron albergar entre 80.000 y 100.000 personas antes del contacto, la población se desplomó hasta unos pocos miles hacia comienzos del siglo XX; en Tahití y las demás islas la caída fue igualmente devastadora. A las epidemias se sumaron el alcohol, las armas de fuego y la desestructuración social.
En ese mundo trastornado desembarcaron los misioneros. En 1797, la London Missionary Society (LMS), de confesión protestante, estableció su primera misión en Tahití. Los predicadores tuvieron años de fracasos, pero encontraron un aliado inesperado en la ambición de los jefes: quien lograra el apoyo de los europeos y de su Dios podía imponerse sobre sus rivales. El punto de inflexión llegó en 1815, cuando el jefe Pomare II, tras convertirse al cristianismo, venció a la coalición de jefes paganos en la batalla de Te Fei Pī, en Tahití. Su victoria selló el triunfo de la nueva fe.
La cristianización que siguió fue rápida y radical. Bajo la guía de los misioneros de la LMS se destruyeron los marae y las imágenes de los dioses, se prohibieron el tatau, ciertas danzas, los cantos tradicionales y la cofradía de los arioi, y se impuso un código moral y legal severo, el llamado "Código Pomare". Se perdió así una parte enorme del patrimonio religioso y artístico mā'ohi. Al mismo tiempo, el cristianismo —protestante en la Sociedad y católico en buena parte de las Marquesas y las Gambier— echó raíces tan profundas que sigue siendo hoy uno de los pilares de la identidad polinesia.
La conmoción de la llegada europea permitió el ascenso de una dinastía. A partir de fines del siglo XVIII, los jefes de la familia Pomare, en Tahití, aprovecharon las armas de fuego y el apoyo de europeos y misioneros para imponerse sobre las demás jefaturas y unificar bajo su cetro Tahití y Moorea. Pomare I y su hijo Pomare II sentaron las bases de un reino cristiano; bajo la reina Pomare IV, que gobernó durante más de medio siglo (1827-1877), el Reino de Tahití vivió su época de mayor esplendor y también su tragedia política.
Esa tragedia fue el avance francés. Entre 1838 y 1842, el almirante Abel Aubert Dupetit-Thouars, invocando el maltrato a misioneros católicos franceses, forzó a la reina Pomare IV y a sus jefes a aceptar un protectorado francés sobre Tahití y Moorea (1842), y ese mismo año anexó directamente las Marquesas. La reina y buena parte del pueblo, apoyados por Gran Bretaña y por los misioneros protestantes, resistieron: entre 1844 y 1847 estalló la guerra franco-tahitiana, una serie de combates en Tahití y las islas de Sotavento. La paz llegó con la Convención de Jarnac (1847), por la cual Francia y Gran Bretaña acordaron respetar la independencia de Huahine, Raiatea y Bora Bora, mientras Tahití quedaba bajo protectorado francés.
El protectorado se transformó en colonia plena en 1880, cuando el rey Pomare V, presionado y a cambio de una pensión, abdicó y cedió sus Estados a Francia el 29 de junio; nacían así los "Establecimientos Franceses de Oceanía". Faltaban aún las islas de Sotavento: en 1887 estalló allí la revuelta del jefe Teraupo'o en Raiatea contra el rey pro-francés, y la resistencia se prolongó hasta que Francia, tras un nuevo acuerdo con Gran Bretaña, las anexó por la fuerza. La "guerra de las islas de Sotavento" no terminó hasta 1897, año en que quedó completado, isla por isla, el mapa colonial de la actual Polinesia Francesa.
Pocos lugares del planeta han pesado tanto en el imaginario occidental como estas islas. La imagen del paraíso tropical, sembrada por Bougainville y por los relatos de los primeros navegantes, atrajo durante dos siglos a escritores y artistas que buscaban en el Pacífico una vida más auténtica, lejos de la civilización industrial. Su obra, cargada de belleza y también de mirada colonial, contribuyó a fijar en el mundo una idea idealizada —a menudo distorsionada— de la Polinesia.
El primero fue el escritor estadounidense Herman Melville, que en 1842 desertó de un ballenero en la bahía de Taiohae, en Nuku Hiva, y pasó semanas entre los marquesanos del valle de Taipivai. De aquella experiencia nació Taipi (Typee, 1846), su primera novela, que reveló al público lector el mundo de las Marquesas y denunció de paso los estragos de la colonización y de las misiones. Décadas después, el pintor francés Paul Gauguin, huyendo de Europa en busca de un arte y una vida "primitivos", vivió en Tahití y se instaló finalmente en Atuona, en la isla de Hiva Oa, donde murió en 1903; allí pintó y esculpió buena parte de su obra tardía, hoy universal, y allí está enterrado.
