Antes de que existiera cualquier frontera balcánica, este territorio fue el núcleo de los dárdanos, un pueblo de origen ilirio (con posibles componentes tracios) documentado en las fuentes clásicas desde el siglo IV a.C. Formaron el Reino de Dardania, que se extendía por el actual Kosovo y partes de la actual Macedonia del Norte, el sur de Serbia y el este de Albania. Los dárdanos enfrentaron a Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, y más tarde pactaron con Roma contra los macedonios. Su reino se mantuvo hasta que Augusto lo incorporó al Imperio hacia el 28 a.C.
Bajo Roma, Dardania fue primero una región dentro de Mesia y, hacia fines del siglo III, una provincia con entidad propia dentro de la Diócesis de Mesia. Su capital era Naissus (la actual Niš, hoy en Serbia), un cruce estratégico de rutas comerciales; en el corazón del antiguo territorio dárdano estaba Ulpiana, cerca de la actual Lipjan, fundada en el siglo II y bautizada en honor a la familia del emperador Trajano. La riqueza real de la región eran sus yacimientos de plomo y plata, que alimentaron durante siglos las cecas y los ejércitos romanos.
La filiación de aquellos dárdanos es hoy materia de debate identitario: parte del nacionalismo albanés los reivindica como antepasados directos —de ahí la propuesta ocasional de rebautizar el país como Dardania—, mientras que la investigación académica es más cauta y advierte que no se puede trazar una línea étnica continua y limpia a lo largo de dos mil años. Lo verificable es que este suelo fue un centro urbano y minero importante del mundo romano tardío.
Tras la caída de Roma pasaron por aquí bizantinos, búlgaros y eslavos. Pero el capítulo que marcaría la memoria posterior empieza a fines del siglo XII y comienzos del XIII, cuando la dinastía serbia de los Nemanjić consolidó su control sobre la región. Durante los siglos siguientes, y hasta mediados del siglo XIV, Kosovo fue un núcleo político, religioso y cultural del Estado serbio medieval, que bajo Stefan Dušan llegó a proclamarse imperio.
Es en este período cuando se levantaron los grandes monasterios ortodoxos que todavía definen el paisaje: el Patriarcado de Peć, que se convirtió en sede de la Iglesia serbia; el monasterio de Dečani, construido a mediados del siglo XIV como mausoleo del rey Stefan Dečanski y hoy con la mayor colección de frescos bizantinos conservada de la región; y el monasterio de Gračanica, erigido por el rey Stefan Milutin en 1321. Prizren fue capital imperial bajo Dušan y uno de los grandes centros de comercio y poder de la época.
Por eso, para buena parte de la conciencia nacional serbia, Kosovo no es un territorio más: es la cuna de su Iglesia y de su Estado medieval, una "Jerusalén" simbólica. Esa carga histórica y religiosa es imprescindible para entender por qué el conflicto contemporáneo fue tan difícil de resolver: no se disputaba solo tierra, sino memoria e identidad.
El 28 de junio de 1389, en el campo de Kosovo (Kosovo Polje), un ejército cristiano encabezado por el príncipe serbio Lazar Hrebeljanović se enfrentó a las tropas otomanas del sultán Murad I. La batalla fue durísima y ambos líderes murieron: Murad asesinado en el campo —según la tradición, a manos del caballero Miloš Obilić— y Lazar capturado y ejecutado. El desenlace militar es objeto de debate entre historiadores (algunos la describen como un empate sangriento), pero a mediano plazo abrió el camino a la sumisión de Serbia al poder otomano.
Más allá de lo estrictamente militar, ninguna batalla medieval generó tanta mitología, poesía y memoria nacional. Con el tiempo, la derrota se transformó en un relato de sacrificio heroico: la elección del "reino celestial" por encima del terrenal. Lazar fue canonizado por la Iglesia ortodoxa serbia, y la fecha, el Vidovdan (día de San Vito, 28 de junio), quedó como una jornada central del calendario nacional serbio.
Ese simbolismo no es solo cosa del pasado. El mismo 28 de junio, pero de 1989 —en el 600º aniversario—, Slobodan Milošević pronunció ante una enorme multitud en Kosovo Polje un discurso que se volvió emblema del ascenso del nacionalismo serbio, en vísperas de la desintegración de Yugoslavia. La batalla de 1389 y su conmemoración muestran hasta qué punto la historia lejana siguió pesando sobre la política del siglo XX.
Los otomanos completaron la conquista de la región a mediados del siglo XV —Prizren cayó en 1455— y gobernaron durante casi cinco siglos, hasta las guerras balcánicas de 1912-1913. Bajo su dominio, las ciudades se llenaron de mezquitas, hamams, bazares y casas señoriales; Prizren y Peja se volvieron centros urbanos florecientes.
