Chernóbil es el nombre de la mayor catástrofe nuclear de la historia y, hoy, de un territorio único en el planeta: la Zona de Exclusión, un área de unos 2.600 km² alrededor de la central nuclear que explotó el 26 de abril de 1986, evacuada para siempre y convertida en un lugar de silencio, memoria y naturaleza recuperada. En su interior está Prípiat, la ciudad-fantasma que albergaba a los trabajadores de la central, abandonada de un día para otro y detenida en el tiempo de la Unión Soviética de los años ochenta.
Importante: esta guía es distinta a las demás. La Zona de Exclusión de Chernóbil está CERRADA a los visitantes. Los tours, que antes de la pandemia atraían a decenas de miles de curiosos al año, quedaron suspendidos con el COVID y, sobre todo, con la invasión rusa de febrero de 2022, cuando las tropas rusas ocuparon la zona durante semanas; la validez de los permisos de acceso está suspendida mientras dure la ley marcial. Por eso tratamos Chernóbil con sobriedad, como un hecho histórico y un lugar de memoria —el de las víctimas del desastre y el de los liquidadores que dieron su vida por contener la radiación—, y no como un destino turístico al que se pueda ir hoy.
Esta guía explica qué fue el desastre de 1986, qué encierra la Zona de Exclusión y cómo se puede conocer su historia de forma responsable: a través del excelente Museo Nacional de Chernóbil en Kiev, de documentales, libros y recorridos virtuales, a la espera de un futuro en que la zona, ya en paz, pueda volver a visitarse con seguridad y respeto. Cualquier dato sobre accesos, precios o servicios está hoy alterado o suspendido por la guerra.
El 26 de abril de 1986, durante una prueba de seguridad mal ejecutada, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil sufrió una explosión y un incendio que liberó a la atmósfera enormes cantidades de material radiactivo, contaminando amplias zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y llegando en menor medida a gran parte de Europa. Fue el peor accidente nuclear de la historia. Las autoridades soviéticas ocultaron al principio la magnitud del desastre; la ciudad vecina de Prípiat fue evacuada recién al día siguiente, y luego se estableció una Zona de Exclusión de la que salieron más de 100.000 personas. Miles de 'liquidadores' —bomberos, soldados, mineros, obreros— trabajaron en condiciones extremas para apagar el incendio y sepultar el reactor bajo un 'sarcófago' de hormigón, muchos a costa de su salud o su vida. En 2016 se completó un nuevo confinamiento de acero sobre las ruinas. La catástrofe aceleró el desprestigio del régimen soviético. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón histórico de Ucrania: Kiev, la milenaria «madre de las ciudades rusas» a orillas del Dniéper, la zona de exclusión de Chernóbil, la Uman de los peregrinos jasídicos y la Poltava de la batalla que cambió el este de Europa.
Leer la historia de Kiev y el centro →Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de ser sinónimo de catástrofe, Chernóbil (Chornóbyl) era una pequeña y antigua ciudad del norte de Ucrania, mencionada ya en el siglo XII, con una larga historia y una notable presencia judía y jasídica antes del siglo XX. Su nombre, según algunas interpretaciones, deriva de una planta local, una especie de artemisa. Nada en aquella localidad tranquila, a orillas del río Prípiat, presagiaba el papel que le tocaría en la historia mundial.
Todo cambió en los años setenta, cuando la Unión Soviética eligió la zona para levantar una gran central nuclear, la central Vladímir Ilich Lenin, símbolo del orgullo tecnológico soviético y pieza clave del suministro eléctrico de la república ucraniana. Para alojar a los trabajadores se construyó, a pocos kilómetros, una ciudad nueva y modélica: Prípiat, fundada en 1970, una 'atomgrado' (ciudad atómica) planificada, moderna y privilegiada.
Prípiat encarnaba el ideal soviético de progreso: bloques de viviendas amplios, escuelas, un hospital, cines, una piscina, un palacio de cultura y hasta un flamante parque de atracciones. Su población, de unos 50.000 habitantes, era joven —la edad media rondaba los 26 años— y disfrutaba de un nivel de vida superior al de la media soviética. La central se ampliaba con nuevos reactores, y la vida parecía prometedora. Todo ese mundo se derrumbaría en una sola noche de abril de 1986.
En la madrugada del 26 de abril de 1986, los operarios del reactor número 4 llevaban a cabo una prueba de seguridad para comprobar cómo respondería el sistema ante un corte eléctrico. La prueba se ejecutó de forma desastrosa: se desactivaron sistemas de seguridad, el reactor quedó en un estado inestable y de baja potencia, y una combinación fatal de errores humanos y de graves fallos de diseño del reactor —del tipo RBMK, propenso a picos de potencia incontrolables— desencadenó la tragedia.
A la 01:23 de la madrugada, la potencia del reactor se disparó de forma brutal en cuestión de segundos. Dos explosiones sucesivas reventaron la tapa del reactor, de miles de toneladas, destrozaron el edificio y lanzaron al aire fragmentos del núcleo incandescente. El grafito del reactor ardió, y de las ruinas empezó a brotar una columna de humo y partículas radiactivas que subió a la atmósfera y se dispersó con el viento. Era el comienzo del peor accidente nuclear de la historia.
