Sarajevo nació como ciudad otomana en el siglo XV, cuando el gobernador Isa-beg Ishaković levantó mezquitas, un mercado, puentes y un hamam a orillas del río Miljacka. El nombre viene del turco saray (palacio). En pocas décadas se convirtió en la ciudad más importante de la Bosnia otomana, con su bazar de Baščaršija, la mezquita de Gazi Husrev-beg y una vida comercial intensa.
Sarajevo se ganó el apodo de "Jerusalén de Europa" porque en unas pocas cuadras del casco viejo conviven una mezquita, una iglesia católica, una catedral ortodoxa y una sinagoga. La ciudad tuvo durante siglos una notable comunidad judía sefardí, descendiente de los expulsados de España en 1492, que aportó su lengua (el ladino) y guardó tesoros como la Hagadá de Sarajevo, un manuscrito medieval célebre en todo el mundo.
Sarajevo cargó con dos momentos que la pusieron en el centro del mundo. El 28 de junio de 1914, junto al Puente Latino, Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando y encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial. Todavía hoy una placa y un pequeño museo recuerdan el lugar exacto del atentado.
Setenta años después, en febrero de 1984, la ciudad vivió su momento de gloria pacífica: los Juegos Olímpicos de Invierno, con las pistas de Jahorina, Bjelašnica e Igman. Fue la primera vez que un país socialista organizaba unos Juegos de invierno, y para los sarajevitas sigue siendo un símbolo de orgullo y de una época en que la ciudad se mostró abierta y moderna ante el mundo.
El capítulo más doloroso llegó entre 1992 y 1996, cuando las fuerzas serbobosnias rodearon Sarajevo desde las colinas y la sometieron a casi 1.425 días de asedio, el más largo de una capital en la guerra moderna. Los francotiradores hicieron famosa y temida a la avenida bautizada "callejón de los francotiradores"; los vecinos sobrevivían gracias a un túnel excavado bajo el aeropuerto, hoy convertido en museo, que conectaba la ciudad sitiada con el exterior.
Las cicatrices de aquella guerra siguen visibles. En el asfalto quedaron marcas de impactos de mortero rellenadas con resina roja: son las "rosas de Sarajevo", que señalan los lugares donde murieron civiles. La ciudad se reconstruyó, recuperó su bazar y su vida cultural, y hoy combina esa memoria con una escena joven, cafés, festivales de cine y un turismo creciente que quiere entender su historia.
A pocos kilómetros de Sarajevo se levanta Jahorina, la montaña que en 1984 albergó las pruebas femeninas de esquí alpino de los Juegos Olímpicos. Hoy es la estación de esquí más grande y popular del país, con pistas para todos los niveles en invierno y senderos de montaña, aire fresco y prados verdes en verano.
Jahorina quedó, tras la guerra y los Acuerdos de Dayton, dentro del territorio de la República Srpska, mientras que otras sedes olímpicas cercanas, como Bjelašnica, quedaron del lado de la Federación. Ese detalle muestra hasta qué punto la frontera interna trazada en 1995 atraviesa hasta las montañas del entorno de la capital, aunque para el visitante el atractivo sea simplemente la nieve y el paisaje.
En el noreste, lejos de las montañas turísticas, está Tuzla, una de las ciudades más antiguas de Europa con asentamiento continuo, gracias a sus yacimientos de sal explotados desde tiempos prehistóricos; de hecho su nombre viene de la palabra turca para sal (tuz). La extracción intensiva provocó hundimientos del terreno, y la ciudad convirtió el problema en atractivo creando lagos salados urbanos donde hoy la gente se baña en pleno centro.
Tuzla fue durante el socialismo un gran centro industrial y minero, con una clase obrera fuerte y una tradición de convivencia entre comunidades. Durante la guerra mantuvo un gobierno multiétnico y se negó a la lógica de división, aunque también sufrió una tragedia terrible: el 25 de mayo de 1995, un proyectil serbobosnio impactó en la plaza Kapija y mató a decenas de jóvenes reunidos en un café. Hoy Tuzla es conocida por su ambiente universitario, joven y relajado.