El último gran nombre de esa estirpe fue el cantautor belga Jacques Brel, que a mediados de los años setenta, ya enfermo, recaló con su velero en Hiva Oa y eligió pasar allí sus últimos años, integrándose en la vida de Atuona y prestando su avioneta para trasladar enfermos y correo entre las islas. Murió en 1978 y fue sepultado en el mismo cementerio de Atuona que Gauguin, a pocos metros de él. Su célebre canción Les Marquises es una despedida serena de esas islas del fin del mundo. Gauguin y Brel, unidos en la tierra marquesana, siguen atrayendo a viajeros de todo el planeta.
Durante la primera mitad del siglo XX, los Establecimientos Franceses de Oceanía fueron una colonia lejana y modesta, cuya economía giraba en torno a la copra (la pulpa seca del coco), la nácar y las perlas, la vainilla y el fosfato de la isla de Makatea. Papeete, en Tahití, era el pequeño puerto capital desde donde Francia administraba un rosario de islas dispersas. La Primera Guerra Mundial llegó incluso a rozar sus costas: en septiembre de 1914, dos cruceros alemanes bombardearon Papeete y hundieron un buque francés en su puerto.
Fue la Segunda Guerra Mundial la que sacó a la Polinesia de su aislamiento y forjó un capítulo de orgullo. Tras la caída de Francia en 1940, los tahitianos se pronunciaron mayoritariamente por la Francia Libre del general De Gaulle: en septiembre de 1940 los Establecimientos de Oceanía se sumaron a la Resistencia. Cientos de voluntarios polinesios se alistaron y formaron, junto a neocaledonios, el Bataillon du Pacifique. Aquellos hombres combatieron en el norte de África y se cubrieron de gloria en la batalla de Bir Hakeim, en Libia (mayo-junio de 1942), donde las fuerzas de la Francia Libre resistieron el empuje del Afrika Korps de Rommel; allí cayó el 9 de junio de 1942 el teniente coronel Félix Broche, jefe del batallón. Muchos polinesios murieron en aquellos combates y en la campaña de Italia.
Entretanto, el Pacífico se había convertido en un teatro de guerra. En febrero de 1942, en el marco de la "Operación Bobcat", miles de soldados estadounidenses desembarcaron en Bora Bora para instalar allí una base logística de reabastecimiento entre Panamá y Australia. Los estadounidenses construyeron la primera pista de aterrizaje del territorio, en el motu Mute, además de muelles, depósitos de combustible y baterías de cañones. La base, que nunca llegó a combatir, transformó la economía local y dejó una huella profunda; su cierre en 1946 y la posguerra abrieron un periodo de cambios que llevaría, en 1946, a que la colonia se convirtiera en Territorio de Ultramar y los polinesios accedieran a la ciudadanía francesa.
El episodio más grave y controvertido de la historia contemporánea de la Polinesia Francesa fueron los ensayos nucleares. Tras la independencia de Argelia, donde había ensayado sus primeras bombas, Francia trasladó su programa al Pacífico. En 1963 se creó el Centre d'expérimentation du Pacifique (CEP) y se eligieron como polígonos dos atolones deshabitados del sudeste de las Tuamotu: Moruroa y Fangataufa, cuya propiedad pasó al Estado francés en 1964. Papeete y su base militar se convirtieron en el centro logístico de un vasto dispositivo que empleó a miles de polinesios y transformó profundamente la economía y la sociedad del territorio.
Entre el 2 de julio de 1966 y el 27 de enero de 1996, Francia realizó 193 ensayos nucleares en la Polinesia Francesa. Los primeros 46 fueron atmosféricos —detonaciones a ras del suelo, sobre barcazas o suspendidas de globos—, con dispersión de lluvia radiactiva sobre las islas habitadas; a partir de 1975, tras las protestas internacionales, los 147 restantes fueron subterráneos, en pozos perforados en el basamento de coral y basalto de los atolones. Los ensayos atmosféricos, en particular, expusieron a poblaciones enteras a la contaminación: estudios y documentos desclasificados posteriormente mostraron que la nube radiactiva de algunos disparos alcanzó islas habitadas, incluida Tahití.
