Fiyi fue uno de los primeros archipiélagos remotos del Pacífico en ser habitado por seres humanos. Hacia el año 1000 a.C. —y según algunos yacimientos incluso un poco antes, en torno al 1100 a.C.— llegaron por mar los portadores de la cultura lapita, un pueblo austronesio de origen último en el sudeste asiático que se distingue por su exquisita cerámica de motivos geométricos estampados con peine dentado. Fueron ellos los grandes navegantes que, en canoas de doble casco guiadas por las estrellas, colonizaron la Melanesia insular y desde Fiyi dieron el salto decisivo hacia el este, hacia Tonga y Samoa, sembrando la semilla de lo que siglos después sería la expansión polinesia por todo el océano.
La arqueología ha dejado huellas asombrosas de aquella primera ocupación. En la isla de Moturiki se halló el esqueleto casi completo de una mujer lapita apodada "Mana", que vivió alrededor del año 800 a.C., uno de los restos humanos más antiguos del archipiélago. Los tiestos de cerámica lapita aparecen en las islas occidentales primero y en las orientales después, dibujando el avance de aquellas gentes que se instalaban en aldeas costeras, pescaban en las lagunas, criaban cerdos y aves y cultivaban taro y ñame.
Hacia el comienzo de la era común llegó una segunda gran oleada de población, de genética predominantemente melanesia, que se fundió con los primeros pobladores y dio forma a la Fiyi que conocerían los europeos: un pueblo de fenotipo melanesio pero con marcados elementos polinesios, sobre todo en las islas orientales de Lau, más próximas a Tonga. De ese largo proceso de mestizaje surgieron los iTaukei, los fiyianos indígenas, herederos directos de aquellos navegantes lapita y dueños ancestrales de la tierra.
A lo largo de casi tres milenios, los iTaukei desarrollaron una de las sociedades más elaboradas de Melanesia, organizada en torno a un concepto central e intraducible: el vanua. La palabra designa a la vez la tierra, la gente que la habita y los jefes que la encarnan, todo ello unido en un vínculo espiritual indisoluble; un fiyiano no "posee" el vanua, sino que pertenece a él. Sobre esa base se estructuraba una jerarquía de grupos de parentesco —desde el hogar y el clan (mataqali) hasta la confederación tribal— encabezada por jefes hereditarios, los turaga, cuya autoridad se legitimaba en el linaje y en la ceremonia.
Era una sociedad de rango, guerra y ritual. Los grandes jefes competían por el mana y el prestigio a través de alianzas matrimoniales, intercambios ceremoniales de esteras finas, dientes de cachalote (tabua) y grandes banquetes. La guerra era endémica, y la construcción de la drua —la enorme canoa de guerra de doble casco, capaz de transportar a cien guerreros y considerada la cumbre de la ingeniería náutica del Pacífico— permitía a las jefaturas costeras proyectar su poder sobre archipiélagos enteros. En este mundo también existió el canibalismo ritual sobre los enemigos vencidos, una práctica que impresionó y aterrorizó a los primeros europeos, hasta el punto de que llamaron a Fiyi las "islas caníbales".
El otro pilar de la vida iTaukei era —y sigue siendo— la ceremonia. La preparación y el consumo comunitario del yaqona o kava, la bebida de raíz de pimienta que se ofrece en cada acontecimiento social, sellaba pactos y jerarquías; el meke, danza narrada, transmitía la historia oral; y el sevusevu, la ofrenda de bienvenida, regulaba la relación con los forasteros. Buena parte de esa estructura —los jefes, el mataqali, el kava, la propiedad comunal de la tierra— sobrevivió a la colonización y pervive hoy como columna vertebral de la identidad iTaukei.
Para el resto del mundo, Fiyi permaneció invisible hasta bien entrada la Edad Moderna. El primer europeo en avistarla fue el navegante neerlandés Abel Tasman, que en 1643, buscando el mítico continente austral, pasó junto al archipiélago por el norte y estuvo a punto de estrellarse contra sus arrecifes traicioneros. Advertido de la fama de caníbales de sus habitantes, no desembarcó: se limitó a anotar la existencia de las islas y siguió su rumbo a toda prisa, dejando aquellos peligrosos bajíos marcados en las cartas.