Los primeros en llegar fueron los bomberos, que acudieron a apagar los incendios sin saber a qué se enfrentaban ni protegerse de la radiación letal que emitían los escombros. Muchos de aquellos primeros intervinientes murieron en las semanas siguientes por síndrome de irradiación aguda. Mientras tanto, a pocos kilómetros, los habitantes de Prípiat dormían sin sospechar que el aire que respiraban se había vuelto mortal.
La primera reacción de las autoridades soviéticas fue el ocultamiento. Durante horas y días, la magnitud del desastre se minimizó ante la propia población y ante el mundo. Prípiat siguió con su vida normal durante casi un día y medio, con los niños jugando en la calle bajo una radiación altísima, mientras los responsables locales esperaban órdenes de Moscú.
La evacuación de Prípiat no comenzó hasta la tarde del 27 de abril, unas 36 horas después de la explosión. En cuestión de horas, una flota de más de mil autobuses sacó a toda la población de la ciudad, a la que se dijo que se ausentaría solo unos días y que dejara casi todo atrás. Nunca regresaron. En los días y semanas siguientes se amplió la evacuación a un radio de 30 kilómetros, y más allá, expulsando en total a más de 100.000 personas de sus hogares y creando la Zona de Exclusión.
El mundo se enteró de la catástrofe casi por accidente: fueron los detectores de una central nuclear en Suecia los que, el 28 de abril, captaron niveles anómalos de radiación y obligaron a la URSS a admitir públicamente que algo había ocurrido. La nube radiactiva ya se extendía sobre Europa. El manejo secretista del desastre, en plena era de la 'glásnost' (transparencia) prometida por Gorbachov, dañó de forma irreparable la credibilidad del régimen soviético.
Contener el desastre exigió una movilización sin precedentes. Cientos de miles de personas —bomberos, soldados, mineros, ingenieros, obreros, científicos— fueron enviados a la zona en los meses y años siguientes para combatir el fuego, limpiar los escombros radiactivos y sellar el reactor. Son los 'liquidadores', que se convirtieron en el rostro heroico y trágico de Chernóbil.
Su trabajo fue extremo. Helicópteros arrojaron miles de toneladas de arena, plomo y boro sobre el reactor en llamas. Mineros cavaron un túnel bajo el reactor para evitar que el combustible fundido llegara a las capas freáticas. En la azotea contaminada, donde los robots fallaban por la radiación, hombres —los llamados 'biorobots'— retiraban a mano fragmentos de grafito en turnos de apenas segundos, expuestos a dosis brutales. Muchos liquidadores sufrieron graves problemas de salud, y una parte murió de forma prematura.
Entre mayo y noviembre de 1986 se construyó, a marchas forzadas, un enorme 'sarcófago' de hormigón y acero para encerrar el reactor destruido y frenar la fuga de radiación. Era una solución de emergencia, pensada para durar unas décadas, que con los años se fue agrietando. Por eso, entre 2010 y 2016, con financiación internacional, se levantó el Nuevo Confinamiento Seguro, una gigantesca cúpula-arco de acero que se deslizó sobre el viejo sarcófago para sellar el lugar durante al menos un siglo. La memoria de los liquidadores, 'los que salvaron al mundo', es hoy central en la conmemoración del desastre.
Casi cuatro décadas después, la Zona de Exclusión de Chernóbil sigue siendo un territorio único. La ciudad de Prípiat permanece abandonada, engullida poco a poco por la vegetación, con su noria oxidada convertida en icono mundial del abandono. La central ya no genera electricidad —su último reactor se apagó en el año 2000— y solo alberga al personal que gestiona el legado radiactivo bajo el nuevo confinamiento.
Paradójicamente, la ausencia de humanos convirtió la zona en un santuario involuntario de vida salvaje: lobos, alces, jabalíes, linces y hasta caballos de Przewalski prosperan entre los bosques y las aldeas vacías. En 2016, buena parte del territorio fue declarada Reserva de la Biosfera. Durante la década de 2010, además, Chernóbil se abrió a un turismo de memoria: decenas de miles de visitantes al año recorrían la zona con tours autorizados, un fenómeno impulsado también por documentales, videojuegos y la exitosa serie de televisión de 2019.
La invasión rusa de 2022 escribió un capítulo inesperado. El 24 de febrero, las tropas rusas que avanzaban desde Bielorrusia ocuparon la central y la Zona de Exclusión, reteniendo al personal durante semanas. El movimiento de vehículos militares removió suelos contaminados, y hubo cortes de energía que hicieron temer por la seguridad de las instalaciones. Las fuerzas rusas se retiraron a fines de marzo de 2022. Desde entonces, la zona está cerrada a los visitantes y los tours, suspendidos. Chernóbil queda así como lo que siempre fue: un lugar de memoria de una de las mayores tragedias del siglo XX, que hoy espera, en un país en guerra, un futuro en que pueda volver a visitarse con seguridad y respeto.