Las consecuencias fueron sanitarias, ambientales y sociales. Durante décadas el Estado francés negó o minimizó los efectos sobre la salud; recién en 2010, la llamada ley Morin (ley n.º 2010-2, impulsada por el ministro de Defensa Hervé Morin) reconoció el derecho a indemnización de las personas afectadas por una lista de enfermedades reconocidas como radioinducidas, a través de un organismo específico (el CIVEN). El mecanismo fue criticado por su rigidez y por el bajo número de indemnizaciones concedidas, y fue reformado varias veces. El legado del CEP es doble y perdura: por un lado alimentó una economía dependiente del gasto militar francés; por otro, dejó una herida de desconfianza, reclamos de reparación y memoria que sigue muy presente en la vida política y social polinesia.
El impacto de los ensayos nucleares y la modernización acelerada alimentaron, desde los años sesenta y setenta, un debate político que aún hoy divide a la Polinesia entre autonomistas e independentistas. En 1946 el territorio había dejado de ser colonia para convertirse en Territorio de Ultramar (TOM); a partir de 1977, y sobre todo con los estatutos de 1984, 1996 y 2004, fue ganando una autonomía interna cada vez mayor, con un gobierno y una asamblea propios. En 2004 pasó a ser Colectividad de Ultramar (COM) con el estatuto de "país de ultramar dentro de la República".
La vida política de las últimas décadas estuvo dominada por dos grandes figuras contrapuestas. Gaston Flosse, líder autonómico cercano a la derecha francesa, fundador del partido Tahoera'a Huira'atira y hombre fuerte del territorio durante buena parte de los años ochenta, noventa y dos mil, defendió la permanencia dentro de Francia y tejió un poderoso sistema de poder. Frente a él, Oscar Temaru, fundador del partido independentista Tavini Huira'atira, alcalde de Faa'a y varias veces presidente de la Polinesia, encabezó la reivindicación soberanista y la denuncia del hecho nuclear. La rivalidad entre ambos —con un tercer nombre, Gaston Tong Sang, y frecuentes cambios de alianzas— sumió al territorio en años de gran inestabilidad institucional a partir de 2004.
En el plano internacional, el independentismo logró un hito en 2013, cuando la Asamblea General de la ONU, por iniciativa impulsada desde Temaru, reinscribió a la Polinesia Francesa en la lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización, decisión rechazada por París. La política local siguió agitada: la inhabilitación de Flosse por causas judiciales en 2014 abrió paso a su yerno Édouard Fritch, y en las elecciones territoriales de 2023 el partido independentista Tavini se impuso por primera vez de forma clara, llevando a Moetai Brotherson a la presidencia. El debate sobre la relación con Francia, la reparación nuclear y el futuro estatuto sigue plenamente abierto.
Contra el largo eclipse de la cultura tradicional impuesto por la colonización y las misiones, la segunda mitad del siglo XX vio florecer un poderoso movimiento de recuperación identitaria: la renaissance culturelle mā'ohi. Desde los años setenta, figuras como el poeta y cineasta Henri Hiro reivindicaron la lengua, la espiritualidad y el modo de vida polinesios, y una nueva generación se lanzó a rescatar aquello que casi se había perdido. El reo mā'ohi (el conjunto de las lenguas polinesias del territorio: el tahitiano, el pa'umotu, el marquesano, el mangarevano y el rapa) fue reconocido y revalorizado; hoy se enseña, se canta y se reivindica como patrimonio.
Varios pilares sostienen ese renacimiento. El Heiva i Tahiti, gran festival anual de danza, canto y deportes tradicionales que se celebra cada julio en Papeete desde fines del siglo XIX, se convirtió en el escaparate y el motor de la cultura viva; el 'ori tahiti (la danza) recuperó su esplendor tras haber estado prohibido. El tatau, el arte del tatuaje polinesio —proscrito durante siglo y medio— renació con fuerza a partir de los años ochenta, en particular el patutiki marquesano, y hoy proyecta la identidad mā'ohi por todo el mundo. Y la va'a, la piragua tradicional, resucitó como deporte nacional y símbolo de orgullo, con competencias como la Hawaiki Nui Va'a que reúnen a miles de remeros.
Ese renacimiento tuvo su consagración internacional en dos hitos recientes. En 2017, el paisaje cultural de Taputapuātea, en Raiatea, se convirtió en el primer bien polinesio inscripto en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, reconocimiento del corazón espiritual de la civilización mā'ohi. Y el 26 de julio de 2024, el archipiélago de las Marquesas fue inscripto como "Te Henua 'Enana – Las islas Marquesas", uno de los raros bienes mixtos (natural y cultural) del mundo, en homenaje tanto a sus ecosistemas casi vírgenes como a una civilización llegada por mar hace mil años. Dos reconocimientos que sellan el resurgir de un pueblo que ha vuelto a mirar con orgullo hacia su océano y sus antepasados.
