Pretoria nació de la epopeya del Gran Trek. En las décadas de 1830 y 1840, miles de colonos bóeres —los Voortrekkers— abandonaron la Colonia del Cabo británica y emigraron hacia el interior del sur de África en busca de tierras y de un Estado propio. En esa expansión, que chocó violentamente con los pueblos africanos que ya habitaban la región, fundaron repúblicas independientes. Una de ellas fue la República Sudafricana (el Transvaal), y para su capital eligieron un valle fértil junto al río Apies.
La ciudad fue fundada formalmente en 1855 por Marthinus Pretorius, quien la bautizó en honor a su padre, Andries Pretorius, el líder que había comandado a los Voortrekkers en la batalla de Blood River de 1838 contra el reino zulú. Ese origen explica por qué Pretoria concentra desde el comienzo la carga simbólica del nacionalismo afrikáner: es, en cierto modo, la ciudad-monumento de los bóeres, algo que más tarde se materializaría en el Voortrekker Monument.
En 1860, Pretoria se convirtió en la capital de la República Sudafricana. Todavía era un pueblo pequeño y remoto, pero su condición de sede del gobierno bóer la puso en el centro de los acontecimientos que estaban a punto de sacudir a toda la región, cuando el descubrimiento de oro y diamantes transformó para siempre el equilibrio de poder en el sur de África.
El descubrimiento del oro del Witwatersrand en 1886, a pocos kilómetros de Pretoria, cambió el destino de la república bóer. La riqueza del subsuelo atrajo el apetito del Imperio británico, que buscaba controlar esos yacimientos y unificar el sur de África bajo su dominio. Las tensiones entre la República Sudafricana del presidente Paul Kruger —cuya modesta casa aún se conserva en el centro de Pretoria— y Gran Bretaña escalaron hasta desembocar en la Segunda Guerra Anglo-Bóer (1899-1902).
Fue un conflicto duro y, en muchos aspectos, moderno y cruel: los británicos, incapaces de doblegar la guerra de guerrillas bóer, recurrieron a una política de tierra arrasada y al confinamiento de civiles —mujeres, niños y africanos— en campos de concentración donde murieron decenas de miles de personas por enfermedad y hambre. Pretoria cayó en manos británicas en junio de 1900, y la guerra terminó en 1902 con la Paz de Vereeniging, firmada en las cercanías, que puso fin a la independencia de las repúblicas bóeres.
En 1910, las antiguas colonias y repúblicas se unificaron en la Unión Sudafricana, bajo dominio británico pero con amplio autogobierno de la minoría blanca. Pretoria fue designada capital administrativa del nuevo país (mientras Ciudad del Cabo quedaba como capital legislativa y Bloemfontein como judicial), un reparto que se mantiene hasta hoy. Para consagrar ese papel se construyeron los Union Buildings, inaugurados en 1913.
Como sede del gobierno, Pretoria fue durante el siglo XX el centro del poder político de Sudáfrica, y por lo tanto también del régimen del apartheid instaurado en 1948. Desde sus edificios oficiales se diseñó y administró el sistema de segregación racial que marcó la vida del país durante casi medio siglo. En 1949, en una colina al sur de la ciudad, se inauguró el Voortrekker Monument, que se convirtió en un altar del nacionalismo afrikáner que sostenía ideológicamente al régimen.
Pretoria fue también escenario de la represión y de la justicia usada como arma. En el Palacio de Justicia de Church Square se desarrolló parte del juicio de Rivonia (1963-1964), en el que Nelson Mandela y otros líderes del Congreso Nacional Africano fueron condenados a cadena perpetua. Fue en ese tribunal donde Mandela pronunció su célebre discurso afirmando que estaba dispuesto a morir por el ideal de una sociedad libre y democrática. La cárcel central de Pretoria fue, durante décadas, lugar de ejecución de presos políticos.
Así, la ciudad acumuló capas contradictorias: capital de la epopeya bóer, sede del imperio británico tras la guerra, y luego cerebro administrativo del apartheid. Cada uno de esos relatos dejó su marca en la piedra de sus monumentos y edificios, convirtiendo a Pretoria en un mapa físico de la historia del poder en Sudáfrica.
El 10 de mayo de 1994, los Union Buildings de Pretoria fueron el escenario de uno de los momentos más luminosos de la historia sudafricana: la asunción de Nelson Mandela como primer presidente elegido democráticamente por toda la población del país, tras las primeras elecciones libres con voto universal. Ante líderes de todo el mundo, el mismo edificio desde el que se había gobernado el apartheid se convirtió en símbolo del nacimiento de la 'nación del arcoíris'.
La Sudáfrica democrática buscó resignificar la memoria de la ciudad sin borrarla. En 2007 se inauguró Freedom Park, en una colina enfrentada al Voortrekker Monument: un monumento que honra a quienes lucharon por la libertad a lo largo de toda la historia y que dialoga deliberadamente con el memorial afrikáner, proponiendo una lectura más amplia e inclusiva del pasado. Y en 2013, tras la muerte de Mandela, se erigió en los jardines de los Union Buildings una estatua suya de nueve metros con los brazos abiertos, que hoy es una de las imágenes más queridas de la ciudad.
El proceso de reparación simbólica también generó debates. En 2005, la municipalidad metropolitana que engloba a Pretoria fue rebautizada Tshwane, un nombre de raíz africana, y desde entonces se discute si la propia ciudad debería adoptarlo. La convivencia del nombre 'Pretoria' —ligado al pasado bóer— con la nueva denominación refleja las tensiones no resueltas entre las distintas memorias que habitan Sudáfrica.
Hoy Pretoria es la capital administrativa de Sudáfrica y una ciudad de ritmo pausado, con avenidas arboladas, barrios residenciales agradables como Brooklyn y Waterkloff, y una fuerte presencia diplomática y universitaria. La Universidad de Pretoria y la Universidad de Sudáfrica (UNISA) le dan una población joven y una vida cultural activa. En octubre, la floración de sus más de setenta mil jacarandás la transforma en una ciudad violeta, uno de los espectáculos naturales urbanos más bellos del país.
Como todo el país, Pretoria vive los contrastes de la Sudáfrica posapartheid: junto a barrios prósperos persisten asentamientos y desigualdades profundas, y la herencia espacial de la segregación todavía se nota en su geografía. La capital administrativa comparte con Johannesburgo, a apenas 50 kilómetros y conectada por el Gautrain, los desafíos de una región metropolitana enorme y dispar, la más poblada del país.
Para el viajero, Pretoria ofrece una jornada tranquila y rica en historia: leer, en sus monumentos enfrentados y en sus edificios oficiales, las capas del relato nacional —del poder bóer al apartheid y a la reconciliación—, disfrutar de sus espacios verdes y de su gastronomía, y completar así la comprensión de un país que sigue negociando, en piedra y en política, cómo contar su propio pasado.