El norte de Egipto, en el vértice donde el valle se abre en el delta, fue el escenario del nacimiento del Estado faraónico. Según la tradición, el rey Menes (identificado con Narmer) fundó allí Menfis hacia el 3100 a.C. como capital del reino recién unificado, en un punto estratégico para controlar tanto el Alto como el Bajo Egipto. Durante el Imperio Antiguo, Menfis fue la mayor ciudad del mundo, sede del faraón y del culto al dios Ptah, patrón de los artesanos.
En su enorme necrópolis, en Saqqara, se levanta la pirámide escalonada de Zoser, la construcción monumental de piedra más antigua conocida, obra del legendario Imhotep. Saqqara siguió siendo un cementerio sagrado durante milenios, con mastabas decoradas con escenas cotidianas de asombrosa viveza y el enterramiento de los toros sagrados Apis en el Serapeum. Aunque Menfis fue perdiendo protagonismo frente a Tebas y luego Alejandría, y hoy apenas queda de ella un yacimiento con estatuas colosales de Ramsés II, su papel fundacional la convierte en la raíz del Egipto histórico.
En la meseta de Giza, hoy pegada al borde suroccidental de El Cairo, la IV dinastía dejó el conjunto monumental más famoso del planeta. Hacia el 2560 a.C., el faraón Keops mandó construir la Gran Pirámide, de unos 146 metros originales y más de dos millones de bloques de piedra: la más grande jamás edificada y la única de las siete maravillas del mundo antiguo que sigue en pie. Junto a ella se alzan las pirámides de sus sucesores Kefrén y Micerino, templos funerarios, calzadas y la Gran Esfinge, un león con rostro humano de unos 73 metros esculpido en la roca.
Durante siglos se creyó que estas moles se habían levantado con multitudes de esclavos; la arqueología moderna, en cambio, ha excavado los poblados de los constructores y muestra que fueron cuadrillas de trabajadores egipcios remunerados, alojados y alimentados por el Estado, quienes las erigieron. Giza fue un centro religioso durante milenios y hoy es el mayor imán turístico de Egipto. A sus pies se inauguró el Gran Museo Egipcio, uno de los mayores museos arqueológicos del mundo, concebido para reunir la colección faraónica —incluido el tesoro completo de Tutankamón— a un paso de las pirámides que le dan sentido.
El Cairo tal como lo conocemos nació en 969, cuando los fatimíes fundaron al-Qahira, 'la Victoriosa', junto a la vieja capital árabe de Fustat. En pocos siglos se convirtió en la mayor y más rica ciudad del mundo islámico. Bajo ayubíes y sobre todo bajo los mamelucos (1250-1517), se llenó de mezquitas, madrazas, mausoleos y mercados; el bazar de Jan el-Jalili, la mezquita de al-Azhar —sede de su célebre universidad, una de las máximas autoridades del islam suní— y la imponente Ciudadela de Saladino, coronada más tarde por la mezquita de alabastro de Mehmet Alí, resumen ese esplendor. Su casco histórico, el Cairo Islámico, es Patrimonio de la Humanidad.
A lo largo del siglo XIX, el jedive Ismail impulsó un Cairo 'moderno' de bulevares al estilo parisino, y la ciudad fue creciendo hasta transformarse en la megalópolis actual: aglomeración de más de veinte millones de personas, capital cultural del mundo árabe, sede del cine y la música que se escuchan de Marruecos a Irak. En su corazón, la plaza Tahrir fue el epicentro de la revolución de 2011 que derribó a Hosni Mubarak. Allí, el histórico Museo Egipcio guardó durante más de un siglo los tesoros faraónicos, hoy en proceso de traslado al nuevo Gran Museo de Giza. El Cairo condensa, en pocos kilómetros, cinco mil años: de la antigua Heliópolis a los rascacielos de la Nueva Capital Administrativa que el país construye en el desierto.
Fundada por Alejandro Magno en el 331 a.C., Alejandría fue durante siglos la gran metrópolis del mundo helenístico y la capital de los Ptolomeos. Su Biblioteca y su Museo hicieron de ella el mayor centro intelectual de la Antigüedad, donde trabajaron Euclides o Eratóstenes, y su Faro figuró entre las siete maravillas del mundo. Fue también una ciudad de mezcla única: griegos, egipcios y una de las mayores comunidades judías de la Antigüedad, donde se tradujo la Biblia al griego. Aquí reinó y murió Cleopatra, y aquí, según la tradición, el evangelista Marcos plantó las raíces del cristianismo egipcio.
Tras siglos de decadencia, Alejandría renació en el siglo XIX y principios del XX como una ciudad portuaria intensamente cosmopolita, con comunidades griega, italiana, judía, armenia y levantina, retratada por escritores como Constantino Cavafis o Lawrence Durrell. Ese mundo multicultural se disolvió con el nacionalismo árabe de los años cincuenta y la salida de gran parte de sus extranjeros. Hoy, la moderna Biblioteca Alejandrina (Bibliotheca Alexandrina), inaugurada en 2002, evoca la memoria de la antigua, mientras la fortaleza de Qaitbay se alza sobre el emplazamiento del viejo Faro. Alejandría sigue siendo la gran ciudad mediterránea de Egipto, con un aire distinto, más marino y europeo, que el del interior del valle.
El norte de Egipto es, sobre todo, el delta del Nilo: un abanico verde de canales y campos que se abre hacia el Mediterráneo y donde vive buena parte de la población del país. Fue el Bajo Egipto de la mitología, con la corona roja, y su ciudad santa era Buto. En época faraónica el delta ganó protagonismo con las capitales ramésidas del este —Pi-Ramsés, la ciudad de Ramsés II— y con la dinastía saíta, que reinó desde Sais. Su feracidad hizo de esta región el gran granero que alimentó primero a Egipto y luego a Roma.
Abierto al mar y al Levante, el norte fue siempre la puerta por la que entraron y salieron pueblos, mercancías e invasiones: hicsos, griegos, romanos, árabes, cruzados, franceses y británicos. Rashid (Rosetta), en el brazo occidental del delta, dio nombre a la piedra que permitió descifrar los jeroglíficos. Y en el extremo oriental, la depresión que separa África de Asia se convirtió en el siglo XIX en el trazado del canal de Suez, la obra que volvió a colocar a Egipto en el centro de las rutas del mundo. Ciudades como Tanta, Mansura o Damietta laten con la vida agrícola y comercial de un delta que, aunque menos monumental que el Alto Egipto, es el motor demográfico y alimentario del país.