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El archipiélago de Tuamotu es el mayor conjunto de atolones de coral del mundo: unos 77 atolones (más una isla sobreelevada, Makatea) dispersos sobre una inmensa extensión de océano al noreste de Tahití. A diferencia de las islas altas y volcánicas de la Sociedad o las Marquesas, casi todos los Tuamotu son islas bajas, apenas unos metros sobre el nivel del mar: anillos de arena y coral que encierran una laguna interior.
Su origen se explica por el lento hundimiento de antiguos volcanes. Sobre las laderas de un volcán que emergió del fondo marino creció un arrecife de coral; con el paso de millones de años el volcán se enfrió, se erosionó y se hundió bajo el mar, mientras el coral seguía creciendo hacia la superficie. Al desaparecer por completo la isla central quedó solo el anillo de coral rodeando la laguna: el atolón. Es el mismo proceso que ya había intuido Charles Darwin en el siglo XIX al estudiar los arrecifes del Pacífico.
Esta geografía frágil y magnífica define la vida en las Tuamotu. Los atolones más grandes, como Rangiroa —el mayor de la Polinesia Francesa y uno de los mayores del mundo— o Fakarava, encierran lagunas enormes comunicadas con el océano por pasos donde las corrientes atraen a tiburones, mantarrayas y grandes bancos de peces, lo que ha hecho de estas aguas un destino de buceo de fama mundial. Fakarava y sus atolones vecinos forman, además, una reserva de biosfera reconocida por la Unesco por la riqueza de sus ecosistemas.
Los habitantes de las Tuamotu, los pa'umotu, forjaron a lo largo de los siglos una cultura adaptada a la vida en los atolones, uno de los entornos más exigentes de la Polinesia. En islas sin ríos, con suelos pobres y agua dulce escasa, aprendieron a vivir del mar y del cocotero: eran maestros de la pesca en la laguna y en el océano abierto, hábiles constructores de piraguas y grandes navegantes que se movían entre atolones dispersos a lo largo de cientos de kilómetros.
Organizados en clanes ligados a cada atolón, los pa'umotu desarrollaron su propia lengua, el pa'umotu (o reo pa'umotu), emparentada con el tahitiano pero con rasgos propios, hoy reconocida como una de las lenguas regionales de la Polinesia Francesa. Con la colonización y la cristianización, muchos rasgos tradicionales se transformaron, y en el siglo XX buena parte de la población emigró hacia Tahití en busca de trabajo, aunque el vínculo con los atolones de origen sigue siendo muy fuerte.
La historia de las Tuamotu estuvo marcada también por su exposición a los elementos: los ciclones tropicales han azotado periódicamente estos frágiles anillos de arena, provocando a veces catástrofes con numerosas víctimas, como el devastador ciclón de 1903. Vivir en los atolones ha exigido siempre a los pa'umotu una notable capacidad de adaptación y resiliencia frente a un océano tan generoso como implacable.
La economía tradicional de las Tuamotu giró durante generaciones en torno a dos productos del atolón. El primero fue la copra, la pulpa seca del coco, de la que se extrae aceite: los cocoteros plantados en los estrechos anillos de tierra fueron durante el siglo XIX y buena parte del XX el principal recurso de exportación y el sustento de muchas familias. El segundo fue la nácar, la concha de la ostra perlera que abundaba en las lagunas, muy codiciada en Europa y Asia para fabricar botones y objetos de lujo; su recolección por buzos apneístas fue una actividad intensa —y peligrosa— que llegó a sobreexplotar los bancos naturales.
De esa vieja industria de la nácar nació, en la segunda mitad del siglo XX, la actividad que hoy define a las Tuamotu: la perlicultura, el cultivo de la célebre perla negra de Tahití. Mediante el injerto controlado de la ostra Pinctada margaritifera en las granjas perleras instaladas en las lagunas, atolones como Rangiroa, Manihi, Fakarava o Ahe empezaron a producir perlas de tonos oscuros e irisados, únicas en el mundo. La perla negra se convirtió en uno de los grandes productos de exportación de la Polinesia Francesa y en un emblema del territorio.
Hoy la perla y el turismo sostienen la economía de los atolones, junto a la pesca y la copra. Las granjas perleras, abiertas a los visitantes, muestran todo el proceso —del injerto a la cosecha— y conviven con los complejos de buceo que llevan a los viajeros a los pasos de Rangiroa y Fakarava. En estos anillos de arena, la fortuna del atolón sigue viniendo, como siempre, de la laguna y del cocotero.
