Las islas de la Sociedad se dividen en dos grupos: las islas de Barlovento (Îles du Vent), con Tahití, Moorea, Tetiaroa y las pequeñas Maiao y Mehetia; y las islas de Sotavento (Îles Sous-le-Vent), con Raiatea, Tahaa, Huahine, Bora Bora y Maupiti. El nombre "Society" se lo dio el capitán Cook en 1769 porque las islas del grupo occidental estaban cercanas unas de otras. Pero mucho antes de ese bautismo europeo, el archipiélago ya era un centro del mundo polinesio.
La clave de esa centralidad estaba en Raiatea, cuyo nombre antiguo era Havai'i, el mismo que designa la patria mítica de origen de los polinesios. Para los mā'ohi, Raiatea era la cuna de dioses, reyes y héroes, y su marae de Taputapuātea, en el distrito de Opoa, era el santuario más sagrado de toda la Polinesia, meta de peregrinaciones que llegaban de archipiélagos lejanísimos. Desde estas islas partieron migraciones que poblaron otras tierras del triángulo polinesio, y en ellas floreció la cofradía de los arioi y el culto al dios 'Oro.
En torno a Tahití y Moorea, las islas más pobladas, se desarrollaron poderosas jefaturas que, en vísperas de la llegada europea, competían por el control del culto y de las alianzas. Sobre esa geografía sagrada y política se montaría, a partir del siglo XVIII, toda la historia colonial del archipiélago: el mito del paraíso, la dinastía Pomare, las misiones y, finalmente, la bandera francesa.
En la costa sudeste de Raiatea, frente a un paso del arrecife que abre la laguna al océano, se levanta Taputapuātea, el marae más importante de la Polinesia. Su gran plataforma ceremonial de coral y basalto fue durante siglos el centro de un vasto sistema religioso y político que unía islas separadas por miles de kilómetros. Los navegantes de las Marquesas, de las Cook y de otras tierras acudían aquí en peregrinación y, al fundar nuevos marae en sus islas, se llevaban una piedra del recinto sagrado, tejiendo una red espiritual pan-polinesia única en el mundo.
Dedicado primero al dios creador Ta'aroa y más tarde a 'Oro, dios de la guerra y la fertilidad, Taputapuātea fue escenario de entronizaciones de jefes, alianzas y grandes ceremonias que incluían sacrificios. El control de este santuario y de la imagen de 'Oro confería un enorme prestigio y era motivo de rivalidades entre las jefaturas del archipiélago.
El 9 de julio de 2017, la Unesco inscribió el paisaje cultural de Taputapuātea en la Lista del Patrimonio Mundial: fue el primer bien polinesio en obtener esa distinción. Se reconoció así su valor universal como testimonio de mil años de civilización mā'ohi y como símbolo de la profunda relación de este pueblo con su tierra, su mar y sus antepasados. Hoy es un lugar de memoria y de reencuentro para los polinesios de todos los archipiélagos.
Fue en Tahití donde se forjó el reino que dio nombre y forma política a la Polinesia moderna. A fines del siglo XVIII, aprovechando las armas de fuego y el apoyo de europeos y misioneros, los jefes de la familia Pomare unificaron Tahití y Moorea. Pomare II selló el triunfo del cristianismo con su victoria en la batalla de Te Fei Pī en 1815, y bajo la reina Pomare IV (1827-1877) el Reino de Tahití alcanzó su apogeo.
El avance francés interrumpió esa trayectoria. En 1842, el almirante Dupetit-Thouars impuso por la fuerza un protectorado sobre Tahití y Moorea. La reina y su pueblo resistieron en la guerra franco-tahitiana (1844-1847), que terminó con la Convención de Jarnac, por la cual Francia y Gran Bretaña acordaron respetar la independencia de Huahine, Raiatea y Bora Bora. En 1880, el rey Pomare V abdicó y cedió sus Estados a Francia, que creó los Establecimientos Franceses de Oceanía con capital en Papeete.
Las islas de Sotavento fueron las últimas en caer. En 1887 estalló en Raiatea la revuelta del jefe Teraupo'o contra el rey pro-francés, y la resistencia se prolongó durante una década. Francia anexó por la fuerza las islas de Sotavento tras un nuevo acuerdo con Londres, y la llamada "guerra de las islas de Sotavento" no concluyó hasta 1897. Con ella quedó completado el mapa colonial del archipiélago y de toda la Polinesia Francesa.
Tahití, la mayor isla del archipiélago, fue el escenario del "descubrimiento" europeo de la Polinesia. Aquí llegaron Wallis en 1767 y Bougainville en 1768, y de aquí partió la imagen deslumbrante de una isla edénica que fascinaría a Europa durante siglos y alimentaría el mito del "buen salvaje" y del paraíso del Pacífico. Cook la usó como base para observar el tránsito de Venus en 1769, y de estas islas se llevó al navegante raiateano Tupaia.
Con la colonización, la pequeña ensenada de Papeete se convirtió en el puerto y la capital del territorio, punto de escala de balleneros, comerciantes y misioneros. Ese mismo mito atrajo, décadas después, a artistas que buscaban en Tahití una vida más auténtica: el pintor Paul Gauguin vivió aquí antes de trasladarse a las Marquesas, y su obra tahitiana es hoy universal. La isla combinó, así, la dureza de la administración colonial con el brillo del imaginario paradisíaco que Occidente proyectaba sobre ella.
Hoy Tahití y su capital, Papeete, son el centro neurálgico de la Polinesia Francesa: allí están el gobierno, el puerto, el aeropuerto internacional de Faa'a y la mayor parte de la población del territorio. Cada julio, el festival del Heiva i Tahiti llena Papeete de danza, canto y deportes tradicionales, convirtiendo a la vieja capital colonial en el gran escaparate del renacimiento cultural mā'ohi.
Bora Bora, la isla de la laguna quizá más famosa del mundo, tuvo un papel inesperado en la Segunda Guerra Mundial. Tras la entrada de Estados Unidos en el conflicto y la necesidad de una base logística en la ruta entre el canal de Panamá y Australia, la marina estadounidense eligió Bora Bora por su profunda bahía de Faanui y su único paso, fácil de defender. En el marco de la "Operación Bobcat", en febrero de 1942 desembarcaron allí miles de soldados estadounidenses con toneladas de material.
Los estadounidenses transformaron la isla: los Seabees (batallones de construcción de la marina) levantaron la primera pista de aterrizaje de toda la Polinesia Francesa, en el motu Mute —origen del actual aeropuerto de Bora Bora—, además de muelles, depósitos de combustible, una base de hidroaviones y baterías de cañones costeros instaladas en los promontorios de la laguna. Llegó a haber varios miles de soldados en una isla de escasa población. El ataque japonés que se temía nunca llegó, y la base cerró en 1946 sin haber disparado sus cañones en combate.
Aquellos cinco años dejaron una huella profunda. La base impulsó la economía local, dejó infraestructuras que abrieron Bora Bora al mundo y sembró historias que aún se cuentan en la isla; todavía hoy pueden verse los cañones oxidados apuntando al horizonte desde las colinas. De aquella pista militar en el motu Mute nacería, décadas más tarde, el turismo de lujo que hizo de Bora Bora un destino legendario, con sus bungalows sobre el agua reflejados en la laguna turquesa.