Más de un siglo después, en 1774, el capitán británico James Cook tocó de pasada las islas meridionales del grupo de Lau, sin adentrarse en el archipiélago. Pero el europeo que realmente lo cartografió fue William Bligh, célebre por el motín de la Bounty. En 1789, tras ser abandonado por los amotinados en un pequeño bote abierto, Bligh atravesó Fiyi en una travesía desesperada rumbo a Timor: navegó entre las dos grandes islas de Viti Levu y Vanua Levu, fue perseguido por canoas fiyianas y logró escapar y trazar por primera vez la posición de muchas islas. En su honor, el estrecho que separa ambas grandes islas se llama todavía hoy "Bligh Water", y durante un tiempo el archipiélago fue conocido como las "Islas Bligh". Bligh regresó en 1792 y avistó otras islas, como Kadavu.
Durante décadas, Fiyi conservó su reputación temible y los barcos evitaban acercarse. Fueron sus propios peligros —los arrecifes laberínticos y el miedo al canibalismo— los que la mantuvieron al margen del interés europeo mucho más tiempo que a otros archipiélagos del Pacífico. Ese aislamiento se rompería a comienzos del siglo XIX, no por exploradores ni imperios, sino por la codicia de un puñado de mercaderes en busca de una madera perfumada.
El verdadero contacto sostenido con el mundo exterior llegó con un árbol. Hacia 1804 se descubrió que las islas de Fiyi, en especial la bahía de Bua, en Vanua Levu, escondían densos bosques de sándalo, la madera aromática que se pagaba a precio de oro en los mercados de China. Durante la década siguiente, una fiebre comercial atrajo a mercaderes y aventureros que arrasaron los sandalares; hacia 1813 el recurso ya estaba prácticamente agotado. A partir de la década de 1820 el foco pasó a la bêche-de-mer o trepang —el pepino de mar comestible, otro manjar codiciado en Cantón—, cuyo comercio se prolongó hasta la década de 1850.
Aquellos intercambios lo cambiaron todo, porque a cambio de sándalo y pepino de mar los fiyianos empezaron a recibir un artículo revolucionario: las armas de fuego. Con los barcos llegaron también los beachcombers, marineros europeos náufragos o desertores que se integraron en las sociedades locales y se convirtieron en intermediarios y consejeros militares de los jefes. El más famoso fue el sueco Charlie Savage, que hacia 1808, tras el naufragio del bergantín Eliza cerca de Nairai, se alió con el poderoso jefe de Bau y puso sus mosquetes al servicio de las guerras locales, inclinando de forma decisiva el equilibrio de poder antes de morir en una escaramuza en 1813.
La combinación de mosquetes y ambiciones de los jefes desató una era de guerras más letales que nunca. Las jefaturas que lograron monopolizar el comercio de armas —y por tanto la ventaja militar— empezaron a imponerse sobre las demás. En ese tablero convulso, una diminuta isla frente a la costa oriental de Viti Levu supo jugar mejor que ninguna sus cartas y encaminarse hacia una hegemonía sin precedentes: Bau.
Bau era apenas un islote de pocas hectáreas pegado a la costa oriental de Viti Levu, pero durante la primera mitad del siglo XIX se convirtió en el centro de poder más temido de todo el archipiélago. Sus jefes, apoyados primero por beachcombers como Charlie Savage y su arsenal de mosquetes, y luego por su dominio de las rutas comerciales, extendieron su influencia sobre buena parte de Fiyi. La figura que encarnó esa supremacía fue Ratu Seru Epenisa Cakobau, hijo del jefe Tanoa, que hacia mediados de siglo se erigió en el hombre más poderoso de las islas y se hizo llamar Tui Viti, "rey de Fiyi".
Su hegemonía, sin embargo, nunca fue absoluta ni pacífica. Cakobau tuvo que enfrentar a rivales formidables, sobre todo a Ma'afu, un príncipe tongano que desde el este, en las islas de Lau, construyó su propio dominio con el respaldo del reino cristiano de Tonga y llegó a disputarle el liderazgo de todo el archipiélago. La rivalidad entre el jefe melanesio de Bau y el noble polinesio de Lau estructuró la política fiyiana de aquellas décadas y estuvo a punto de partir las islas en dos esferas de influencia.
