La región santiagueña estaba habitada, antes de la conquista, por pueblos como los juríes y tonocotés en el corazón del territorio, y por lules y vilelas en otras zonas, agricultores y cazadores del monte y de los ríos Dulce y Salado. Un rasgo notable y único en la Argentina es que allí sobrevive, hasta hoy, el quichua santiagueño: una variante del quechua traída y difundida en la época colonial que se mantiene como lengua viva, hablada por decenas de miles de personas y presente en la música y la vida cotidiana, caso excepcional de continuidad de una lengua indígena fuera de la zona andina.
Esa herencia lingüística, entrelazada con el español antiguo, es una de las marcas más profundas de la identidad santiagueña y una rareza cultural en el mapa del país.
Santiago del Estero del Nuevo Maestrazgo, fundada el 25 de julio de 1553 por Francisco de Aguirre, es la ciudad más antigua fundada por españoles que subsiste en el actual territorio argentino. Su primacía le valió el título de 'Madre de Ciudades': de ella partieron las expediciones que fundaron Córdoba, San Miguel de Tucumán, Salta, La Rioja, Jujuy y otras ciudades del centro y norte del país.
Durante los primeros siglos coloniales, Santiago fue el centro más importante del noroeste, sede de la gobernación del Tucumán y de un temprano obispado. Por sus calles pasaron gobernadores, obispos y cronistas, y allí escribió el fraile y poeta Luis de Tejeda. Aquella centralidad, sin embargo, no habría de durar.
Con el correr del tiempo, Santiago del Estero fue perdiendo protagonismo frente a ciudades que ella misma había ayudado a fundar, como Córdoba, Tucumán y Salta, que la superaron en población y riqueza. La provincia quedó relegada económicamente y, tras declarar su autonomía en 1820, atravesó el siglo XIX marcada por la pobreza, las guerras civiles y el dominio de caudillos como la familia Taboada.
Su estructura agraria y la falta de inversión la mantuvieron durante mucho tiempo entre las provincias más postergadas del país, con una fuerte emigración de sus hijos hacia otras regiones. Aun así, Santiago conservó una identidad criolla profunda y un apego intenso a sus tradiciones, que serían su gran patrimonio.
La historia económica moderna de Santiago del Estero estuvo marcada por la explotación del quebracho colorado, del que se extraía tanino para curtir cueros y una madera durísima. Desde fines del siglo XIX, obrajes y ferrocarriles avanzaron sobre el bosque chaqueño santiagueño, y la poderosa compañía anglo-alemana La Forestal —dueña de más de dos millones de hectáreas repartidas entre Santa Fe, Chaco, Salta y Santiago— arrasó extensiones enormes de monte.
Cuando la empresa halló fuentes más baratas de tanino y cerró sus operaciones a mediados del siglo XX, dejó tras de sí bosques devastados, suelos erosionados y pueblos que quedaron sin trabajo, en uno de los mayores desastres ambientales y sociales causados por una sola compañía en la historia argentina.
Santiago del Estero es, por derecho propio, una de las capitales del folclore argentino y la cuna de la chacarera, la danza y música de zapateo y contrapunto que la representa en todo el país. De su tierra surgieron figuras legendarias como el músico y recopilador Andrés Chazarreta, considerado el 'patriarca del folclore', los Hermanos Ábalos y, más tarde, artistas como los Carabajal y Peteco Carabajal.
La copla, la vidala, la chacarera cantada en quichua y la vida a orillas del río Dulce definen una cultura de fuerte raíz criolla. Las fiestas populares, las peñas y una religiosidad viva —con devociones como la del Señor de los Milagros de Mailín— completan un patrimonio cultural que hace de Santiago un lugar entrañable dentro del interior profundo.
El río Dulce y el gran embalse de Río Hondo dan vida a Las Termas de Río Hondo, el mayor centro termal de la Argentina, una ciudad-balneario asentada sobre catorce napas de aguas mineromedicinales que emergen a más de 30 grados. Sus hoteles y spas atraen turismo durante todo el año, y el autódromo local es sede de competencias internacionales de motociclismo y automovilismo.
Hacia el noreste, el Parque Nacional Copo protege uno de los últimos grandes relictos de bosque chaqueño bien conservado, hogar del yaguareté, el tatú carreta y el quebracho colorado. Termas, río, monte y una gastronomía criolla de empanadas, locro y cabrito completan el perfil de una provincia que guarda, en su forma más pura, el alma del norte argentino.