El valle donde hoy se levanta Mendoza era conocido por los huarpes como Huentota. Este pueblo agricultor y pacífico ideó un sistema de acequias que aprovechaba el agua del deshielo de la cordillera para regar cultivos en un entorno árido, transformando el desierto en un oasis. Ese ingenio hidráulico —heredado en parte de la influencia incaica— sigue estructurando la ciudad, con su red de acequias arboladas que corren al pie de las veredas.
Hacia el siglo XV, la región integró la frontera meridional del Tahuantinsuyo, que dejó su huella en caminos y santuarios de altura. Los huarpes tributaban a los incas y, tras la llegada española, muchos fueron sometidos al régimen de encomienda y trasladados a Chile, lo que diezmó al pueblo original.
La ciudad de Mendoza fue fundada el 2 de marzo de 1561 por el capitán Pedro del Castillo, con el nombre de Mendoza del Nuevo Valle de La Rioja, en honor al gobernador de Chile García Hurtado de Mendoza. Al año siguiente, Juan Jufré la reubicó y refundó. Durante toda la colonia, Mendoza no dependió de Buenos Aires sino de la Capitanía General de Chile, con la que se comunicaba cruzando la cordillera; recién en 1776 pasó a integrar el Virreinato del Río de la Plata.
La vid llegó tempranamente: introducida hacia 1561-1566 por los misioneros, encontró en el clima seco y soleado y en el riego de las acequias las condiciones ideales. Hacia 1600 la producción vinícola ya excedía el consumo local y comenzaba a comerciarse, sentando las bases de una vocación que definiría a la provincia por siglos.
Mendoza ocupa un lugar de honor en la gesta de la independencia sudamericana. Entre 1814 y 1817, siendo gobernador intendente de Cuyo, José de San Martín organizó allí el Ejército de los Andes, movilizando a toda la población cuyana en un esfuerzo colectivo sin precedentes: se fundieron cañones, se cosieron uniformes, las mujeres donaron sus joyas y se acumularon provisiones para la travesía.
En enero de 1817, ese ejército cruzó la cordillera por los pasos mendocinos de Los Patos y Uspallata en una hazaña logística y militar comparable a las grandes campañas de la historia, para liberar Chile en la batalla de Chacabuco y luego dirigirse por mar al Perú. Por eso Mendoza se considera 'cuna del Ejército Libertador' y venera a San Martín como su gran héroe; el Cerro de la Gloria, en el Parque General San Martín, corona esa memoria con un imponente monumento.
El 20 de marzo de 1861, a las 20:36, un violento terremoto de magnitud cercana a 7,2 destruyó por completo la vieja ciudad colonial de Mendoza. Fue una de las mayores catástrofes de la historia argentina: se estima que murió más de un tercio de la población, y las iglesias, el cabildo y las casonas se derrumbaron en segundos, seguidos de incendios que arrasaron lo que quedaba en pie.
La ciudad fue reconstruida algo más al oeste, con un trazado moderno de calles anchas, grandes plazas antisísmicas —como la Plaza Independencia— y un sistema de acequias arboladas pensado para dar sombra, mitigar el clima árido y ofrecer refugio ante nuevos sismos. Esa Mendoza de plátanos, agua corriendo por las veredas y baja edificación es la que se conoce hoy.
La llegada del ferrocarril a Mendoza en 1885 cambió la escala de la provincia: por primera vez el vino mendocino pudo llegar en pocos días a los mercados de Buenos Aires y el Litoral. Al calor de esa conexión y de la inmigración europea —sobre todo italianos y españoles, muchos de ellos viñateros—, la vitivinicultura se industrializó y Mendoza se convirtió en el gran centro productor de vino del país.
Bodegas, viñedos y familias de apellido italiano y español poblaron Maipú, Luján de Cuyo y los oasis irrigados. La Fiesta Nacional de la Vendimia nació de esa cultura: institucionalizada en 1936 por el gobernador Guillermo Cano y su ministro Frank Romero Day, se celebró por primera vez el 18 de abril de ese año y hoy, cada marzo, con su Vía Blanca, su carrusel y su acto central en el Teatro Griego Frank Romero Day, es una de las mayores celebraciones populares de la Argentina.
Mendoza produce cerca del 70% del vino argentino y es la cuna del Malbec, la cepa que se convirtió en emblema del país. Traída de Francia en el siglo XIX, la uva encontró en la altura, la amplitud térmica y el sol mendocinos una expresión única que la catapultó al mercado mundial. Sus regiones vitivinícolas —Maipú, Luján de Cuyo y, sobre todo, el Valle de Uco, a más de 1.000 metros de altura— integran la red internacional de Grandes Capitales del Vino y atraen a enoturistas de todo el planeta.
Ese prestigio convirtió al turismo del vino en un motor económico: caminos del vino, bodegas boutique, hotelería de lujo y una gastronomía de nivel internacional acompañan hoy a la producción tradicional. El vino es, más que una industria, la columna vertebral de la identidad mendocina.
Mendoza es también el reino de la alta montaña argentina. Allí se alza el Aconcagua, con 6.961 metros, la cumbre más alta de América y de todo el hemisferio occidental, meca del montañismo mundial, protegida por un parque provincial. A su alrededor se despliegan paisajes de una diversidad extraordinaria: Puente del Inca y su formación de aguas termales, la histórica villa de Uspallata, el centro de esquí de Las Leñas, el imponente cañón del Atuel cerca de San Rafael y la reserva volcánica de La Payunia, en el sur malargüino, un mar de conos y coladas de lava.
Entre viñedos, cumbres nevadas, ríos de montaña y cielos limpísimos, Mendoza se consolidó como uno de los grandes destinos turísticos de la Argentina y de Sudamérica, capaz de ofrecer en un mismo viaje una copa de Malbec al atardecer y la vista del techo de América.