Sobre Cakobau pesaban además presiones externas cada vez mayores. Colonos europeos —sobre todo de las cercanas Australia y Nueva Zelanda— compraban tierras, plantaban algodón y coco y reclamaban orden y garantías. Y una deuda con Estados Unidos, originada en los daños sufridos por un cónsul norteamericano, se convirtió en una soga alrededor de su cuello. Para consolidar y a la vez salvar su poder, Cakobau recurrió a un arma que había resistido durante décadas: la religión de los recién llegados.
A partir de la década de 1830 comenzaron a llegar a Fiyi los misioneros cristianos, sobre todo metodistas wesleyanos procedentes de Australia y de la vecina Tonga, a los que más tarde se sumarían católicos y otras confesiones. Predicaron durante años con escaso éxito en un mundo de jefes guerreros y canibalismo ritual, pero fueron ganando terreno, con frecuencia de la mano de conversos tonganos y del prestigio militar del reino cristiano de Tonga. La gran victoria de la misión llegó en 1854, cuando el propio Cakobau, el jefe más poderoso del archipiélago, se convirtió públicamente al cristianismo.
Su conversión fue tanto espiritual como profundamente política. Cakobau necesitaba el apoyo militar de la cristiana Tonga y de su rey Jorge Tupou frente a sus rivales, y adoptar la nueva fe sellaba esa alianza. Poco después, en 1855, con ayuda de tropas tonganas, Cakobau se impuso en la decisiva batalla de Kaba sobre una coalición de jefes rebeldes, afianzando su hegemonía. La conversión del líder arrastró tras de sí a buena parte de las jefaturas costeras, y el cristianismo se convirtió con rapidez en un pilar de la identidad fiyiana, hasta hoy uno de los pueblos más devotamente cristianos del Pacífico.
Pero el interior montañoso de Viti Levu resistió durante décadas, aferrado a las creencias y prácticas antiguas. El símbolo más célebre de esa resistencia fue el reverendo Thomas Baker, misionero metodista que en julio de 1867 fue asesinado y devorado junto a varios de sus seguidores en las tierras altas de Navosa —según la tradición, por haber tocado la cabeza de un jefe, gesto de máxima ofensa en la cultura fiyiana—, el único misionero que corrió esa suerte en el archipiélago. Su muerte, trece años después de la conversión de Cakobau, mostraba que la cristianización de las montañas aún tardaría en completarse.
Hacia 1871, en un intento de imponer orden y de dar forma a un Estado moderno, Cakobau fundó en Levuka, sobre la isla de Ovalau, el Reino de Fiyi, el primer Estado que reunía a casi todo el archipiélago bajo un solo gobierno, con Cakobau coronado rey. Pero el nuevo reino era frágil: las rivalidades entre jefes, el creciente número de colonos europeos ávidos de tierras y, sobre todo, una deuda de unas 9.000 libras reclamada por Estados Unidos, lo colocaron al borde del colapso. Incapaz de pagar y temeroso tanto de sus rivales internos como de una posible anexión por otra potencia, Cakobau buscó una salida drástica.
La solución fue ofrecer las islas al Imperio británico. Tras negociaciones y titubeos —Londres había rechazado una oferta anterior en la década de 1860—, la Corona aceptó. El 10 de octubre de 1874, en Levuka, Cakobau, su rival Ma'afu y otros grandes jefes firmaron el Deed of Cession, el Acta de Cesión que entregaba Fiyi a la reina Victoria. Nacía así la Colonia de Fiyi, que sería gobernada por Gran Bretaña durante casi un siglo. Levuka fue su primera capital, pero su estrechez entre el mar y las montañas de Ovalau la condenó pronto: en 1882 la capital se trasladó a Suva, en Viti Levu, con su amplio puerto y su terreno llano para crecer.
El primer gobernador, Sir Arthur Gordon, dio a la colonia un sello duradero. Alarmado por la despoblación que causaban las enfermedades —una devastadora epidemia de sarampión mató en 1875 a una cuarta parte de los fiyianos—, Gordon adoptó una política paternalista de protección de los iTaukei: prohibió la venta de tierras nativas, que quedaron protegidas como propiedad comunal inalienable de los clanes (una norma vigente hasta hoy), y decidió no emplear a los fiyianos como mano de obra en las plantaciones. Esa doble decisión —proteger la tierra iTaukei y buscar trabajadores en otra parte— sería la semilla de la Fiyi bicultural que conocemos.
