Antes de contar cualquier cosa conviene despejar la confusión más común. La palabra "Macedonia" designa, ante todo, una región geográfica del sur de los Balcanes que hoy está dividida entre tres países: el grueso del sur, la llamada Macedonia egea, es griego; una franja al este, la Macedonia del Pirin, es búlgara; y la porción norte, la Macedonia del Vardar, es el actual país independiente de Macedonia del Norte.
La antigua Macedonia, el reino de Filipo II y de Alejandro Magno en el siglo IV a. C., tenía su centro en lo que hoy es el norte de Grecia, alrededor de ciudades como Pela y Egas (Vergina). Aquel reino era de lengua y cultura vinculadas al mundo griego antiguo. El país eslavo moderno, en cambio, se formó a partir de los eslavos que llegaron a los Balcanes casi mil años después, en la Alta Edad Media, y que hablan una lengua eslava meridional emparentada con el búlgaro y el serbio.
En otras palabras: el territorio del actual Macedonia del Norte estuvo en los márgenes de aquel reino antiguo, pero la nación que hoy lo habita no desciende en línea directa de los macedonios de Alejandro. Buena parte de la disputa con Grecia gira justamente en torno a esa distinción, que la historiografía seria mantiene con cuidado y que los nacionalismos de ambos lados tendieron a borrar.
En la Antigüedad, el territorio de la actual Macedonia del Norte estaba habitado por pueblos como los peonios, en el valle del río Vardar (Axio para los griegos), y por tribus ilirias y tracias en las zonas montañosas. No eran macedonios propiamente dichos: quedaban al norte del núcleo del reino.
En el siglo IV a. C., Filipo II de Macedonia expandió su reino hacia el norte y sometió a los peonios, incorporando estas tierras a la órbita macedonia. El propio Filipo fundó ciudades en la región; una de ellas fue Heráclea Lincéstide, cerca de la actual Bitola, que llevaría su influencia durante siglos. Su hijo, Alejandro Magno, lanzaría desde Macedonia la conquista del Imperio persa y llevaría la cultura griega hasta la India.
Esa herencia antigua está presente en el suelo del país —en las ruinas de Heráclea, con sus mosaicos y su teatro— pero es una herencia territorial, no étnica ni lingüística en sentido moderno. La reivindicación del legado de Alejandro por parte del Estado eslavo, sobre todo durante la polémica campaña oficial de "antiquización" de los años 2000, fue uno de los puntos que más irritaron a Grecia.
Tras la caída del reino macedonio a manos de Roma en el siglo II a. C., la región quedó integrada al mundo romano. Por el sur del actual país pasaba la Vía Egnatia, la gran calzada que unía el Adriático con Constantinopla y que convirtió a ciudades como Heráclea Lincéstide en paradas importantes del comercio y las legiones.
Con la división del Imperio romano, estas tierras pasaron a la parte oriental, el Imperio bizantino, y quedaron dentro de su esfera religiosa y cultural: cristianismo de rito oriental y lengua griega en la administración. Durante siglos, la región fue una zona de frontera y de paso, disputada, atravesada por ejércitos y castigada por invasiones.
Esa condición de encrucijada —entre el Adriático y el Egeo, entre Roma y Constantinopla, entre el norte eslavo y el sur griego— marcó de manera duradera a este territorio y explica en parte la mezcla de pueblos, lenguas y religiones que lo caracteriza hasta hoy.
El hecho decisivo para la formación del país actual ocurrió a partir del siglo VI, cuando oleadas de pueblos eslavos cruzaron el Danubio y se asentaron en gran parte de los Balcanes, incluida la región de Macedonia. Estos eslavos meridionales fueron reemplazando o absorbiendo a la población anterior y cambiaron el mapa lingüístico y demográfico de la zona de manera permanente.
Bizancio nunca desapareció por completo, pero durante largos períodos su control sobre el interior balcánico fue nominal. En los siglos siguientes, el territorio osciló entre la órbita bizantina y la de los nuevos Estados eslavos que iban surgiendo, sobre todo el Primer Imperio búlgaro, que en su expansión incorporó buena parte de la Macedonia del Vardar.
De aquellos asentamientos eslavos desciende, en lo esencial, la población eslava macedonia de hoy. Su lengua, el macedonio, es una lengua eslava meridional muy cercana al búlgaro, algo que también está en el fondo de las tensiones con Bulgaria, que durante mucho tiempo consideró a los eslavos macedonios y a su idioma como una variante del pueblo y la lengua búlgaros.
Si hay un lugar que condensa la identidad histórica del país, ese lugar es Ohrid. A orillas de su lago, en el año 886, San Clemente de Ohrid —discípulo de los hermanos Cirilo y Metodio, los "apóstoles de los eslavos"— fundó una escuela literaria que se convirtió en uno de los grandes centros de cultura del mundo eslavo medieval. Cuando Clemente fue nombrado obispo en 893, su compañero San Naum continuó la obra; el monasterio de San Naum, junto al lago, todavía lleva su nombre.