Las Tuamotu cargan con el capítulo más doloroso de la historia contemporánea de la Polinesia Francesa. En el extremo sudeste del archipiélago, Francia eligió dos atolones deshabitados —Moruroa y Fangataufa— como polígonos para su programa nuclear tras abandonar el Sáhara argelino. En 1963 se creó el Centre d'expérimentation du Pacifique (CEP), y en 1964 el Estado francés se hizo con la propiedad de ambos atolones.
Entre el 2 de julio de 1966 y el 27 de enero de 1996, Francia realizó allí 193 ensayos nucleares: los primeros 46 atmosféricos, con dispersión de lluvia radiactiva, y los 147 restantes subterráneos, en pozos perforados en el basamento de los atolones. Documentos desclasificados mostraron que la nube radiactiva de algunos disparos atmosféricos alcanzó islas habitadas, incluida Tahití, exponiendo a la población a la contaminación. El programa transformó además la economía y la sociedad de la Polinesia, que quedó en buena medida dependiente del gasto militar francés.
El legado del CEP sigue muy presente. Durante décadas el Estado negó o minimizó los efectos sanitarios; recién en 2010 la ley Morin reconoció el derecho a indemnización de las personas afectadas por enfermedades reconocidas como radioinducidas, mediante un organismo específico (el CIVEN), un mecanismo muy criticado por su rigidez y reformado varias veces. La memoria de los ensayos, los reclamos de reparación y la vigilancia sobre el estado de los atolones —cuyo basamento quedó fracturado por las explosiones— continúan pesando en la vida polinesia.
En las últimas décadas, algunos atolones de las Tuamotu se han convertido en destinos de renombre internacional gracias a sus lagunas y a su vida submarina. Rangiroa, cuyo nombre significa "cielo inmenso", es el mayor atolón de la Polinesia Francesa y uno de los mayores del planeta: un anillo de más de 240 pequeños motus que encierra una laguna tan vasta que apenas se divisa la orilla opuesta. Sus dos grandes pasos —Tiputa y Avatoru— son célebres por el buceo entre delfines, tiburones y mantarrayas arrastrados por las corrientes.
Fakarava, segundo atolón del archipiélago por tamaño, es el centro de una reserva de biosfera de la Unesco que protege ecosistemas de coral excepcionalmente ricos. Su paso sur, Tumakohua, es famoso en el mundo del buceo por el "muro de tiburones", una concentración de cientos de tiburones grises que se reúnen en el canal. Tikehau, por su parte, seduce por sus playas de arena rosada y por una laguna descrita como una de las más ricas en peces de toda la Polinesia.
Estos atolones combinan hoy el turismo de buceo y de naturaleza con las actividades tradicionales —perlicultura, pesca, copra— que siguen sosteniendo a sus habitantes. Su fragilidad, sin embargo, los pone en primera línea frente al cambio climático: por su escasa altura sobre el nivel del mar, los atolones de las Tuamotu figuran entre los territorios más amenazados del planeta por la subida del océano, lo que añade un horizonte de incertidumbre a estos frágiles paraísos de arena y coral.
Las Marquesas son uno de los archipiélagos más remotos y espectaculares del planeta: una docena de islas volcánicas de relieve abrupto, sin apenas arrecifes de coral, con acantilados que se hunden en el océano, valles profundos y crestas cortadas a pico. Se dividen en un grupo norte —con Nuku Hiva, la mayor y más poblada— y un grupo sur —con Hiva Oa—. Sus habitantes las llaman en su lengua Te Henua 'Enana (en el dialecto del norte) o Te Fenua 'Enata (en el del sur), "la tierra de los hombres".
Pobladas por navegantes polinesios hacia el año 1000 de nuestra era, las Marquesas desarrollaron a lo largo de los siglos una de las civilizaciones más originales del Pacífico. En sus valles se levantaron grandes plataformas ceremoniales de piedra (los me'ae, equivalentes a los marae) y explanadas de reunión (los tohua), y floreció un arte extraordinario: la talla en piedra de los tiki —esculturas de figuras humanas que representaban a antepasados divinizados—, la talla en madera y hueso, y sobre todo el patutiki, el tatuaje marquesano, quizá el más elaborado de toda la Polinesia, que cubría el cuerpo entero con motivos geométricos cargados de significado.
Era una sociedad de guerreros y artesanos, organizada por valles y tribus a menudo enfrentadas, con jefes, sacerdotes (tau'a) y una intensa vida ritual. Los tiki de piedra más grandes de la Polinesia se encuentran precisamente aquí, en sitios como Puamau, en Hiva Oa. Ese patrimonio arqueológico y artístico, único en el mundo, es hoy uno de los grandes tesoros culturales del Pacífico.
