El sureste de la isla, en torno a la bahía de Grand Port, es el rincón donde arranca la historia colonial de Mauricio. Fue aquí, el 20 de septiembre de 1598, donde la escuadra holandesa de Van Warwyck entró en una bahía protegida que llamó Port de Warwick, y donde poco después los neerlandeses intentaron su primer asentamiento y le dieron a la isla el nombre de Mauritius, en honor a Mauricio de Nassau.
Antes de que Port Louis se impusiera como capital bajo dominio francés, este fue el principal punto de contacto entre la isla y el mundo. Por eso el sureste concentra los vestigios más antiguos de la presencia europea en Mauricio y es, en cierto modo, el lugar de nacimiento del país tal como lo conocemos.
La bahía de Grand Port dio nombre a una de las batallas navales más célebres de las guerras napoleónicas. En agosto de 1810, la marina francesa, aprovechando su conocimiento de los arrecifes y los pasos de la laguna, tendió una trampa a una escuadra británica que quedó atrapada y fue derrotada con graves pérdidas. Fue una de las pocas victorias navales francesas de todo el período, y por eso el nombre "Grand Port" figura inscrito en el Arco de Triunfo de París.
La victoria, sin embargo, no cambió el rumbo de la guerra por la isla: pocos meses después, en diciembre de 1810, los británicos desembarcaron por el norte y tomaron Mauricio. La batalla de Grand Port quedó así como un episodio glorioso pero aislado, y hoy la laguna y el museo naval de la zona conservan su memoria.
A orillas de la bahía se encuentra Mahébourg, fundada a comienzos del siglo XIX y bautizada en honor al gobernador francés Mahé de La Bourdonnais. La ciudad conserva un aire colonial auténtico, con su trazado regular, su mercado local y su museo naval e histórico, instalado en una antigua mansión, que guarda objetos de la batalla de Grand Port y de la vida en la isla durante los siglos XVIII y XIX.
Mahébourg fue durante mucho tiempo un puerto y un centro pesquero importante del sureste, menos turístico y más ligado a la vida cotidiana de los mauricianos. Recorrer sus calles es asomarse a un Mauricio más pausado y tradicional, donde la historia franco-británica y la vida de las comunidades locales se entrelazan a la vista.
Frente a la costa este se alinean varios islotes que hoy son destinos de excursión y, en algunos casos, reservas naturales. La Isla de los Ciervos (Île aux Cerfs) es la más famosa, célebre por sus playas de arena blanca y sus lagunas turquesa, mientras que la Isla de los Cocos (Île aux Cocos), más al sur, es una reserva de aves marinas de acceso restringido.
Estos islotes, protegidos por la barrera de coral, ofrecen una imagen de cómo era la costa de Mauricio antes de la urbanización. Algunos cumplen un papel ecológico importante como refugio de fauna que casi desapareció de la isla principal. Su nombre y su uso reflejan la larga relación de Mauricio con el mar: primero como escala de navegantes, después como economía de plantación abierta al comercio y, finalmente, como destino turístico volcado a sus lagunas.
Más allá de sus playas e islotes, el este y el sureste fueron durante siglos tierra de plantaciones de caña de azúcar trabajadas primero por esclavos y luego por trabajadores contratados indios. Muchos de los pueblos de la región nacieron ligados a los ingenios azucareros, y la mezcla de comunidades hindúes, musulmanas, criollas y católicas se refleja en sus templos, mezquitas e iglesias.
Esta cara agrícola y humana del este es inseparable de su historia. La caña que se cultivaba aquí alimentó la riqueza colonial y, más tarde, la economía del Mauricio independiente. Recorrer el este es ver cómo el paisaje del azúcar, los islotes turquesa y los lugares fundacionales de la colonización holandesa y francesa conviven en una misma franja de la isla.