En ese ámbito, entre el sur del Primer Imperio búlgaro y la herencia de Cirilo y Metodio, se difundió la escritura de los eslavos. Los primeros textos se escribieron en alfabeto glagolítico, creado por Cirilo y Metodio; de la tradición de estas escuelas —la de Ohrid y la de Preslav, en Bulgaria— surgió luego el alfabeto cirílico, más simple y basado en la escritura griega, que hoy usan el ruso, el búlgaro, el serbio y el propio macedonio. Que el cirílico lleve el nombre de Cirilo es un homenaje a esa filiación, aunque su forma definitiva sea obra de sus discípulos.
Ohrid llegó a ser sede de un arzobispado autónomo y a llamarse, con orgullo, la "Jerusalén de los Balcanes" por la enorme cantidad de iglesias que albergaba. Ese prestigio religioso y cultural es una de las piezas centrales del relato nacional macedonio moderno.
A fines del siglo X, en medio del debilitamiento del Primer Imperio búlgaro frente a Bizancio, el zar Samuel levantó un poderoso Estado eslavo que tuvo en Ohrid uno de sus centros principales, con su fortaleza dominando el lago. Durante algunas décadas, ese imperio resistió el empuje bizantino y llegó a controlar buena parte de los Balcanes.
El final fue trágico y quedó grabado en la memoria de la región. El emperador bizantino Basilio II, apodado por eso el "Matador de búlgaros" (Bulgaróctono), derrotó a Samuel y, según la crónica más difundida, mandó cegar a miles de prisioneros dejando a uno de cada cien con un ojo para guiar al resto. La escena, verídica o exagerada por la tradición, se volvió símbolo de la dureza de aquellas guerras. Samuel habría muerto poco después, en 1014, y en pocos años Bizancio recuperó el control de la región.
Este episodio también forma parte de las disputas de memoria en los Balcanes: búlgaros y macedonios reivindican de distinta manera a Samuel y su imperio, lo que muestra hasta qué punto la historia medieval sigue siendo terreno de discusión política en la zona.
A fines del siglo XIV, el avance del Imperio otomano incorporó la región de Macedonia a sus dominios europeos, donde permanecería más de cinco siglos, hasta 1912. Fue el período más largo y formativo de la historia moderna del país. Los otomanos organizaron el territorio, fundaron y ampliaron ciudades, y dejaron una huella arquitectónica que todavía define muchos paisajes urbanos: el viejo bazar de Skopie, con su puente de piedra sobre el Vardar, o la Mezquita Pintada de Tetovo, del siglo XV, son testimonios de esa época.
Bajo el sistema otomano de comunidades religiosas (el millet), cristianos ortodoxos, musulmanes y judíos convivían con estatutos distintos. La población se volvió muy mezclada: eslavos ortodoxos, albaneses en su mayoría musulmanes, turcos, y comunidades judías sefardíes que se habían instalado sobre todo en Salónica y también en ciudades del interior. Esa diversidad, con sus tensiones, es una de las claves para entender la Macedonia de hoy, donde alrededor de un cuarto de la población es de etnia albanesa.
Hacia el final del período otomano, en el siglo XIX y comienzos del XX, la región se convirtió en un foco de conflicto nacionalista. Serbios, búlgaros y griegos se disputaban la lealtad y la identidad de su población eslava y cristiana, en lo que se llamó la "cuestión macedonia". De ese clima surgió, en 1893, la Organización Revolucionaria Interior de Macedonia (VMRO), que luchaba por la autonomía o la independencia; su levantamiento de Ilinden, en 1903, y la efímera "República de Krushevo" son hitos centrales del imaginario nacional.
El fin del dominio otomano llegó de golpe. En la Primera Guerra Balcánica, en 1912, una coalición formada por Bulgaria, Serbia, Grecia y Montenegro expulsó a los otomanos de casi toda Europa. Pero los vencedores no lograron ponerse de acuerdo sobre cómo repartir el botín, y Macedonia era el premio más codiciado.
En 1913 estalló la Segunda Guerra Balcánica: Bulgaria, descontenta con su parte, atacó a sus antiguos aliados y fue derrotada. El Tratado de Bucarest, de agosto de 1913, selló el reparto que perdura hasta hoy. Macedonia quedó dividida en tres: la Macedonia del Vardar, al norte, pasó a Serbia; la Macedonia egea, la más grande, con Salónica, quedó para Grecia; y la Macedonia del Pirin, la porción más chica, fue para Bulgaria.
Aquella línea de 1913 es el origen directo del país actual: la Macedonia del Vardar, la parte serbia, es lo que hoy es Macedonia del Norte. El reparto separó a poblaciones que compartían lengua y costumbres, dejó minorías a un lado y otro de las nuevas fronteras y sembró resentimientos que reaparecerían durante todo el siglo XX. La "Macedonia dividida" es una herida histórica que todavía condiciona las relaciones entre estos Estados vecinos.
Tras 1913 y la Primera Guerra Mundial, la Macedonia del Vardar quedó integrada al nuevo Estado que sería Yugoslavia. En la Yugoslavia monárquica de entreguerras se la trató como "Serbia del Sur", negando cualquier identidad macedonia propia y aplicando políticas de asimilación.
