El departamento de Santa Cruz, el más extenso de Bolivia, es el corazón de las tierras bajas orientales, una llanura tropical que se abre al pie de los últimos contrafuertes andinos. Antes de la conquista, la región estuvo habitada por pueblos chiquitanos, guaraníes (chiriguanos), guarayos y otros grupos amazónicos y chaqueños, con formas de organización muy distintas a las del mundo andino del altiplano.
En los valles occidentales, en lo alto de una colina, los pueblos preincaicos labraron durante siglos la enorme roca ceremonial de El Fuerte de Samaipata, una piedra tallada con canales, hornacinas y figuras de animales que constituye el mayor petroglifo del mundo. Utilizada luego por incas y por los españoles como fortaleza fronteriza, El Fuerte fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998 y es hoy uno de los grandes enigmas arqueológicos del país.
La ciudad de Santa Cruz de la Sierra fue fundada el 26 de febrero de 1561 por el capitán español Ñuflo de Chávez, primero en un emplazamiento más al este —cerca de la actual San José de Chiquitos— y luego trasladada a su sitio actual, a orillas del río Piraí. Durante siglos fue una remota frontera oriental, alejada del eje minero del altiplano, dedicada a la ganadería, la agricultura y la evangelización de los pueblos de la llanura.
El vuelco llegó en el siglo XX, sobre todo tras la 'Marcha hacia el Oriente' impulsada desde la Revolución de 1952 y el desarrollo de la agroindustria, la soja, la caña de azúcar y los hidrocarburos. Hoy Santa Cruz de la Sierra es la ciudad más poblada de Bolivia y su gran motor económico, con más de un millón y medio de habitantes y un crecimiento vertiginoso. A sus pobladores se los conoce como 'cambas', identidad regional de fuerte personalidad, con su propio acento, su música y su cultura del trópico.
El legado histórico más singular de Santa Cruz son las Misiones Jesuíticas de Chiquitos. Entre fines del siglo XVII y la expulsión de los jesuitas en 1767, la Compañía de Jesús fundó en las tierras bajas chiquitanas una serie de pueblos misionales —San Javier, Concepción, San Ignacio de Velasco, San Rafael, San Miguel, Santa Ana y San José de Chiquitos— donde jesuitas e indígenas crearon una experiencia única de arte, arquitectura, música barroca y organización comunitaria.
A diferencia de las misiones guaraníes del Paraguay y la Argentina, que quedaron en ruinas, muchas de las iglesias chiquitanas —construidas en madera y adobe por artesanos indígenas bajo dirección de misioneros como el suizo Martin Schmid— se conservaron, fueron restauradas y siguen en uso. Seis de estas misiones fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1990. Su extraordinaria tradición de música barroca, con partituras conservadas durante siglos, revive cada dos años en el célebre Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana 'Misiones de Chiquitos'.
Santa Cruz es también un departamento de enorme riqueza natural, en el punto donde convergen los Andes, la Amazonía, el Chaco y el Cerrado. Al oeste, el pueblo templado de Samaipata da acceso al Parque Nacional Amboró, ubicado en el 'Codo de los Andes', uno de los lugares más biodiversos del planeta, con helechos gigantes, aves y una asombrosa variedad de ecosistemas en poca distancia.
Hacia el noreste, sobre la frontera con Brasil, el Parque Nacional Noel Kempff Mercado —Patrimonio Natural de la Humanidad desde el año 2000— protege mesetas de arenisca, selvas y cascadas casi intactas, un paisaje que inspiró relatos de 'mundos perdidos'. Y en el extremo sureste, en la triple frontera con Brasil y Paraguay, se extiende el Pantanal boliviano, con las áreas protegidas de Otuquis y San Matías, la porción boliviana del mayor humedal del mundo. Esa diversidad convierte a Santa Cruz en un destino clave del ecoturismo boliviano.