El departamento de La Paz es el corazón histórico del altiplano boliviano. Junto a la orilla sur del lago Titicaca floreció Tiwanaku, la gran civilización andina anterior a los incas, cuyo centro ceremonial —a unos 70 km de la ciudad— es Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. Allí se levantan la Puerta del Sol, la pirámide de Akapana y los monolitos que dan testimonio de una cultura que dominó la piedra, la astronomía y la ingeniería hidráulica del altiplano.
Tras el colapso de Tiwanaku hacia el año 1000-1150, la región quedó bajo el dominio de los señoríos aymaras, como los Pacajes y los reinos lacustres del Titicaca, herederos de aquella tradición. En el siglo XV los incas incorporaron el altiplano al Collasuyo, imponiendo el quechua y su administración, aunque el aymara siguió siendo —y sigue siendo hasta hoy— la lengua predominante de la región. Ese sustrato aymara, con su agricultura de terrazas, su cosmovisión y su fuerte identidad comunitaria, es la base cultural más profunda del departamento.
La ciudad de Nuestra Señora de La Paz fue fundada por el capitán español Alonso de Mendoza el 20 de octubre de 1548, por orden de Pedro de La Gasca para conmemorar la pacificación tras las guerras civiles entre pizarristas y almagristas —de ahí su nombre—. Establecida primero en el pueblo indígena de Laja, fue trasladada de inmediato a la hoyada del río Choqueyapu, un cañón resguardado del viento del altiplano, sobre el antiguo asentamiento aymara de Chuquiago Marka.
Su emplazamiento no fue casual: La Paz se convirtió en una escala estratégica en el camino de la plata que unía Potosí con Lima y con la costa del Pacífico, y prosperó como centro colonial de comercio, artesanía y administración. Rodeada de laderas que trepan hasta los 4.000 metros y custodiada por el nevado Illimani, la ciudad creció encajonada en su valle, con una geografía urbana única que aún hoy la distingue de cualquier otra capital del mundo.
La Paz tuvo un papel protagónico en la independencia. El 16 de julio de 1809 estalló allí una de las primeras revoluciones de América, encabezada por Pedro Domingo Murillo, que depuso a las autoridades coloniales e instaló una Junta Tuitiva de los Derechos del Pueblo, considerada uno de los primeros gobiernos autónomos del continente. El movimiento fue aplastado por las tropas realistas y Murillo, junto a otros patriotas, fue ahorcado en enero de 1810.
Su figura y su frase —'la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar'— lo consagraron como mártir y prócer nacional. Su nombre lleva la principal plaza de la ciudad —la plaza Murillo, donde hoy se ubican el Palacio de Gobierno y la Asamblea Legislativa— y la provincia donde se asienta la capital. El 16 de julio es la efeméride departamental de La Paz, celebrada como una de las grandes fechas patrias del país.
A fines del siglo XIX, el auge del estaño y la Guerra Federal de 1899 trasladaron el poder político desde Sucre hacia La Paz, que se consolidó como sede del gobierno boliviano: allí funcionan el Poder Ejecutivo y el Legislativo, aunque Sucre conserva el título de capital constitucional y sede del Poder Judicial. Con su centro a unos 3.600 metros de altura, La Paz es la sede de gobierno más alta del mundo, y sus barrios trepan por las laderas hasta alturas aún mayores.
Sobre la ceja del altiplano, a más de 4.000 metros, creció El Alto, que fue parte de La Paz hasta convertirse en ciudad independiente en 1985. Poblada mayoritariamente por migrantes aymaras del campo y por mineros desplazados tras el cierre de la COMIBOL, El Alto es hoy una de las urbes de mayor crecimiento del país y un actor político de primer orden: fue epicentro de la Guerra del Gas de 2003. El teleférico que une ambas ciudades, el sistema de cable urbano más extenso del mundo, se ha vuelto símbolo de esta conurbación de altura.
El sector boliviano del lago Titicaca —el lago navegable más alto del mundo, a unos 3.812 metros— pertenece al departamento de La Paz y es uno de sus grandes tesoros. En su orilla se levanta Copacabana, villa santuario que alberga a la Virgen de Copacabana, patrona de Bolivia, cuyo culto se remonta al siglo XVI y a la imagen tallada por el indígena Francisco Tito Yupanqui. Frente a ella, en el lago, están la Isla del Sol y la Isla de la Luna, lugares sagrados de la mitología inca: según la cosmovisión andina, del Titicaca surgieron el sol y Manco Cápac y Mama Ocllo, los fundadores míticos del imperio.
El lago es el eje cultural del pueblo aymara, que mantiene vivas su lengua, su agricultura de terrazas, su pesca y sus tradicionales embarcaciones de totora. En sus aguas y sus islas se conservan ruinas preincaicas e incaicas, y la travesía en barca hacia la Isla del Sol es una de las experiencias más buscadas por los viajeros. Copacabana dio incluso su nombre a la célebre playa de Río de Janeiro, difundido por devotos del santuario boliviano.
El departamento de La Paz es de una diversidad geográfica extraordinaria. Al noreste de la ciudad se alza la Cordillera Real, con nevados que superan los 6.000 metros —el Illimani, el Huayna Potosí, el Illampu—, el gran escenario del montañismo boliviano, junto a la pintoresca Sorata y el otrora célebre observatorio y pista de esquí de Chacaltaya. Cerca de la ciudad, el Valle de la Luna ofrece un paisaje lunar de erosión, mientras que Coro Coro recuerda el pasado minero del cobre en la región.
Hacia el norte, el territorio desciende vertiginosamente de los Andes a la Amazonía por los Yungas, una región de valles subtropicales, cascadas y cultivos de coca y café. Allí se extiende el Parque Nacional Madidi, una de las áreas más biodiversas del planeta, que va de las cumbres nevadas a la selva tropical y protege una parte inmensa de la vida silvestre andino-amazónica. Esta transición de la puna helada a la selva húmeda hace del departamento de La Paz un microcosmos de casi todos los paisajes de Bolivia.