El cambio más profundo fue demográfico y religioso. A lo largo del período otomano, y de manera acelerada tras la Gran Migración Serbia de 1690-1691 —cuando gran parte de la población serbia se trasladó al norte, hacia territorios de los Habsburgo—, la población de Kosovo fue basculando hacia una mayoría albanesa y musulmana. Los registros otomanos de fines del siglo XIX ya reflejan que los albaneses constituían más de la mitad de la población del vilayato de Kosovo. Las causas de este proceso —conversiones al islam, migraciones internas, presión fiscal, movimientos de población— siguen siendo objeto de interpretaciones distintas según la historiografía serbia o albanesa, y conviene tratarlas con cuidado y sin lecturas de parte única.
Hacia fines del período, la guerra serbo-otomana de 1876-1878 sumó otro factor: entre 30.000 y 70.000 musulmanes, en su mayoría albaneses, fueron expulsados del sanjacado de Niš por el ejército serbio y se refugiaron en el vilayato de Kosovo, reforzando la presencia albanesa en un momento crítico.
El 10 de junio de 1878, en la ciudad de Prizren, se fundó la Liga de Prizren —oficialmente "Liga para la Defensa de los Derechos de la Nación Albanesa"—, un momento fundacional del nacionalismo albanés moderno. El detonante fue el temor a que, tras la derrota otomana en la guerra ruso-turca de 1877-1878, los tratados de San Stefano y Berlín repartieran las tierras habitadas por albaneses entre Serbia, Montenegro, Bulgaria y Grecia.
La Liga reclamaba reunir todas las tierras de población albanesa bajo una sola administración autónoma dentro del Imperio otomano, con funcionarios que hablaran la lengua, un sistema educativo propio y el uso del albanés en las escuelas. Aunque el Imperio la reprimió y disolvió en 1881, dejó una marca duradera: convirtió a Prizren en la capital cultural y política del despertar albanés y sembró la idea de una nación albanesa con derechos propios.
Cuando el dominio otomano se derrumbó en las guerras balcánicas de 1912-1913, Kosovo fue ocupado por Serbia y Montenegro e integrado a Serbia. La creación de un Estado albanés independiente en 1913 dejó, sin embargo, a una parte importante de la población albanesa fuera de sus fronteras, en Kosovo: una frontera que sería fuente de tensiones durante todo el siglo siguiente.
Tras las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial, Kosovo quedó integrado en el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que luego sería Yugoslavia. El período de entreguerras estuvo marcado por políticas de colonización y por la marginación política de la mayoría albanesa. La Segunda Guerra Mundial trajo la ocupación del Eje y una parte del territorio fue anexada a la Albania bajo control italiano.
En la Yugoslavia socialista de Josip Broz Tito, Kosovo obtuvo primero el estatus de región y luego de provincia autónoma dentro de la República de Serbia. El punto más alto de esa autonomía llegó con la Constitución yugoslava de 1974: Kosovo pasó a tener asamblea, gobierno, poder judicial, banco central y policía propios, e incluso un asiento —con capacidad de veto— en la presidencia federal, lo que en la práctica lo equiparaba casi a una república.
La muerte de Tito en 1980 destapó las tensiones. En 1981, estudiantes albaneses de Pristina encabezaron protestas para que Kosovo fuera elevado a república dentro de Yugoslavia; las manifestaciones derivaron en disturbios masivos que fueron reprimidos. A lo largo de esa década crecieron el malestar albanés y, al mismo tiempo, un discurso serbio que denunciaba presión sobre la minoría serbia de la provincia. Ese choque de agravios sería el combustible de la crisis de los años noventa.
En 1989, el régimen de Slobodan Milošević revocó en la práctica la autonomía que la Constitución de 1974 había otorgado a Kosovo. A eso siguió una política de exclusión sistemática de los albaneses de la administración pública: despidos masivos, cierre de medios en lengua albanesa y expulsión de alumnos y docentes albaneses del sistema educativo estatal. Para 1991, la mayoría de los policías albaneses habían sido cesanteados.
La respuesta albanesa, durante buena parte de la década, fue una notable experiencia de resistencia civil pacífica encabezada por Ibrahim Rugova, elegido "presidente" de una república paralela no reconocida. Los albaneses de Kosovo montaron un sistema paralelo de educación, salud y gobierno —escuelas, clínicas e incluso una universidad en Pristina— financiado en gran medida por la diáspora. Fue un Estado dentro del Estado, sostenido con la esperanza de una solución negociada e internacional.
Esa esperanza se fue agotando. La sensación de que la vía pacífica no daba resultados —agravada por la marginación de Kosovo en los acuerdos de Dayton de 1995, que pusieron fin a la guerra de Bosnia sin abordar su situación— abrió espacio a las opciones armadas. Hacia mediados de los años noventa empezó a actuar el Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK), y la provincia se deslizó hacia la guerra abierta.
El enfrentamiento entre el Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) y las fuerzas serbias y yugoslavas escaló a una guerra abierta en 1998. La ofensiva de las fuerzas de Belgrado contra zonas de apoyo a la guerrilla se tradujo en una violencia creciente contra la población civil albanesa. Los intentos de negociación —como la conferencia de Rambouillet, a comienzos de 1999— fracasaron.