Para hacer rentable la nueva colonia sin tocar a los iTaukei ni a sus tierras, la administración británica apostó por un cultivo: la caña de azúcar. Y para trabajarla importó mano de obra desde el otro extremo del Imperio, la India. Así comenzó uno de los grandes capítulos de la historia fiyiana. El 14 de mayo de 1879 arribó el Leonidas, primer barco de trabajadores indios contratados, con 498 personas a bordo tras zarpar de Calcuta. Fue el inicio de un flujo que hasta 1916 trajo a Fiyi a unos 60.500 trabajadores indios, procedentes sobre todo del norte y del sur del subcontinente.
Llegaban bajo un contrato de servidumbre por deudas, la indentura, que los ataba a las plantaciones durante cinco años. Ellos mismos lo llamaron girmit —deformación de la palabra inglesa agreement, "acuerdo"—, y por eso se los conoce como girmitiyas. Las condiciones eran durísimas: jornadas extenuantes cortando caña, alojamientos miserables y hacinados, castigos y una gran escasez de mujeres que agravaba la tensión y la violencia en los barracones. La empresa dominante era la australiana Colonial Sugar Refining Company (CSR), que llegó a controlar buena parte de la producción azucarera de la colonia. El sufrimiento de aquellos trabajadores, denunciado por activistas en la India y en Gran Bretaña, contribuyó a que el sistema de indentura se aboliera en 1916 y cesara del todo en 1920.
La mayoría de los girmitiyas, cumplido su contrato, decidió quedarse en Fiyi en lugar de regresar a una India donde ya no tenían tierras. Se establecieron como agricultores arrendatarios de caña, comerciantes y artesanos, reconstruyeron sus templos, mezquitas y festividades, y forjaron una comunidad nueva: los indo-fiyianos. Trajeron consigo el hinduismo, el islam, el hindi de Fiyi —una lengua propia surgida de la mezcla de dialectos indios— y una cultura vibrante. En pocas generaciones se convirtieron en la columna de la economía azucarera y comercial, y llegaron a ser casi la mitad de la población. Sobre ese encuentro entre iTaukei e indo-fiyianos se construiría —no sin tensiones— la nación moderna.
Bajo el dominio británico, Fiyi se organizó como una sociedad segmentada en compartimentos. Los iTaukei quedaron encuadrados en un sistema de administración indirecta que preservaba a sus jefes, su tierra comunal y sus costumbres, pero los mantenía en buena medida al margen de la economía moderna. Los indo-fiyianos, en cambio, se volcaron en la caña, el comercio y la educación, y con el tiempo empezaron a reclamar igualdad de derechos políticos y de acceso a la tierra, un reclamo que chocaba con la protección de las tierras iTaukei. Y una pequeña élite europea y de sangre mixta controlaba el comercio y la administración. Esa arquitectura colonial —separada por raza, tierra y economía— sembró las divisiones que marcarían al país independiente.
Las dos guerras mundiales acercaron a Fiyi al escenario internacional. En la Segunda Guerra Mundial, el archipiélago fue una base estratégica de los Aliados en el Pacífico, y muchos fiyianos indígenas se distinguieron como soldados en la brutal campaña de las Islas Salomón, forjando una reputación militar que perdura. La posguerra trajo, poco a poco, reformas constitucionales, la ampliación del sufragio y un lento traspaso de poder hacia representantes locales, en el marco de la descolonización que recorría todo el Imperio británico.
El camino hacia la soberanía se aceleró en la década de 1960. Tras años de negociaciones sobre cómo repartir el poder entre las comunidades, se acordó una constitución con un sistema electoral basado en escaños comunales que buscaba equilibrar a iTaukei e indo-fiyianos. El 10 de octubre de 1970 —96 años exactos después de la cesión—, Fiyi se independizó como Estado soberano dentro de la Commonwealth, con la reina Isabel II como jefa de Estado y Ratu Sir Kamisese Mara, un jefe de alto rango de Lau, como primer ministro. La joven nación heredaba una democracia parlamentaria, una economía próspera para la región… y una fractura étnica sin resolver.