Las Marquesas tienen el particular destino de haber sido el primer archipiélago de la actual Polinesia Francesa en ser "descubierto" por los europeos. En 1595, el navegante español Álvaro de Mendaña, en su segunda expedición por el Pacífico en busca de las islas Salomón, arribó al grupo sur del archipiélago. Bautizó aquellas tierras "Las Marquesas de Mendoza" en honor a su protector, García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey del Perú, y de ese nombre colonial deriva el que aún hoy conocemos.
El encuentro fue trágico. Según las propias crónicas de la expedición, en las pocas semanas que los españoles permanecieron en las islas mataron a un par de centenares de marquesanos en distintos incidentes. Después Mendaña siguió viaje hacia el oeste, y las Marquesas volvieron a quedar durante casi dos siglos al margen del mundo occidental, hasta que en 1774 el capitán Cook recaló brevemente en ellas y, ya en el siglo XIX, llegaron balleneros, comerciantes y misioneros.
Ese aislamiento prolongado explica que las Marquesas conservaran su cultura relativamente intacta hasta bien entrado el siglo XIX. Pero cuando el contacto sostenido llegó, lo hizo con toda su fuerza destructiva: enfermedades, alcohol, armas de fuego y una evangelización que arrasó con buena parte de las prácticas tradicionales. Francia anexó formalmente el archipiélago en 1842, en el marco de la expansión del almirante Dupetit-Thouars por el Pacífico.
Ningún archipiélago de la Polinesia sufrió un desastre demográfico tan brutal como las Marquesas. Antes del contacto sostenido con Europa, su población pudo rondar entre las 80.000 y las 100.000 personas, distribuidas en valles densamente habitados. A lo largo del siglo XIX, las epidemias traídas por los barcos —viruela, tuberculosis, gripe, enfermedades venéreas—, junto al alcohol, las armas de fuego y la desestructuración social, provocaron una mortandad catastrófica. Hacia comienzos del siglo XX apenas quedaban unos pocos miles de marquesanos: se calcula que la población tocó fondo en torno a las 2.000 personas hacia 1920. La civilización de Te Henua 'Enana estuvo al borde de la extinción.
La evangelización —en su mayoría católica— completó el cuadro al prohibir el tatuaje, las danzas, los cantos y buena parte de los ritos, con lo que se perdió gran parte del saber tradicional. Durante décadas, las Marquesas quedaron como un archipiélago casi despoblado, olvidado en el confín del Pacífico, cuyos valles antaño llenos de vida guardaban en silencio los tiki y las plataformas de piedra de sus antepasados.
El siglo XX trajo, lentamente, la recuperación. La población volvió a crecer, y desde los años setenta y ochenta las Marquesas protagonizaron un notable renacimiento cultural: se recuperaron el patutiki (el tatuaje), la talla, la danza y la lengua marquesana, y desde 1987 el festival de las artes de las Marquesas (Matava'a) reúne cada pocos años a las islas para celebrar y transmitir ese patrimonio. Hoy los marquesanos reivindican con orgullo su identidad propia dentro de la Polinesia.
La lejanía y la belleza áspera de las Marquesas atrajeron a dos de los artistas más célebres que hicieron de estas islas su último hogar. El pintor francés Paul Gauguin, tras años en Tahití buscando un arte y una vida "primitivos", se instaló en 1901 en Atuona, en la isla de Hiva Oa, donde construyó su "Casa del Placer" (Maison du Jouir) y pintó parte de su obra final. Enfrentado a la administración colonial y a las misiones que criticaba con dureza, murió allí en mayo de 1903 y fue enterrado en el cementerio de Atuona, sobre la bahía.
Medio siglo más tarde, otro europeo eligió el mismo rincón del mundo. El cantautor belga Jacques Brel, ya gravemente enfermo, llegó a Hiva Oa navegando en su velero a mediados de los años setenta y decidió pasar allí sus últimos años. Se integró en la vida de Atuona, puso su pequeña avioneta al servicio de la comunidad para trasladar enfermos y correo entre las islas, y compuso su despedida en la canción Les Marquises. Murió en 1978 y fue sepultado en el mismo cementerio de Atuona que Gauguin, a pocos metros de la tumba del pintor.
