Antes de la llegada de los españoles, las tierras del actual cantón central de San José estaban habitadas por pueblos huetares y grupos sujetos a ellos, como los tices y catapas, mientras que los valles del sur, en la región de El General, pertenecían al mundo de los brunkas. Era una zona de bosques y ríos en el corazón del Valle Central, sin grandes centros de población.
Durante buena parte de la época colonial, los pobladores dispersos del valle de Aserrí dependían de Cartago en lo religioso y lo político, pero la distancia y los malos caminos hacían difícil esa dependencia. Por eso, en 1736 las autoridades eclesiásticas ordenaron levantar una ermita en un paraje conocido como la 'Boca del Monte' para congregar a los vecinos: al año siguiente, en 1737, se erigió la primera ermita de adobe y se nombró la primera autoridad local, fecha que se toma como la fundación de San José.
San José fue durante décadas una modesta villa, eclipsada por la vecina Cartago. Su despegue llegó de la mano del café: fue en las tierras josefinas donde primero prosperó el cultivo del 'grano de oro', y la riqueza que generó impulsó el crecimiento de la ciudad. En 1813 recibió el título de ciudad gracias a las gestiones del presbítero Florencio del Castillo ante las Cortes de Cádiz.
El salto decisivo llegó tras la independencia. En la Guerra de Ochomogo de 1823, las fuerzas de San José, partidarias de un régimen republicano, se impusieron a las de Cartago, y como consecuencia la capital del Estado se trasladó a San José ese mismo año. Desde entonces, la ciudad concentró de manera creciente el poder político, económico y cultural del país.
A lo largo del siglo XIX, la élite cafetalera hizo de San José el escaparate de su prosperidad. Con las divisas del café se financiaron el alumbrado público, los tranvías, los primeros edificios monumentales y una vida urbana refinada que buscaba imitar a las capitales europeas.
El símbolo de esa ambición es el Teatro Nacional, inaugurado en 1897 e inspirado en los grandes teatros de París y Milán. Financiado en parte con un impuesto al café, se convirtió en el orgullo de la ciudad y en emblema de toda Costa Rica. A su alrededor floreció el San José de museos, mercados y cafés que sigue siendo la puerta de entrada del país: allí están el Museo del Oro Precolombino, el Museo del Jade y el Museo Nacional, instalado en el antiguo Cuartel Bellavista donde en 1948 se abolió el ejército.
La provincia de San José se extiende por el corazón del Valle Central, la meseta de suelos volcánicos y clima templado donde vive la mayor parte de la población costarricense y se concentra la actividad económica del país. Su capital forma, junto con Alajuela, Heredia y Cartago, la Gran Área Metropolitana, el núcleo urbano de Costa Rica.
Alrededor de la capital, cantones cafetaleros y cordilleras enmarcan el valle. Hacia el sur, la provincia trepa por la Cordillera de Talamanca en un cambio brusco de paisaje: del asfalto se pasa a los bosques de altura y a los páramos más agrestes de Centroamérica, en una transición que resume la sorprendente diversidad del país en pocas horas de camino.
En el extremo sur de la provincia se alza el Cerro Chirripó, con 3.820 metros el punto más alto de Costa Rica. Su cima de páramo, lagunas glaciares y rocas modeladas por el hielo se conquista tras una exigente caminata que arranca en San Gerardo de Rivas, y en días despejados ofrece la rara visión de ambos océanos desde un mismo punto. Es uno de los grandes desafíos del montañismo del país y forma parte del Parque Nacional Chirripó, integrado a la enorme reserva de La Amistad, compartida con Panamá.
Más al oeste, encajonado en la cordillera, el valle de San Gerardo de Dota se ha vuelto célebre entre los observadores de aves: es uno de los mejores lugares del mundo para ver al resplandeciente quetzal, el ave sagrada de los pueblos mesoamericanos. Bosques de robles centenarios, ríos de aguas frías y truchas y un clima de montaña hacen de esta zona un refugio de naturaleza a pocas horas de la capital, prueba del contraste que define a la provincia.