Niš, la mayor ciudad del sur de Serbia, es una de las más antiguas de los Balcanes. Fundada por los celtas y convertida por Roma en la importante Naissus, fue un nudo de calzadas estratégico en la Vía Militaris que unía Europa central con Constantinopla. Su título de gloria es haber sido la cuna del emperador Constantino el Grande, nacido allí hacia el año 272, el hombre que legalizó el cristianismo y fundó Constantinopla.
En las afueras se conserva Mediana, el complejo residencial romano vinculado a Constantino, con mosaicos y termas. Por su posición de encrucijada, Niš fue siempre puerta del sur: quien controlaba Niš controlaba el paso entre el mundo europeo y el oriental, y por eso la ciudad cambió de manos innumerables veces a lo largo de la historia.
Niš conserva como pocas ciudades serbias la marca de los siglos otomanos. Su fortaleza, bien conservada, fue reconstruida por los turcos en el siglo XVIII sobre cimientos romanos y bizantinos, y sigue siendo el centro monumental de la ciudad. Pero el monumento más estremecedor de Niš es la Ćele Kula, la Torre de las Calaveras.
Fue levantada por los otomanos tras la batalla de Čegar, en 1809, durante el Primer Levantamiento Serbio: para escarmentar a los rebeldes, incrustaron en una torre los cráneos de los combatientes serbios caídos. Lejos de amedrentar, el macabro monumento se convirtió en símbolo del sacrificio por la independencia. Hoy, protegida dentro de una capilla, la Ćele Kula es a la vez lugar de memoria y advertencia sobre la crueldad de aquellas guerras. Niš también albergó, durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los primeros campos de concentración nazis en los Balcanes, el Crveni Krst, otro capítulo doloroso que la ciudad conserva como memorial.
El este de Serbia, hacia el Danubio y la frontera con Rumania y Bulgaria, fue durante milenios una tierra de límites. Aquí pasaba el limes, la frontera fortificada del Imperio romano, jalonada de campamentos y ciudades como Viminacium, uno de los mayores yacimientos romanos de la región, con su necrópolis y sus mosaicos. Por estas tierras avanzaron y retrocedieron los ejércitos de Roma, Bizancio, los búlgaros y los otomanos.
La región, montañosa y minera, conserva una fuerte identidad propia y comunidades valacas de habla romance, herencia de esa condición de cruce de pueblos. El desfiladero de Đerdap, las Puertas de Hierro, con el yacimiento prehistórico de Lepenski Vir y los vestigios del puente de Trajano, concentra en pocos kilómetros una densidad histórica que va desde los primeros pobladores de Europa hasta la ingeniería romana.
En el suroeste, hacia la región de Sandžak, la reserva natural de Uvac ofrece uno de los paisajes más fotografiados de Serbia: los meandros del río Uvac, que serpentea en curvas cerradas y vertiginosas encajado entre paredes de roca de más de cien metros. Desde los miradores de altura, el río dibuja una sucesión de eses casi irreal.
Uvac es también un santuario de naturaleza: es uno de los pocos refugios europeos del buitre leonado, una especie que estuvo al borde de la extinción y que aquí se recuperó gracias a programas de protección. El cañón esconde además un sistema de cuevas con largas galerías. La zona pertenece al Sandžak, región de fuerte presencia musulmana bosníaca, un recordatorio de que la diversidad religiosa y cultural de Serbia se extiende también por su sur montañoso.
En el corazón de la Serbia central, el pequeño pueblo de Guča salta cada verano a la fama mundial con el Sabor de Guča, el mayor festival de trompetas de los Balcanes. Nacido en 1961, reúne a orquestas de metales y músicos de todo el país y del extranjero en una competición y una fiesta popular que llena las calles de música, baile, comida y multitudes durante varios días.
El protagonista es el sonido inconfundible de la trompeta balcánica, heredera de las bandas militares otomanas y del folclore local, popularizado en todo el mundo por bandas y por el cine de Emir Kusturica. Guča es mucho más que un evento musical: es una celebración de la identidad festiva, ruidosa y desbordante de la Serbia rural, y una de las mejores ocasiones para ver de cerca su cultura popular más viva.