Antes que ellos, ya el escritor estadounidense Herman Melville había desertado de un ballenero en Nuku Hiva en 1842 y convertido su experiencia entre los marquesanos en su primera novela, Taipi. Gauguin, Brel y Melville hicieron de las Marquesas un lugar mítico en el imaginario occidental: las islas del fin del mundo, refugio de quienes buscaban escapar de la civilización. Hoy sus tumbas y sus huellas son parte del atractivo de este archipiélago remoto.
El reconocimiento internacional de las Marquesas llegó de forma consagratoria el 26 de julio de 2024, cuando el Comité del Patrimonio Mundial, reunido en Nueva Delhi, inscribió el archipiélago en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco bajo el nombre de "Te Henua Enata – Las islas Marquesas". Fue el segundo bien de la Polinesia Francesa en obtener la distinción, tras Taputapuātea en 2017.
Lo excepcional de esta inscripción es que las Marquesas fueron reconocidas como bien mixto, es decir, por su valor tanto natural como cultural, una categoría poco frecuente. En lo cultural, la Unesco destacó el testimonio excepcional de una civilización llegada por mar hacia el año 1000 y desarrollada de manera original en el aislamiento de estas islas entre los siglos X y XIX. En lo natural, subrayó que las Marquesas son un foco de biodiversidad y de endemismo, con ecosistemas terrestres y marinos extraordinariamente bien conservados y unas de las aguas más vírgenes que quedan en el planeta.
La inscripción coronó décadas de esfuerzo de los marquesanos por preservar y revalorizar su patrimonio, y por hacer oír su voz dentro de la Polinesia y ante Francia. Para Te Henua 'Enana, un archipiélago que estuvo al borde de la desaparición hace un siglo, el reconocimiento de la Unesco representa a la vez un homenaje a sus antepasados y una promesa de futuro: la de proteger sus valles, sus tiki, sus aguas y su cultura viva para las próximas generaciones.
Las islas de la Sociedad se dividen en dos grupos: las islas de Barlovento (Îles du Vent), con Tahití, Moorea, Tetiaroa y las pequeñas Maiao y Mehetia; y las islas de Sotavento (Îles Sous-le-Vent), con Raiatea, Tahaa, Huahine, Bora Bora y Maupiti. El nombre "Society" se lo dio el capitán Cook en 1769 porque las islas del grupo occidental estaban cercanas unas de otras. Pero mucho antes de ese bautismo europeo, el archipiélago ya era un centro del mundo polinesio.
La clave de esa centralidad estaba en Raiatea, cuyo nombre antiguo era Havai'i, el mismo que designa la patria mítica de origen de los polinesios. Para los mā'ohi, Raiatea era la cuna de dioses, reyes y héroes, y su marae de Taputapuātea, en el distrito de Opoa, era el santuario más sagrado de toda la Polinesia, meta de peregrinaciones que llegaban de archipiélagos lejanísimos. Desde estas islas partieron migraciones que poblaron otras tierras del triángulo polinesio, y en ellas floreció la cofradía de los arioi y el culto al dios 'Oro.
En torno a Tahití y Moorea, las islas más pobladas, se desarrollaron poderosas jefaturas que, en vísperas de la llegada europea, competían por el control del culto y de las alianzas. Sobre esa geografía sagrada y política se montaría, a partir del siglo XVIII, toda la historia colonial del archipiélago: el mito del paraíso, la dinastía Pomare, las misiones y, finalmente, la bandera francesa.
En la costa sudeste de Raiatea, frente a un paso del arrecife que abre la laguna al océano, se levanta Taputapuātea, el marae más importante de la Polinesia. Su gran plataforma ceremonial de coral y basalto fue durante siglos el centro de un vasto sistema religioso y político que unía islas separadas por miles de kilómetros. Los navegantes de las Marquesas, de las Cook y de otras tierras acudían aquí en peregrinación y, al fundar nuevos marae en sus islas, se llevaban una piedra del recinto sagrado, tejiendo una red espiritual pan-polinesia única en el mundo.
Dedicado primero al dios creador Ta'aroa y más tarde a 'Oro, dios de la guerra y la fertilidad, Taputapuātea fue escenario de entronizaciones de jefes, alianzas y grandes ceremonias que incluían sacrificios. El control de este santuario y de la imagen de 'Oro confería un enorme prestigio y era motivo de rivalidades entre las jefaturas del archipiélago.
El 9 de julio de 2017, la Unesco inscribió el paisaje cultural de Taputapuātea en la Lista del Patrimonio Mundial: fue el primer bien polinesio en obtener esa distinción. Se reconoció así su valor universal como testimonio de mil años de civilización mā'ohi y como símbolo de la profunda relación de este pueblo con su tierra, su mar y sus antepasados. Hoy es un lugar de memoria y de reencuentro para los polinesios de todos los archipiélagos.
