Arusha nació como un pequeño puesto en tierras de los pueblos arusha y meru, agricultores de las laderas fértiles del monte Meru. Los alemanes establecieron allí un fuerte a comienzos del siglo XX y los británicos la convirtieron en un centro administrativo y agrícola, rodeado de plantaciones de café. Su clima templado de altura y su posición estratégica, a mitad de camino entre El Cairo y Ciudad del Cabo, le dieron con el tiempo un peso muy superior a su tamaño.
Hoy Arusha es la puerta de entrada indiscutible a los safaris del norte: desde ella parten los circuitos hacia el Serengeti, Ngorongoro, Tarangire y Manyara, y a ella regresan los que bajan del Kilimanjaro. Ciudad animada y cosmopolita, mezcla de mercados, hoteles y agencias de safari, es el punto donde el viaje por la Tanzania salvaje empieza y termina.
Arusha tiene un lugar destacado en la historia política de Tanzania y de África. Fue aquí donde Julius Nyerere proclamó en 1967 la Declaración de Arusha, el documento fundacional del ujamaa y del socialismo tanzano, que marcó el rumbo del país durante casi dos décadas.
Su vocación de centro de encuentro no ha hecho más que crecer. Arusha es sede de la Comunidad de África Oriental (EAC), el bloque de integración regional, y del Tribunal Africano de Derechos Humanos y de los Pueblos. Entre 1994 y 2015 albergó también el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, que juzgó los crímenes del genocidio de 1994 en el país vecino. Por todo ello se la conoce como "la Ginebra de África", una ciudad donde se negocian tratados y se imparte justicia internacional a la sombra del Kilimanjaro y el Meru.
Con sus 5.895 metros, el Kilimanjaro es la montaña más alta de África y el mayor volcán aislado del mundo, un coloso que se alza en solitario desde la llanura hasta rematar en el pico Uhuru —"libertad" en suajili—, coronado por glaciares en pleno ecuador. La montaña es en realidad un volcán inactivo con tres conos, del que el Kibo es el más alto. Para los pueblos chagga que habitan sus laderas fértiles, el Kilimanjaro ha sido siempre una presencia sagrada y la fuente del agua que riega sus cafetales y bananales.
La cumbre fue alcanzada por primera vez, según el registro europeo, por el geógrafo alemán Hans Meyer y el alpinista austríaco Ludwig Purtscheller en 1889. Un dato curioso de la era colonial: cuando la reina Victoria supuestamente cedió la montaña a su nieto, el káiser Guillermo II, la frontera entre las colonias británica y alemana se torció para incluir el Kilimanjaro dentro del África Oriental Alemana, un capricho geopolítico que todavía se nota en el mapa. Hoy la montaña es un parque nacional y Patrimonio de la Humanidad, y sus glaciares, en franco retroceso, se han vuelto un símbolo mundial del cambio climático.
Las laderas del Kilimanjaro son una de las regiones más pobladas y prósperas de Tanzania, gracias al pueblo chagga. Agricultores hábiles, los chagga desarrollaron desde hace siglos un ingenioso sistema de canales de riego y de huertos en varios niveles (el llamado kihamba), que combina bananos, café y otros cultivos en una misma parcela, aprovechando el suelo volcánico y las lluvias de la montaña.
La llegada del café en la época colonial encajó a la perfección con esa cultura agrícola. Los chagga fundaron cooperativas cafetaleras pioneras —la Kilimanjaro Native Cooperative Union, de 1932, fue una de las primeras de África— que les dieron cierta autonomía económica y educativa frente a la administración colonial. Ese dinamismo explica por qué muchos líderes, profesionales y comerciantes tanzanos provienen de esta región, y por qué el café de altura del Kilimanjaro sigue siendo uno de los productos con más renombre del país.
A la sombra del gigante Kilimanjaro se alza otra montaña notable, el monte Meru, un volcán de 4.566 metros que domina la ciudad de Arusha y es la cuarta cumbre más alta de África. Menos famoso que su vecino, el Meru es sin embargo una escalada exigente y un excelente entrenamiento de aclimatación para quienes luego atacan el Kilimanjaro.
El Meru es el corazón del Parque Nacional Arusha, un parque pequeño pero de una variedad sorprendente: en pocos kilómetros reúne la caldera del volcán, los lagos Momella de aguas alcalinas donde se congregan flamencos, y las selvas del cráter Ngurdoto, poblado de monos colobos y búfalos. Es, para muchos viajeros, el primer contacto con la naturaleza tanzana antes de partir hacia los grandes parques del oeste, y la prueba de que la región de Arusha y el Kilimanjaro es mucho más que un punto de paso.