El cambio llegó con la Segunda Guerra Mundial y la resistencia partisana. Al fundarse la Yugoslavia socialista de Josip Broz Tito, en 1944-1946, se reconoció por primera vez a los macedonios como nación y se creó la República Socialista de Macedonia, una de las seis repúblicas federadas. Fue un giro histórico: se codificó oficialmente la lengua macedonia como idioma literario, se estableció una Iglesia ortodoxa macedonia (cuya autonomía tardaría décadas en ser reconocida por las demás Iglesias ortodoxas) y se construyó una identidad nacional con instituciones propias.
Esa condición de república yugoslava le dio al país sus fronteras actuales, su capital, Skopie, y el andamiaje estatal que heredaría al independizarse. Bulgaria y Grecia siempre miraron con recelo ese reconocimiento, por razones opuestas: para Sofía, la nación macedonia era un invento que separaba artificialmente a hermanos búlgaros; para Atenas, el uso mismo del nombre "Macedonia" era una apropiación de su patrimonio.
Cuando Yugoslavia se desintegró a comienzos de los años 90 en medio de guerras atroces, Macedonia logró algo excepcional: separarse sin derramamiento de sangre. El 8 de septiembre de 1991, un referéndum aprobó la independencia con más del 95% de los votos a favor; poco después, la Asamblea proclamó la República de Macedonia como Estado soberano.
El artífice de esa transición fue el presidente Kiro Gligorov, que impulsó una separación negociada y logró que el Ejército Popular Yugoslavo se retirara sin combatir a comienzos de 1992. Macedonia fue el único país que se apartó de Yugoslavia de manera pacífica, evitando las guerras que devastaron a Croacia, Bosnia y, más tarde, Kosovo. No fue por falta de riesgos: el país era pobre, con una gran minoría albanesa y vecinos suspicaces, y muchos temían que se convirtiera en el próximo escenario de violencia.
Ese temor no era infundado. En 2001, un conflicto armado enfrentó durante meses a fuerzas gubernamentales con una guerrilla albanesa que reclamaba más derechos para su comunidad. Se evitó una guerra civil abierta gracias al Acuerdo Marco de Ohrid, mediado por la comunidad internacional, que amplió los derechos lingüísticos y políticos de la minoría albanesa y descentralizó el poder. Fue un compromiso frágil pero decisivo para la convivencia posterior.
Apenas nacido, el nuevo Estado chocó con un obstáculo insólito: su nombre. Grecia se opuso con firmeza a que su vecino se llamara "Macedonia", argumentando que ese nombre pertenece a la historia y la geografía griegas y que su uso escondía pretensiones territoriales sobre la provincia griega homónima. La disputa bloqueó durante años la integración del país: para poder ingresar a la ONU en 1993, tuvo que aceptar el nombre provisional de "Antigua República Yugoslava de Macedonia" (en sus siglas inglesas, FYROM).
Durante más de dos décadas, Grecia usó su poder de veto para frenar el ingreso de su vecino a la OTAN y a la Unión Europea. La tensión escaló en los años 2000, cuando el gobierno macedonio lanzó una campaña de "antiquización" —bautizar el aeropuerto de Skopie y una autopista con el nombre de Alejandro Magno, llenar la capital de estatuas monumentales de héroes antiguos—, lo que Atenas interpretó como una provocación directa.
El desenlace llegó en 2018-2019 con el Acuerdo de Prespa, firmado a orillas del lago Prespa por los primeros ministros Zoran Zaev y Alexis Tsipras. El país aceptó cambiar su nombre constitucional a "República de Macedonia del Norte", válido para todos los usos, a cambio de que Grecia levantara sus vetos. El acuerdo también estipuló distinguir con claridad la herencia antigua griega de la identidad eslava moderna y retirar símbolos polémicos como el Sol de Vergina. Fue ratificado en medio de fuertes protestas en ambos países y entró en vigor en febrero de 2019.
El cambio de nombre destrabó de inmediato la agenda internacional del país. En marzo de 2020, Macedonia del Norte se convirtió en el trigésimo miembro de la OTAN. En paralelo, se abrió el camino hacia la Unión Europea, con la apertura formal de las negociaciones de adhesión.
Pero el ingreso a la UE volvió a chocar con un vecino. Esta vez fue Bulgaria la que bloqueó el avance, con reclamos sobre la lengua, la historia y la identidad macedonias: Sofía sostiene tesis sobre el origen búlgaro de la nación y del idioma que Skopie rechaza. La disputa, que muchos observadores consideran otra pelea de memoria histórica trasladada a la política, mantuvo estancada la candidatura y alimentó la frustración de una población que ve cómo su futuro europeo se demora por conflictos sobre el pasado.
Hoy Macedonia del Norte es una república parlamentaria multiétnica, con desafíos que combinan lo viejo y lo nuevo: la convivencia entre su mayoría eslava y su gran minoría albanesa, la emigración de jóvenes hacia Europa occidental, la economía todavía frágil y la larga espera en la antesala de la Unión Europea. Su historia —la del país que tuvo que negociar hasta su propio nombre para existir plenamente en el escenario internacional— resume bien las cargas y las esperanzas de los Balcanes contemporáneos.