Fue en Tahití donde se forjó el reino que dio nombre y forma política a la Polinesia moderna. A fines del siglo XVIII, aprovechando las armas de fuego y el apoyo de europeos y misioneros, los jefes de la familia Pomare unificaron Tahití y Moorea. Pomare II selló el triunfo del cristianismo con su victoria en la batalla de Te Fei Pī en 1815, y bajo la reina Pomare IV (1827-1877) el Reino de Tahití alcanzó su apogeo.
El avance francés interrumpió esa trayectoria. En 1842, el almirante Dupetit-Thouars impuso por la fuerza un protectorado sobre Tahití y Moorea. La reina y su pueblo resistieron en la guerra franco-tahitiana (1844-1847), que terminó con la Convención de Jarnac, por la cual Francia y Gran Bretaña acordaron respetar la independencia de Huahine, Raiatea y Bora Bora. En 1880, el rey Pomare V abdicó y cedió sus Estados a Francia, que creó los Establecimientos Franceses de Oceanía con capital en Papeete.
Las islas de Sotavento fueron las últimas en caer. En 1887 estalló en Raiatea la revuelta del jefe Teraupo'o contra el rey pro-francés, y la resistencia se prolongó durante una década. Francia anexó por la fuerza las islas de Sotavento tras un nuevo acuerdo con Londres, y la llamada "guerra de las islas de Sotavento" no concluyó hasta 1897. Con ella quedó completado el mapa colonial del archipiélago y de toda la Polinesia Francesa.
Tahití, la mayor isla del archipiélago, fue el escenario del "descubrimiento" europeo de la Polinesia. Aquí llegaron Wallis en 1767 y Bougainville en 1768, y de aquí partió la imagen deslumbrante de una isla edénica que fascinaría a Europa durante siglos y alimentaría el mito del "buen salvaje" y del paraíso del Pacífico. Cook la usó como base para observar el tránsito de Venus en 1769, y de estas islas se llevó al navegante raiateano Tupaia.
Con la colonización, la pequeña ensenada de Papeete se convirtió en el puerto y la capital del territorio, punto de escala de balleneros, comerciantes y misioneros. Ese mismo mito atrajo, décadas después, a artistas que buscaban en Tahití una vida más auténtica: el pintor Paul Gauguin vivió aquí antes de trasladarse a las Marquesas, y su obra tahitiana es hoy universal. La isla combinó, así, la dureza de la administración colonial con el brillo del imaginario paradisíaco que Occidente proyectaba sobre ella.
Hoy Tahití y su capital, Papeete, son el centro neurálgico de la Polinesia Francesa: allí están el gobierno, el puerto, el aeropuerto internacional de Faa'a y la mayor parte de la población del territorio. Cada julio, el festival del Heiva i Tahiti llena Papeete de danza, canto y deportes tradicionales, convirtiendo a la vieja capital colonial en el gran escaparate del renacimiento cultural mā'ohi.
Bora Bora, la isla de la laguna quizá más famosa del mundo, tuvo un papel inesperado en la Segunda Guerra Mundial. Tras la entrada de Estados Unidos en el conflicto y la necesidad de una base logística en la ruta entre el canal de Panamá y Australia, la marina estadounidense eligió Bora Bora por su profunda bahía de Faanui y su único paso, fácil de defender. En el marco de la "Operación Bobcat", en febrero de 1942 desembarcaron allí miles de soldados estadounidenses con toneladas de material.
Los estadounidenses transformaron la isla: los Seabees (batallones de construcción de la marina) levantaron la primera pista de aterrizaje de toda la Polinesia Francesa, en el motu Mute —origen del actual aeropuerto de Bora Bora—, además de muelles, depósitos de combustible, una base de hidroaviones y baterías de cañones costeros instaladas en los promontorios de la laguna. Llegó a haber varios miles de soldados en una isla de escasa población. El ataque japonés que se temía nunca llegó, y la base cerró en 1946 sin haber disparado sus cañones en combate.
Aquellos cinco años dejaron una huella profunda. La base impulsó la economía local, dejó infraestructuras que abrieron Bora Bora al mundo y sembró historias que aún se cuentan en la isla; todavía hoy pueden verse los cañones oxidados apuntando al horizonte desde las colinas. De aquella pista militar en el motu Mute nacería, décadas más tarde, el turismo de lujo que hizo de Bora Bora un destino legendario, con sus bungalows sobre el agua reflejados en la laguna turquesa.