Durante sus primeros diecisiete años de independencia, Fiyi fue vista como un modelo de estabilidad en el Pacífico, gobernada de forma casi ininterrumpida por Ratu Mara. Pero la paz descansaba sobre una división étnica latente. En abril de 1987, una coalición liderada por indo-fiyianos ganó por primera vez las elecciones y llevó al poder a un gobierno con fuerte respaldo de esa comunidad. La reacción nacionalista iTaukei no se hizo esperar: el 14 de mayo de 1987, el teniente coronel Sitiveni Rabuka encabezó un golpe militar, el primero de la historia del país, que derrocó al gobierno recién electo en nombre de la defensa de los intereses de los fiyianos indígenas. Un segundo golpe, en septiembre, abolió la monarquía y proclamó la república, y Fiyi fue expulsada temporalmente de la Commonwealth.
Los golpes de 1987 marcaron el país durante décadas. Las constituciones posteriores consagraron la primacía política iTaukei, y decenas de miles de indo-fiyianos, sintiéndose ciudadanos de segunda, emigraron a Australia, Nueva Zelanda y Canadá, empobreciendo al país de talento y capital. En 1997 se adoptó una constitución más igualitaria, y en 1999 Mahendra Chaudhry se convirtió en el primer indo-fiyiano en llegar a primer ministro. Duró poco: en mayo de 2000, el nacionalista George Speight irrumpió armado en el Parlamento y lo tomó como rehén junto a su gabinete durante casi dos meses, en un violento golpe que hundió de nuevo al país en la crisis. Speight acabó condenado por traición.
El ciclo se cerró —o al menos cambió de signo— en diciembre de 2006, cuando el comodoro Frank Bainimarama, jefe del ejército, derrocó al gobierno de Laisenia Qarase en el cuarto golpe en menos de veinte años. A diferencia de los anteriores, Bainimarama se presentó como abanderado de un Estado "sin distinción de raza", contrario al nacionalismo étnico iTaukei, aunque gobernó de forma autoritaria, suspendió la constitución y reprimió a la oposición. En 2013 promulgó una nueva constitución que abolía el voto comunal por raza y establecía una ciudadanía común —desde entonces todos los ciudadanos, iTaukei o no, se llaman oficialmente "fiyianos"—, sentando las bases del retorno a la democracia.
Tras años de gobierno militar, Bainimarama ganó las elecciones de 2014 y las de 2018, ya como líder civil, y Fiyi fue readmitida en la Commonwealth. El gran hito democrático llegó en diciembre de 2022, cuando por primera vez desde 2006 hubo una transición pacífica del poder: una coalición encabezada por Sitiveni Rabuka —el mismo militar que había protagonizado los golpes de 1987, reconvertido en político electo— desplazó a Bainimarama de manera constitucional. El relevo, sin violencia ni tanques, fue leído dentro y fuera del país como una señal de madurez para una democracia largamente convulsa.
Hoy Fiyi es la economía más diversificada y el centro logístico y diplomático del Pacífico Sur —Suva alberga numerosos organismos regionales—, pero su motor es el turismo. Millones de visitantes llegan cada año atraídos por las playas de las Mamanuca y las Yasawa, los arrecifes de coral blando de Taveuni, el buceo con tiburones de Beqa y la calidez de la hospitalidad fiyiana, resumida en el saludo universal "bula". El azúcar, que sostuvo a la colonia, ha cedido el primer puesto al turismo y a las remesas de la enorme diáspora fiyiana.
Dos causas definen su lugar en el mundo del siglo XXI. La primera es el cambio climático: como nación de islas bajas, Fiyi está en primera línea de la subida del mar y ha ganado protagonismo global como voz de los Estados insulares —presidió la cumbre climática COP23 en 2017—, además de haber tenido que reubicar tierra adentro a aldeas costeras enteras, como Vunidogoloa en 2014, un caso pionero de traslado planificado por el clima. La segunda es el rugby: Fiyi ganó en Río 2016 su primera medalla olímpica de la historia —oro en rugby seven, celebrado con feriado nacional y un billete conmemorativo de 7 dólares— y repitió el oro en Tokio 2020, consagrando este deporte como pasión nacional y símbolo de orgullo de un pequeño país que, en la arena, reina sobre gigantes.