El nombre Serengeti viene del maa, la lengua de los maasai: siringet, "la tierra que se extiende sin fin", una descripción perfecta de esas llanuras que parecen no tener horizonte. Durante siglos, estas praderas fueron territorio de pastoreo de los maasai, que llegaron a la región hacia los siglos XVII y XVIII desde el valle del Nilo y convivieron con las inmensas manadas sin diezmarlas.
El escenario natural del Serengeti gira en torno a la Gran Migración: cada año, más de un millón de ñus y cientos de miles de cebras y gacelas recorren un circuito circular entre el Serengeti y el Masái Mara keniano, siguiendo las lluvias y la hierba nueva, en el mayor movimiento de mamíferos terrestres del planeta. Ese espectáculo, y la abundancia de leones, guepardos y elefantes, hicieron del Serengeti el parque más célebre de África y el emblema del safari tanzano.
La conservación del Serengeti tiene su propia historia. Los británicos declararon la zona reserva de caza en la década de 1920 y parque nacional en 1951, el primero de Tanganica. Pero el gran impulso a su fama mundial vino del zoólogo alemán Bernhard Grzimek y su hijo Michael, que en 1959 publicaron el libro y el documental Serengeti darf nicht sterben ("El Serengeti no debe morir"), ganador de un Óscar, tras estudiar desde una avioneta las rutas de la migración. Michael murió en un accidente aéreo durante ese trabajo y está enterrado en el borde del cráter de Ngorongoro.
La creación del parque tuvo un costo humano que hoy se reconoce con más franqueza: los maasai que habitaban el corazón del Serengeti fueron reubicados fuera de sus límites, hacia la zona de Ngorongoro, en nombre de la conservación. Es una tensión que atraviesa toda la historia de los parques del norte y que sigue vigente en los debates actuales sobre el lugar de los pueblos pastores en estas tierras protegidas.
A pocas horas del Serengeti se abre una de las maravillas geológicas de África: el cráter de Ngorongoro, en realidad una caldera, el hundimiento de un enorme volcán que colapsó hace unos dos o tres millones de años. Con unos 260 kilómetros cuadrados de suelo llano rodeado de paredes de hasta 600 metros, es la caldera volcánica intacta más grande del mundo, y su interior alberga una densidad de fauna asombrosa: se puede ver a los cinco grandes —león, elefante, búfalo, leopardo y rinoceronte negro— en una sola jornada.
Ngorongoro no es un parque nacional cerrado, sino un Área de Conservación de uso múltiple, una fórmula pensada para que la vida salvaje y los pastores maasai compartan el territorio. Los maasai pueden llevar su ganado a pastar y a beber al cráter, aunque no habitar en su interior. Ese modelo de coexistencia, único en Tanzania, convierte a Ngorongoro en un laboratorio permanente sobre cómo conciliar naturaleza, ganadería tradicional y turismo.
El circuito norte tiene un valor añadido que ningún otro safari del mundo puede ofrecer: pasa literalmente por la cuna de la humanidad. La garganta de Olduvai y las huellas de Laetoli se encuentran dentro del Área de Conservación de Ngorongoro, entre el cráter y el Serengeti. Muchos viajeros que van camino de ver leones se detienen en el pequeño museo de Olduvai, junto al cañón donde los Leakey desenterraron a Homo habilis y las herramientas de piedra más antiguas.
Esa combinación —fauna espectacular y yacimientos paleoantropológicos de primer orden— es la razón por la que Ngorongoro es uno de los pocos sitios del mundo inscritos por la Unesco a la vez por su valor natural y por su valor cultural. En el mismo paisaje conviven los ñus de la migración, los pastores maasai y las pisadas fosilizadas de nuestros ancestros de hace 3,6 millones de años.
El circuito norte se completa con dos parques más pequeños pero llenos de carácter. El Parque Nacional Tarangire, creado en 1970, es famoso por sus enormes manadas de elefantes —de las mayores de Tanzania— y por los baobabs milenarios que salpican la sabana como centinelas. En la estación seca, el río Tarangire se convierte en un imán para la fauna de toda la región, que baja a beber en concentraciones espectaculares.
El Parque Nacional del Lago Manyara, en el pie del gran Valle del Rift, es célebre por dos rarezas: sus leones que trepan a los árboles y descansan tumbados sobre las ramas, y las bandadas de flamencos rosados que en ciertas épocas tiñen las orillas del lago alcalino. Fue precisamente sobre Manyara que Ernest Hemingway escribió páginas admirativas, y el parque sirvió de base para estudios pioneros sobre elefantes. Juntos, Tarangire y Manyara muestran que el circuito del norte es mucho más que el Serengeti.