El 24 de marzo de 1999, sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, la OTAN inició la Operación Fuerza Aliada: una campaña aérea de 78 días contra objetivos militares y gubernamentales en Serbia y Montenegro. Era la primera vez que la OTAN usaba la fuerza militar contra un Estado soberano. Mientras duraron los bombardeos, la expulsión de población albanesa se intensificó dramáticamente: cientos de miles de personas huyeron hacia Albania y Macedonia del Norte.
En conjunto, la guerra dejó alrededor de 13.000 muertos —en su mayoría albaneses, pero también serbios y de otras comunidades— y más de un millón de desplazados. La legalidad y las consecuencias de la intervención de la OTAN siguen siendo objeto de debate: para unos fue una "intervención humanitaria" que frenó una limpieza étnica; para otros, un uso de la fuerza sin mandato de la ONU. El 10 de junio de 1999, la campaña terminó con la retirada de las fuerzas yugoslavas y un acuerdo de paz.
El fin de la guerra no resolvió el estatus de Kosovo, sino que lo puso en suspenso. La Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU, de junio de 1999, colocó el territorio bajo una administración civil internacional (UNMIK) y una fuerza de paz liderada por la OTAN (KFOR), manteniendo formalmente la soberanía yugoslava —y luego serbia— sobre el papel, pero sin control efectivo sobre el terreno.
Durante casi nueve años, Kosovo funcionó como un protectorado internacional mientras se negociaba su futuro. Fue un período de reconstrucción, de instituciones locales cada vez más autónomas, pero también de tensiones interétnicas. En marzo de 2004 estallaron disturbios que dejaron muertos, miles de desplazados serbios y daños a iglesias y monasterios ortodoxos, un recordatorio de lo frágil que seguía siendo la convivencia.
Las negociaciones sobre el estatus final, conducidas por el enviado de la ONU Martti Ahtisaari, propusieron una independencia supervisada internacionalmente. Serbia rechazó la fórmula y las conversaciones no llegaron a un acuerdo, lo que dejó el camino abierto a una decisión unilateral.
El 17 de febrero de 2008, el parlamento de Kosovo declaró la independencia de Serbia. La declaración se comprometía a cumplir el Plan Ahtisaari, a abrazar la multietnicidad como principio de gobierno y a aceptar un período de supervisión internacional. Serbia la rechazó de inmediato y sigue considerando a Kosovo su provincia autónoma meridional.
A pedido de Serbia, la Asamblea General de la ONU consultó a la Corte Internacional de Justicia. En su opinión consultiva del 22 de julio de 2010, la Corte concluyó —por diez votos contra cuatro— que la declaración de independencia no violaba el derecho internacional, porque este no contiene una prohibición general de las declaraciones de independencia. El dictamen era consultivo y no vinculante, pero desactivó el principal argumento jurídico en contra.
El reconocimiento internacional fue amplio pero incompleto. Más de un centenar de Estados miembros de la ONU reconocen a Kosovo, aunque las cifras exactas están en disputa: fuentes recientes hablan de alrededor de 100 a 120 reconocimientos, y Serbia sostiene que varios países han retirado el suyo. Cinco miembros de la Unión Europea —España, Grecia, Chipre, Rumania y Eslovaquia— no lo reconocen, en parte por sus propias sensibilidades ante movimientos secesionistas. Sobre todo, la oposición de Rusia y China, con poder de veto en el Consejo de Seguridad, mantiene a Kosovo fuera de la ONU.
Desde 2011, la Unión Europea facilita un diálogo entre Belgrado y Pristina para normalizar sus relaciones. De ahí salieron el Acuerdo de Bruselas de 2013 —que buscaba integrar las estructuras serbias del norte en el marco institucional kosovar y preveía una Asociación de Municipios de mayoría serbia— y, en 2023, el llamado Acuerdo de Ohrid, por el cual Serbia se comprometía a no obstaculizar el ingreso de Kosovo en organizaciones internacionales y a reconocer sus documentos y símbolos, sin llegar a un reconocimiento formal.
La implementación, sin embargo, quedó estancada. La minoría serbia, concentrada sobre todo en el norte alrededor de Mitrovica, sigue siendo un punto sensible, con episodios recurrentes de tensión: barricadas, incidentes en torno a las patentes de los autos, boicots electorales y enfrentamientos ocasionales. El futuro europeo de ambos países está atado, en buena medida, a que este proceso avance.
Hoy Kosovo es el Estado más joven de Europa y también uno de los de población más joven. Convive con una economía en desarrollo, una fuerte emigración y una diáspora influyente, y con la tarea inconclusa de construir un país plenamente multiétnico. Su historia —de la Dardania a la independencia— sigue, en cierto sentido, abierta: el estatus definitivo y la reconciliación con Serbia son capítulos todavía por escribir.