Sofía es una de las capitales más antiguas de Europa. En época romana se llamaba Serdica y fue tan querida por el emperador Constantino el Grande que, según la tradición, la consideraba casi su Roma; en el año 343 se celebró allí un concilio cristiano. Bajo el dominio otomano, Sofía fue un centro administrativo importante y se llenó de mezquitas y baños, de los que todavía quedan ejemplos como la mezquita Banya Bashi.
Cuando Bulgaria renació como estado, Sofía fue elegida capital del principado en 1879, por encima de ciudades con más peso histórico como Tarnovo o Plovdiv, en parte por su posición central. Desde entonces creció a gran velocidad y hoy concentra buena parte de la vida económica y cultural del país. Su casco histórico es un resumen visual de toda esta historia: ruinas romanas a cielo abierto, la catedral ortodoxa Alexander Nevski de cúpulas doradas, sinagoga, mezquita e iglesia católica a pocos metros, y grandes edificios del período socialista.
Escondido en las montañas de Rila, a unos 117 kilómetros al sur de Sofía, el monasterio más famoso de Bulgaria fue fundado en el siglo X en torno a la figura del ermitaño san Juan de Rila (Ivan Rilski, 876-946), patrono espiritual del país. Durante los siglos de dominio otomano, Rila fue mucho más que un lugar de culto: conservó manuscritos, obras de arte, la lengua y la memoria histórica búlgara, y por eso se lo considera una de las cunas de la identidad nacional.
El conjunto que se visita hoy es en su mayor parte del Renacimiento Nacional: tras un incendio en 1833, fue reconstruido entre 1834 y 1862 con donaciones de búlgaros de todo el país. Sus frescos, terminados en 1846, son obra de maestros de Bansko, Samokov y Razlog, entre ellos los célebres hermanos Zahari y Dimitar Zograf. La torre de Hrelyu, del siglo XIV, es lo más antiguo que se conserva. En 1983 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El oeste de Bulgaria es su región más montañosa, y esas montañas moldearon su historia. El monte Vitosha, que se asoma directamente sobre Sofía, fue declarado parque nacional en 1934, el primero de los Balcanes, y funciona como pulmón y patio trasero de la capital. Más al sur se levantan los grandes macizos de Rila —con el pico Musala, el más alto de la península balcánica, de 2.925 metros— y del Pirin, un parque nacional también reconocido por la Unesco.
Durante siglos, estas alturas fueron refugio. En ellas se escondieron los haiduks, bandoleros y rebeldes que resistían al poder otomano y que la tradición popular convirtió en héroes. Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, los bosques de estas montañas sirvieron de base a la guerrilla partisana. La aspereza del terreno explica por qué muchos monasterios y pueblos pudieron mantener su identidad lejos del control del poder central.
Al pie del Pirin, Bansko es hoy el principal centro de esquí de Bulgaria, pero su casco antiguo de casas de piedra cuenta otra historia. Durante el Renacimiento Nacional, Bansko fue un pueblo próspero de comerciantes y artesanos y una verdadera cantera de figuras culturales. De allí salió Neofit Rilski (1793-1881), monje, pedagogo y autor de la primera gramática búlgara moderna, que fundó en 1835 en Gabrovo la primera escuela laica del país y enseñó también en el monasterio de Rila.
Bansko dio además una escuela de pintores de iconos y frescos —la llamada escuela de Bansko— cuyos maestros trabajaron en iglesias y monasterios de todo el país, incluido Rila. Pasear por sus calles empedradas, entre casas fortificadas del siglo XIX y tabernas tradicionales (mehana), es recorrer el mundo material de aquel despertar cultural.
En el extremo noroeste, cerca de la frontera con Serbia, Belogradchik es célebre por sus rocas rojizas gigantescas, formaciones naturales de hasta 200 metros de altura entre las que se integra una fortaleza. El fuerte, llamado Kaleto, aprovechó los peñascos como muralla: los romanos levantaron aquí las primeras defensas, los búlgaros medievales las ampliaron y los otomanos las reconstruyeron en el siglo XIX. Es uno de los ejemplos más claros de cómo cada época reutilizó las obras de la anterior.
El noroeste búlgaro, con la ciudad de Vidin sobre el Danubio, fue un escenario clave de los últimos capítulos del estado medieval: allí resistió Iván Sratsimir hasta que la caída de Vidin en 1396 selló el fin de la Bulgaria independiente. En época contemporánea, en cambio, esta ha sido una de las regiones más despobladas y postergadas del país, muy golpeada por la emigración tras el fin del comunismo.